BEM on Line

THE TWO GEORGES, de Richard Dreyfuss y Harry Turtledove.

Anuncios

GEORGE WASHINGTON NO SE ENFRENTÓ A JORGE III

Los dos Jorges (The Two Georges, 1996) de Richard Dreyfuss y Harry Turtledove, es un libro cuya idea se le ocurrió al actor cuando estaba protagonizando Mr. Holland opus (en España El profesor Holland), por lo que le escribió a Turtledove y éste le ayudó a redactarlo. Dreyfuss marcaba las pautas, Turtledove escribía los capítulos y Dreyfuss los remataba, añadiendo sobre todo diálogos. Entre los dos produjeron una de las ucronías más curiosas que se han escrito en los últimos años, una de las mejores historias imaginarias.

Su acción se desenvuelve en una América alternativa que no se ha independizado de la Corona británica, al igual que sucede en la Saga de Alvin. Pero sus derroteros no son los del mundo mágico y a veces poético de Orson Scott Card, sino los de una consistente novela policiaca que mantiene al lector pegado a sus casi 600 páginas, un tanto en la línea del SS-GB de Len Deighton, como se lee en su cubierta posterior, y no cuenta nunca cómo fue que la colonia no se independizó de la metrópoli: apenas deja entrever que Jorge III de Inglaterra y Jorge Washington firmaron un acuerdo en 1760, quince años antes de que se iniciara la contienda en nuestro continuum.

Lo que hace la novela es desarrollar la trama policiaca que se desata por el robo en la Torre de la Commonwealth del cuadro que da título al libro, una pintura que es todo un icono cultural en esa otra apacible línea temporal, donde adorna los billetes de banco y debe ocupar un lugar destacado en la solemne ceremonia que va a oficiar Carlos III (que será el nombre del próximo rey inglés si el príncipe Carlos accede al trono). Pocas veces un objeto inexistente en la realidad desempeña un papel tan relevante en una ucronía.

“Bushell sacó su cartera del bolsillo izquierdo de su pantalón. Tomó un billete de color verde oscuro de diez chelines y se lo tendió al camarero. Como todos los billetes de la NAU, cualquiera que fuera su color o su valor, el de diez chelines reproducía el inmortal Los dos Jorges, de Gainsborough, que celebraba la presentación de Jorge Washington al rey Jorge en su condición de miembro americano del Consejo Privado que vigilaba la administración británica de las colonias de la costa Oeste del Atlántico.”  

Los llamados “Hijos de la Libertad”, un grupo terrorista que lucha por la independencia,  han robado el cuadro en vísperas de la visita del rey-emperador a la colonia americana. No se trata de un grupo de jóvenes idealistas que luchan por la democracia y el progreso, sino de una pandilla de racistas retrógrados, unos “cabezas rapadas” que desprecian a los judíos -una comunidad más bien escasa-, a los chinos y a los pieles rojas de las naciones indias semiautónomas.

El personaje central es Thomas Bushell, coronel de la Real Policía Montada de América, que a lo largo de todo el libro persigue a los “Hijos de la Libertad” para recuperar el lienzo. Le acompañan su fiel ayudante afro, Sam Stanley, y la conservadora del museo Flannery, un personaje ambiguo sobre quien se pregunta constantemente el lector si está envuelto o no en las telarañas de la conspiración.

Richard Dreyfuss

Viven en un mundo más conservador que el nuestro, descrito en algunas ocasiones como una eutopía y en otras como lo contrario, y de ahí lo extraño que resulta. Entre los aspectos positivos figura que la política del Imperio Británico conllevó un asentamiento más lento de los colonos blancos en Norteamérica, lo que dio lugar a que se respetara más a las naciones indias nativas. La esclavitud se abolió sin que fuera necesaria una guerra y el desprecio a unos hombres por el color de su piel tampoco fue tan acentuado como en el mundo real: el gobernador general de la NAU, por ejemplo, es el negro sir Martin Luther King, que tiene sus ministros y cuenta con un legislativo propio, una forma de monarquía parlamentaria dentro de un imperio neocolonial.

Por otra parte, en este final del siglo XX alternativo todavía subsiste la mentalidad del hombre del siglo XIX, más conservadora pero también más caballeresca. Como ejemplos, la conmoción que produjo el secuestro de la hija del duque de Filadelfia, que sigan existiendo los duelos de honor o que a nadie se le ocurra pagar un rescate por el cuadro robado por la humillación que ello supondría.

Estamos en la NAU, la North America Union, que juega el papel de los USA reales. Otras siglas destacadas son las de la RAM, la Royal American Mounted, que no es un cuerpo militar, sino policial, unos policías que en esa sociedad ucrónica poco violenta patrullan desarmados. En otro orden de cosas, cuando vemos que un almuerzo cuesta 16 peniques y otros precios son por el estilo, nos enteramos de que la vida apenas se ha encarecido, apenas ha habido inflación, que diríamos hoy, lo que resulta coherente con el mantenimiento de esa sociedad poco evolucionada.

Los aspectos negativos son los que cabría esperar de la naturaleza de tal mundo, como la escasa presencia de las mujeres en la vida pública y la ausencia de movimientos obreros. Los estilos artísticos han evolucionado poco, hasta el punto de que lo más innovador es el revival rococó de la década de los 50, auspiciado por Eduardo VIII. Existe una música sincopada, originaria de Nueva Orleáns, y apenas se conoce la droga.

La tecnología incluye trenes, motos y coches que no pueden circular por carreteras asfaltadas porque no existen, y los vehículos aéreos son unos lentos dirigibles que emplean dos días para ir de San Francisco a la costa Este. La navegación marítima, por el contrario, parece estar muy desarrollada. Hay telégrafo y teléfonos, si bien éstos son los rudimentarios aparatos que nosotros conocimos a principios del pasado siglo.

Las formas políticas son más autoritarias y hay pocos estados independientes en un orbe dividido casi por entero entre tres imperios, el británico, el franco-español y el ruso. Existen muchos protectorados, como el franco-español sobre Indochina y el británico sobre el territorio otomano. El poder germánico está representado por Austria y este país, Dinamarca, Holanda y Portugal conservan otros tantos pequeños imperios coloniales. El colonialismo es un tema que flota en el aire del libro.

El imperio británico es el más liberal, con un tory party que cuenta con negros y mulatos entre sus miembros destacados. En los otros subsisten instituciones siniestras, como la Inquisición en el franco-español, o la Ocrana, la represiva policía zarista en el ruso. Los rusos son el gran enemigo: la guerra fría flota igualmente en el aire del libro.

Dentro de esta Norteamérica, Canadá es parte de la NAU y las naciones indias, que gozan de bastante autonomía, se extienden sobre grandes territorios al este de los Apalaches, hasta el punto de que no existen Detroit ni Chicago, ni siquiera Nueva Jersey, cuyo suelo ocupa otra nación india. En este sentido, el mundo imaginado es más radical que el de Card en la Saga de Alvin que, excepción hecha de su toque fantástico, se parece más al nuestro. Las ciudades clave son Georgestown, así llamada en honor de los Jorges y que es la Washington alternativa, y Victoria, la capital de la NAU, que es la actual Vermont de Virginia.

Entre los personajes alternativos figuran varios cameos, personajes  reales que juegan un papel distinto en la ficción, como -a más del citado Martin Luther King– un reaccionario y realista -en el sentido de leal al rey- teniente coronel Bonaparte, que ayuda a que fracase la revolución francesa, o el siniestro septuagenario John F. Kennedy, que es el director de Common Sense, el criptofascista periódico que abandera la causa separatista.

Como en toda ucronía que se precie, aparece el libro ucrónico dentro de la ucronía, que en este caso se llama The United Colonies Triumphant y describe un mundo en que sí se independizaron las colonias y se dio una primera guerra mundial. Al leerlo, a los protagonistas les sorprende que el enemigo no sea Rusia o la Santa Alianza, como llaman al imperio franco-español, sino una Alemania que no conciben unificada y poderosa.

El libro utiliza todos los recursos para presentar con el mayor realce un imperialismo al estilo de Kipling, una mentalidad victoriana que se mantiene en el siglo XX, y sabe sacar partido de detalles tales como la atmósfera que crea el empleo de arcaicismos del inglés británico, como lucifers por cerillas, steamer por coche, o excellency como forma de tratamiento. De este modo, la menor “americanización” del idioma nos ayuda a situarnos en el universo ucrónico. Otra cosa más en el mismo sentido es que el té está omnipresente a lo largo de todo el relato, mientras que el café sólo se nombra en una ocasión. Al final, la novela hace un simpático guiño a la película Casablanca, canción incluida: es un toque muy Dreyfuss.

Pareció por un tiempo que Los dos Jorges iba a dar lugar a una serie de televisión, pues en 1999 Granada TV compró sus derechos, pero el proyecto no ha cuajado. En un principio Dreyfuss se dirigió a Turtledove para escribir un guión, aunque después fuera una novela, una gran novela policiaca con un brillante final sorpresa al estilo Agatha Christie: sólo revelaremos de él que la lógica de la conspiración hubiese sido igual en nuestro mundo si se hubiera llevado a cabo por gente semejante.

 

© 2010 Augusto Uribe y Alfred Ahlmann

Dreyfuss, Richard y Turtledove, Harry. The Two Georges, Tor, Nueva York, 1996, Haredcover, 384 pp.

 

 

Augusto Uribe es doctor en una ingeniería, periodista y tiene otros estudios; ya jubilado, es presidente de una sociedad de estudios financieros. Ha ganado varios premios Ignotus y ha publicado en libros y revistas como el antiguo BEM o Nueva Dimensión, que lo tuvo por su primer colaborador.

 

 

 

Alfred Ahlmann, director de la misión arqueológica española en Turquía, es doctor en Historia, profesor universitario en España e imparte clases en algunas universidades extranjeras: domina varias lenguas. Además de numerosos trabajos profesionales, ha publicado también artículos del género.

Anuncios

Anuncios