EL SINDROME DE SHANGRI-LA XIV, de Yoss

EL SINDROME DE SHANGRI-LA XIV  es uno de esos cuentos en los que mis estudios como biólogo asoman, más que la oreja peluda, por todo el cuerpo. Es una reflexión sobre la evolución ¿hemos llegado los seres humanos a independizarnos del todo de tan poderosa fuerza. Y en tal caso ¿sería para bien, o para mal? Por lo demás, es una de esas clásicas historias en las que aparentemente no sucede nada durante cuartillas y cuartillas, porque lo que importa es lo que el narrador cuenta, se haga convincente, cercano, familiar… luego lo que dirá debe sonar doblemente veraz. O al menos esa fue mi idea al escribirlo. A Domingo Santos le gustó mucho, dice que es muy “old fashioned” y supongo que él sabe porqué lo dice. Ave NUEVA DIMENSION, los que quieren escribir ciencia ficción es español te saludan… y corren al teclado de su ordenador.

Yoss

EL SINDROME DE SHANGRI-LA XIV

por Yoss

ilustrador Pedro Belushi

Para John Brunner, por “Los Vitanuls”; para Theodore Sturgeon, por “Cosas de niños”.
Y  para Rafael Marín, por “Lágrimas de luz”: sin ellos no habría sido posible este cuento.
Para Carlos Duarte Cano, dos veces colega; por biólogo y por escritor.
Porque también cree en la evolución.

 

 

Me escuchas? ¿Puedes leerme?

Qué bien. No me gustaría estar pasando todo este trabajo para que mis palabras se perdieran en el vacío, devoradas por el tiempo y la entropía. Pero no estaba seguro si el soporte que elegí resistiría tanto tiempo: no soy un experto en el tema, tan solo me dijeron que este sistema de guardar datos alterando la estructura de los átomos de carbono de un diamante es el más confiable, el que menos afectaría el paso de los eones y el que más largo plazo de conservación garantizaba. Bueno, debe serlo; también es el que más cuesta. Espero que el gasto valga la pena.Guardé además mi mensaje por triplicado: como voz, como texto y en nanosímbolos a microrrelieve, para estar aún más seguro. Tal vez pertenezcas a una especie privada del sentido de la vista, o del oído. O de ambos.

Confío entonces que al menos tengas un cuerpo capaz de analizar información al tacto.
¿Me entiendes? Espero que sí, o no habrías llegado hasta aquí. Incluí un glosario de símbolos al principio, para hacértelo todo más sencillo. Y supongo que todo lo que tengo que contarte será más que suficiente para que al final de este mensaje domines pasablemente la lengua y la escritura humanas…

Seas quien seas (o lo que seas…) tú, criatura del lejano futuro que ahora lees o escuchas esto, lo primero que debes saber es que los hombres fuimos.

Que una vez existimos, hace para ti mucho tiempo, llegamos lejos y fuimos grandes.
O al menos lo creíamos así, que es casi lo mismo.

Pero solo casi.

Bueno, también puede que todo esto esté por completo de más. Podría ser que, si perteneces a una de esas especies que se interesan por el pasado remoto, como creo que deben serlo casi todas las racionales, hayas encontrado nuestros rastros dispersos por todo lo largo y ancho del Universo. Documentos sobre nuestra Expansión por las galaxias. Registros de nuestros logros y conquistas. Ruinas de nuestras ciudades, monumentos y artefactos. De ser así, probablemente ya domines todos nuestros lenguajes. Ojalá.
En todo caso, no voy a hablarte de nuestro hermoso aspecto o gloriosa trayectoria como especie. Además de redundante, sonaría pretencioso, viniendo de mí, que soy un hombre ¿no? Pero si, en cambio, no has encontrado ninguna huella de nuestra existencia… entonces presta, por tu bien y el de tu especie, doble atención a esta historia.

Eso.

Así me gusta. Bien atento.

Lo segundo que debes saber es que los humanos tenemos ¿teníamos? una Cualidad que mucho dudo que haya poseído, posea o vuelva a poseer otra especie inteligente del Universo. Es como un Don… una especie de Vocación, a la que cuando nos llevaba al triunfo llamábamos voluntad. La misma a la que otras veces, cuando que no resultaba un rasgo tan vencedor, preferíamos referirnos como terquedad, las terceras empecinamiento, u orgullo… en los peores casos, cuando se volvía una especie de Condena que nos precipitaba en el desastre, simplemente estupidez.

Pero no debes dejarte engañar por tan variados nombres: era siempre el mismo rasgo, que de algún modo nos define ¿definía? y del que nunca pudimos ¿quisimos? librarnos.
Un Don, Cualidad, Vocación o Condena que, reitero, nos condujo a grandes triunfos… pero también a grandes fracasos.

Podría describirse como la absoluta incapacidad de dejar pasar de largo un reto sin enfrentarlo, y por extensión, de saber cuándo hay que darse por vencido. También, si quisiera sonar sentencioso y categórico, podría decir que el hombre es ¿era? un ser racional que no reconoce ¿reconocía? límites. Ni los suyos ni ningún otro. Solo que no pretendo parecer profundo ni filosófico. Ya de por sí lo son bastante estas reflexiones, que pretendo testamento de nuestra efímera gloria, abandonadas al río del tiempo dentro de una botella…

Casi seguramente no sabrás qué es una botella, ni conozcas nuestra antigua costumbre humana de que los náufragos lanzaran mensajes al mar protegidos dentro de ellas… pero no importa; te bastará con saber que es solo una metáfora para representar algo que tiene pocas probabilidades de llegar a su destino.

Como estas reflexiones mías.

Así que, por ahora, bastará con que, una vez al corriente de esa tan singular característica de nuestra especie, tengas presente otro par de premisas que te ayudarán a entender lo que voy a contarte.

Primero, que el Universo es grande e infinitamente variado.

Segundo, que la fuerza y el ingenio con los que la Vida se abre paso en el Universo son más grandes aún.

Pero supongo que si has llegado hasta aquí, ya tú y tu especie conocerán bien ambos principios.

Podría decir además que, no obstante, nuestra Vocación-Condena de voluntad, empecinamiento, terquedad, orgullo o estupidez humanas a las que hice referencia antes es ¿era? todavía mayor que el Universo y la Vida. Y que cuando incluso en el momento en que más creímos dominarlos a ambos, (¡ja! ¡creíamos! ¡dominarlos!) todo nuestro control no era en verdad más que una engañosa apariencia. Porque éramos como niños vanidosos e ingenuos a los que una ¿suerte? prematura puso a jugar en un terreno de adultos; nunca estuvimos realmente preparados para todo lo que nos esperaba en el Universo, ni mucho menos para todas las sorpresas que nos deparaba la Vida…

Podría decir todo eso, sí… pero temo que me estaría repitiendo un poco.

Y aunque tengo tiempo… no es todo el tiempo del mundo

Así que mejor me dejo de tantos preámbulos y voy de una vez por todas al grano. Algo que, dicho sea de paso, profesionalmente me cuesta no poco. En fin; más allá de todos mis circunloquios, lo que te voy a contar es un cuentecillo simple. La historia del Síndrome de Shangri-La XIV. Una pequeña, ¿instructiva? fábula sobre el Hombre, su Vocación-Condena, el Universo, la Vida, los marpekos… y las sorpresas.


Disculpa la pausa. Soy solo un ser humano, a veces tengo que descansar.

¿Mi nombre? No te lo he dicho aún. Ni tampoco te lo diré.

Y no importa. Puedes llamarme… Rapsoda estaría bien, o mejor todavía, Aeda. Ambos vocablos son sinónimos de Poeta, pero suenan bastante menos vulgares. Aunque, es inevitable, casi igual de pretenciosos.

Mi profesión, mi ministerio, si es que puede llamársele así a la Poesía, es ¿era? hacer malabares con las palabras y los conceptos, extraer belleza de la repetición eufónica, de la combinación rítmica de sonidos, y de la tergiversación de la realidad. A la vez música y fabulación.

¿Entiendes por qué te decía que profesionalmente me costaba trabajo ir al grano? Si mi oficio es el adorno, el embellecimiento, el mejoramiento de los hechos… la mentira, para algunos ¿cómo podría ser simple y directo?

Bueno, lo que hago es también, para otros, Dejar Constancia de Nuestras Hazañas y Nuestro Triunfos. Estar junto a los Héroes para Presenciar sus Hazañas e Inmortalizarlas.
Tejer la Historia, en fin. Alguien de mi gremio, quizás el mismo viejo Homero, dijo una vez que todos los hombres viven, luchan y mueren… pero que solo los poetas pueden transformar en Historia Imperecedera los hechos de algunos. Supongo que sabía de lo que hablaba, el viejo ciego cabrón; sin sus versos, el de Troya habría sido solo otro saqueo más de una pandilla de aqueos peludos. Pero él, con la magia de sus hexámeros dactilícos, lo convirtió en mucho más que eso; en Leyenda.

Claro, cometo de nuevo el mismo error que con el mensaje en la botella: tú no sabes quién fue Homero, ni quiénes eran los aqueos, ni dónde estaba o qué significaba Troya…
O tal vez sí lo sabes. A lo mejor no nos extinguimos así sin más, sino que hemos dejado suficientes rastros. Más que suficientes, exhaustivos incluso. Y tú, precisamente tú,  nos has estudiado tan bien, como curiosos animales desaparecidos que seremos ¿somos? para ti, que conoces todas las referencias culteranas sin las que un Aeda como yo vería drásticamente limitado su repertorio de imágenes, o de hermosas mentiras… que son casi lo mismo, a fin de cuentas.

En cualquier caso, olvídalo: a la mierda Homero, Troya y los aqueos.

Y qué gusto me da poder decirlo.

¿Entiendes? Probablemente no, por bien que creas conocernos. Pero a lo mejor empiezas a captar la idea si te digo que una vez fue inconcebible que cualquier Aeda usara en sus versos vocablos como “cabrón” o  “mierda”. Aunque ambas son ¿fueran? hermosas, recias palabras. Porque los héroes no cagaban, ni se quejaban cuando los herían, ni dudaban, ni tenían miedo jamás. Eran semidioses cuyas inmaculadas acciones todos los que escuchaban nuestros cantos soñaban emular. Luego, muy luego, descubrimos lo espléndidamente impactante que resultaba contar las flaquezas humanas de sus héroes a esos mismos oyentes antes alelados entre las nubes de la gloria intachable de aquellos paladines perfectos. Cierto es que en el proceso la poesía perdió algo de belleza y perfección, pero también que ganó en realismo y verosimilitud.
Ja, como si la poesía pudiera ser realista o verosímil. Pero basta de digresiones. Porque esta tampoco es una historia acerca de la poesía, ni siquiera sobre nosotros los que la ¿servimos? ¿cultivamos? No lo es, no; aunque yo, el Aeda, te la esté contando ahora, debo admitir que apenas fui un personaje secundario en ella.

Sus verdaderos protagonistas son Ariam El Afortunado, un terraformador (luego te diré qué es eso)  y su sacrificado coraje. Su amiga, la bella bióloga Cay-Wun-Thilm, también jugó cierto papel en todo el asunto. Lo mismo que la evolución, el deseo, un amor sin esperanzas y una familia de propietarios exigentes, los Roslim.

Y los marpekos.

Sobre todo, no te olvides de los marpekos.

Bueno, quizás les das otro nombre, pero cuando te diga qué son, si aún existen y los conoces en el cosmos de tu época, sabrás al momento de qué se trata.

Claro, no puedo contarte qué son los marpekos sin antes hablarte de la Expansión Humana. Y no tendría sentido hablarte de esa gloriosa aventura de conquista del Universo sin haberme referido antes a ¿te acuerdas? nuestro rasgo distintivo.

Ese mismo: nuestra Vocación-Don-Cualidad-Condena, la voluntad-orgullo-empecinamiento-terquedad-estupidez. Y también a lo otro lo de “éramos niños a los que una suerte prematura puso a jugar en un terreno de adultos” ¿lo recuerdas igualmente?

Entonces, si tienes presente todo eso, bastará que te diga que nuestra especie descubrió un medio para escapar a los límites relativistas de la velocidad de la luz y de nuestro sistema solar. Y que, gracias al impulso subespacial Hogbarts el Universo se nos abrió de golpe como una puta bien pagada… quizás demasiado pronto.

Buena imagen esa, la de abrirse como una puta bien pagada ¿no crees?

¿La captas? Ojalá y sí: espero, por tu propio bien, que tu cultura tenga algún equivalente para esas dos cosas tan maravillosas que son sexo y dinero.

Y por la imagen… de nada; es mi especialidad.

Pero volvamos al meollo de la cuestión: ¿por qué quizás demasiado pronto? Porque era apenas el siglo XXII de nuestra historia, y creo ahora que, pese a toda nuestra Vocación-Condena, todavía no estábamos de veras maduros para esa aventura de tan aterradoras dimensiones que es ¿fue? la Expansión Humana. Ah, claro… bueno, olvida quién fue Hogbarts, y por qué el siglo XXII y no el 34 o el 156-B. Sven Hogbarts no fue el único descubridor del impulso hiperlumínico subespacial, claro; la ciencia en el siglo XXI ya era el reino de los equipos multidisciplinarios, cuestión de trabajo de grupo… pero él fue el líder de su team. Y lo de los siglos… mira, acéptalo también como una convención, o tendría que explicarte quién fue Jesús, cómo murió en la cruz, por qué le llamaron luego el Cristo, qué fue la Iglesia, el papa, la Reforma… cosas que si no sabes, yo tampoco me voy a poner aquí y ahora a detallarte, después de haber escurrido el bulto con lo del mensaje en la botella y las putas bien pagadas. Imagínate, entonces: año 2164, el hombre arrastrándose a duras penas por los planetas y satélites del sistema de su primaria, construyendo unas tímidas bases en sus inhóspitas superficies, resignado a sólo soñar las estrellas… y de pronto, dispuso de un método de traslación de alcance prácticamente ilimitado. Eh, no instantáneo, pero sí muy rápido.

¿Entiendes ahora a qué me refiero cuando digo Expansión Humana?

Podría también haber dicho Explosión Humana. Sería casi lo mismo.

Hablo de nuestro mundo de origen, la Tierra, quedándose rápidamente vacío, pues todo el que tenía suficiente edad y coeficiente intelectual para subirse a una nave se iba a buscar planetas nuevos a decenas, cientos, miles de años luz. Total, si viajando por el subespacio hasta miles de años luz podían recorrerse en cuestión de pocos días. Hablo de los gobiernos, todos los gobiernos que ya eran casi uno solo, estimulando a las familias a tener hijos, muchos hijos, cada vez más hijos para poder así llenar cuanto antes el Universo con la semilla humana. De los astilleros construyendo atareados naves y más naves, cada vez más naves, todas con impulso Hogbarts, para viajar entre las infinitas estrellas.
Hablo de los nuevos descubridores explorando miles de planetas nuevos cada semana, escudriñando su geografía extraña, enfrentando a la flora y la fauna agresiva de los más peligrosos, estableciéndose con señorial altanería en los más apropiados y similares a la Tierra, como si fueran los dueños del Universo, e incluso mirando con ojos rapaces a la galaxia de al lado… Hablo de una verdadera furia generacional de viajar, explorar y establecerse que dejó chiquita a las conquistas del nuevo mundo, en tiempos de Cortés, Pizarro y Cabeza de Vaca. A la marcha hacia el Oeste de los pioneros norteamericanos, a la Fiebre del Oro en California y Alaska.

Pero no debes saber qué o quiénes fueron esos, ni cuándo, ni dónde… ni yo creo que valga la pena explicártelo, así que mejor sigo hablándote en abstracto.

Hablo de la Nueva Frontera. Del Desafío Final.

Visualiza un globo que se hincha, cada vez más grande, cada uno de sus puntos cada vez más lejanos entre sí y del centro, cada vez más fina su superficie. Si tienes algo parecido a la vista y algo parecido a pulmones con los que hinchar algo parecido a un globo, claro.
Así mismo fue. Cada vez menos humanos, cada vez más lejos. Pura aritmética: el Universo es infinito, el número de seres humanos, no. Avanzadillas exploradoras llegando día a día a un número día a día creciente de mundos, día a día cada vez más distantes de la Tierra y entre sí. Día a día, cada vez menores asentamientos, hasta que las colonias iniciales de 1000 personas, pasaron a ser de 100, de 10, de una sola familia de exploradores audaces, satisfecha de poder construirse su casa-base a su gusto y bien lejos de sus semejantes y de las, por cierto, también cada vez menos atestadas y populosas ciudades de la Tierra.
¿Vas captando la idea? Diáspora. Balcanización.

Estos fueron algunos de los lemas de la Expansión: “Hay infinitos mundos esperando por usted… incluso ese, el que siempre soñó. Basta con activar el impulso Hogbarts y buscar, buscar ¡hasta encontrar!” O este que, modestia aparte, creé yo mismo: “un  hombre para cada planeta y un planeta para cada hombre”. Porque no solo para hermosos versos servimos los Aedas. La publicidad también aprecia nuestros talentos. Y los pagaba bien…
Por este no me pagaron tanto, pero igual servirá como ejemplo: “¿para qué compartir su planeta con vecinos, si puede tomar su nave e ir a visitarlos a otro sistema en un par de minutos?” Pero creo que ahorraré tiempo pasando directamente a este, que casi me hizo rico: “si su planeta no es como quería, nosotros lo terraformaremos para usted”
Atento: esa es una palabra clave en esta historia. Terraformación. Transformación de un mundo X en un sucedáneo ecológico de la Tierra, en pocas palabras. Supongo que tu raza tendrá un concepto similar, a no ser que sean infinitamente más adaptables o más resistentes que nosotros. Que no digo que no sea posible, pero me parece más bien poco probable.

Sí, el Universo es infinito, y el viaje subespacial muy rápido y muy breve… solo que las distancias seguían existiendo en la mente humana. Si fallaba su motor Hogbarts, un colono y su familia estarían igual de perdidos y aislados a veinte que a veinte mil años luz del asentamiento más cercano, pero… digamos que  cuando eso ocurría, daba más tranquilidad, aunque fuese puramente psicológica, estar cerca de alguien. Y creer que, si uno enviaba una señal de socorro a velocidad lumínica a través del espacio convencional, al menos en veinte años ese alguien vendría a prestar ayuda. Si el ansible, ese comunicador más rápido que la luz del que tanto hablaba la ciencia ficción del siglo XX y XXI, hubiera sido inventado, todo habría sido diferente. Pero nunca se inventó, así que no te contaré más sobre él, ni sobre la ciencia ficción.

En fin, que todo el mundo prefería estar cerca de alguien.

cuento El sindrome de Shangri la 7-3-2011 2 p

Pero ¡qué mala suerte! no siempre los planetas con vecinos al alcance de la mano dispuestos a acudir a prestar ayuda eran precisamente los más aptos para la vida humana.
Oh, ni que decirse tiene: con una cúpula hermética, invernaderos de ciclo cerrado con especies transgénicas de alto rendimiento para producir aire y alimentos, cercas de energía para impedir que cualquier amenaza externa hambrienta entre, y que cualquier colono imprudente salga del perímetro protegido, prácticamente cualquier mundo resulta habitable. Salvo tal vez los gigantes de gas, los planetas de lava y otros infiernos por el estilo, claro. Tengo curiosidad ¿Acaso los habrán podido colonizar, tú y los tuyos?
Bah, no tengo modo de saberlo. Esta comunicación es en una sola dirección. Del pasado al futuro. A no ser que también hayan inventado la máquina del tiempo…

Ja, qué buen chiste ¿no? Tranquilo; yo también sé que es físicamente inconcebible. En fin, que como te iba contando, en cualquier parte se puede sobrevivir dentro de bases así; da igual si la ecología es hostil o basada en el flúor, si la atmósfera es de cloro, si al paisaje lo atraviesan ríos de ácido sulfúrico o si hay bestias depredadoras modelo tiburón, que primero muerden y luego saborean lo que les quedó entre los colmillos a ver si era o no comestible.

Pero sobrevivir no lo es todo, supongo que tú y los tuyos ya lo saben.

Está más que claro: ¿quién quiere alejarse cien mil años luz de su planeta natal para que sus hijos crezcan en un mundo en el que fuera de casa tendrán siempre que usar escafandra o ver cómo se les pudren los pulmones? ¿Donde no se puede andar descalzo sobre la hierba, sembrar un jardín, criar vacas y todo ese sueño bucólico del pionero?
Así que, cuando alguien no quería alejarse mucho de otros y el mundo que deseaba ocupar no era precisamente la versión Tau de Ceti del Edén bíblico (y si no sabes de qué hablo, tampoco te lo puedo explicar ahora), llamaba a los terraformadores.

La gente como Ariam El Afortunado, eso es.

Profesión esa, la de terraformador, de enorme y siempre creciente prestigio durante la Expansión Humana. Casi como la mía, la del Aeda. Mucho más que la de explorador.
Porque, lo que es descubrir un mundo, en plena Expansión Humana ya podía hacerlo cualquiera. Bastaba con dirigir tu nave hacia unas coordenadas que nadie hubiese antes visitado. Pero ya lo que es componer una epopeya sobre el viaje de ese mismo cualquiera y su desafío a los peligros ignotos del nuevo planeta, hasta convertir su aventurita en toda una Metáfora de la Voluntad Humana Retando a lo Desconocido, así con todas las mayúsculas, eso sólo podía hacerlo un Aeda. Lo mismo que llegar a un mundo donde nubes de cianuro y óxido nitroso daban sombra a seres depredadores capaces de lanzar descargas eléctricas de mil voltios y ¡abracadabra! convertirlo en pocos años en una pasable imitación de la Tierra. Ese es ¿era? el exclusivo talento de los terraformadores. Por eso les pagaban muy bien. Casi tanto como a nosotros. Bueno, seré sincero… a menudo mucho más
Porque para desempeñar con cierto éxito ambos menesteres se requiere ¿requería? algo que no todos poseen. Mezcla de habilidad y suerte, supongo.

Y ahí es donde entraban en juego los marpekos.

¿Ves? te dije que volveríamos a ellos.

Eran ¿plantas? ¿virus? ¿hongos? qué más da… una de las primeras cosas que descubrieron los biólogos humanos es que aquellas estrictas divisiones entre los reinos de la naturaleza que tan bien conocían de la Tierra no eran para nada aplicables a otros mundos. Incluso yo que no soy biólogo podría citarte mil ejemplos de esas formas vivientes difíciles de clasificar… no en balde me codeé por años con Cay-Wun-Thilm y otros del gremio.
En Casseida del Escorpión hallaron ¿reptiles? que amamantaban a sus crías, las que además no nacían de huevos sino por gemación. En Sidrartán del Hornillo Químico descubrieron una especie de hongo gigante que perseguía a sus presas corriendo ágil sobre su red de micelios, que funcionaban como eficaces tentáculos. Están las salamandras voladoras de Vasiliskhia de la Hidra, que como además nadaban y corrían, más que anfibias eran trifibias; y los insectoides miméticos de Entomonia del Tucán, que tantos problemas causaron a los primeros exploradores humanos de ese mundo pantanoso, con su capacidad para imitar a toda forma de vida de su entorno… inclusive a ellos mismos. ¿Alguno de esos seres te resulta familiar? Pero hasta entre todos estos sorprendentes organismos, los marpekos resultaban asombrosos y únicos. Todo un milagro biológico.

La mayor parte del tiempo vivían ¿vivirán aún? muy tranquilos en el espacio interplanetario interestelar. Eran grandes campanas de materia orgánica traslúcida, sutiles medusas verdosas que podían abarcar decenas de kilómetros cuadrados. Eficientes trampas para la luz del sol, cuya presión aprovechaban para desplazarse, usando sus cuerpos como velas para captar hasta el último fotón, cuya energía de paso empleaban para la más vulgar fotosíntesis, como cualquier honrada planta terrestre con clorofila.
Oh, supongo que tú y los tuyos, que también habrán viajado lo suyo, como nosotros, conocerán al menos otro centenar de especies capaces de vivir en el cosmos abierto… y todas bastante grandes, por cierto. Parece ser la ley; sin gravedad, los gigantes medran. Me vienen a la mente, así sin esforzarme, los leviatanes trilladores, de kilómetros de largo, que recorren los espacios interestelares recogiendo hidrógeno en sus fauces magnéticas para luego eyectarlo a presión por sus anos, después de alimentarse filtrando las moléculas de formaldehido que contiene. Una vez les dediqué un par de estrofas de una de mis odas, llamándoles “ballenas taciturnas que filtran el plancton de las estrellas”, y disculpa la pésima imagen. No es una de mis mejores composiciones, qué se le va a hacer.
También están los conchillones, esos avaros vegetaloides de todavía mayor envergadura, que llegan a envolver estrellas enteras en sus caparazones, para optimizar la absorción de su luz, como rindiendo homenaje a aquel visionario de nuestro siglo XX que fue Freeman Dyson… Criaturas todas adaptadas al espacio, con su ausencia de aire y de presión, con sus altos niveles de toda clase de radiaciones, y a las que el tirón de la gravedad de cualquier cuerpo planetario aplastaría de inmediato. Supongo que si las conoces, será por otros nombres…

Los marpekos también pertenecen ¿pertenecían? a esa singular cofradía del espacio abierto. Pero algo que los distinguía de todos los otros de su orden es que, si una de enormes medusas fotosintetizadoras caía bajo la atracción gravitacional de un planeta y no podía alejarse, al entrar en su atmósfera se desintegraba por la fricción, sí, para quedar bien con Newton… y tampoco te diré quién fue ese. Pero el resultado de tal desintegración no consistía sólo en tejidos abrasados y rotos, sino también en millones de pequeñas y ultrarresistentes esporas que flotaban por todos lados, dispersándose a merced de los vientos y corrientes marinas.Raviatar, Aeda como yo, fue uno de los primeros humanos en presenciar tal espectáculo, desde la superficie de Thalassa del Fénix, un planeta-océano de atmósfera sulfúrica. Como tantas cosas en el cosmos de la Expansión Humana, los marpekos deben su nombre a la inspiración poética: al ver aquella lluvia de diminutas esporas caer sobre las aguas lechosas, mi colega comentó que parecía como si al mar le nacieran pecas… Cabrón suertudo; le pagaron muy bien por el símil.

Lo importante es que sepas que, en cuanto aquellas “pecas” llegaban a la superficie de un planeta, sucedía lo de veras interesante. Conservaban su actividad biológica por pocas horas, es cierto… pero si durante ese breve lapso alguna era inhalada, devorada o asimilada de cualquier otra forma por cualquier ser vivo, el material genético del marpeko se mezclaba con el de su ¿víctima? ¿hospedero? y entonces… No, no era tan simple. No hacía lo mismo que los vulgares virus. No hacía estallar sus células para liberar miles de millones de pequeños marpekos ¿de qué habría servido su sutil estructura de medusa sobre la superficie de un cuerpo planetario? ¿Cómo habrían logrado aquellas frágiles criaturas traslúcidas salir del pozo de gravedad y regresar a su cómodo hogar en el espacio abierto, lleno de luz solar y otras ricas radiaciones? En vez de eso, las esporas marpekas causaban un curioso efecto sobre los seres con los que se mezclaban. En cuya epidermis, por cierto, quedaban como única evidencia una diminuta “peca” en cada sitio donde hubiera penetrado una. Cay-Wun-Thilm, tan inteligente como hermosa, (y era bella de veras, créeme, luego te la detallaré) dijo una vez que aquellas esporas eran un auténtico trampolín evolutivo. Al insertarse en el material genético de otros organismos vivos, captaban el sentido general en el que se había desarrollado su evolución hasta entonces. Al mismo tiempo, analizaban, de un modo que nunca comprendió nadie, pero sin dudas extraordinariamente preciso, las características ecológicas de su entorno, y…
Y entonces ¡zas! actuaban desplazándolo en esa misma dirección varios milloncejos de años hacia el futuro.

¿Lo captas? ¿O aún no?

Quizás este ejemplo te ayude: si una espora marpeka entraba en contacto con un anfibio del planeta X, de piel blanda y desnuda, branquias cuando larva y respiración en gran parte cutánea cuando adulto, incapaz de sobrevivir y reproducirse lejos de espacios acuáticos que lo protegieran de la desecación a él, a sus huevos de cáscara suave y a sus delicadas larvas-renacuajos, como en X los espacios terrestres eran amplios y constituían un nicho ecológico aún por ocupar… en breve plazo, la rana o la salamandra “infectada” secretaba una baba que luego se endurecía hasta formar una especie de capullo. Y cuando al cabo de algunas horas más aquella crisálida se rompía, lo que la abandonaba era ya un reptil de respiración pulmonar y con epidermis escamosa capaz de sobrevivir lejos del agua, que ponía huevos de cáscara dura de los que salían pequeños reptiles, todos con sus mismas características, y que habrían triunfado rápidamente colonizando sin competidores todo el espacio seco… si otras esporas de marpeko no hubieran hecho evolucionar simultáneamente a otras especies para también ocuparlo.

Complicado y maravilloso ¿no?

Espero que sepas de anfibios y reptiles, y de quiénes son los más evolucionados… al menos en un planeta con tierras emergidas

Charles Darwin y Alfred Wallace se habrían quedado con la boca abierta. Y Jean Baptiste Lamarck sonreiría socarrón al saber de los marpekos.

Pero tú, claro, tampoco sabes quiénes fueron esos grandes cerebros de nuestras Ciencias Naturales.

Aunque creo que igual puedes imaginarte lo estremecedor del efecto que podía tener la caída sobre todo un mundo de un solo marpeko que liberara sus millones de esporas.
Menos mal que aquello ocurría muy raras veces… al menos de modo natural.
Pero cuando sucedía, el planeta entero experimentaba un auténtico salto evolutivo, y además soslayando la engorrosa etapa de pruebas-errores que sin el marpeko normalmente tardaría decenas de millones de años. ¿Entiendes ahora lo de trampolín? ¿lo de milagro biológico? Sí, la Vida con sus posibilidades virtualmente infinitas no dejaba nunca de sorprendernos. Imagino que a ustedes aún los asombra. En cuanto a por qué las esporas marpekas determinaban tan drástico salto evolutivo hacia adelante en el organismo que las acogía, nuestros sesudos biólogos no acababan de ponerse de acuerdo.
Para eso están los científicos ¿no? Teorizar, disentir y dudar, puede decirse que esa es su Vocación y su Condena. Una variación curiosa de la de todos nosotros, humanos. Todos coincidían en que debía tratarse de una estrategia de supervivencia a largo plazo. Algunos especulaban que con aquel adelanto simplemente intentaban que su hospedero se convirtiera en una especie de mayor éxito ecológico en vez de extinguirse, como tan a menudo ocurre: puesto que la evolución no acelerada tarda tanto, no resulta un evento nada raro que cuando un organismo termina de adaptarse de modo casi perfecto a su entorno, este, irónicamente, ya haya cambiado o comienza a hacerlo de modo tan drástico que pronto vuelve contraproducente y un verdadero callejón sin salida esa misma adaptación que tan ventajosa parecía.

Bueno, la evolución es una ruleta rusa, que lo digan los dinosaurios.

Y no me preguntes ni por ruletas rusas ni por dinosaurios.

Otros biólogos, de pensamiento más audaz o más místico, como la misma Cay-Wun-Thilm, (¿ya te dije que era tan inteligente como bella?) creían firmemente que los marpekos no eran una fuerza evolutiva ciega, sino muy consciente: el objetivo final de sus saltos sería lograr que alguna especie del planeta en el que habían quedado varados llegara, de un modo u otro, pero lo antes posible, al espacio. Para entonces separarse de su material genético “portador” y poder volver a flotar entre estrellas y planetas en su forma original de medusas fotosintéticas. Incluso hubo quien fue aún otro paso adelante, y se preguntó si las mitocondrias, esos organelos citoplasmáticos que tan eficientes son suministrando energía a nuestras células, y que como ya se sabe, hace eones fueron bacterias independientes antes de volverse inseparables simbiontes, ¿no habrían sido originalmente, por casualidad, esporas marpekas? Por eso habríamos sentido siempre los humanos esa compulsión llegar más y más lejos, hasta conquistar el cosmos. Y cualquier día podríamos desintegrarnos para que de nuestros restos surgieran verdosas medusas espaciales…

¿Interesante hipótesis no? Aterradora, también… como para dar escalofríos.
Cay, por cierto, nunca llegó a creer eso. Mejor para ella, porque la teoría quedó por completo desacreditada bastante aprisa, cuando cuidadosos análisis de nuestro genoma demostraron sin margen de error posible que no teníamos nada similar a los marpekos en él.

Las mitocondrias pudieron haber sido en un principio bacterias independientes, sí… pero completamente terrestres. Nada de panspermias que llevaban la vida y el acelerón evolutivo de mundo en mundo. Nuestra compulsión hacia el espacio, tan solo una evidencia más de nuestra Vocación-Condena, era completamente nuestra.

Pero de nuevo estoy divagando. Además, muy probablemente ya ustedes sepan muy bien por qué los marpekos eran marpekos y las razones de sus curiosos acelerones evolutivos.
Lástima que no puedas contármelo. A Cay le habría gustado saberlo…

El caso fue que, desde aquel mismo momento en que el Aeda Raviatar y otro pequeño grupo de exploradores fueron testigos de excepción de la lluvia de esporas marpekas en Thalassa del Fénix, los humanos se dieron cuenta de en que utilísima herramienta podían convertirse aquellas medusas, si una inteligencia hábil las manipulaba.

Ah: entre los pocos exploradores que acompañaban a Raviatar aquel día, estaba Ariam El Afortunado. Puede decirse entonces que, desde el principio mismo, su destino estuvo ligado a los marpekos.

¿Que cómo los usaban él y sus colegas en su trabajo de terraformadores?

Muy sencillo: salían a dar vueltas de sistema solar en sistema solar en sus naves con impulso Hogbarts, hasta que localizaban a uno (no eran tan abundantes como los leviatanes trilladores, pero tampoco tan escasos como los inmensos conchillones) y entonces atrapaban a la tranquila medusa en una trampa magnética para llevarla cerca del mundo que querían terraformar. Una vez allí, liberaban y “pastoreaban” más o menos violentamente al marpeko con los chorros de su motor convencional, hasta obligarlo a precipitarse en su atmósfera y morir, emitiendo así las preciadas esporas aceleradoras de la evolución. ¿Resultado? Que si en el mundo a terraformar acababan de surgir las bacterias, de la noche a la mañana podían aparecer seres pluricelulares, como esponjas o celenterados. O sus equivalentes locales. Se esperaba entonces otro poquito… digamos un par de meses, para ver cómo iba estableciéndose el nuevo equilibrio ecológico, generalmente ayudado por la introducción de un par de especies terrestres, es obvio que también drásticamente evolucionadas y/o modificadas por el “efecto trampolín” marpeko para adaptarse al nuevo ambiente, y de paso garantizar que la evolución general del mundo terminara generando un ecosistema cómodamente parecido al terrestre… en alguna era geológica conocida, al menos. ¿Qué el cuadro general seguía sin complacer a los clientes? ¿Que pedían un mundo aún más parecido a la Tierra? Simplemente se buscaba otra medusa marpeka y se procedía al segundo acelerón con sus esporas, agregando más especies terrestres… y así sucesivamente.

Se dice fácil, pero costaba lo suyo: había que calcular trayectorias de entrada, decidir en qué estación era mejor dejar caer las esporas, si de día o de noche, qué y cuántos animales o plantas terrestres importar como modelos… surgieron complejas ecuaciones para determinarlo, claro, pero la última palabra solían tenerla la experiencia y la intuición.
Era una ciencia exacta (los biólogos que supervisaban cada caso se aseguraban de que lo fuera tanto como era posible) pero a la vez, un arte.

Y sobre todo, funcionaba.

En consecuencia, los terraformadores abusaban del método. Una y otra vez. Tanto, que hubo planetas que pasaron de alojar solo tímidos coacervados a tener mamíferos (o su equivalente evolutivo local) en menos de dos años… Pero los clientes pedían a gritos plazos todavía menores para el proceso. Y como los biólogos-supervisores nunca tuvieron nada que objetar… y ambos recibían agradables cantidades de créditos por su buena disposición. Es aquí donde entran en el juego los Roslim y su planeta, Shangri-La XIV.
Los Roslim no tenían nada de particular; madre, padre y seis hijos. Una empresa familiar, una pequeña tribu consanguínea de exploradores enriquecida con el comercio de los productos extraídos del rosario de mundos descubiertos por ellos mismos. No es raro, en la Expansión Humana. Orondos propietarios, los Roslim, entre otras decenas de mundos, del cuarto planeta que orbita Alfa del Triángulo, a pocos cientos de años luz de la Tierra, y al que bautizaron pomposamente Shangri-La XIV… porque ya otras 13 familias fanáticas de la misma novela de Charles Hilton, Horizontes perdidos, habían también tenido la feliz idea antes que ellos. Cuando el tercer hijo de los Roslim (creo que se llamaba Adama, pero no es importante) lo halló, Shangri-La XIV era un inmenso y poco profundo océano salpicado uniformemente de islas. Un mundo atrasado, evolutivamente hablando; no había plantas terrestres en sus áridas superficies, ni tampoco animales mayores que algunas bacterias. Pero, al menos, sí tenía más que suficiente oxígeno en el aire: sus océanos eran una verdadera sopa de fito y zooplancton,  que iba desde unas algas, especie de diatomeas, que fotosintetizaban a su gusto, o al menos hasta que las devoraban una especie de celenterados-crustáceos, hasta los superdepredadores del ecosistema, unos hambrientos gusanos nadadores de casi tres cuartos de centímetro de largo, a medio camino entre los equinodermos y los nemátodos terrestres.

Un planeta prometedor, y hasta cómodo. El sitio ideal para vivir, si uno no quiere meter el pie hasta los tobillos en el fango de origen orgánico al salir descalzo de casa y no le importa el omnipresente aroma a musgo en descomposición que llega del mar. Si le interesa dedicarse al negocio del plancton y no tiene ambiciones concretas de cultivar un jardín sobre un suelo pelado, al que todavía el primer rastro de humus tardará algunos cientos de millones de años en suavizar.

Claro, los Roslim, todos ellos, aspiraban a más ¿acaso da gusto invitar a tus amigos a un mundo tan… monótono? Y menos con ese olorcillo.

Así que llamaron a los terraformadores. A todo un equipo.

Cómo pasa el tiempo. Ariam El Afortunado, que cuando Ravatar bautizó a los marpekos con ese nombre en Thalassa era todavía apenas un pichón de hombre del espacio, se había convertido nada menos que en líder de aquel grupo.

Por eso acudió a Shangri-La XIV: los Roslim querían al mejor, y ese era él. Ya se había ganado a pulso su envidiable sobrenombre; en 256 terraformaciones, ni un solo cliente insatisfecho. Récord difícil de igualar, no digamos ya de superar. A veces los planetas se muestran bastante… digamos que reacios al empujoncito evolutivo que se les propina con las esporas. Hay quien dice que por el bajo fondo de radiación  ambiental que frena las mutaciones, o porque el genoma de sus especies contiene seguros tan eficientes contra los errores en la replicación que frenan el efecto acelerador de los marpekos. El caso es que, hablando en concreto, nadie sabe ¿sabía? a ciencia cierta por qué ocurría eso… pero en todo caso pasa ¿pasaba? con cierta frecuencia. Y, qué casualidad, Shangri-La XIV resultó ser uno de esos “casos difíciles”. Muy difícil, incluso. Ya Ariam y su gente habían “pastoreado”, una tras otra, a 11 medusas marpekas hacia su atmósfera, (el récord anterior para un planeta eran 9, por cierto). Pero todavía las únicas plantas que habían colonizado el espacio seco del mundo de los Roslim eran unos tristes musgos de colores apagados, de los que, comprensiblemente, la señora Roslim no podía ufanarse mucho ante sus amigas.
En cuanto a sus especies animales, aún se negaban tercamente a abandonar la protección de las aguas… sí, creo que en los mares habían surgido varias razas de crustáceos coloniales, tal vez casi inteligentes… pero ¿quién quiere dialogar con una langosta filósofa? No puede respirar aire, no emite sonidos, y por si fuera poco huele a pescado.
Igual mejor para ellas que no fueran realmente racionales. Durante la Expansión Humana nos encontramos en las estrellas cuatro especies inteligentes. Todas de bajo nivel, equivalente al de nuestros antepasados cavernícolas. Una ni siquiera había descubierto todavía el fuego. Sus cuatro planetas tenían oxígeno, otros mundos habitables cerca, y eran, en fin, ideales para ser colonizados.

Así que, por desgracia, ya no quedan representantes de sus especies nativas ni en los zoológicos… aunque, justo es decirlo, nuestros biólogos sí guardan muestras de su material genético, por si en algún momento vale la pena clonarlas para algo. Los humanos no desperdiciamos nunca nada… es parte de nuestra Vocación-Condena, puede decirse.
En todo caso, si ahora estás siguiendo esta historia, puedes estar seguro de que debes darle gracias por ello al hecho de que ninguna de nuestras naves exploradoras con impulso Hogbarts encontrara jamás a tus lejanos antecesores en su mundo de origen…
Y bueno, volviendo a Shangri-La XIV… cansado de tan lento ritmo de avance, El Afortunado decidió dejar a un lado los manuales y procedimientos y superar de una vez por todas aquella incómoda resistencia a la evolución a pura fuerza. O sea, con un tratamiento de shock, o una sobredosis, como mejor quiera llamársele. Detectó, capturó y “pastoreó” hasta la atmósfera de Shangri-La XIV no a una ni a dos sino ¡a tres medusas marpekas!

O eso creía él, al menos.

Y las fue dejando caer una a una sobre el planeta de los Roslim, con intervalos de pocos minutos.

Ariam conocía su oficio hasta en los menores detalles, y estaba perfectamente consciente de la importancia de un buen golpe de efecto; así que planificó un gran espectáculo. Debía ser una noche inolvidable. ¡Y vaya si lo fue!

Por su parte los Roslim, seguros de que esta vez sí tendrían ¡al fin! flores y pájaros (o algo aceptablemente parecido, al menos) invitaron a sus numerosos amigos y conocidos a presenciar la transformación final y múltiple. Incluso contrataron a un Aeda para componer una oda al acontecimiento: a mí. En la explanada cubierta de musgo que rodeaba su casa-base nos reunimos un par de decenas de exploradores, terraformadores retirados, vagos habituales y yo. Todos bebíamos y chismeábamos, atentos al cielo nocturno. En el que, puntualmente de acuerdo con el cronograma trazado por el eficiente team de terraformación, iban apareciendo los ígneos rastros de las medusas marpekas, que ardían en su entrada atmosférica, calculada con cuidado para que se produjera justo encima de donde nos encontrábamos.

Hubo aplausos, risas, chistes, griticos medio histéricos… yo compuse al vuelo un par de sonetos que deberían haberme servido luego de base para una oda más extensa. Y no estaban nada mal, si me perdonas la falta de modestia. Buenas imágenes, creo: “hermosos renglones de fuego salpican el cielo, preparándolo para que el hombre escriba otra página de su gloria… la belleza saluda la evolución”… ese era dedicado a Cay.

No eran exactamente así, me temo. Sonaban mejor con rima, te lo aseguro. Pero juré, cuando todo acabó, no volver a hacer poesía… y pienso mantener mi palabra, así que tendrás que imaginártelos. Si es que en tu lengua hay algo parecido a la rima. Ariam El Afortunado, por supuesto, como director de todo el espectáculo que era, no estaba en órbita con sus naves “pastoras” sino junto a sus clientes y a nosotros, su agradecido público, sobre la superficie de Shangri-La XIV. Todos llevábamos escafandras de protección biológica. Y ni siquiera de las más sofisticadas; no podía haber nada orgánico que pudiera dañar nuestros sistemas inmunitarios reforzados en aquel mundo cuyas bacterias se negaban todavía a salir del agua. Ni en ningún otro de la galaxia… la inmunología humana ha avanzado mucho desde que comenzó la Expansión, creéme.
Nada, claro, salvo las mismas esporas marpekas. Las que, además y por suerte, ya se sabe, bien pronto dejaban de ser peligrosas. Qué gran paradoja me pareció siempre el que aquellas estructuras, tan recias como para conservar su capacidad germinativa latente incluso tras una violenta entrada a través de la más densa atmósfera, la perdiesen pocos minutos después, si no encontraban ningún ser vivo con cuyo material genético mezclarse.
Bueno, la Vida sabe de ironías como nadie ¿no crees?  No obstante, los terraformadores siempre insistían en aquella precaución de las escafandras, y hacían bien… en largos años de práctica, nunca habían tenido que lamentar un solo incidente con humanos. Pero una vez el canario de una familia se quedó fuera… y aunque  a los del gremio no les gusta hablar del caso, creo que hubo que sacrificarlo de inmediato. Nunca aclaran si por peligroso, o por pura piedad.

Lástima que antes no pude echarle siquiera una ojeada… habría sido un buen tema para un par de haikus.

cuento El sindrome de Shangri la 7-3-2011 p

En todo caso, a las dos horas de haberse precipitado a través del cielo nocturno de Shangri-La XIV la tercera de las medusas marpekas, el Gran Jefe Ariam declaró que ya no había riesgo en exponerse al fresco de la noche local sin escafandra. Así que se guardaron aquellas ligeras pero engorrosas cubiertas herméticas en un sitio seguro, y comenzó la verdadera fiesta. Los Roslim se revelaron unos pródigos anfitriones: hubo comida y bebida para todos los gustos, espectáculos holográficos, duelos de improvisación (gané yo, que conste… Ariam no lo hizo nada mal, para un aficionado, pero no se puede ser un genio en todo ¿no?) música, baile y más comida y bebida para saludar el descenso de cada nueva nave terraformadora, a medida que, una tras otra, iban abandonando la órbita para posarse en torno a la casa-base de sus contratadores.

Cay-Wun-Thilm, que por petición propia era la bióloga-supervisora en aquel caso, bebía y comía a dos carrillos de modo sorprendente para una mujer con su figura, prometía a todos un salto desde aquella especie de tímido período Silúrico en el que obstinaba en permanecer Shangri-La XIV hasta por lo menos un Cretácico desenfrenado con dinosaurios con plumas al día siguiente, bebía más… y bailaba solo con Ariam.
Cuyo apodo de Afortunado, por cierto, no se debía tan solo a su éxito como terraformador, ni mucho menos.

A las dos horas escasas de haber comenzado la celebración, los sobrios en la árida explanada que rodeaba la casa-base de los Roslim eran una reducida minoría en la que yo ya no podía incluirme.

Espero por tu bien que tu especie conozca algo parecido a las bebidas espirituosas, o al menos de efectos similares a los de los psicotrópicos… si no, no saben lo que se pierden. Y yo no te lo voy a explicar ahora, tampoco. No lo entenderías. Estaba borracho, bastará con que sepas eso. Muy borracho. Me había empeñado en lograr ese estado… con todo éxito. A veces la borrachera es la mejor manera de olvidar lo que no se quiere saber, o no ver lo que está corriendo ante tus ojos, no sé si me entiendes. Por desgracia, todavía me quedaba suficiente sangre en el torrente alcohólico como para darme cuenta de que hacía ya un buen rato que ni Ariam ni Cay estaban por los alrededores. Y no se necesitaba poseer mucha imaginación para saber que debían estar muy ocupados el uno con la otra en algún rincón oscuro… No, no precisamente discutiendo sobre los pormenores de la terraformación de Shangri-La XIV.

Espero que seas miembro de una raza con sexos diferenciados y reproducción sexual, capaz además de captar reticencias e insinuaciones. Ha pasado algo de tiempo desde aquella noche, pero admito que me dolería un poco ser más preciso. Por cierto que, dicho sea en su favor, Ariam y Cay no eran los únicos que se dedicaban a… llamémoslo “prácticas de parejas”. Fue quizás por ese estado general de jolgorio y relajación que nadie detectó la entrada de la cuarta medusa marpeka… hasta que fue demasiado tarde.

Analizando a posteriori el incidente, los biólogos y terraformadores han dictaminado que lo que ocurrió fue que uno de los marpekos estaba en pleno trance reproductivo cuando fue “pastoreado” hasta las capas superiores de la atmósfera de Shangri-La XIV. Un proceso de gemación en pleno espacio, tan excepcional que no había sido nunca antes observado por nadie. Y merced al cual una pequeña medusa fotosintetizadora se separó de su ¿madre? cuyo cuerpo ¿por puro azar o por cálculo exacto? le sirvió también como masa de escape, logrando así mantenerse en órbita durante un par de horas más… aunque al fin, inexorablemente y para quedar bien con Newton como su progenitora, comenzó a perder altura.

Faltaban minutos para el amanecer, creo. En los alrededores de la casa-base de los Roslim había a esa hora demasiada gente dormida y borracha para que pudieran reaccionar a tiempo ante la visión de aquellas tenues líneas de fuego surcando el cielo, que por otra parte más de uno debió confundir con los primeros resplandores de la aurora. No, yo no. No fue culpa mía. Insisto en que yo estaba completamente borracho, así que no me tocó ser uno de esos. Yo dormía bocarriba en medio del prado; el contenido de alcohol de todo lo que había bebido finalmente había terminado por superar la capacidad de asimilación de mi metabolismo, como fue todo el tiempo mi intención. Tenía una pena en mi alma, y quería aliviarla con alcohol.

¿Te dice algo la expresión “amor sin esperanzas”?

No voy a entrar en detalles sobre nuestra anatomía y conceptos estéticos, ya lo dejé bien en claro antes. No diré entonces quién era rubia, con ojos como turquesas, anchas caderas y busto generoso, con voz de ángel y risa de cascabeles. Ni quién era alto, de rizado cabello, pupilas de esmeralda, musculoso y de espaldas anchas. Ni mucho menos quién era bajito, de pelo quebradizo y descolorido que sigue clareando pese a todas las terapias antialopécicas, desgarbado y con una torpeza congénita que me hace chocar contra todo, y que me dicen que ningún neurológico tratamiento de reconstitución osteomuscular podrá curar jamás…

Tendrás que simplemente aceptar mi palabra.

Era un triángulo clásico. Completamente tópico.

Yo la amaba a ella. Ella lo deseaba a él. El las deseaba a todas… y solía conseguirlas.
Ella era hermosa. El también, aunque me duela aceptarlo.

Yo no.

Si lo hubiera sido, si tan solo hubiera sido medianamente bien parecido, normal, sobre la media, quizás habría intentado disputársela. Golpearlo, tal vez. O decirle a ella que sería para él solo una mujer más, una noche más en un planeta terraformado más, que él solo admiraba su cuerpo mientras que yo idolatraba su mente, su sentido del humor, su dulzura, y que daría todos los años que me quedaban de vida por una sola noche a su lado.
Pero no lo hice. Preferí callar, yo que vivía de mi lengua sin freno. Ella nunca supo que yo la amaba tanto como la despreciaba por preferirlo a él. El nunca supo que lo odiaba tanto como lo admiraba por conseguir atraerla a ella. ¿Entiendes? ¿O acaso perteneces a una raza tan desgraciada que en su raciocinio no conoce el amor? Entonces olvida todo lo que dije antes. Confórmate con saber que me emborraché, como tantos otros.

Por eso es que nada de lo que te voy a contar lo recuerdo. También a mí me lo contaron.
Ariam El Afortunado, como siempre, se portó como un héroe. Estuviera donde estuviera, y haciendo lo que estuviera haciendo, el caso es que llegó apenas aparecieron los primeros trazos de fuego en lo alto. Vestido a medias, desgreñado y sudoroso, épico en su apostura, dicen que arrastrando a una Cay cuya sonrisa beatífica de hembra satisfecha era la mejor prueba, no solo de que había bebido bastante, sino sobre todo de que no entendía la gravedad de lo que estaba pasando.

Ariam despertó a gritos y a patadas a los que dormíamos. A algunos, al menos. A empujones, nos condujo en un tiempo récord al interior de la casa-base de los Roslim y hermetizó el edificio, cuyas ventanas y puertas habían dejado sus dueños durante la fiesta abiertas de par en par, para aprovechar el fresco de aquella gloriosa noche.

Fue eficiente, convincente, rápido. Fue Ariam.

Lo sé, porque fui precisamente yo el último a quien tuvo tiempo de llevar a la seguridad de la casa-base de los Roslim. Porque, borracho como estaba, vomitando, torpe como siempre he sido… tropecé y me quedé atorado en la esclusa de la entrada, impidiendo de paso que él entrara.

¿Entiendes qué paradójica ironía? El, Ariam, mi tan odiado rival… me salvó. Y yo le impedí salvarse a él. Lo más triste: ni siquiera fue algo premeditado. Nadie me culpó ni podría haberme culpado. Quizás porque nadie conocía de mi imposible devoción por Cay-Wun-Thilm. Fue tan solo un lamentable accidente. Mala suerte. Azar.

¿Azar?

Ya no estoy tan seguro de que exista el azar en este Universo, ni en ningún otro.
Ariam tampoco me culpó, claro. Era demasiado grande y generoso para caer en tal mezquindad. Me miró, sonrío y corrió a buscar refugio. Luego supe que se protegió con una lona, oculto bajo una laja de roca, penando que así lograría evadir, reducir de algún modo la peligrosa lluvia de esporas.

Y el recurso le funcionó… aunque no del todo.

Pasaron varios minutos antes de que otros terraformadores de su equipo lograran recuperar la sobriedad imprescindible para salir a buscarlo llevando una escafandra de protección biológica… pero ya era tarde. Ariam había perdido el sentido y en su piel podían observarse varias decenas de pecas. Estaba inequívocamente infectado, así que tuvieron que ponerlo de inmediato en cuarentena biológica. Y no sirvió de mucho. A las 3 horas, su epidermis comenzó a secretar aquel tan conocido mucílago transparente que se endurecía a ojos vistas. Yo tampoco pude ver eso. Estaba tendido en cama, con una resaca espantosa… y no me pidas que te explique qué es eso, si nunca has bebido etanol.
Porque si tu especie lo bebe y no sabes lo que es, envidio sus metabolismos…
Volviendo a la contaminación de Ariam: lo mejor, lo más gracioso fue que, aunque yo estuve atorado en la esclusa, sitio ni remotamente hermético, durante toda la lluvia de esporas ¡no había en mi piel ni una sola “peca”!

Dime ahora ¿sigues creyendo que fue todo puro azar?

Los hombres de Ariam, desesperados por salvar a su líder, se lo llevaron de inmediato a la Tierra. El viaje, aunque rápido, no fue instantáneo; cientos de años luz no se recorren en unos minutos. Duró tres horas. Estaban ya en nuestro planeta madre cuando Ariam El Afortunado salió de la crisálida de transformación, antes de que la más avanzada ciencia humana hubiese siquiera tenido tiempo de ocuparse de su caso.

Y ahora viene la Gran Sorpresa.

¿Qué, crees que emergió convertido en un superhombre? ¿En un coloso de tres metros de altura, con músculos de dios, telépata y con memoria eidética, que levitaba despidiendo rayos de luz? ¿O tal vez en un cerebro inmenso sostenido a duras penas por un cuerpo subdesarrollado? ¿Qué el efecto de trampolín evolutivo de los marpekos lo hizo evolucionar hasta la próxima etapa del desarrollo humano?

Te parece que así habría debido ser, ¿no?

A mí también.

A muchos, de hecho.

Pero el caso es que no ocurrió nada de eso.

El Ariam que abandonó la crisálida era idéntico al que estaba inconsciente cuando tal estructura se formó sobre su cuerpo. Y al de siempre. Claro, no recordaba nada del proceso… si es que algún proceso sufrió.


Lo siento, pero al menos esta fue la última pausa.

Ya falta poco.

Esos fueron los hechos.

Tan solo faltan la reacción y las consecuencias, o sea, lo más importante.

Los médicos y otros científicos, asombrados, especularon que quizás el efecto de aceleración evolutiva de los marpekos sólo se ejercía sobre especies no inteligentes.
Buena teoría… sobre todo porque, como descontando aquellas cuatro desgraciadas especies con bajo nivel de desarrollo, que de todos modos ¿exterminamos? ¿desaparecieron? mucho antes de que Ravatar presenciara aquella primera lluvia de esporas en Thalassa, hasta la fecha no hemos encontrado otra raza de hermanos de raciocinio, no hay modo de desmentirla.

No se le dio mucha publicidad al asunto, y el ¿milagrosamente? ileso Ariam, después de haber sido sometido a todas las pruebas y análisis imaginables, sin que ni uno solo arrojara algún resultado inesperado, volvió a las pocas semanas a su trabajo de terraformar mundos. Estaba tan sano y saludable como había estado siempre.

Y, chico afortunado, Cay-Wun-Thilm lo estaba esperando a la salida del hospital…
Oh, sí, supongo que piensas que este sería un buen final para la historia. Pero eres capaz de comprender que no hubiera hecho una pausa tan cerca del final ¿no?  Igual ya te advertí que las cosas no terminaban ahí.

Más bien empezaron.

Porque, como todos los hombres adoran demostrar su valor, y presumir de su buena suerte, pese a que le habían sugerido que mantuviese todo el lío en secreto, Ariam habló… o lo hizo alguno de su equipo, da igual.

El caso es que, poco a poco, primero sus colegas terraformadores y luego otros hombres del espacio, comenzaron también a quedarse fuera y sin escafandra biológica “por pura casualidad” alguna que otra vez, durante una lluvia de esporas marpekas.

Ninguno sufrió jamás otro daño que el que había experimentado el propio Ariam, cuando fue “infectado”: perder el sentido, formar crisálida… y salir a las pocas horas, ileso.
Al principio los médicos pusieron el grito en el cielo ante esta nueva “moda”. Compréndelos; no entendían lo que pasaba, y todo lo que no se comprende aterra.
Un psicólogo avispado e imaginativo incluso bautizó a todo el asunto como “Síndrome de Shangri-La XIV”. Y lo supuso una versión actualizada del mismo instinto de atracción por el peligro que en el pasado hacía a algunos saltar de los puentes colgados de una tira elástica, o enfrentarse a las fieras, para sentir el golpe de adrenalina…  Vocación-Condena ¿recuerdas? Nunca aceptamos nuestros límites. Pero luego, viendo que nunca había consecuencias, los expertos dijeron: “Ya se cansarán esos temerarios cabeciduros del jueguito, cuando todos sepan que es inofensivo”

Y tenían razón… para variar.

Ser “contagiado” por las esporas y luego formar crisálida no mataba a nadie, estaba claro… pero tampoco era una experiencia precisamente agradable. No había, pues, gran riesgo de  que se convirtiera en algo adictivo. Así que, tras una etapa inicial de bravatas machistas, como habían previsto los galenos en general y los hurgasesos en particular, las escafandras de protección biológica volvieron a ponerse de moda durante la terraformación con la ayuda de esporas marpekas.

Y los biólogos, por su parte, volvieron a debatir con nuevos bríos si no sería que nuestras mitocondrias impedían que otros simbiontes se fusionaran con nuestro genoma, o si las esporas sabían reconocer el raciocinio y lo respetaban en consecuencia…

La historia, pues, también podría terminar aquí ¿no crees?

Pero resulta que Cay-Wun-Thilm tiene una teoría… y sobre todo, algunas pruebas para corroborarla.

No, ya no es tan amiga de Ariam El Afortunado como antes. No me preguntes qué ocurrió entre ellos, por qué se enfriaron las cosas…  ella no me lo contó y yo no se le pregunté.
Los humanos tenemos un refrán: “a caballo reglado no se le mira el colmillo”
Y espero que entiendas de qué va… incluso sin preocuparte por averiguar lo que es un caballo.

Lo que sí debería preocuparte es que Cay piensa que el que los marpekos no produzcan ningún efecto sobre el genoma humano no depende de nuestras mitocondrias ni de ningún teleológico respeto de las esporas marpekas por nuestra inteligencia, sino de una razón mucho más simple… y a la vez aterradora. Porque el fenómeno no ocurre tan solo con nosotros, por cierto. Cay, la buena de Cay, ha buscado con ahínco, hasta descubrir que hay unas pocas especies animales y vegetales, terrestres y de otros mundos de la galaxia, que tampoco son afectadas en lo absoluto por el célebre acelerón evolutivo marpeko.
La lista incluye a seres muy disímiles: desde seres terrestres, como la euglena viridis de las charcas, un protozoo con capacidad fotosintética, hasta árboles raros como el gingko biloba y la microcyca calocollens, pasando por peces condrictios como el tiburón ángel y la quimera. Y el trix de Zarmona, el guzoid de Régulo IV y la rana ornitoide de Stiizia, entre los organismos extraterrestres. Curiosamente, lo único que tienen todas estas especies en común es que se trata de auténticos fósiles vivientes. Organismos tan bien adaptados a su entorno que por cientos, miles de millones de años, han permanecido prácticamente idénticos a sus remotos antecesores.

Sin evolucionar.

¿Captas el quid de la cuestión?

Dicen que un científico tiene siempre una intuición y luego trata de comprobarla o refutarla usando la lógica. Me pregunto cómo habrá tenido Cay la idea de que los marpekos eran absolutamente inocuos tan solo en los seres que han agotado por completo su potencial evolutivo. Tal vez algún comportamiento no muy evolucionado de Ariam se la sugirió… Pero no voy a especular sin datos.

Piensa en el asunto. Especies que no evolucionan… porque se han adaptado de modo tan perfecto a su ambiente que han perdido por completo su capacidad para hacerlo.
Y que si siguen vivas, es solo porque su entorno no ha cambiado tan drásticamente que anule las ventajas de esa adaptación al medio.

Pero si las cosas cambiaran de pronto…

De nada te sirve un trampolín si eres tan pesado que ya no puedes siquiera saltar.
Cay dice que necesita más pruebas, quizás años de cuidadosas y sistemáticas comprobaciones antes de dar a conocer su teoría de que los humanos hemos agotado nuestro potencial evolutivo. Pero mirando en derredor, parece por completo lógico. Lo raro es que nadie lo haya enunciado antes. Quizás fue necesario esperar a que descubriéramos a los marpekos con su casi milagroso efecto sobre los seres vivos, y a que tuviera lugar el incidente de Shangri–La XIV, para que pudiéramos verlo. O tal vez ya lo intuíamos, y por eso tanta obsesión con lo de usar escafandras biológicas. Para no tener que aceptar que nuestra especie, cuya anatomía prácticamente no ha cambiado desde tiempos prehistóricos, ya no cambiará nunca más.

La conclusión es evidente: hemos llegado al límite de nuestro potencial biológico como raza, y no habrá un más allá para nosotros. Nunca más.

Y extendiéndonos como lo estamos haciendo por entre las estrellas, en esa diáspora suicida que es la Expansión Humana, terraformamos los mundos porque ya no somos capaces de adaptarnos a ambientes nuevos. Ni lo seremos nunca más.

Nunca más, como hace siglos hizo Poe decir a su cuervo.

Son palabras pesadas, definitivas. Preocupantes. Aterradoras.

Qui non proficit, déficit, decían los antiguos romanos. Lo que no gana pierde, o lo que no adelanta, retrocede. No hay estancamiento sin consecuencias en la naturaleza. Supongo que cuando Cay presente su teoría sobre el agotamiento de nuestro potencial evolutivo, los optimistas de siempre saltarán a replicarle que desde que alcanzamos la inteligencia, lo importante es que evolucione nuestro cerebro, y no nuestro cuerpo. Y que si tan grave fuera el problema de nuestro estancamiento evolutivo, en todo caso, ya se encontrará en el futuro algún modo de contrarrestarlo, de evadirlo, de superarlo de cualquier manera.
Y me temo que, aunque la creyeran, aunque al final acepten que tiene razón… igual seguirán haciendo lo que hacen. Extenderse, descubrir y conquistar nuevos mundos, poblarlos. Incluso si saben que no sirve de nada, porque ya nuestros años están contados

Y lo harán… porque no pueden hacer otra cosa.

Porque somos humanos y no sabemos más que ser humanos.

Nuestra Vocación-Condena, una vez más… (y espero en todo este largo discurso mío no haber permitido que olvides de qué se trata)

No aceptar jamás la derrota.

Y tal vez hasta tengan razón, esos tercos ¿no crees?

Porque el hombre no puede estar condenado ¿verdad? la gloriosa aventura de la Expansión Humana demuestra que estamos en vísperas de nuestra mayor gloria. No parecemos una especie en decadencia ¿a que no?

Dicen que nunca es más oscura la noche que justo antes del amanecer.

Entonces, también pudiera ser cierto que nunca es más brillante el día que justo antes de un eclipse…

La Expansión Humana podría muy bien ser nuestro canto de cisne.

El comienzo de nuestro eclipse.

Puede que sí y puede que no.

¿Quién sabe?

Por lo que pueda ocurrir, grabo esto. Un mensaje en una botella de tiempo.

La idea fue de Cay: cuando termine de decir todo lo que quiero, lo guardaré en una cápsula y lo arrojaré al cosmos, al espacio interestelar, bien lejos de todo sol o planeta, para que flote sin riesgo por los siglos de los siglos… hay una buena probabilidad de que se pierda, pero también podría encontrarla alguna de las razas que nos sucederán en el infinito relevo de la inteligencia.

Como tú y los tuyos.

Este es entonces mi mensaje para ti, hijo de una especie racional diferente, heredera del cosmos. Para que lo descubras dentro de millones de años, cuando ya no estemos, cuando la inmensidad del Universo y la fuerza imparable de la Vida nos hayan devorado para abrirse paso… y reflexiones.

Para que tengas cuidado con tu orgullo de conquistador, de dueño del Universo.

Ojalá esta advertencia te sirva de algo.

Ahora sí que ya he casi terminado.

Pero antes de concluir definitivamente, aquí entre tú y yo, te diré algo. Porque hay experiencias que sin nadie a quien contarlas no saben igual de bien: Las cosas rara vez son como uno piensa. Todo el mundo lo sabe. Pero Cay-Wun-Thilm resultó ser todo lo que yo pensaba… e incluso más. Ariam nunca entendió qué joya de mujer era, por suerte para mí.
Cay, claro, no le guarda ningún rencor. O eso dice, y yo prefiero creerle. Ella es tan suave, tierna y amable… me ha agradecido como mejor sabe (¡y vaya si sabe agradecer bien!) que la apoyara en su teoría, ahora que está sola… Y, sobre todo, dice que sus dos noches de locura con El Afortunado no significaron absolutamente nada. Porque jura que sólo fueron dos. Y que únicamente aceptó irse con él porque estaba cansada de esperar a que yo le dijera algo ¿qué te parece?

Sí, la Vida y el Universo nunca dejarán de darnos sorpresas.

Ni las mujeres tampoco.

Puede decirse que esa también es su Vocación, o su Condena.

Algo que a mí, por cierto, estancamiento evolutivo o no, me parece muy bien. Tanto, que por momentos hasta el saber que pudiéramos ser una especie condenada a desaparecer por haber agotado nuestro potencial evolutivo… francamente, ya no me preocupa mucho.

30 de agosto de 2009

© 2009 – 2011 Yoss por el relato.

© 2011 Pedro Belushi por las ilustraciones.

yossJosé Miguel Sánchez Gomez -Yoss- es Licenciado en Biología por la Universidad de La Habana, 1991. Miembro de la UNEAC desde 1994. Desde 2007, vocalista del grupo de heavy metal TENAZ. Ensayista, crítico y narrador de realismo, ciencia ficción y fantasía heroica. Su obra ha obtenido diferentes premios y menciones, tanto en Cuba (Premio David 1988 de ciencia ficción; Premio Revolución y Cultura 1993; Premio Ernest Hemingway 1993; Mención UNEAC de novela 1993; Premio Los Pinos Nuevos 1995; Mención UNEAC de cuento 1995; Mención de cuento La Gaceta de Cuba, 1996; Premio Luis Rogelio Nogueras de ciencia ficción 1998; Premio Cuento de Amor de Las Tunas 1998; Premio Aquelarre de texto humorístico 2001; Premio Farraluque de cuento erótico 2002 y Premio Calendario de ciencia ficción 2004) como en el extranjero (Premio Universidad Carlos III de ciencia ficción, España 2002; Mención UPC de novela corta de ciencia ficción, España, 2003; Premio Domingo Santos de cuento de ciencia ficción, 2005; Tercer Lugar en el Casa de Teatro de cuento, República Dominicana, 2006;  segundo lugar Alberto Magno de relato de ciencia ficción, España, 2008; y Premio UPC de novela corta de ciencia ficción, España, 2010)
Sus textos han aparecido en diferentes publicaciones periódicas de Cuba y otros países. Sus narraciones han sido incluidas en varias antologías nacionales y extranjeras. Ha sido asimismo antologador de los volúmenes Reino eterno (cuentos cubanos de fantasía y ciencia ficción, 1999); Escritos con guitarra (cuentos cubanos sobre el rock, en colaboración con Raúl Aguiar, 2006); y Crónicas del mañana: 50 años de cuentos cubanos de ciencia ficción (2009) en los que igualmente figuran cuentos suyos.
Fundador de los talleres literarios de ciencia ficción Espiral y Espacio Abierto. Graduado del primer curso (1998-99) de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha impartido Talleres de este tipo en Cuba, Chile, Italia, España y Andorra, así como asistido a varias convenciones internacionales de ciencia ficción y fantasía: Les Utopiales 2002 y 2004 y Les Imaginales 2003, en Francia.

Foto de Pedro  Belushi

Pedro Belushi, ilustrador y guionista. Ha trabajado en multiples proyectos de ilustración y comic. Entre sus obras están Melquiades y El Genio ( Dibujo y guión. Ed. Sulaco 2000) y Mighty Sixties ( Guión y diseño, junto a Carlos Vermut. Amaniaco Ed. 2001). Ha hecho diversas exposiciones de su obra gráfica dentro del Circuito de Jóvenes Creadores de su comunidad. Actualmente colabora con BEM on Line y otras revistas de CiFi haciendo ilustraciones para relatos y portadas, así como guiones para otros ilustradores como Carlos Vermut, Nando o Pablo Espada (con quien hizo Clon 27, una de las primeras tiras seriadas en internet).

 LIBROS PUBLICADOS por Yoss

  • Timshel (cuentos de ciencia ficción) 1989.
  • W (cuentinovela de realismo) 1997.
  • I sette peccati nazionali (cubani) (cuentinovela de realismo, en Italia) 1999.
  • Los pecios y los náufragos (novela de ciencia ficción) 2000.
  • Se alquila un planeta (cuentinovela de ciencia ficción, en España) 2001.
  • El Encanto de Fin de Siglo (noveleta, en colaboración con Danilo Manera, en español en Italia) 2001.
  • Al final de la senda (novela de ciencia ficción) 2003.
  • Polvo rojo (novela corta incluida en el volumen-antología Los Premios UPC 2003, España) 2004.
  • La causa che rinfresca e altre meraviglie cubane (cuentos de realismo, en Italia) 2006.
  • Precio justo (cuentos de ciencia ficción) 2006.
  • Pluma de león (novela erótica de ciencia ficción) en España, 2007; y Cuba, 2009.
  • Interferences (cuentinovela de ciencia ficción, en Francia) 2009.
  • Las quimeras no existen (cuentos para niños y jóvenes) 2010.
  • Leyendas de los Cinco Reinos (cuentinovela de fantasía heroica juvenil) 2010.
  • Siedem Grzechów Kubanskich (cuentinovela de realismo, en Polonia) 2010
  • Planète à louer (cuentinovela de ciencia ficción, en Francia) 2011.
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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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