SEÑALES EN EL CAMINO, de Roger Zelazny

La carretera de todas las historias

En la edad de oro de la edición española de la ciencia ficción clásica llegó hasta nosotros una bella obra maestra de Roger Zelazny, uno de los autores más poéticos que aparecieron con la nueva ola de los 60 y los 70. Contaba veintiséis años de edad cuando irrumpió en Fantasy & Science Fictioncomo una estrella de primera magnitud con su relato “Una rosa para el Eclesiastés”. A partir de entonces, mientras otros colegas de la llamada new age, como Delany o Disch, iban perdiendo progresivamente el favor del público, él permaneció hasta su muerte en la cresta de la ola, brillante y novedoso. 

señalesenelcaminoBrillante siempre por su estilo, ya que fue un primoroso estilista. Novedoso, como bien señala Pringle,  porque aportó una inesperada sofisticación a los ya trillados materiales del género. Argumentos y escenarios ya manejados por otros, que estaban casi anticuados, asombraron a los lectores de F&SF por su manera de tratarlos, con una combinación tan hábil de sagacidad y sabiduría que sedujeron a todo el mundo: fue el triunfo del estilo.

Señales en el camino es estupendo desde la portada, de magnífico diseño descriptivo, pues es todo un resumen del argumento de la novela. Es una ingeniosa fábula del tiempo y el espacio que conforman doscientas páginas que hubieran dado para más, pero que el autor nunca quiso expandir. Es más, deja tantas interrogantes sin respuesta que, como hiciera Leiber en El gran tiempo y sus posteriores Crónicas, bien podría haber dado lugar a una serie de historias cortas sobre una infinidad de temas del Camino, pero Zelazny nunca volvió sobre él.

Zelazny fue un apasionado de las narraciones de ciencia ficción con referencias explícitas a las mitologías de diferentes culturas, entre las que la norteamericana no se queda atrás, por lo que los coches y los paisajes del Medio Oeste son frecuentes en sus historias, a la manera de un Bradbury cimentado en la época del flower pop.

Esta original y sugestiva novela se puebla de la temática propia de los géneros de la ucronía y los viajes en el tiempo, y hasta tiene algo de fantasía heroica, donde hay dragones prodigiosos que son magos benéficos y caballeros que luchan entre camionetas y moteles atemporales. Las autopistas y los coches americanos fueron una de las pasiones -no sólo literarias- del autor.

Ya en una de las primeras páginas nos muestra lo ávido y estudioso que fue de los mitos de otras culturas, cuando traspone a la antigua Grecia una hermosa leyenda persa de los primeros tiempos del Islam:

“La muerte -dijo- se sentirá por cierto desconcertada si no tarda en cruzarse conmigo. Dirá: ¿Qué hace este hombre en la Atenas de Temístocles cuando tiene otra cita conmigo en la última salida de Babilonia?”

En un universo en que los persas derrotaron a los griegos en Maratón, el protagonista lleva rifles a éstos para que inviertan el resultado de la batalla, como hace Turtledove con los AK-47 Kalashnikov en The Guns of the South.

200px-Roger_ZelaznyUn guiño al aficionado es el que dedica a La patrulla del tiempo, de Poul Anderson, pues de un modo semejante aparece el emperador Manuel I, seguramente el mejor de la familia Comneno durante el segundo período dorado del imperio bizantino.

Más adelante, el episodio breve sobre el Cruzado que decide quedarse en uno de los hostales de los atajos, los moteles atemporales de la novela, dará paso no ya a una ucronía, sino a un fragmento de Historia medieval.

Zelazny no le atraía escribir una ucronía al uso, sino actualizar un mito griego que ha devenido en universal y base de nuestra civilización. A raíz de la crisis económica de Grecia, comentaba con ironía un colega de Ahlmann, la fama de “sabios y rectos” que tuvieron los griegos para los romanos y para toda nuestra posterior cultura grecorromana.

 El desplazamiento temporal no se realiza con ninguna máquina, sino recorriendo una carretera que lo es todo, un camino que es el verdadero protagonista de la narración, muy por encima de cualquiera de sus personajes humanos. Es una carretera sin límites que se supone que arranca del origen de los tiempos y termina en su final, aunque nadie ha llegado a alcanzar ni un extremo ni el otro. Tiempo arriba y tiempo abajo, transitan por ella desde unos viajeros que practican el auto stop a otros que lo hacen a bordo de vehículos futuristas de propulsión nuclear.

Este camino, en el que puede uno encontrar a un nativo del sigo XI en el XXVII, recorre en su ruta principal todos los parajes en que ha transcurrido o va a transcurrir la Historia, pero sus desviaciones laterales conducen a lugares en que la Historia podría haber sido otra. Unas son carreteras bien asfaltadas y abundantemente transitadas, otras son sólo senderos de tierra por donde no pasa nadie y que llevan a lugares neblinosos cuyos acontecimientos se están desvaneciendo.

El Camino se configura así como un mapa de todas las Historias que, como el índice de un libro, han compilado  los dragones de Bel’kwinith, que nadie sabe quiénes son ni por qué lo hicieron.  A lo largo de él se mueve una Policía Temporal del futuro que reprime los actos prohibidos, como el tráfico de armas, y existen áreas de servicio atemporales que regenta una raza que no se desplaza por el Camino.

El autor filosofa, hay inmortalidad -tema que le es caro- en una carretera que permite atravesar todos los tiempos y que, recorriéndola, se puede rejuvenecer:

 “Antes de que los de mi sangre alcancen la madurez deben de volverse jóvenes, porque nacemos viejos y debemos descubrir nuestra propia  juventud, que es nuestra madurez, en esta forma. De hecho, puede que ésta sea la razón del Camino, y empiezo a sospechar que todo el que sea capaz de viajar por él lleva algo de nuestra sangre.”

 

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Roger Zelazny

Zelazny fue un escritor de ciencia fantasía, más que de ciencia ficción. La ciencia propiamente dicha, como escribe Sadoul, no fue para él sino una decoración o un soporte, y así se advierte en Roadmarks, que, al igual que muchas de sus otras narraciones, no sigue una lógica de ciencia, sino de fantasía, y posee la atemporalidad que es propia de la narrativa fantástica.

“Nos encontramos en el Camino -fue la respuesta-. Atraviesa el Tiempo: el Tiempo pasado, el Tiempo por venir, el Tiempo que pudo haber sido, el Tiempo que podría todavía ser.  Que yo sepa no tiene término y nadie conoce sus desvíos. Si el hombre que buscas es el hombre atraído por la muerte que otrora acompañé, quizá lo encontremos en alguno de sus puntos, porque tiene la sangre del viajero que le permite seguir por estas rutas.”

Red Doraken, el protagonista, es como el autor un S XX, un nacido en el siglo XX en  Cleveland, Ohio, que ha viajado por el Camino desde mucho antes de lo que puede recordar. Hacía mucho tiempo caminaba como un hombre viejo pero, ahora, mucho más joven, conduce su golpeada camioneta Dodge cargada de rifles.

Es detenido por la Policía Temporal, que se incauta de sus armas, y sigue su camino en busca de algo que no sabe qué es, pero que reconocerá cuando lo encuentre. No va solo, le acompaña Flores, un ejemplar de Las flores del mal de Baudelaire, que es capaz de conducir el camión, hacerlo aparentar un montón de chatarra, aconsejar sabiamente a su propietario y advertirlo de cuanto elemento hostil se le aproxime, cuando no de defenderlo directamente. Al final aparecerá un Hojas semejante, abreviatura éste de Hojas de hierba de Walt Whitman, que perteneció también a Red y que conducirá hasta él  a su hijo y la mujer que lo ama.

Un enemigo decreta contra él una “Década Negra” que es autorizada por la Comisión de Juegos, creada en el siglo XXV para regular estos sucesos, y que es otra ocasión perdida para una historia breve complementaria. Tras su correspondiente transmisión a las Casas de Apuestas, repartidas por todas las edades y que se manejan en un idioma intertemporal llamado prelingua, Red debe enfrentarse a seres tan letales como un tyranosaurus rex del que se fueron a buscar algunas células millones de años atrás para luego clonarlo en el futuro, o a un robot abandonado por una raza extraterrestre que es la más poderosa máquina de matar que se haya conocido jamás, provisto de energía atómica. Al superar las pruebas, Red va perdiendo su condición de héroe romántico para convertirse en un superhombre. Afortunadamente para él, la Década Negra se levanta anticipadamente.

Cuando los grandes dragones, solitarios, poderosos y llenos de sabiduría, vuelan sobre Bel’kwinith soñando el trazado de los caminos, el universo de la novela se remata bellamente en el nuestro:

“El mensajero cayó sobre los peldaños de la Acrópolis. Antes de morir comunicó la nueva de Maratón.”

 

© 2010 Augusto Uribe y Alfred Ahlmann

 

Zelazny, Roger. Señales en el camino (Roadmarks, 1979), Adiax, Barcelona, Fénix nº 23, 1981, trad. Ruben Masera, rúst., 209 pp.

 

 

uribeAugusto Uribe es doctor en una ingeniería, periodista y tiene otros estudios; ya jubilado, es presidente de una sociedad de estudios financieros. Ha ganado varios premios Ignotus y ha publicado en libros y revistas como el antiguo BEM o Nueva Dimensión, que lo tuvo por su primer colaborador.

 

 

 

alfredahlmannAlfred Ahlmann, director de la misión arqueológica española en Turquía, es doctor en Historia, profesor universitario en España e imparte clases en algunas universidades extranjeras: domina varias lenguas. Además de numerosos trabajos profesionales, ha publicado también artículos del género.

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