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ANTICIPACION: LA REVISTA PRECURSORA DE NUEVA DIMENSION,

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por Domingo Santos

A lo largo de los años se ha hablado abundantemente de la revista Nueva Dimensión, de lo que ha sido y de lo que ha significado para la ciencia ficción en España. Sin embargo, nadie menciona nunca a su antecesora directa, la revista Anticipación. Fue una revista humilde y breve (duró sólo siete números), hoy injustamente olvidada. Y digo injustamente porque ella fue la precursora que sentaría las bases y daría nacimiento a Nueva Dimensión. De modo que para paliar el olvido, y a petición de los coordinadores de BEM on Line, he decidido dedicarle esta columna. Ésta es su historia.

Allá por el año 1966, yo colaboraba más o menos asiduamente con la Editorial Ferma, que entre otras cosas había sido el editor de mi primera novela publicada (no, no era una novela de ciencia ficción: ¡era un western!). Ferma, entre otras colecciones, editaba por aquellos tiempos la colección de ciencia ficción Infinitum, una colección de muy digna serie B, superada tan sólo por la muy excelente colección Nebulae. Nos hallábamos por aquel entonces en un período de expansión y auge del género en España: los libros de ciencia ficción se vendían bien, y los editores se sentían optimistas y satisfechos.

Alentado por este ambiente propicio, un día le propuse a Ferma la idea de publicar una revista de ciencia ficción. Argumenté mis razones, dos de ellas de peso: el creciente interés que mostraba el público por el género, y el éxito que estaba teniendo en nuestro país la revista argentina Más Allá, pese a su escasa distribución. Quizá fuera lo elocuente de mis palabras (aunque lo dudo: nunca he sido muy bueno convenciendo a la gente), o tal vez mi entusiasmo, o mucho más probablemente la comprobación fáctica de que mis argumentos eran razonables. Lo cierto es que, tras meditarlo un poco, dijo: «Bueno, ¿por qué no?», y me pidió que le elaborara un proyecto.

Lo hice de inmediato. Confieso que me salió una revista muy parecida a Más Allá, algo que quizá bordeaba casi el plagio. No me avergüenzo de ello: cuando algo es lo suficientemente bueno, me he dicho siempre, ¿por qué intentar cambiarlo? Y Más Allá no sólo era buena: era excelente, un auténtico hito, un clásico en la historia de la ciencia ficción en castellano.    Ferma estudió mi proyecto, efectuó unas someras prospecciones de mercado, hizo cálculos de costes, y al final, tras meditarlo un poco más, dio su visto bueno. «Adelante», dijo.

Así nació Anticipación.

El primer problema con el que me enfrenté fue el enorme trabajo que significa el hacer una revista. Ingenuo de mí, no había pensado que no es lo mismo llevaruna colección de libros que hacer una revista. En una colección de libros sólo tienes que leer los libros que te envían los agentes (o que les has pedido si te han llegado rumores de que determinada obra puede ser interesante, o incluso que les pides directamente al autor si te han llegado buenas referencias del libro y tienes contacto con el autor, luego leerlos, evaluarlos, decir «este sí», «éste no», y pasarlos al editor para que los rechace o firme los correspondientes contratos. En una revista, el trabajo se multiplica por mil: en cada número no hay un sólo autor, sino muchos, a los que hay que contactar, a menudo individualmente, directamente con ellos o a través de sus agentes o editores, y cuyos contratos hay que redactar, cada cual según sus condiciones particulares; luego están los ilustradores, con los que hay que contactar y dejarles leer los cuentos a ilustrar o al menos explicarles su argumento para que ajusten sus ilustraciones a la temática o el estilo; montar el texto, encajando sus distintas cabeceras e ilustraciones; cuadrar el número de páginas de cada número; intercalar fiction y fact (relatos y artículos) de una manera atractiva y que no chirríe; buscar para cada número algo nuevo y con gancho que interese al lector; hacer que el conjunto sea variado, ameno y agradable… Todo eso significa contactar con un buen número de gente, escribir montones de cartas (todo ello en una época en la que la panacea del correo electrónico ni siquiera era el germen de una idea), en resumidas cuentas pasar horas y horas ante tu mesa calculando, ponderando, decidiendo. Y por aquel entonces yo trabajaba a tiempo completo en el sector bancario, y me dedicaba a la literatura tan sólo en eso que llamamos eufemísticamente mi «tiempo libre». Necesitaba ayuda.

Un amigo faneditor francés, Jacques Ferron, que desde su domicilio en Brive, en el corazón de Francia, editaba el excelente y prestigioso fanzine galo Le Jardin Sidéral, me habló de un faneditor español que vivía como yo en Barcelona, un tal Luis Vigil, que entre otras cosas alardeaba de poseer una biblioteca de 3.000 libros de ciencia ficción, todos ellos en inglés (certifico aquí: no era ningún alarde; he tenido ocasión de ver multitud de veces esa biblioteca, y si por aquellas fechas no alcanzaba los tres mil volúmenes alardeados, debían de faltarle tan sólo media docena). Entre otras cosas, Luis Vigil editaba una serie de fanzines de curiosísimo nombre (El torito bravo, Dronte), unos pequeños engendros ciclostilados a doble cara en una sola hoja de papel tamaño cuartilla que luego doblada por la mitad, y que utilizaba con gran entusiasmo como elemento de intercambio con faneditores de otros países.

Me pareció el personaje ideal. Me puse rápidamente en contacto con él, y a los pocos días nos entrevistábamos en las oficinas de la empresa donde trabajaba, la hoy extinta fábrica de electrodomésticos Crolls. Me hallé ante un joven alto, robusto, algo entrado en carnes, de rostro rubicundo y lampiño (su poblada barba vendría más tarde, con su época hippy), vestido con un convencional traje de ejecutivo, y que ocultaba su timidez tras unas gafas de gruesos cristales. Le expliqué la situación y le dije el tipo de colaboración que necesitaba, y en la que al parecer él era ya ducho: contactar con la gente, sobre todo la de países anglosajones, buscar material, leerlo y seleccionarlo. Por aquel entonces mi inglés era tan sólo un poco más que académico, no lo suficientemente bueno como para lanzarme alegremente a llenar páginas y páginas de correspondencia: como en gran parte de las escuelas de nuestro país por aquellos tiempos, mi educación lingüística había sido predominantemente (diría más bien exclusivamente) francesa, «una lengua culta y con historia y no esa jerga bárbara que hablan los anglosajones», según uno de mis profesores.
Como respuesta a mi exposición noté en seguida que, tras sus gafas, los ojos empezaban a brillarle intensamente. Pero, me confesó, no se sentía capacitado para hacer lo que le pedía. No sé si podré hacerlo, me confesó; no creo estar a la altura. Tonterías, le respondí; lo harás perfectamente. Lo haremos perfectamente, corregí, aunque yo tampoco estaba muy seguro de mí mismo.

Me costó un poco convencerle, pero finalmente llegamos a un acuerdo: probaríamos, y siempre nos quedaba el recurso de echarnos atrás y dejarlo correr si la cosa no funcionaba.  Probamos, y la cosa funcionó. Luis Vigil resultó ser un fenómeno en su trabajo (no podía ser de otro modo, con una persona que editaba unos fanzines como los suyos y tenía éxito con ellos). Nos distribuimos las tareas: él se ocuparía de contactar agentes y autores dentro del ámbito anglosajón, yo haría lo mismo dentro del ámbito francés, donde tenía bastante relación con las revistas Fiction y Planète, y entre ambos nos ocuparíamos de la selección de los textos y el resto del trabajo. El excelente dibujante e ilustrador Enric, que colaboraba asiduamente con Ferma (y que dio la casualidad de que vivía en la misma calle donde vivía yo por aquel entonces, a unos meros doscientos metros de distancia de mi casa) nos puso en contacto con toda una serie de dibujantes amigos, y entre unos y otros completamos un primer número del que, examinándolo ahora críticamente con una perspectiva de cuarenta y cinco años, sólo puedo decir que me siento más que satisfecho.

Por dentro, las influencias de la argentina Más allá eran más que evidentes y se dejaban sentir por los cuatro costados. Exteriormente, un diseño conjunto deEnric y mío (más de Enric que mío) intentaba darle, y creo que lo conseguía, una personalidad propia, El número contenía, tras el preceptivo editorial («Prefacio») de presentación, y dentro de su apartado «fiction», una novela corta completa, «La meseta» de Christopher Anvil, otros dos cuentos anglosajones, de Clifford Simak y Arthur Porges respectivamente, dos cuentos españoles, de Francisco Valverde Torné y Juan G. Atienza, y uno francés, de Gérard Klein, además de tres «cuentos de choque» (media página cada uno») del también francés Jacques Stemberg y media docena de chistes gráficos.

En el apartado «fact», el número contenía la primera entrega de un «Dossier sobre los OVNIS» (no hay que olvidar que por aquel entonces el fenómeno de los platillos volantes hacía furor en España), y unas páginas finales etiquetadas «Dimensión 67» que contenían un artículo de «Estudio» (Gloria y miseria de la anticipación: ¿qué es fantasía científica?) y otro de «Información» (Marte, la Luna y las fotos del Mariner IV). Por supuesto, tratándose de un primer número, no había sección de correspondencia, pero se invitaba a los lectores a escribir a la revista y se les planteaba un cuestionario, con el que se sorteaban 10 suscripciones a la revista entre quienes lo respondieran.

Con este bagaje, el número salió a la calle a finales de 1966, y desde un principio tuvo una buena acogida entre el público. Esto nos alentó a seguir con renombrados bríos. Luis fue ganando confianza en sí mismo, yo me deshice de cualesquiera posibles temores que hubiera podido albergar sobre nuestra competencia, y nos lanzamos de lleno a la aventura. La estrella del número dos fue la novela corta «Las furias» de Roger Zelazny, y en el tercero nos atrevimos incluso con un clásico entre los clásicos, nada menos que «La máquina del tiempo» de H.G. Wells.

Uno de los principales problemas que comporta el editar una revista, además de tener que tocar muchas teclas a la vez, es la complejidad de conseguir los derechos del material a publicar si hay que contratarlos autor por autor. Por ello la mayor parte de las revistas firman contratos de cesión más o menos globales con algún editor extranjero, lo cual les permite tener acceso a todo o buena parte del material publicado por él. Eso fue lo que hicimos en lo referente al material anglosajón, que evidentemente ocupaba una parte importante de cada número. Pero desde un principio nuestra idea no fue limitarnos exclusivamente al material anglosajón, aunque fuera lo más cómodo y asequible: deseábamos una auténtica internacionalidad. Por eso, una vez asegurado el material base, procedimos a ampliar horizontes. Los autores no anglosajones que teníamos más a mano eran los franceses, gracias en parte a mis contactos con el país galo, pero empezamos a buscar igualmente otras nacionalidades. Y por supuesto también estaban (estábamos) en primera fila los españoles, una cantera que merecía ser dada a conocer. En total, a lo largo de sus seis primeros números (el séptimo es un caso aparte, al que me referiré más adelante), Anticipación publicó veintiún relatos anglosajones, pero también nueve relatos franceses, uno italiano, dos rusos y ocho españoles, algo de lo que en su conjunto nos sentimos realmente orgullosos y satisfechos. El número dos salió redondo, el número tres quedó que ni bordado…  Y entonces llegó el martillazo.

La infausta Ley de Prensa e Imprenta de 18 de marzo de 1966 del por aquel entonces inefable ministro de Información y Turismo Manuel Fraga Iribarne se hallaba en pleno apogeo cuando salió a la calle el primer número de Anticipación. Entre su completo y vario articulado (para quienes deseen un poco más de información sobre algunas de las «peculiaridades» de dicha Ley de Prensa e Imprenta les recomiendo que lean mi artículo-homenaje sobre Magdalena Mouján Otaño y su cuento «Gu ta gutarrak», aquí mismo en Bem on Line) destacaban los referentes a la obligatoriedad de que al frente de cualquier «publicación periódica» (léase periódicos y revistas) hubiera un director responsable «poseedor del título de periodista inscrito en el Registro Oficial» (art. 35-1). A ese director periodista responsable «corresponderá la determinación y la orientación del contenido de las mismas [las denominadas publicaciones periódicas], así como la representación ante la Administración y los Tribunales[cursiva mía] en materias de su competencia» (art. 34). Por supuesto, ese director «es responsable de cuantas infracciones se cometan a través del medio informativo a su cargo, con independencia de las responsabilidades de orden penal o civil que puedan recaer sobre otras personas de acuerdo con la legislación vigente [cursiva también mía]» (art. 39-1). Por si la cosa aún no quedaba clara, el art. 37 remachaba: «El director tiene el derecho de veto sobre el contenido de todos los originales del periódico, tanto de redacción como de administración y publicidad.» En pocas palabras, una nueva vuelta de tuerca a la autocensura, bajo el transparente disfraz de otorgar a ese director periodista un poder absoluto sobre la publicación que dirigía: pon a un periodista en ejercicio de su profesión al frente del periódico, la revista o la publicación periódica que sea, dale poder y libertad de decisión sobre el medio que dirige, amenázale con sanciones, multas, con retirarle el título de periodista o incluso con un juicio y la cárcel si no se doblega a lo que el Ministerio espera de él, y en el noventa por ciento de los casos tendrás a un censor más entusiasta que el funcionario más fiel y dedicado. (Cierto, sobre todo en los primeros tiempos, en ocasiones les salió el tiro por la culata, y hubo muchos directores que no se doblegaron, y a causa de ello algunos cayeron por el camino. Pero la corriente general desde un principio fue de sumisión.)

Afortunadamente, el artículo 35-2 de la Ley señalaba que «el Estatuto al que se refiere el artículo 33 establecerá las posibles excepciones que resulten de la naturaleza oficial o especializada de la publicación», un pequeño rayo de luz entre las tinieblas. Aunque el texto de dicho Estatuto no dejaba las cosas demasiado claras, en general se interpretó como que las publicaciones especializadas, una revista sobre yates por ejemplo, quedaban exentas de la necesidad de un director periodista al frente, lo cual, desde el punto de vista del Ministerio, además de dar una falsa impresión de aperturismo, no dejaba de tener su lógica: ¿cómo puede atentar contra la seguridad del Estado una revista digamos de micología? Amparándonos en esa premisa, y con la ingenua pretensión de que una revista de ciencia ficción era una revista «especializada», se solicitó de inmediato al Ministerio la correspondiente exención del director periodista. Y, con la optimista idea de que en el fondo la gente es buena y nunca hay que perder la fe ni la esperanza, sacamos alegremente a la calle el primer número y aguardamos.

Apareció sin problemas el primer número, apareció el segundo… y cuando el número tres estaba ya distribuido y empezábamos a respirar tranquilos y satisfechos, Ferma recibió —hubiéramos debido esperarlo: los engranajes oficiales giran lentos pero no se detienen nunca— un oficio del Ministerio en el que, «en respuesta a su solicitud», se denegaba la inscripción de la revista Anticipación en el registro de empresas periodísticas sin el preceptivo requisito de un director periodista responsable al frente, por no considerarla revista especializada. Así sin más. Cándidos de nosotros, habíamos confiado en que una revista de ciencia ficción, un género literario abierto a todas las especulaciones y a todas las corrientes de ideas, pudiera ser considerada por el Ministerio como una revista especializada.

Hubo una reunión de urgencia en las oficinas del editor. Se estudió la posibilidad de contratar a un director periodista para cumplir con los requisitos exigidos. Pero, en pleno auge Äla aplicación de la Ley de Prensa e Imprenta aún no tenía un año de vida, y con el Ministerio de Información y Turismo dando palos (a veces de ciego) contra «esos malditos disidentes» que veía brotar como setas por todas partes, el mercado de periodistas dispuestos a aceptar la dirección de una publicación periódica que no fuera completamente aséptica estaba bastante solicitado, y se pagaba en consecuencia…, lo cual significaba tener que pagarle un buen sueldo a alguien que en el mejor de los casos se limitaría a acudir a la editorial una vez al mes para cubrir el trámite de firmar los ejemplares del depósito y cobrar su cheque, o en el peor de los casos, por pura prevención o temor, querría intervenir en la confección de la revista e imponer sus criterios, que a veces podían ser acertados pero otras no. Y por otro lado el presupuesto de la revista estaba ya tan ajustado que en él no cabía ni el importe de una propina.

Por aquel entonces teníamos ya prácticamente listo el número cuatro, y medio hilvanados el cinco y el seis. Por unos momentos pensamos en suspender temporalmente la publicación hasta tanto no se llegara a una solución satisfactoria, pero la dinámica de la editorial estaba en plena marcha y el número cuatro se hallaba ya como quien dice en máquinas. De modo que decidimos seguir adelante. Para cumplir y no irritar al Ministerio, transformamos de momento, «provisionalmente», Anticipación en una simple antología de relatos, eliminando todo lo que pudiera oler arevista: suprimimos el informe sobre los OVNIS, pese a que en el número tres anunciábamos el próximo capítulo, eliminamos por completo la Dimensión 67, y para que en el Ministerio no tuvieran ninguna duda acerca de que aquellono era una revista y nadie se llevara a engaño,  insertamos en la primera página, en grandes letras mayúsculas, «SELECCIÓN DE CUENTOS DE FANTASÍA CIENTÍFICA». Y sacamos el número cuatro a la calle en su nuevo «formato».

No sé si se vendió más, igual o menos que los tres anteriores. Pero para nosotros algo muy profundo se había roto. La magia había desaparecido. Ya no teníamos entre las manos una revista, una cosa viva que latía a cada nuevo número, sino una antología más como las muchas otras que se editaban por aquel entonces con mayor o menor fortuna a nuestro alrededor. La llama se había apagado.

Y, no tardamos en reconocer, el futuro de la revista también. Aunque se intentó, y se dieron todos los pasos necesarios, y se tocaron todas las teclas, era impensable que el Ministerio cambiara de opinión respecto a su dictamen original. Era igual de impensable que halláramos a alguien con el título de periodista en activo dispuesto a aceptar el cargo a cambio del sueldo simbólico que únicamente podíamos pagarle. Cuando el número 4 salió a la calle todos sabíamos queAnticipación estaba tocada de muerte, y la prueba de que seguimos adelante por pura inercia la tuvimos de inmediato en los números 5 y 6, con el imperdonable error editorial en ellos cometido, un fallo garrafal fruto indudablemente de la desatención provocada por el desánimo, del que no fui consciente hasta que el primero de los dos números estuvo en la calle pero del me considero enteramente responsable por la parte que me toca, algo capaz de hundir el prestigio de cualquiera encargado de una publicación, En dichos dos números estaba previsto publicar, en dos partes, la excelente novela de Poul Anderson «Los corredores del tiempo». Por el motivo que fuera, nunca he conseguido averiguar cómo pasó ni quién fue el culpable directo del desaguisado, aunque en el fondo reconozco que fue una inexcusable negligencia de mi parte, ¡la segunda parte de la novela de Anderson apareció en el número 5, mientras que la primera no apareció hasta el número 6!

Fuera como fuese, y con llamativos retrasos en su aparición respecto a los números anteriores, a la inútil espera de que se resolvieran milagrosamente las cosas, ambos números salieron a la calle, puesto que los contratos con los autores estaban firmados, los ilustradores habían hecho sus ilustraciones, los textos habían sido compuestos, todo el material había sido pagado, los volúmenes estaban impresos… Ferma dejó de aceptar suscripciones (que pese a todo seguían llegando), y en la última página del número 6, como un intento de aclaración y justificación, apareció un aviso: «A nuestros lectores», en el que, llenos de un falso optimismo, comunicábamos que, por «unas circunstancias ajenas a nosotros», nos habíamos visto obligados a cambiar el formato de la ya no revista y habíamos sufrido ciertos trastornos en su periodicidad. Pero se trataba de algo provisional, terminábamos diciendo esperanzados, «un lapso de espera que será breve» mientras se resolvían esos problemas. Nosotros éramos los primeros en no creer en nuestras propias palabras.

Y así llegamos al número 7. Habíamos contratado ya —y pagado— toda una serie de relatos españoles, con la idea de confeccionar más adelante un número dedicado enteramente a la ciencia ficción española. El editor quería cortar -provisionalmente, por supuesto, dijo, como para animarnos- la edición en el número 6, pero le convencí, ya que parte del gasto estaba ya hecho, de publicar al menos otro número. «Así daremos un poco más de margen a que se resuelvan las cosas», dije. Ni él ni yo nos lo creímos. Pero aceptó.

De modo que preparamos un número 7. Lo hicimos desde un principio con la convicción y la certeza de que sería total y definitivamente el último, el testamento de la revista. Eso queda reflejado claramente en el texto de la contraportada, donde, en lugar del «en el próximo número» habitual, figuraba simplemente el índice de los «relatos que contiene este volumen», y también es algo que se respira en todo su interior. Puesto que, ya que estábamos puestos en ello, quisimos que ese número 7, la despedida de la revista que no pudo ser, fuera no tan sólo una selección más de relatos, sino una auténtica antología. Para ello hicimos una revisión de la historia de la ciencia ficción en España a través de sus autores: los precursores (los clásicos), los pioneros (los primeros autores modernos), la «segunda generación» (los actuales por aquel entonces) y las nuevas promesas (los que despuntaban, también por aquel entonces). En total eran catorce relatos sin desperdicio, que abarcaban, hasta 1967, más de medio siglo de ciencia ficción española. Por desgracia, la limitación de páginas del volumen a 144 hizo que de los cuatro autores previstos para el apartado de «las nuevas promesas» sólo cupieran dos (los otros dos aparecerían más adelante en las páginas de la futura Nueva Dimensión), pero me enorgullece decir que los dos que aparecieron, José Luis Garci y Juan Tébar, autores que entonces sólo empezaban a despuntar, hoy han conseguido la gloria y la fama, ambos en el cine: Garci como director y Tébar como guionista, aunque el primero se haya alejado definitivamente de la ciencia ficción.

El número 7 fue el canto del cisne de Anticipación, pero debo decir con orgullo que fue un muy digno canto del cisne. Yo lo califico categóricamente no como una simple selección más de relatos como los tres anteriores, sino como una auténtica antología histórica de la ciencia ficción española. Sin embargo, que yo sepa, en ninguna parte se lo ha calificado nunca, ni siquiera mencionado, como tal antología, pese a merecerlo, otro olvido más que añadir a todos los olvidos que ha sufrido, sin merecerlos, esta revista que sólo lo fue durante tres de sus breves siete números.

La muerte de Anticipación nos dejó, a Luis Vigil y a mí, huérfanos de algo que nos había llenado durante todo un año, y con un bagaje entre las manos que sería un sacrilegio abandonar. A lo largo de la breve vida de Anticipación habíamos establecido contacto con multitud de gente de otros países, habíamos creado toda una red de autores, editores, corresponsales y amigos que no podíamos tirar por la borda. Pese a todos nuestros deseos, sabíamos que Anticipación no iba a resucitar. Nos miramos y nos preguntamos: ¿qué vamos a hacer ahora con todo esto?

Luis Vigil
tenía un amigo, Sebastián Martínez, un aficionado como él a la ciencia ficción (sólo anglosajona, por supuesto) y miembro de la Asociación Astronómica Aster, un hombre tan optimista que tenía instalado un telescopio en la terraza de la casa donde vivía, un segundo piso en un edificio en pleno Eixample de Barcelona. Fuimos a verle, y al igual que hiciera yo con Luis Vigil un año antes, le expusimos el caso y le hicimos nuestra proposición. Durante un año habíamos estado editando una revista de ciencia ficción para otro editor. Teníamos todo lo necesario para seguir editándola por nuestra cuenta. ¿Por qué no hacerlo? Nuestro principal handicap era que tanto Luis como yo éramos unos negados en todos los intríngulis administrativo/contables de llevar una empresa, cosa  de la administración y la contabilidad en la que él era ducho. ¿Por qué no unir nuestras fuerzas, le dijimos, fundar nuestra propia editorial, y seguir por nuestra cuenta, aprovechando la labor que ya habíamos iniciado? Se lo pensó un poco, consultó algunos textos legales, se lo pensó un poco más, y finalmente dijo que bueno, que vale, que por qué no. Exultamos.
Así se inició nuestra nueva aventura. Establecimos un fondo monetario inicial, escaso por supuesto, sólo lo suficiente para poder empezar, sorteamos a pajitas quién sería el editor «oficial» (le tocó a Sebastián), le buscamos un nombre a la futura editorial (Luis no pudo resistirse a proponer el de Dronte), y nos pusimos a trabajar. El principal apartado, y el más importante, que estaba fuera de nuestro alcance era la distribución. Yo había entablado hacía un tiempo relación con el propietario de Editorial Pomaire, que por aquel entonces estaba ordeñando editorialmente a conciencia las ubres del fenómeno platillos volantes, y erigidos en triunvirato fuimos a verle a su domicilio, un chalet en las afueras de Barcelona, para hacerle una petición: que distribuyera a través de su editorial nuestra futura revista. Examinó nuestro proyecto, hizo algunas observaciones, puso algunas condiciones, entre ellas la más importante su formato —cuadrado, exigió, estilo Planète, la famosa revista de Pauwels y Bergier que por aquel tiempo hacía furor en Sudamérica—, y finalmente llegamos a un acuerdo. Hallamos incluso a un periodista amigo especializado en divulgación científica que estaba dispuesto a firmar como director responsable a un precio razonable y sin meterse demasiado en la confección de los números. Buscamos un nombre para la nueva revista (nos gustaba Sol 3, pero el periódico El Sol, que hacía decenios que no se publicaba, aún mantenía vigente el registro de su nombre), tuvimos que conformarnos, de los que estaban libres de la lista que habíamos propuesto al registro, con el de Nueva Dimensión, que al principio no nos gustaba a ninguno (Enric nos hizo cambiar de opinión cuando creó el logotipo.) Llenamos todos los papeles y cumplimos con todas las inscripciones de rigor, hicimos todas las solicitudes preceptivas y obtuvimos todas las autorizaciones necesarias antes de ponernos en marcha (gatos escaldados…), y cuando lo tuvimos todo en orden nos pusimos al fin manos a la obra. Al año siguiente de la muerte de Anticipación salía al mercado el primer número deNueva Dimensión, «una revista de extraño aspecto»., fue el comentario general… Pero eso es ya otra historia.

Ésto es todo lo que puedo decir con respecto a la revista Anticipación y sus vicisitudes. Sigue siendo la gran desconocida de la historia de la ciencia ficción en España, tal vez por haber sido eclipsada por Nueva Dimensión, quizá por su brevedad, acaso por sus características o sus circunstancias. Creo que no merece este olvido: me gustaría que tuviese también, por pequeña que fuera, su parcelita en la historia de la ciencia ficción en nuestro país. Fue una gran experiencia durante el tiempo que duró, y dio origen a una de las etapas más felices de mi vida. Sólo por eso merece que la recuerde con cariño. Me gustaría, con esta breve exposición de su historia, haberles transmitido algo de lo que significó para mí, un anticipo a lo que significó, por lo que dice todo el mundo, Nueva Dimensión para muchos de sus lectores. Si alguna vez alguno de ustedes que no han llegado a conocerla nunca halla por casualidad un número de Anticipación en un mercadillo de viejo o en una tienda de segunda mano o especializada, no dude en comprarlo. Con él comprará un pedazo de historia de la ciencia ficción en España, y aparte del placer de su lectura ayudará a sacar un poco más del olvido a esa publicación hoy por hoy marginada sin merecerlo.

Y yo se lo agradeceré. Infinitamente.

© 2011 Domingo Santos

 

 

 


Domingo Santos
(Pedro Domingo Mutiñó), a pesar de ser un escritor de reconocido prestigio en el género (los premios Gabriel, por poner un ejemplo, toman su nombre de su novela homónima), es mucho más conocido por haber sido uno de los editores de la mitica revista Nueva Dimensión durante quince años. Es imposible exagerar la importancia que para la ciencia ficción española ha tenido este autor, que, además de escribir, ha dirigido multitud de colecciones (Superficción, Ultramar, Acervo, Jucar…) y de revistas (la última de ellas la excelente Asimov Ciencia Ficción, de Robel), a través de las cuales ha dejado su impronta de forma indeleble. ActualmenteDomingo Santos vive en Zaragoza, sigue dedicado a labores editoriales y escribe una columna en BEM on Line con el nombre de El rincón de Gabriel.

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