LOS ULTIMOS DIAS DEL NEPCOROP, de Mauricio del Castillo

 

Durante su gestación, “Los últimos días de Nepcorop” sólo era un extraño título que tocaba a mi puerta constantemente. No sabía qué significaba “Nepcorop”. Lo investigué en la red; no existía la más mínima referencia. Me preguntaba qué podía significar —o mejor dicho—, cómo había entrado a mi cabeza. Decidí contestar las preguntas yo mismo lo mejor posible. El resultado fue este extraño cuento. Muy extraño.

Mauricio del Castillo

 

Los últimos días de Nepcorop

 

Relato de Mauricio del Castillo

Ilustraciones de Pedro Belushi

 

Acudí al hospital donde laboraba mi antiguo amigo Schuyler Santos, jefe departamental de psiquiatría del instituto Montesinos, sin decirme exactamente cuál era su necesidad. Después de presentar mi identificación en la entrada me indicaron donde se hallaba su oficina. Toqué levemente la puerta con los nudillos y escuché su voz decir:

—Adelante.

—Qué tal, Santos —dije con la mano en la perilla.

—Toma asiento, me alegra que vinieras.

Allí estaba, mostrando sus educados comportamientos que lo habían caracterizado durante toda su juventud, con una voz suave y pausada. Sin embargo lucía cansado y preocupado. Todos estos años de autoridad no hacían más que imputarle una flaqueza en su triste fisonomía.

Elegí la silla más cómoda y doblé las piernas. Dejé vagar la mirada más allá de mi anfitrión. Su oficina no era la típica con los diplomas colgando en decenas por encima de su cabeza, sólo para hacerle ver a sus interlocutores que estaban tratando con una eminencia de la psiquiatría. En su lugar estaba el cuadro de una ciudad oscura, tan malogrado que el marco estaba rayado y carcomido. Su lugar de trabajo tenía la pinta de un taller de imprenta: papeles aquí, libros allá. Una lámpara de lectura era el único indicio de luz, logrando que destacaran los pómulos saltones de Santos.

—¿Para qué querías verme? —dije, soltando de improvisto todo el asunto.

Sirvió café rápidamente y me miró con preocupada expresión.

—Hay alguien que quiero que conozcas, un paciente internado aquí. Una fantasía le impide ver la realidad de las cosas y se aferra a ella. Lleva más de tres años internado, pero no hemos podido resolver su estado.

Estuve a punto de tomar un sorbo de café cuando me interrumpí al escuchar eso.

—¿Hay algo fuera de lo normal en este caso, Santos?

—¡Aún no sabes todo! —exclamó Santos con ironía. Nunca había visto que se comportara así—. Durante estos últimos tres años nuestros estudios y mi mente clínica me han indicado que mi paciente no fantasea, que no inventa ese material. He probado todo tipo de diagnósticos psiquiátricos posibles, pero su estado psíquico, motriz e intelectual son normales, y no explican esas revelaciones.

—¿De qué fantasía hablas? —pregunté con impaciencia—. Vamos al grano, Santos. No me has traído aquí para enseñarme el caso psiquiátrico más importante del siglo. Veamos los hechos. Los necesitaré para darte mi opinión, y sugerirte un tratamiento.

Santos examinó su tasa con cierta molestia, la revolvió un poco, encendió un cigarro, apoyó los brazos en el escritorio y dijo:

—Dice llamarse Oxan Cinco. ¿Extraño nombre, no? —Dio una fumada. El humo se elevó hasta el techo, bajo la luz que desprendía la lámpara—. Fue encontrado en una carretera al sur del país. Iba completamente desnudo. Un grupo de locatarios lo observaron cuando pasaban por ahí. Al llegar al pueblo más cercano lo denunciaron por su «falta a la moral». En sus manos llevaba una especie de maqueta. —Alzó las manos, como si sopesaran un objeto y le dieran dimensiones—. No dijo nada acerca de un robo o de un atraco. Por lo que escuchamos, estaba muy confundido. No sabía dónde demonios estaba.

—Sigo sin entenderlo. Desnudo, solo, con una maqueta… ¿Dijo de dónde venía?

—Del año 2700. Ni más ni menos —contestó Santos como si hablara de una cuestión disparatada—. Y ya sabes: tengo que lidiar con ello casi todos los días. Este hombre está muy perturbado.

Observé al fin sus diplomas y reconocimientos. Estaban arrinconados en una esquina, con el polvo asentándose en los bordes. Al ver su rostro pude darme cuenta que todo aquello no parecía servirle, a fin de cuentas.

—Bien —dije—. Lo único que puedo decirte es que no veo nada que no puedas lidiar tú solo.

Santos se levantó por encima de una pila de papeles acomodados en su escritorio y caminó, con las manos en la espalda. Estaba muy pensativo, rumiando dentro de sí algo que no alcancé a escuchar. Giré mi cabeza para seguirlo con la mirada hasta que se detuvo en la ventana. Las luces de afuera iluminaban su rostro cadavérico y sepulcral.

—¡Ignoro cómo un hombre así puede negarse a la realidad de esa forma! —exclamó, tan frustrado e impotente que no se atrevía a darme la cara. Continuó—: Tal vez puedas ayudarme. Hablarás con él a fin de que se dé cuenta de la realidad, de su realidad.

Traté por pura misericordia de calmarlo:

—Por eso está encerrado, Santos. Es un hombre con un claro trastorno de identidad.

—No, Artiaga. Te equivocas. Él se niega a ver la realidad, y tú me ayudarás a hacérsela saber.

 

Nuestros pasos resonaron sobre el pasillo del doceavo piso, justo en el último pabellón. Los primeros elementos de la zona se hacían visibles: los rigoristas protocolos de seguridad y vigilancia en cada acceso. Circulaban por allí doctores y enfermeras, con carpetas en la mano y una expresión dolorosa. Yo no deja de ignorar los constantes gritos y ruidos ahogados de los pacientes; parecían cabras del monte berreando el dolor y la muerte.

En una de las escaleras ascendentes Santos dijo:

—Sé que no te gusta tratar con este tipo de pacientes, Artiaga. Este lugar es seguro.

Señaló a dos guardias de seguridad erguidos. Sus miradas estaban proyectadas al frente, como si se trataran de disciplinados soldados en un área resguardada. Al ver a Santos los guardias asintieron con la cabeza.

Hizo pasar su tarjeta de identificación por la ranura.

—Aquí es —anunció, abarcando con una mano el lugar.

Nos adentramos por un largo pasillo, pobremente iluminado por luces amarillentas a través de una serie de puertas selladas magnéticamente. Un cuadro estaba empotrado dentro de las puertas. Me asomé en cada una de ellas, y no veía más que a hombres sujetos a la cama con esposas y amarras en cada punto. Miraban al techo, paralizados, con los ojos abiertos en trance. No daban el menor indicio de reparar nuestra presencia.

Justo al final del pasillo, se escuchaba la voz de un joven tarareando una canción. El tono era lúgubre y lacrimoso, como si lo repitiera en su propio estado de ánimo sin un público, demasiado en lo suyo para saber en dónde se encontraba en realidad.

Santos abrió la puerta con su tarjeta.

Entonces lo vi. Oxan desprendía un aura de puro sufrimiento. Era pequeño, de rostro afilado y cabello castaño oscuro, tan largo que cubría sus oídos. Estaba sentado al borde del catre, con la cabeza baja y los hombros caídos. El rostro, el cuerpo, parecían impregnados de sólo dolor, un dolor de no saber quién es, pensé. Yo pensaba que la mejor forma era hacerlo vivir su mentira. Lo peor que puedes hacerles a estos enfermos es implementarles tu verdad.

—¿Cómo se encuentra, Oxan? —preguntó Santos con ánimo—. Aquí tengo a un viejo colega que nos puede ayudar con su problema.

Apenas giró su cabeza para decir con una voz clara y juvenil:

—Oh, por supuesto. Aunque no sé si pueda entender algo de mi ciencia. Yo vengo de una era muy adelantada.

—Este es el doctor Artiaga —dijo Santos—. Creo que ustedes dos se llevarán bien.

Nos presentamos. Oxan me dio la mano. Al poco tiempo la retiró como si fuera lumbre incandescente. Se paró de súbito, impulsado por el catre. Dirigió su mirada a mí, con exhalaciones profundas, y los ojos tan vidriosos al igual que un espejo antes de romperse.

—¡Usted! —gritó, por encima del silencio. Se abalanzó contra mí. A pesar de su endeble cuerpo, consiguió tirarme al suelo. Sus dientes estaban apretados y sus ojos fruncidos, empeñado en infringirme el mayor sufrimiento posible. Sus manos trataban de ahorcarme, pequeñas pero tan fuertes que se me hizo imposible quitármelas de encima.

Santos terminó por alejarlo de mí.

—¡Oxan, detente! ¡Lo estás lastimando!

—¡No! ¿Qué no lo ve, doctor? ¡El lástima a mi gente! ¡Mi propia gente!

Alcancé a ver a dos guardias entrar a la habitación. Sometieron a Oxan en el suelo, mientras yo trataba de recuperar aire.

 

 

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Una enfermera atendía la herida en mi frente. No requería de puntos, pero aún así era una fea cortada. Santos entró, sin atreverse a darme la cara.

—Está bien, enfermera —dijo con suavidad—. Puede retirarse.

La enfermera obedeció. Sólo quedamos Santos y yo.

—¿Qué tal te encuentras?

Lo miré de reojo.

—Maldita sea, Santos, ¿qué fue todo eso? Y no quiero que metas cuestiones de regresión infantil para explicármelo.

—De hecho no hay modo de explicar lo que ocurrió. En la mente humana hay demasiadas cosas que están más allá de nuestra comprensión. Si miras un iceberg desde un barco, estás mirando únicamente la punta. Debajo de todo eso hay una masa diez veces más grande. Lo mismo puedo decir de la conciencia con respecto a la punta, y la subconsciencia al resto del iceberg que se encuentra bajo el agua. Me atrevo a decir que Oxan se concentró en esa parte de su mente subconsciente y, de alguna forma la asoció con tu rostro. Eso es bueno, ya que por lo menos sabemos algo de su pasado.

—¿Y quién se supone que soy? —pregunté, muy molesto—. Debió odiar a esa persona para atreverse a hacerme esto.

Santos me relató lo que había obtenido de él. Trató de ayudarlo a que aceptara y asimilara su posición como ciudadano y habitante de principios del siglo XXI. Sin embargo, Oxan no quería comprenderlo: insistía que procedía del futuro. Hablaba de su época con extraordinarios detalles correspondientes a la política, a la ciencia y a la economía. Decía que era un refugiado perseguido por los «Sacerdotes de la Propiedad Única» a causa de instigar cambios en el régimen; un régimen parasitario, fascista. Un gobierno que vivía a costa de los ciudadanos, que se aprovechaba del conocimiento y de los descubrimientos. Se decía líder del movimiento fundado en el año 2684, pero el movimiento es, según sus propias palabras, pacifico y moderante, en su mayoría artistas, soñadores, científicos… Decía vivir en el subsuelo, debido a la radiación expuesta por un error ecológico ocurrido a finales del siglo XXI. Muchas zonas habían logrado quedar estériles, muy cálidas y desérticas, escoria y ruina por doquier. Como parte de un movimiento radical, su propósito era contrarrestar el sistema, hasta que «la balanza esté equilibrada».

Pero era algo más que una simple historia, continuó Santos. Me confesó tener un estremecimiento al escuchar a Oxan. Un nudo en el estomago lo asaltó; sintió un frió correr desde la espina dorsal hasta la nuca. Las visiones y memorias de Oxan eran claras y detallistas. No parecía dudar en ningún momento de lo que hablaba. Lugares, tiempos, costumbres… era como si tuviera una grabación dentro de su cabeza. Santos había examinado a cientos de pacientes con fantasías similares, bajo hipnosis o sin ella. Pero Oxan las relataba con vivida naturalidad y experiencia.

—En cuanto a su asociación contigo —dijo—, me ha dicho que tú eres el alguacil de los Sacerdotes; su perro guardián, por decirlo así. Él cree que ha encontrado la solución que pueda revertir la radiación. Pero han sido rechazados sus argumentos, en especial por parte del alguacil.

—Qué gracioso —reí, adolorido—. Él cree que soy un alguacil del futuro.

—Y no sólo eso. Él piensa que este alguacil destruyó Nepcorop.

—¿Nep… Nepcorop? —pregunté—. ¿Qué significa eso?

Santos estaba sentado muy tieso, inexpresivo. Lucía cansado. Apenas movió los labios para decir:

—Eso es lo más extraño de todo. Oxan me reveló el sistema de células de su organización, así como un organigrama, desde el líder hasta unos cuantos subordinados. Pero con respecto a la maqueta y la palabra «Nepcorop» se negó categóricamente a revelármelo.

Después de tomar unos analgésicos y descansar un poco, bajamos por el elevador hasta una bodega en el sótano. De entre la maraña de equipo médico y aparatos ortopédicos apareció el encargado.

—Deme el objeto que se le confiscó al paciente —pidió al encargado, que consintió y se alejó del mostrador.

Al cabo de unos segundos regresó con una caja de aluminio, rotulada y perfectamente sellada.

—Esta es la maqueta —dijo Santos.

Colocó la caja sobre una mesa y la abrió. Eché un vistazo ahí dentro. No era la gran maravilla: sólo una superficie plana, apenas corva de un extremo, negra, suave como la madera más pulcra, y tan fría como el acero.

—¿Qué crees que sea esto? —pregunté—. ¿Por qué la llevaba consigo ese bastardo?

—Tal vez —murmuró— puedas investigar de qué se trata. Parece una especie de portafolio. Debe tener más pertenencias ahí dentro. —Levantó con curiosidad la caja, sin quitarle los ojos de encima. La volvió a cerrar y regresamos al elevador.

Salimos al estacionamiento. La noche era fría, sin luna encima. Ya era muy tarde para hacer otra cosa que no fuera dormir.

—Vete a casa, Artiaga. Has tenido un día difícil.

—Lo haré, no tienes que decírmelo dos veces. Veré qué puedo hacer. Lo entregaré a manos más expertas. Sabrán descifrar esta cosa y volver a ponerte en órbita. Oye, pero tú no crees que este «portafolio» sea un objeto del futuro, ¿verdad?

Santos subió a su auto y bajó la ventanilla.

—No, por supuesto que no. Cuídate esa herida. Mañana te hablo por teléfono.

Después de que arrancó tomé el primer taxi hacia mi apartamento. Pagué al conductor, entré y cerré de un portazo la puerta, algo que suelo hacer cuando estoy molesto. Arrojé la caja en el sofá.

No podía quitarme de encima la mirada de ese loco. Suelo encabritarme cuando me ponen una mano encima sin razón aparente. En este caso había recibido golpes por todos lados. Por dentro había estallado, pero me había visto sorprendido por su repentina irrupción. Sin embargo, por la forma en que me lo había explicado Santos, no estaba furioso, sino lleno de miedo, como si se enfrentara a una autentica amenaza, una contraparte a su postura, y tuviera que sacar todo su valor para enfrentarme. Yo, en cambió, lo odié desde ese momento. Esperaba regresarle el mismo trato. Me fui a la cama con ese sentimiento.

Era ya muy entrada la medianoche cuando escuché los primeros sonidos desde la sala. Se trataba de un zumbido inarticulado, vibrante y nada sutil. Provenía del sofá, justo donde se encontraba la caja metálica. Fuertes luces trataban de salir de la funda. Lo miré desde todos los ángulos, por debajo, por encima. Intenté de interpretar los datos de almacenamiento para hallar alguna instrucción rotulada en el exterior, pero todo era inútil. Sólo había una forma segura de saber qué pasaba. Abrí la tapa y me asomé con precaución.

Allí estaba la maqueta, brillando en un tono suave, proyectándose en la superficie de los objetos más cercanos. No sucedió nada durante un minuto. Luego, la habitación comenzó a desintegrarse poco a poco. Daba la impresión de aferrarse a la nitidez por un instante. Después, desapareció como si nunca hubiera existido.

Ahora estaba en otro lugar: una súbita intemperie cobró forma ante mis ojos. Seguía con los pies en el suelo, sin atreverme a mover un solo músculo, con la maqueta todavía sujeta a mis brazos. Pasé la vista a mi alrededor.

No reconocí el lugar. Hasta donde abarcaba la vista veía sinuosas colinas. Estaba convencido de que había hecho un viaje muy largo a las afueras de la ciudad o más allá. Me desabotoné la camisa debido al intenso calor que hacía, a pesar de que el sol comenzaba a ponerse en el horizonte.

El terreno estaba accidentado, aunque su extendida y resplandeciente vegetación no tenía deterioro alguno. Delicadas flores se agitaban al ritmo de la tarde. A las orillas de un riachuelo los pájaros azotaban el agua con las alas, bajo la corpulenta presencia de los arboles desperdigados en las elevaciones.

Empezó a caer la lluvia. Me dio la impresión que ningún hombre había pasado por aquí. Un extraño presentimiento en el interior de mi mente me decía que no regresaría, que estaba realizando un viaje de ida sin retorno.

En unos minutos vislumbré un conjunto de casas pequeñas, blancuzcas, en forma de cúpulas.

—Detente —dijo una voz—. Aún hay tiempo de cambiar las cosas.

Giré con rapidez, pero no vi nada. No obstante, había llegado hasta mis oídos, como si tuviera a alguien acompañándome. Examiné la maqueta que estaba en mis manos; hasta ese momento no había notado su ligereza. La zarandeé, hasta que llegó de nuevo la voz:

—Destruirás la Tierra —dijo la voz.

—¿Quién eres? —pregunté automáticamente—. ¿Dónde estás?

La maqueta, pensé. Había algo dentro de ella, tal vez un sistema de audio.

—No eres digno de este mundo —continuó la voz—. Nunca lo fuiste. Eres el destructor de formas. El Alguacil de los Sacerdotes de la Propiedad Única.

—Eso me dijo ese imbécil de Oxan —dije con desdén—. Me atacó pensando que lo era en realidad.

—Y con justa razón —coincidió la voz—, pues ése era su propósito.

La maqueta era más extraordinaria al escucharla. A pesar de sus ilógicas farsas, realmente creía en ellas. Sin embargo, estaba tan impedido como un niño. Era la última imploración de una máquina terminada en todos los sentidos.

—Has dado un salto cuántico en el tiempo —explicó—. Esta maqueta es un dispositivo sensible, un enlace directo con la supercomputadora Nepcorop. Tú y los Sacerdotes, a través del control burocrático, del monopolio y de la tecnocracia, arruinarán a Nepcorop y a sus vástagos, los Niños de la Libertad. Fue el legado de una nueva generación en contra de los malos abusos a los que se ha enfrentado la Humanidad. Oxan fue enviado a detenerte, pero no contaba con las absurdas costumbres de tu época. Ahora tú estás aquí. Te pido por última vez que los dejes en paz. Aún puedo regresarte a tu época. Vete, vete.

—No —respondí—. Quiero ver qué más hay. Vamos.

Yo sabía que estaba acercándome a algo muy importante, crucial, un claro propósito en el cual estaba involucrado mi destino. Sentí un gran poder sobre la maqueta. Era algo difícil de explicar, pero ella no podía rechazarme: cedía ante mí, a pesar de sus pobres intentos por convencerme. Seguimos adelante hasta adentrarnos en la pequeña aldea.

Ahí, todo era más brillante. Parecía como si la aldea resplandeciera en una nova. La música aumentaba con magnitud celestial, un estruendo de tambores y de platillos, un sonido que no me decidía a pensar si era tranquilizador o angustiante. Crucé una valla con el mayor sigilo. Las cúpulas, bajas y perfectamente edificadas, mantenían su distancia sin perder el contacto una de otras. Me hice camino entre ellas, hasta llegar a una especie de foro público.

Reinaba allí el más eufórico sonido. La gente bailaba: todo el conjunto no era más que un enorme baile, una orgía de festividad desencadenada, sin abusos y sin adicciones. Los jóvenes, desnudos bajo el sol, sentados en las frescas rocas, giraban sus cabezas como girasoles, con los ojos cerrados en un rictus y una sonrisa plena en sus bocas. Los niños jugueteaban en cualquier rincón, y sus agudos gritos se elevaban como cantos de golondrinas.

Un jovenzuelo permanecía en cuclillas al borde de una roca, solo, tocando una flauta de madera tallada. No dejaba de tocar con sus ojos oscuros perdidos en la suave y ondeante magia de la melodía. Una mujer admirable, delgada y sonriente, distribuía coronas hechas de flores, con pasos semejantes a los hechos por una odalisca en el fresco césped.

El vino era distribuido de aquí allá, los poemas eran entonados con seriedad y, al mismo tiempo, con orgullo. Las leyendas y mitos eran evocados de sus labios con una pasión por las palabras. Lo ancianos lucían túnicas y vestidos de seda blanca, con semblantes vigorosos y sabios mejor retratados que una pintura. Los más jóvenes se arcaban a ellos en busca de consejos, y los ancianos aceptaban como si ese fuera un deber hacia la comunidad. En amplios pra­dos verdes podía oírse cómo la música serpenteaba por las calles de la ciudad, primero lejana, luego más y más próxi­ma, avanzando siempre, un alegre repicar de campanas lo acompañaba.

La palabra Nepcorop era expedida de sus labios con orgullo y un pequeño dejo de gratitud hacia lo que representaba su existencia. Todo significaba un sentido de victoria; la celebración de pertenecer a este mundo. No tenían el menor indicio de lo que significaba tener un enemigo. Para ellos no existían las inquietudes de conocer el porvenir, sino únicamente de saber cómo disfrutarían su presente.

Ellos eran el futuro, les pertenecía. Nosotros no pudimos alterar el innegable paso del tiempo, un espectro que se encargaba siempre de cambiar los extremos a su antojo. Alguien tenía que parar esta absurda aberración. No podía ser esto lo que la Humanidad había soñado.

Ya había tenido bastante de aquello. No me agradaba para nada. Me fui de ahí sigilosamente para no ser escuchado, como si aquellos seres infames me dieran caza. Me sentía intranquilo y las manos me temblaron de la agitación. Entonces lo vi con toda claridad; supe lo que debía hacer: debía buscar a los Sacerdotes de la Propiedad Única.

Nepcorop y su utopía tenían sus días contados.

 

© Mauricio del Castillo por el relato. 2010 – 2011

© Pedro Belushi por las ilustraciones. 2010 – 2011

 

Mauricio del Castillo nació en la Ciudad de México, en 1979. Es licenciado en la carrera de comunicación por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México. Pasa su tiempo libre dedicado a la lectura y a la imaginación. Entre sus escritores favoritos cita a Alfred Bester, Ray Bradbury, Cordwainer Smith, Philip K. Dick, Theodore Sturgeon, Harlan Ellison, Robert Sheckley, Stanislaw Lem, Ursula K. Le Guin y John Varley. Ha colaborado en las páginas NGC 3660, Sitio de Ciencia Ficción y Otro Cielo.

 

 

pedrobelushiPedro Belushi, ilustrador y guionista. Ha trabajado en multiples proyectos de ilustración y comic. Entre sus obras estánMelquiades y El Genio ( Dibujo y guión. Ed. Sulaco 2000) y Mighty Sixties ( Guión y diseño, junto a Carlos Vermut. Amaniaco Ed. 2001). Ha hecho diversas exposiciones de su obra gráfica dentro del Circuito de Jóvenes Creadores de su comunidad. Actualmente colabora con BEM on Line y otras revistas de CiFi haciendo ilustraciones para relatos y portadas, así como guiones para otros ilustradores como Carlos Vermut, Nando o Pablo Espada (con quien hizo Clon 27, una de las primeras tiras seriadas en internet).

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Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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