EL CAUDILLO Y EL OTRO, del Coronel Calvo

La historia secreta del doble de Franco

Hace ya muchos años -escribe Uribe– hice un viaje a la Argentina donde compré este libro, que leí de un tirón en el avión de vuelta a España. Aquí se lo presté a dos o tres amigos y, ahora, al enfrentarme a su reseña, sé que no voy a lograr transmitir la sensación de clandestinidad con que lo leímos, la sorpresa ante la familiar desenvoltura con que hablaba de las interioridades de El Pardo y la irreverencia política con que trataba a los jerarcas del Régimen. A los lectores de hoy difícilmente se lo voy a hacer entender, mas quede el empeño. 

El Caudillo y “el otro” no es una ucronía propiamente dicha, pertenece al género paralelo de la historia secreta, la que narra hechos que se desconocían pero que no alteran los acontecimientos históricos posteriores que han llegado hasta nosotros

caudilloTodos suponíamos que no había ningún Coronel Calvo, autor de un libro aquí silenciado, mas no conocimos su verdadera identidad hasta que, tras la muerte de Franco, se hizo una reedición de la novela en España que firmó ya con su verdadero nombre, Víctor Salmador. No fue realmente una segunda edición, pues se habían hecho otras en Hispanoamérica: el tema era tentador y, al no existir el Coronel Calvo, se daba la doble circunstancia de que no había derechos de autor y se podían hacer tantas modificaciones al texto como se quisiera, como así ocurrió, para acomodarlo a las circunstancias de uno u otro país. Sería un trabajo tan arduo como curioso comparar todas estas versiones.

Salmador nació en Béjar (Salamanca). Empezó muy joven como periodista, trabajó en Radio Nacional y fue corresponsal de prensa en varios países hispanoamericanos, Francia y Marruecos, y cronista de guerra en la de las Malvinas y en Israel. “Juanista combatiente”, mal visto por la censura, en 1971 marchó a Nueva York como delegado de ABC internacional y publisher del ABC de las Américas, pasando después a América del SurTras veinte años de exilio voluntario, regresó a España a la muerte de Franco. Articulista y escritor político, ha publicado libros como Don Juan de Borbón, grandeza y servidumbre del deber, y la novela de política ficción Los delfines del Presidente.

La reedición española de 1977 lleva un prólogo del ex ministro Pedro Saiz Rodríguez, que cuenta que Salmador se exiló para defender desde Hispanoamérica sus convicciones monárquicas. Para asegurar su incógnito, en sus viajes a España llevaba en la maleta un ejemplar del libro a él dedicado por el Coronel Calvo (!).

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Víctor Salmador

Como se aprecia enseguida, Salmador era un declarado juanista, un partidario de que Franco resignara la Jefatura del Estado en don Juan de Borbón, el padre del actual monarca, que hubiera reinado como Juan III. Le reprochaban a Franco los de su estirpe que, a pesar de las claras raíces monárquicas del alzamiento y de que el Régimen no tenía otra salida que la monarquía, estuviera vetado hablar de ella.

Esta es una de las lecturas de la novela. En un viaje que hace el protagonista de Portugal a Suiza, coincide supuestamente con don Juan en el avión y se sienta a su lado, manteniendo un largo diálogo con él. Las frases que pone en su boca reflejan una selección de los escritos y declaraciones del Conde de Barcelona.

Su otra lectura es la acción, que arranca hacia 1966, año más o menos, en el isabelino y rococó “petit palais royal” de El Pardo, donde Franco mantenía la temperatura constante en 25 grados y la humedad en un 54 por ciento. Se mueven en él un elegante Camilo Alonso Vega, un desaliñado Agustín Muñoz Grandes, que se compra los trajes hechos en “El Corte Inglés”, y un Luis Carrero Blanco siempre de oscuro, con figura de personaje medieval. Los tres albergan ambiciones sucesorias, piensa el autor, a los tres les gustaría “salir en las monedas”, con lo que ya estamos en lo que entonces sería grave irreverencia política y te podría costar un disgusto si llegara a los ojos y oídos del Régimen.

Están preocupados porque el estado físico del Caudillo, que se oculta, impide que esté de pie las tres horas y media que dura el Desfile de la Victoria. Se cuenta que el Dr. Puigvert, que fue el urólogo que lo operó y lo atendía, cuando le dijo Franco tras la intervención “Usted me ha alargado la vida veinte años”, le respondió “No lo repita por ahí, mi general, que ya tengo bastantes enemigos”.

Junto con Felipe Polo Martínez-Valdés, el cuñado de Franco, que manda mucho dentro de El Pardo, los tres jefes militares deciden recurrir a Tinico, un paisano gallego extraordinariamente parecido a Franco que ya lo sustituyó cuando el fotógrafo de una revista americana le tomó unas imágenes pescando salmones. Lo visten adecuadamente, lo aleccionan debidamente y desempeña su papel con tal perfección que nadie se percate de la suplantación. Al terminar el desfile, rechaza el coche que lo aguarda al pie de la tribuna y camina hasta Cibeles, lo que desmiente cualquier rumor sobre su estado de salud y da lugar a hablillas entre los monárquicos, que concluyen que hay Franco para más tiempo del que creían, al tiempo que sirve para reforzar las lealtades de otros.

Tinico se convierte así en el doble de Franco, recluido en jaula de oro en el castillo de San Telmo de Almería, donde se afana por asemejarse cada vez más al Caudillo y de donde se le saca cada vez con mayor frecuencia.

Luego el libro muda de escenario para pasar a presentarnos al general Fernández de Atalaya, que se batió bravamente en la guerra y es ahora Jefe del SIO, el Servicio de Informaciones Especiales sobre la OTAN, ubicado en el nº 34 de la calle de la Princesa de Madrid. Vive dividido entre su lealtad a Franco y el temor de que muera antes de proponer a Don Juan como sucesor, en un ab intestato que daría lugar a que distintos generales propusieran diferentes candidatos al trono, cuando no a sí mismos como regentes. Su intranquilidad va dando paso al desasosiego, primero, y la rebeldía, después, convencido además de que Don Juan aseguraría la continuidad de los principios del Movimiento.

Un día, leyendo una información del extranjero, empieza a bullir en su magín la posibilidad de secuestrar a Franco. Junto con el hombre de su mayor confianza, el teniente Pizarro, va dando forma a la “Operación Goliat”, que podría llevarse a cabo en el mes de diciembre, en ocasión de una visita que Franco tenía comprometida a Béjar.

Sigue a continuación un discursivo tempo lento, excusa para tratar de la situación de España. El joven teniente visita en Lima a su padre, un coronel que luchó en la guerra civil y es agregado militar de la Embajada en Perú. Regresa a España como novio de Ángela María de Rojas y Cortázar, limeña de ascendencia española.

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Franco, pescando

Vuelta la acción a Madrid, se finge una conversación entre Alonso Vega y Muñoz Grandes, que regresan de una cacería. Están de acuerdo con el nuevo equipo de Gobierno porque le lleva las papeletas resueltas a Franco, mas no por eso dejan de lanzar dardos acerados contra algunos ministros. Dicen de Fraga que presume de que llegan millones de turistas a España porque él aprieta todos los días un botón en su Ministerio para que salga el sol. Comentan de Areilza que se está posicionando para ser el Presidente del Gobierno con el rey y de Carrero que sus manifestaciones en favor del Príncipe son una imprudencia, aunque parece que está dando marcha atrás. Al final coinciden en que hay que utilizar más a Tinico y, medio en serio medio en broma, llegan a barajar la posibilidad de mandar a Franco al castillo de San Telmo y poner a Tinico en El Pardo, para regalarle a España veinte años más de régimen, “que no le vendrían mal”.

Aún tras el título de la parte “Operación Goliat”, la novela se resiste a entrar en el meollo de la acción y el autor nos da cuenta de una fiesta en Madrid en la que pasa revista a las personalidades de todos los estamentos de la sociedad, a una serie de cuestiones de Franco y hasta de los chistes que corrían en la época, como que a Falange se entra por la Avenida de José Antonio y se sale por la calle del Desengaño, como recordarán los madrileños de edad.

El Caudillo no puede dejar una visita a Béjar, la tierra natal de Salmador, pues se ha comprometido a inaugurar el pantano de Navamuño e imponer el fajín de Capitana General de los Ejércitos a la Virgen del Castañar. Y, a su regreso, estalla por fin la operación, con un despliegue de vehículo, gente armada, avión con los motores encendidos y demás que recuerda las películas de asalto a un tren o un furgón cargados de dinero

Unas animadas páginas de acción y altos vuelos políticos culminan con un Franco que toma el mando en persona: “Dejad a la policía quieta y vamos nosotros”. El final, que ya es cruel en la primera edición, lo es aún más en la segunda, donde Salmador se recrea en la descripción de los sufrimientos agónicos del desventurado teniente Pizarro.

 

© 2011 Augusto Uribe y Alfred Ahlmann

 

Coronel Calvo. El Caudillo y “el otro”, Eds. Master Fer, Buenos Aires, 1967, rúst., 254 pp. Se reentapo con una segunda cubierta semejante a la primera.

Salmador, Víctor. El Caudillo y “el otro”: el doble de Franco, Eds. Actuales, Barcelona, 1977, rúst., 360 pp.

Salmador, Víctor. Franco y el otro: el doble del Caudillo, Packagers, Barcelona, 1980, 331 pp.

uribe01Augusto Uribe es doctor en una ingeniería, periodista y tiene otros estudios; ya jubilado, es presidente de una sociedad de estudios financieros. Ha ganado varios premios Ignotus y ha publicado en libros y revistas como el antiguo BEM o Nueva Dimensión, que lo tuvo por su primer colaborador.

 

 

 

alfredahlmannAlfred Ahlmann, director de la misión arqueológica española en Turquía, es doctor en Historia, profesor universitario en España e imparte clases en algunas universidades extranjeras: domina varias lenguas. Además de numerosos trabajos profesionales, ha publicado también artículos del género.

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