EL RITUAL, por Domingo Santos

 

PRESENTACIÓN

«El ritual» es uno de los relatos que en principio debían formar parte de mi antología «Crónicas de la Tierra y del espacio: cincuenta años de ciencia ficción» que apareció el pasado mes de abril de 2011 en la colección Espiral de mi buen amigo Juan José Aroz editor, y que quedaron aparcados del volumen por motivos de extensión de éste. Apareció originalmente en 1966 como complemento al número 28 de la colección Infinitum de Editorial Ferma. Por aquel entonces yo estaba sumergido en la órbita y el espíritu de El retorno de los brujos y de la revista Planète, y reconozco que tanto el tema como el estilo del relato le deben mucho a Pauwels y sobre todo a Bergier, además de entroncar con la fiebre platillista que hacía furor en todo el mundo por aquellos tiempos…, aunque debo señalar, para quien desee saberlo, que mis puntos de vista a ese respecto siempre han distado mucho de los de la doctrina ufológica «oficial». 

Domingo Santos

 

Ilustraciones: Virgil Finlay

 

Nadie supo cómo vino hasta allá, sólo supieron que llegó. Un día lo vieron entrar en la aldea; andaba lentamente, y a cada paso se apoyaba en un bastón hecho de una rama de roble. Vestía hábitos frailunos y se cubría con una capucha que le ocultaba parcialmente el rostro. Lo que dejaba ver este atuendo reflejaba una tez muy blanca, una barba negra y cerrada y unos ojos profundos, duros y brillantes bajo la oscuridad de unas densas cejas. Era alto y delgado, muy alto y muy delgado. Recorrió toda la aldea de sur a norte, sin detenerse en ningún lugar, con su paso lento y pausado, y se perdió en el bosque que había al otro lado del conjunto de casas.

─Es un peregrino, maese ─los comentarios en relación al caminante saltaron de boca en boca─. Un fraile, o un anacoreta quizá. Es de esos que van por las aldeas haciendo penitencia y predicando.

─Quizá sea un disciplinante ─dijo alguien─. ¿No habéis visto su hábito? Y lo profundo de su mirada. Tal vez se trate de un redentor de infieles.

─Pero no lleva consigo ninguna pertenencia. No ha dicho nada a nadie, no ha mendigado ni comida ni techo. ¿Acaso piensa vivir del aire que nuestro buen Dios nos ha dado?

─¡Oh, maese, tal vez piense cazar su sustento en el bosque! Los peregrinos son bastante mañosos en estos menesteres: saben apañárselas solos. Y les gusta dormir bajo las estrellas, cuando no hace frío.

La noticia pasó de boca en boca y se perdió. Al día siguiente, sin embargo, maese Berri acudió corriendo a la aldea para dar una sorprendente noticia. Yendo hacia el mercado de Siloh la había visto: en medio del bosque, lejos del camino, en el fondo de una pequeña depresión. El peregrino se había edificado allí una gran casa.

─Bueno, querrás decir que el peregrino quiere edificarse allí una pequeña choza, ¿no es así?

¡Oh, no, no, no! Maese Berri sabía muy bien lo que se decía. Era una casa grande y hermosa, y estaba ya terminada. Era toda ella de madera, y se levantaba sobre gruesos cimientos de piedra. El techo era todo de pizarra, y de su chimenea se alzaba al cielo una delgada columna de humo. Estaba habitada, sí, y él había ido a mirar por una de las ventanas y había visto al peregrino del día anterior dentro de ella, preparando algo sobre una mesa, algo de comer sin duda. Lo había visto todo con sus propios ojos, lo podía jurar por Dios, por Cristo y por la santísima Virgen.

La noticia corrió por la aldea como el fuego. Maese Jean, el herrero, afirmó que el día antes había pasado por allá y no había visto ninguna casa. No creía que un hombre pudiera desbrozar el terreno, limpiar el suelo, nivelarlo y levantarse una casa como la que decía maese Berri en solo una noche. ¡Oh, no, era imposible!

─¡Pero está allí, maese Jean, yo la he visto! ¡Está allí! ¡Mis pobres y pecadores ojos pueden atestiguarlo!

Bertrand, el posadero, dijo que aquella noche se había asomado de madrugada a la ventana de su casa, falto de sueño, y que había visto algo así como una luz sobre el bosque, allá por donde maese Berri decía que se levantaba la casa. Tal vez fuera cierto que el peregrino la había edificado en una sola noche, tal vez había solicitado y obtenido para ello la ayuda de Dios.

─O del demonio ─dijo alguien.

─Lo único que yo sé ─señaló la matrona de la aldea─ es que por lo que cuenta maese Berri la casa se halla en los terrenos de caza de nuestro buen señor el príncipe. Y cuando éste se entere, al peregrino le va a faltar toda la ayuda de Dios o del demonio para salvarse de su ira. Porque hará que le den tantos latigazos que no le quedará ni una pulgada de piel de su espalda sin levantar.

La noticia corrió como el viento por toda la región, y todos, aldeanos, campesinos, cazadores, leñadores, todos, fueron al bosque a ver la casa del peregrino, aquélla que al parecer había sido construida en una sola noche. Todos la vieron, y todos quedaron admirados ante su sólida construcción, ante su belleza de líneas y ante su gran capacidad, en contraste con las inmundas chozas en las que vivían casi todos ellos. Todos se acercaron hasta allá, y pudieron oler la fresca madera recién cortada, y ver por las ventanas su interior. Pero el monje, el peregrino o lo que fuera no estaba en ella. Los campesinos se marcharon un poco decepcionados y comentaron entre ellos lo ocurrido. ¿Quién era el que la había construido? ¿Cómo había podido hacerla en una sola noche, talar los árboles para abrir un claro, sentar los cimientos y levantar la casa? ¿De dónde había sacado los materiales? ¡Oh, quién sabe, quién sabe! ¿Sería un brujo quizá, un mago, un aliado del demonio? ¿Un hombre dotado de poderes sobrenaturales? ¡Tal vez era una prueba que les enviaba el buen Dios para tentarlos!

La noticia circuló por toda la región, de uno a otro extremo. Y por supuesto llegó hasta el castillo del lugar, la morada del gran señor el príncipe. Era un hombre corpulento, de costumbres bárbaras, cuya principal afición era cazar y violar doncellas. Tal vez no fuera en sí mismo un hombre malo, pero su preponderante posición de dominio, la sumisión de sus vasallos y su vida de ocio lo habían convertido en un pequeño tirano, cosa no demasiado extraña en una época en la que el señor feudal era aún dueño de las vidas, haciendas y hasta almas de sus vasallos. Disponía de un pequeño ejército particular con el que hacía de tanto en tanto la guerra a sus vecinos y con el que arrasaba las propiedades de sus súbditos cuando creía que los tributos que le pagaban no habían sido todo lo espléndidos que se merecía. Disponía en los sótanos de su castillo de una buena provisión de aparatos de tortura que se deleitaba usando a veces, cuando se sentía hastiado de todo, torturando a algún desgraciado que hubiera desobedecido su ley. Era un cerdo comiendo, un barril bebiendo y un insaciable fornicando, pese a todo lo cual sus vasallos le querían y le respetaban, con un amor mezclado con temor y admiración y, a veces, también odio.

La noticia de la llegada del peregrino y la forma en que se había instalado en sus terrenos de caza, sin haber solicitado ningún permiso ni haber acudido a rendirle vasallaje, produjo en el príncipe un tal acceso de ira que todas las piedras de su castillo retemblaron. Llamó a su consejero, luego al capitán de su pequeño ejército. Quiso saber cómo un hombre había osado, y había podido, instalarse en sus tierras sin que él se hubiera enterado de nada, y el consejero y el capitán temblaron y balbucearon algunas palabras inconexas. El gran señor, que en aquellos momentos estaba comiendo, arrojó el plato al suelo en uno de sus habituales accesos de furia y se levantó derribando la silla.

─Traédmelo ─ordenó al capitán─. Despellejadlo si es preciso, pero traédmelo. Si no sabe quién es el amo en este lugar, yo se lo enseñaré de una manera que no podrá olvidarlo el resto de su cochina vida.

El capitán llamó a media docena de sus hombres y partió apresuradamente en busca del peregrino. Cuando llegaron a la casa todos disminuyeron instintivamente el ritmo de sus pasos. El peregrino no estaba allí. Aguardaron mucho rato, hasta que, cuando ya empezaba a oscurecer, lo vieron salir del bosque con su lento caminar. Entonces se arrojaron todos a la vez sobre él y, antes de que pudiera reaccionar, lo ataron, lo cogieron en volandas y lo llevaron al castillo.

El gran señor lo estaba esperando en el inmenso salón de administrar justicia. Al ver entrar a los guardias con el peregrino se levantó de su sillón y adoptó todo el aire de majestuosidad que era capaz de acumular. Los guardias hicieron avanzar unos pasos al peregrino y se retiraron.

─Arrodíllate ─dijo el gran señor.

─¿Por qué? ─preguntó el peregrino. Era la primera vez que alguien oía su voz en la aldea, una voz grave y profunda─. Me has hecho traer aquí a la fuerza. ¿Qué es lo que quieres de mí?

Se oyó un ligero murmullo entre los componentes del reducido séquito del gran señor, que rodeaban de pie el estrado principal donde había estado sentado éste. El príncipe mostró un gesto de ira que hizo estremecerse a todos los que le rodeaban.

─¡Arrodíllate he dicho! ─gritó─. ¿Acaso deberé enseñarte a tener respeto? ¡Yo soy el señor aquí, y tú has invadido mis terrenos de caza y has levantado una casa sin siquiera pedirme permiso! ¿Y aún te atreves a hablarme como a un igual? ¡De rodillas he dicho!

El peregrino no se movió. Miraba fijamente al príncipe, y éste, sin saber por qué, bajó la vista.

El consejero se acercó a su señor por la espalda y le susurró algo al oído. El príncipe abrió mucho los ojos, luego descendió del estrado y se acercó al peregrino.

─Así que por el pueblo empieza a correr el rumor de que eres un brujo ─dijo─. ¿Qué es lo que haces? ¿Exorcismos, pócimas? ¿Ahuyentas los demonios del cuerpo, haces filtros de amor, curas  las enfermedades? ¡Vamos, respóndeme!

─Lo que yo haga no te importa ─dijo suavemente el peregrino.

─¡Más respeto para con tu señor! ─gritó el consejero desde el estrado─. ¡Más respeto, más respeto, más respeto!

─No eres mi señor ─dijo el peregrino, ignorando al consejero y dirigiéndose directamente al príncipe─. Y por lo tanto no tienes ningún derecho sobre mí. He venido a este lugar a cumplir una misión. Cuando la haya cumplido, me iré. Hasta entonces permaneceré aquí. No te molestaré, ni a ti ni a ninguno de los tuyos. Por lo tanto, tú tampoco me molestes.

El rostro del gran señor adquirió un tono sulfuroso, que los que le conocían bien sabían que era preludio de uno de sus furiosos ataques de ira.

─Así que no quieres rendirme vasallaje, ¿eh? ─dijo─. Está bien. ¡Guardias, azotadle! ¡Azotadle hasta que cambie de opinión o hasta que se deje aquí la carne a tiras!

Un par de soldados corrieron a buscar un buen látigo cada uno y regresaron con él en la mano. El peregrino permanecía inmóvil en medio del salón, sin mostrar ningún miedo.

─Yo de ti no lo haría ─dijo suavemente al gran señor─. Ni siquiera lo intentaría.

Por toda respuesta, el príncipe hizo una señal. Los látigos silbaron en el aire, pero el peregrino no se movió. Y de pronto sucedió algo extraño: los dos soldados dejaron escapar un fuerte grito; los látigos se inmovilizaron por unos instantes en el aire y luego parecieron saltar de sus manos; los dos soldados se tambalearon fuertemente, como si estuvieran ebrios, y cayeron al suelo retorciéndose y lanzando agudos gritos. La escena duró tan sólo unos segundos; luego todo pasó, y los soldados hicieron esfuerzos por ponerse en pie, gimiendo débilmente.

El gran señor tenía los ojos desmesuradamente abiertos, no por la sorpresa sino más bien por la ira. Lanzando un grito, aferró uno de los dos látigos del suelo y lo esgrimió. El peregrino tampoco se movió esta vez, pero pareció como si una fuerza poderosa sacudiera de golpe la gruesa humanidad del príncipe: lanzó un alarido, y el látigo saltó de su mano como movido por una vida propia; una fuerza misteriosa repelió al príncipe con brusquedad hacia atrás y cayó de espaldas al suelo, gritando fuertemente.

Nadie se movió: la sorpresa los había paralizado a todos. El peregrino tampoco se movió. Esperó a que el príncipe se levantara; entonces cogió el látigo del suelo y lo empuñó por el mango.

─La violencia nunca es buena ─dijo─, y tú deberías de saberlo más que nadie. A veces se revuelve contra quien la emplea. Yo de ti no seguiría usándola. Mira lo que te puede suceder.

Tenía el látigo entre las manos: por eso el gran señor tuvo por un instante la sensación de que el peregrino iba a azotarle con él. Se cubrió el rostro con las manos y gritó muy fuerte. Pero nada de esto sucedió. El peregrino tenía cogido el látigo fuertemente por la empuñadura; de pronto las trenzas parecieron cobrar vida propia: se agitaron unos instantes por sí mismas en el aire y luego se destrenzaron, parecieron fundirse, disgregarse, y sólo quedó un leve polvillo flotando en el aire. El peregrino abrió la mano. El mango también había desaparecido, y en su lugar una leve ceniza cayó blandamente al suelo de entre sus dedos.

─¿Lo ves? ─dijo─. Ceniza. La violencia se convierte en ceniza. Lo único que cuenta en el mundo es el amor…

El gran señor tenía los ojos desmesuradamente abiertos. Se acercó lentamente al peregrino, con un aire de profundo terror.

─¿Quién eres? ─murmuró─. ¿Acaso un enviado del demonio? ¿Un mago, un brujo, un encantador, un hechicero? ¿Cómo tienes estos poderes?

El peregrino no respondió. La fina línea de sus labios estaba fruncida en una leve sonrisa.

─Si no deseas nada más de mí ─dijo─, regresaré a mi casa. Tengo allí un trabajo que debo realizar.

─Vete ─murmuró el gran señor, aún estremecido─. Sí, vete. Y no vuelvas nunca más por aquí.

El peregrino dio media vuelta y salió con su paso lento del salón. El príncipe regresó a su sitial. Ninguno de los asistentes dijo nada, pero en todos ellos estaba bien presente la derrota y la humillación de su gran señor. Éste se sentó pesadamente en el sillón y cerró con fuerza los ojos. Sólo entonces se dio cuenta de que su cuerpo estaba empapado de sudor y de que sus manos temblaban. Despidió a todo su séquito y ordenó que le trajeran vino. Se bebió la primera jarra de un tirón, y pidió otra. Luego fue otra, y otra, y otra más. No cesó de beber hasta que estuvo completamente borracho, hasta que se sintió ajeno a todo lo que le rodeaba, hasta que olvidó por completo todo lo que había sucedido hacía unos momentos en aquel mismo salón. Entonces se echó en el suelo, sin importarle su dureza y su frialdad, y se quedó ruidosamente dormido.

 

 

finlay-1 Aquélla fue la primera demostración pública de los extraordinarios poderes del peregrino. La noticia corrió como el fuego por toda la región, y hubo muchos que se alegraron de saber que el gran señor había sido humillado de aquella manera. Así, el peregrino adquirió entre todos los habitantes de la comarca una gran notoriedad, y todos los que hablaban de él lo hacían con respeto y temor. Las hipótesis sobre quién era y lo que hacía allí corrían de boca en boca, y cada cual creó su propia invención para explicar lo que en el fondo era inexplicable. Algunos dijeron que era un mago poderoso que había venido de lejanas tierras, y que podía castigar a distancia a quien quisiera ocasionándole terribles dolores. Otros dijeron que era un hombre bueno, y que sólo castigaba a los malos y a los que merecían el castigo. La gente empezó a considerarlo como un poderoso hechicero dotado de poderes sobrenaturales, como lo había demostrado construyendo aquella casa en una sola noche y al parecer sin el menor esfuerzo y sin ninguna ayuda y enfrentándose al gran señor. Los campesinos que cruzaban cerca de su casa se santiguaban al pasar y rezaban sus oraciones para que los poderes del peregrino no les afectaran, y cuando alguien quería asustar a sus hijos los amenazaba con ir a buscar al peregrino para que se los llevara con él.

La bruja oficial del lugar, que oficiaba también de curandera, comadrona y mil cosas más, se sintió herida en su amor propio y en su orgullo profesional. Por eso empezó a divulgar por toda la comarca que el peregrino era un ser diabólico, que tenía alianza con el mismo Satanás y que de él recibía todos sus poderes; que endemoniaba a las gentes de la región y que iba a endemoniarlos a todos si no se mantenían lejos de su persona. Algunos la creyeron; otros no, pero empezaron a circular rumores que hicieron que la gente no sólo temiera al poder del peregrino, sino también a su propia persona.

Porque, en primer lugar, el peregrino nunca iba a la aldea, nunca compraba alimentos ni ningún tipo de provisiones en ninguna parte. Tampoco cultivaba nada ni nadie le veía cazar, por lo que era un misterio la forma en que se alimentaba. Algunos sugirieron que quizá se alimentaba sólo de raíces y tubérculos, otros dijeron que los animales del bosque iban por su propio pie a la casa del peregrino y se metían por propia voluntad en la cazuela o se ensartaban en el espetón. Hubo quien dijo que de lo que se alimentaba en realidad era de fuegos fatuos, y la bruja afirmó que lo había visto ir de noche al cementerio de la aldea, desenterrar cadáveres y comerse con delectación sus carnes medio podridas, cosa que la mayoría se resistieron a creer. Algunos afirmaron haber visto extraños seres rondar por las inmediaciones de su casa, íncubos y súcubos, espíritus y hadas, sátiros y gnomos. Otros afirmaron que por la noche salían de allá extrañas luces, y que todo el bosque que rodeaba su casa fosforecía por las noches de una manera extraña. Algunos oían raros sonidos, otros veían colores y luces, unos terceros divisaban figuras fantasmales que recorrían por la noche el bosque en torno a la casa. Maese Holt afirmó en una ocasión que un atardecer pasó cerca de ella y oyó voces dentro, por lo que se acercó curioso a observar, y pudo ver al peregrino hablar solo delante de una caja extraña, y había alguien invisible que le contestaba, y la voz salía de la caja, y tanto el monje como la voz hablaban en un lenguaje desconocido, por lo que maese Holt huyó corriendo de allí como si el diablo le persiguiera, y jamás volvió a acercarse a ella por temor a que los maleficios del peregrino lo alcanzaran y le hicieran algún daño. La región estaba llena de estas leyendas, y la fama del peregrino y sus fantásticos poderes llegó hasta los límites del reino e incluso los traspasó.

Y, sin embargo, el peregrino era un hombre bueno. Lo supo la vieja Sara, aquejada de horribles dolores y a la que no le importaba ya morir. Lo supo cuando fue a ver al peregrino y le dijo que no le importaba morir, pero que si él era un hombre bueno sabía que la curaría. Lo supo cuando el peregrino le dijo que volviera al día siguiente, y al día siguiente le dio unas cosas blancas y redondas para que se las tomara antes de cada comida, y después de varios días de tomarlas el dolor desapareció y se sintió mejor que nunca. Lo supo la hija de maese Sardi, de cuatro años de edad e imposibilitada en la cama por una caída hasta que el peregrino quiso ir a verla y se la llevó unos días a su casa, y cuando volvió saltaba y corría como nunca antes había saltado ni corrido. Lo supieron varios otros campesinos que tras oír esos milagros fueron a ver al peregrino, y el peregrino les dio líquidos y ungüentos y pequeñas cosas blancas y de colores, y les curó de sus dolores, y no quiso ningún presente a cambio por sus servicios. La bruja, que veía en aquello una disminución de su clientela, dijo a todo el mundo que el peregrino curaba con artes diabólicas, y que los que habían sido curados habían quedado prendidos en la redes y los poderes de Satanás, y que ya nunca podrían librarse de ellos. Y después de esto mató a un cabrito recién nacido, y fue a casa del peregrino y untó el dintel de su puerta con la sangre del animal. Pero hecho esto huyó corriendo a toda prisa, temerosa de que el peregrino le enviara sus represalias, y estuvo escondida tres días en su choza sin atreverse a salir.

Y mientras, los rumores corrían de boca en boca, y el peregrino dejaba ya de ser una persona para convertirse en una leyenda en la región.

 

 

Maese Schwartz era uno de los hombres más fuertes y osados de la comarca, y gozaba de la fama de no tenerle miedo a nada ni a nadie. Oyó los rumores que corrían incesantemente por la aldea sobre el peregrino que habitaba en la casa del bosque, oyó de sus exorcismos, de sus brujerías, de su poder y de las cosas extrañas que sucedían de noche en los alrededores de su morada. Le dijeron que aquella zona del bosque estaba embrujada, y que nadie se atrevía a pasar por allá de noche por temor a las diabólicas artes del peregrino. Le dijeron todo esto en la taberna, y maese Schwartz se echó a reír y dijo que él no le tenía miedo a nadie, ni siquiera al peregrino. Su afirmación provocó una oleada de discusiones, y todos dijeron que no le creían. Para probar su aseveración, maese Schwartz apostó doce pintas de cerveza a que era capaz de pasar una noche entera junto a la casa del peregrino, y los demás aceptaron la apuesta. Seguidamente, maese Schwartz se bebió por adelantado cuatro de las doce pintas apostadas, pues estaba seguro de ganarlas, y dijo que demostraría aquella misma noche su valor. Acompañado por cuatro hombres fue hasta el bosque, y en el lindero de la casa del peregrino los cuatro hombres se detuvieron, temerosos. Anochecía ya. Maese Schwartz se echó a reír, buscó un sitio cómodo donde sentarse, y dijo a los otros que podían irse ya, que él iba a quedarse allí a deleitarse toda la noche con la danza de los espíritus en torno a los fuegos fatuos. Los cuatro hombres se marcharon como alma que lleva el diablo, pues ya se había hecho oscuro, y maese Schwartz se acomodó bien en su sitio, dispuesto a pasar bien la noche y a ganarse de manera tan sencilla doce pintas de cerveza.

Para un hombre cuya vida transcurre entre árboles el bosque de noche es, más que una fuente de peligros y de temor, un refugio. Por eso maese Schwartz se sentía tranquilo. Pensó que ganar la apuesta sería lo más fácil del mundo: sencillamente echarse a dormir sobre el mullido suelo, entre los árboles, en el lindero de la casa del peregrino. Estaba acostumbrado a dormir en pleno bosque, no le representaría ningún problema. Buscó una posición cómoda y se preparó para pasar la noche.

Sin embargo, flotaba algo raro a su alrededor. A medida que iba pasando el tiempo y maese Schwartz no podía conciliar el sueño, empezó a percibir algunos detalles que hasta entonces no había notado. El aire, por ejemplo, olía extraño, como cuando las nubes están cargadas y se avecina una fuerte tormenta. Los característicos sonidos del bosque durante la noche, el ruido de los grillos, el zumbido de los insectos, toda esa sinfonía que acompaña a la naturaleza cuando llega la oscuridad, no se oían en absoluto, y un silencio apenas turbado por un ligero vientecillo dominaba todo el claro. A través de las ventanas de la casa del peregrino salía luz, y hasta él le llegaban unos apagados sonidos que nunca hasta entonces había escuchado.

Maese Schwartz sintió en el cuerpo un extraño escozor. Hijos de Satanás, estoy aquí. No era miedo lo que sentía, sino más bien curiosidad. Pensó que el peregrino no debía de estar durmiendo aún, y sintió deseos de saber lo que estaba haciendo. Así al día siguiente tendría algo que contarles a los de la taberna, mientras se bebía las ocho pintas que faltaban de la apuesta. Se levantó y, procurando no hacer ruido, se acercó a la casa.

El claro estaba débilmente iluminado por la luna, y la silueta oscura de la casa se destacaba levemente sobre el azul oscuro del cielo. Maese Schwartz llegó cautelosamente hasta la casa y se pegó contra la pared. Miró a través de la ventana.

Nunca hasta aquel momento había visto maese Schwartz el interior de la casa del peregrino, y sintió una rara sensación al verla por primera vez. Era algo completamente distinto a todo lo que estaba acostumbrado a ver, a las toscas y renegridas chozas de los campesinos. El peregrino estaba dentro de la casa, y se movía de un lado para otro de la habitación, realizando algunas tareas que Schwartz no podía comprender. Recordó lo que se decía en la aldea de sus atributos mágicos y pensó que tal vez fuera un ritual. La estancia estaba iluminada intensamente por una luz que irradiaba desde dentro de un globo de cristal colocado sobre un soporte encima de una mesa. Un fuego fatuo quizá, pensó maese Schwartz, encerrado dentro del globo. El peregrino iba de un lado para otro tomando algunos objetos, piedras, tierra y pequeños animales inmóviles, seguramente muertos, algunos de apariencia como pétrea, examinándolos a través de extraños aparatos y escribiendo luego algo en un cuaderno que tenía abierto sobre la mesa antes de irlos depositando en el interior de una caja cuadrada que había sobre una mesita a un lado.

Maese Schwartz quedó tan abstraído por las evoluciones del peregrino que olvidó incluso el transcurrir del tiempo, atento al trabajo que se realizaba dentro de la habitación. Así, no supo cuánto rato había pasado desde que se asomara a la ventana cuando, de pronto, se produjo un ruido dentro de la casa. Fue algo tan súbito que maese Schwartz se agazapó precipitadamente, con un gesto de temor en el semblante, pensando que había sido descubierto. Luego, al ver que nada sucedía, se tranquilizó y volvió a mirar. El sonido era algo así como un silbido agudo y prolongado, que provenía de algún lugar dentro de la habitación. El peregrino había interrumpido su tarea al oírlo, y ahora se dirigía hacia un ángulo de la estancia, donde abrió un gran arcón apoyado en el suelo. De allí dentro sacó una extraña caja de forma rectangular, provista de un asa por donde poder cogerla y hecha de una especie de madera muy brillante como la que maese Schwartz no había visto nunca. El peregrino colocó la caja sobre la mesa y abrió la tapa que había en uno de los lados, dejando al descubierto una superficie plateada hecha de una materia desconocida, llena de pequeñas luces y de signos extraños grabados en relieve y con multitud de botones y pequeñas palancas como varillas. Maese Schwartz contempló aquello con los ojos muy abiertos, sorprendido al máximo. El peregrino movió un par de aquellos botones y bajó una varilla, y de la caja rectangular brotó una voz.

Maese Schwartz se acurrucó tras la ventana, repentinamente sobrecogido por el temor. Aquella era la caja de la que había hablado maese Holt, y aquélla era la voz misteriosa del hombre invisible. Recordó todo lo que se hablaba en la aldea sobre el peregrino, y empezó a darse cuenta de lo cierto de aquellos rumores. Existía algo diabólico allí, el peregrino era un brujo que usaba artes mágicas para sus oscuros designios, y de la caja rectangular brotaba una voz que no era de este mundo y con la que el peregrino hablaba en un lenguaje desconocido. Quizá fuera el lenguaje secreto de Satanás, de los brujos y de los demonios. Quizá…

El peregrino terminó de hablar. Movió algunos otros botones y varillas y luego cerró la tapa y guardó nuevamente la caja en el arcón. Y entonces maese Schwartz supo con certeza que dentro de la caja rectangular había un demonio, y que el peregrino lo había invocado.

Transcurrieron unos minutos de silencio, y luego ocurrió todo lo demás. Se oyó de pronto un agudo silbido en torno a la casa, y maese Schwartz se acurrucó en su escondrijo, repentinamente muerto de terror. Algo negro y grande flotaba sobre el cielo encima del lugar, algo terrible y sobrenatural. Levantó la vista hacia allá y vio una cosa redonda, oscura y grande que se cernía sobre la casa y descendía lentamente. No cabía ninguna duda de que aquella cosa era algo diabólico, y cuando se posó suavemente en el claro y el peregrino salió de la casa y fue a su encuentro, llevando en la mano la caja cuadrada en la que antes había estado metiendo cosas, maese Schwartz experimentó que todo su cacareado valor le abandonaba y se sintió morir. Se acurrucó todo lo que pudo a la sombra de la casa, deseando desaparecer de allí, y rezó precipitadamente a Dios y a todos los santos para que aquellos aliados de Satanás no le descubrieran y le fulminaran con sus artes diabólicas.

El resto de la noche transcurrió como en una pesadilla. Las entrañas de la cosa negra que volaba se desgarraron, y de ella brotaron unos seres demoníacos. Unos demonios, sí, rojos como el fuego y brillantes como una tea, a los que el peregrino entregó la caja cuadrada que llevaba en la mano, que uno de ellos metió dentro de la cosa oscura, y luego todos entraron en la casa con él. Estuvieron mucho tiempo allá dentro, y en una ocasión en la que Schwartz reunió el valor suficiente como para mirar a través de la ventana vio que hacían muchos mágicos ademanes y le daban al peregrino una serie de cosas que llevaban en sus múltiples bolsillos rojos, quizá a cambio de la caja cuadrada que éste les había entregado como tributo. Una alianza con el diablo, sí, no cabía ninguna duda, una alianza con el mismísimo Satanás y todas sus fuerzas del averno. El peregrino los invocaba a través de su ritual mágico, y ellos acudían en su negro pájaro infernal, y le traían obsequios y presentes a cambio del tributo de su lealtad y de su colaboración, y le hacían partícipe de todos sus poderes. Endemoniado, sí: endemoniado, endemoniado…

Satanás y sus esbirros estuvieron mucho tiempo dentro de la casa y luego se fueron: entraron de nuevo en las entrañas de su pájaro negro, éstas se cerraron tras ellos, y el pájaro se remontó por los aires con un agudo silbido. El peregrino contempló su marcha hasta que desaparecieron en el cielo y luego entró de nuevo en la casa. Maese Schwartz permaneció aún mucho tiempo agazapado en su escondite, sin atreverse a realizar ningún movimiento por temor a ser descubierto y sintiendo cómo los dientes le castañeteaban. El peregrino estuvo aún un rato trabajando en sus artes diabólicas dentro de su casa; luego la luz se apagó, los sonidos cesaron, y todo el bosque volvió a quedar en calma.

Sólo entonces se atrevió maese Schwartz a moverse. Las piernas le temblaban y se sentía todo él descompuesto. Llegó lo más aprisa que pudo a la protección de los primeros árboles y, una vez allí, incapaz de resistir más tiempo, dio suelta a una urgente necesidad. Luego, sin detenerse ni un momento para ver por última vez la casa del peregrino, corrió hacia el pueblo como si le persiguieran todas las fuerzas del averno. Llamó precipitadamente a la ya cerrada puerta de la taberna, una y otra y otra vez, hasta que el tabernero le abrió, y le pidió que le diera algo de beber. Algo fuerte. Su rostro estaba tan descompuesto y todo él se mostraba tan agitado que pese a la hora el tabernero no se atrevió a negárselo. Su mirada era febril y sus labios temblaban. He visto al demonio, no dejaba de balbucear, he visto al demonio. El tabernero le sirvió no una cerveza sino una jarra del vino más fuerte que tenía, y maese Schwartz se la bebió toda de un tirón. Luego le pidió otra, y se la bebió también, y luego otra, y otra, y otra más, hasta completar el número de cinco. Entonces, cuando los vapores del alcohol embotaron por fin su cerebro y dejó de pensar, cruzó los brazos sobre la mesa, hundió la cabeza entre ellos y se durmió.

Su borrachera fue tan grande que estuvo inconsciente durante tres días consecutivos.

 

 

finlay-2 La noticia de lo ocurrido aquella noche en torno a la casa del peregrino corrió de boca en boca por toda la aldea tan pronto como maese Schwartz pudo contarla. Ahora sí, ya no cabía ninguna duda: el peregrino estaba aliado con el diablo, y de vez en cuando llamaba a Satanás a través de su ritual diabólico, y Satanás venía hasta su casa, y él le ofrecía un presente, y a cambio el diablo le traía comida y regalos y era amigo de él y le ayudaba en lo que fuera. Satanás en persona había sido quien le había talado sin duda los árboles del claro y le había proporcionado la pizarra del techo y le había construido la casa, y por eso el bosque estaba embrujado y los animales no pasaban por el claro. Y aquel olor, aquel mismo olor que se siente antes de la tormenta, aquel olor a azufre…

Schwartz pasó los días siguientes en la taberna, relatando una y otra vez a todo el mundo que quisiera escucharle lo ocurrido aquella noche en la casa del peregrino y dejándose invitar a varias pintas de cerveza por cada uno de sus relatos. Lo contó una y otra vez, añadiéndole siempre nuevos detalles, puliendo el relato, completándolo y adornándolo cada vez más. Y a medida que lo iba relatando empezó a darse cuenta de que ya no sentía tanto temor como el que había sentido al principio. Había sido el temor a lo desconocido lo que lo había asustado, se dijo. Si ahora volviera a presenciar todo lo que había visto, las cosas ya no serían lo mismo que aquella noche.

Y fue entonces, mientras maese Schwartz contaba una y otra vez su historia en la taberna, cuando ocurrió lo de la nieta de la vieja Siota.

 

 

La vieja Siota era una mujeruca de unos ochenta años que vivía en una de las chozas más viejas de la aldea con una nieta de quince años. La vieja Siota vivía de la caridad de los demás habitantes de la aldea y de lo que podía robar en los huertos y en los sembrados, y a los demás no les importaba, porque la vieja Siota tenía mucha experiencia en todas las cosas y sabía dar muy sabios consejos, tanto en cuestiones de amor como en cuestiones de negocio. Además, su nieta movía a todos a compasión, ya que la pobre era fea y un tanto contrahecha, y sólo el verla daba lástima.

La muchacha era la única compañía que tenía la vieja Siota en este mundo. Era una chiquilla extraña, delgada como un hueso, de ojos hundidos y febriles, que según todos parecía el fantasma de su madre, muerta al nacer ella. La muchacha nunca había tenido salud, quizá por el ambiente insalubre en el que vivía, quizá por su escasa alimentación, quizá por su propia naturaleza frágil y contrahecha. A principios de aquel verano, sin embargo, su falta de salud se agravó aún más, y la chiquilla cayó enferma en cama. Algunos dijeron que la había rozado el ala de un muerto, otros afirmaron que había visto al diablo, unos terceros, con mayor sentido común, aseguraron que lo que pasaba era que siempre le había faltado buena comida que llevarse a la boca. La vieja Siota acudió rápidamente a buscar a la bruja de la comarca y le pidió que librara a su nieta del mal que pesaba sobre ella. La vieja bruja debía algunos favores a la vieja Siota, de modo que acudió a curar a su nieta sin pretensión de cobrarle nada.

La bruja se pasó cinco días a la cabecera de la cama de la muchacha, recitando sus exorcismos, haciendo pócimas mágicas, untando el cuerpo de la chiquilla con extraños aceites y mixturas. La muchacha, sin embargo, no mejoraba, y la bruja empezaba ya a desesperar. A cada nueva pócima que le daba a beber empeoraba, y su cuerpo se había vuelto amarillo y apergaminado, y estaba tan frío que parecía que estuviera ya muerta.

Entonces empezó a circular por el pueblo la versión de que la chiquilla estaba poseída. Todos sabían que tenía mucha afición a correr sola por el bosque, y alguien dijo que en alguna ocasión la había visto incluso en compañía del peregrino, a lo que otros añadieron inmediatamente que seguro que había sido él quien la había poseído. La bruja agarró por los pelos aquella ocasión que justificaba su fracaso y dijo que esto debía de ser, y que el poder del peregrino era demasiado grande para que ella pudiera combatirlo. Dicho esto, se desentendió del asunto y se fue.

Entonces la vieja Siota echó a correr. Corrió como nunca había corrido en su vida: atravesó toda la aldea y se internó en el bosque en busca de la casa del peregrino. No pensaba en la posesión de la chiquilla, pensaba en que el peregrino había curado a otra gente y en que, pese a todo lo que se decía, parecía un hombre bueno. En otra ocasión quizá hubiera sentido miedo de ir hasta el claro del bosque y llamar a su casa, pero se trataba de su nieta, lo único que le quedaba en el mundo. Aporreó la puerta de la casa y se desgañitó llamando al peregrino. Y el peregrino salió, y la vieja Siota se echó de rodillas a sus pies y le habló como nunca antes había hablado a nadie en su vida. Entonces el peregrino la hizo levantarse y, tras escucharla atentamente, tomó una bolsa grande y le pidió que le llevase a su casa.

Toda la aldea lo vio llegar y dirigirse a la casa de la vieja Siota, decirle a ésta que esperara en el umbral y entrar él solo en ella. Nadie supo lo que hizo allí dentro, pero todos imaginaron sus pases mágicos y sus cabalísticas palabras sobre el cuerpo de la chiquilla, y creyeron ver sus ojos brillantes bajo la capucha y el fuego que emanaba de toda su persona. Estuvo más de una hora allá dentro, y cuando salió le dijo a la vieja Siota que la muchacha no tenía nada grave y que pronto se pondría de nuevo bien, hecho lo cual regresó a su casa del bosque.

Esto ocurrió más o menos simultáneamente a la terrible noche que maese Schwartz pasó junto a la casa del peregrino. Durante tres días consecutivos el peregrino acudió con su bolsa a la casa de la vieja Siota y estuvo largo rato en ella, sin que nadie supiera lo que hacía allí dentro, lo cual hizo que las especulaciones volaran altas. Y luego, al cuarto día, toda a aldea vio con enorme sorpresa a la nieta de la vieja Siota salir a la calle, y estaba más sana y vivaracha que nunca. Nadie supo jamás lo que le hizo el peregrino para curarla, y aunque la vieja Siota dijo que según su nieta sólo le había frotado el cuerpo con unos ungüentos que olían muy bien y le había dado unas pócimas y unas cosas blancas, redondas y pequeñas que debía tragar enteras sin masticar, muchos dijeron que lo que había hecho en realidad había sido traspasar su posesión a otra persona. Y mientras tanto maese Schwartz no dejaba de contar en la taberna a cualquiera que quisiese pagarle una ronda su aventura junto a la casa del peregrino…, y entonces vino lo demás.

 

 

La nieta de la vieja Siota tenía mucha afición a ir sola por el bosque, y en más de una ocasión había observado la casa del peregrino oculta entre la maleza. Sabía que el peregrino era un hombre bueno, pues en un par de ocasiones habían cruzado sus caminos y él no se había burlado de ella porque era fea y contrahecha, y ella no había tenido miedo de él porque había visto los ojos del peregrino y había comprendido que existía bondad en su corazón.

Cuando supo de labios de su abuela que era el peregrino quien la había curado se sintió feliz. No recordaba exactamente lo que él había hecho para curarla, más allá de los ungüentos y las pócimas y aquellas pequeñas cosas blancas que tenía que tragar enteras, pero esto demostraba que la quería, y hallar un amigo en aquella aldea, donde todos se burlaban de ella e incluso le tiraban piedras cuando pasaba, era para la muchacha la máxima felicidad. Por eso fue aquel día por el bosque hasta el lindero del claro y allí se detuvo. En muchas ocasiones había observado lo que ocurría dentro de la casa. No le importaban las idas y venidas del peregrino, ni sus cabalísticas palabras frente a objetos desconocidos, ni las luces en el cielo que había visto en varias ocasiones, porque sabía que nada de aquello era malo. Estuvo mucho rato observando la casa desde lejos, y al fin se decidió. Salió al claro y llegó hasta la puerta. El corazón le latía apresuradamente y la emoción ponía una extraña borrachera en su cabeza. Sí, sentía algo de miedo, miedo de su propia insignificancia ante el peregrino. Pero llamó, y él abrió la puerta, y al verla le sonrió. Y aquello hizo desaparecer el temor en la muchacha, e hizo aparecer algo de felicidad.

─¿Qué quieres? ─dijo el peregrino.

─Nada ─respondió la muchacha─. Sólo darte las gracias por curarme.

─No tiene importancia.

─Sí la tiene. ¿Por qué viniste hasta la aldea y me curaste, si no tenías ninguna necesidad de hacerlo?

El peregrino sonrió.

─Porque tu abuela me lo pidió ─dijo─. Ella confió en mí, y yo no podía defraudada, porque estaba en mi mano el curarte. Siempre debe de hacerse el bien, por encima de todos los intereses personales. Ésta es una ley que muchos de vosotros no habéis comprendido aún, pero que tarde o temprano entenderéis. ¿Comprendes lo que te quiero decir?

La muchacha asintió con la cabeza. Nunca hasta entonces había oído hablar al peregrino, y su voz le producía en todo el cuerpo un cosquilleo de felicidad. Miró fijamente a los ojos del hombre.

─Tú eres bueno ─dijo─. ¿Por qué dicen de ti que estás aliado con el diablo?

El peregrino se encogió de hombros.

─No me importa lo que digan ─afirmó─. E ignoro quién es el diablo.

─Pero tú eres muy poderoso.

─No ─negó el peregrino─. No soy más poderoso de lo que puede llegar a ser un hombre. Son los demás los que aún son demasiado ignorantes.

─Se habló mucho de ti cuando desafiaste a nuestro príncipe y lo humillaste. ¿Por qué lo hiciste?

─Vuestro señor es un ser orgulloso e ignorante que no merece ocupar el puesto que ocupa. Pero no quise darle ninguna lección, sólo quería que me dejara en paz. Necesito realizar mi trabajo aquí antes de marcharme.

─¿Cuál es tu trabajo aquí?

─No te lo puedo contar. No lo entenderías, de veras.

El rostro de la muchacha se entristeció por unos momentos. Miró al suelo.

─Entonces, ¿no te quedarás aquí para siempre? ─preguntó.

─No. Éste no es ni mi tiempo ni mi lugar. Apenas termine mi trabajo aquí volveré con los míos.

─¿Y esto será… muy pronto?

─Sí. Será muy pronto.

La chiquilla levantó de nuevo la vista. En sus ojos había lágrimas, y aquellas lágrimas conmovieron al peregrino. La atrajo hacia él y le pasó una mano por los hombros.

─Entiendo lo que sientes ─dijo─. Hay mucha gente que se burla de ti porque sólo ve tu cuerpo y no comprende tu alma. Y estás triste porque ves a las otras muchachas de tu edad y son más bonitas que tú, y tú quisieras tener también algún amigo. Pero nadie se fija en ti, y así tu alma se llena de tristeza y a veces incluso de rencor.

La muchacha asintió lentamente con la cabeza.

El peregrino la miró fijamente y sonrió.

─Desearías que alguien te hiciera tan bonita y deseable como las demás, de modo que todos te miraran con mayor afecto y pudieras tener también amigos que te quisieran, ¿no es así?

Ella dijo que sí entre sus lágrimas. Luego levantó la cabeza, esperanzada.

─¿Tú podrías? ─preguntó.

─¿Poder, qué? ─quiso saber el peregrino.

─Hacer un encantamiento. Hacerme menos fea de lo que soy…, aunque sólo fuese por unas horas.

El peregrino vio la luz en los ojos de la muchacha y sintió una intensa piedad. Asintió con la cabeza.

─No puedo hacer ningún encantamiento ─dijo─. Pero sí puedo conseguir que tu cuerpo sea un poco más hermoso de lo que es ahora. ¿Lo quieres?

En los ojos de la nieta de la vieja Siota se reflejó toda la alegría que puede caber dentro del universo.

─Oh, sí ─ dijo ─. Sí, sí, sí, sí.

 

 

─¿Habéis visto a la nieta de la Siota? Esto es magia, magia pura, magia diabólica. Tiene razón la bruja, tiene razón maese Schwartz. Los demonios se han apoderado del cuerpo de la chica. ¡Y está apetecible ahora, la condenada!

El rumor había corrido de un extremo a otro del pueblo, de norte a sur y de este a oeste. Tras desaparecer varios días, la nieta de la vieja Siota, la fea y contrahecha nieta de la vieja Siota, sin dejar de ser ella, se había convertido de la noche a la mañana, como por arte de magia, en una muchacha hermosa y esbelta, que hacía volver con deseo los ojos a los hombres que se cruzaban con ella. Esto había sido poco después de su curación, y en ello había intervenido sin duda el peregrino. ¡Oh, poderes infernales!

─¡No, no, yo nunca me uniría ahora a ella! ¡Váyase a saber lo que le sucederá al hombre que la ame! Su dueño es ahora el diablo, el diablo y ese maldito peregrino que habita en el claro del bosque. Yo no me uniría con ella ni por todas las riquezas del mundo.

La gente miraba a la muchacha con aprensión y temor, pero esto a ella no le importaba. Se sentía feliz, porque el peregrino era bueno y había cumplido su palabra. La había dormido, y cuando despertó, no sabía cuánto tiempo después, y se vio a sí misma en el espejo que había en la casa, todo había cambiado. «No es un encantamiento», le había dicho el peregrino. «Pero, ¿cuánto tiempo durará?», había preguntado ella. «Para siempre. Toda tu vida», le había respondido él.

Los comentarios en la aldea eran cada vez más encendidos.

─Siempre lo dije. Ha capturado ya a la nieta de la Siota. ¡Váyase a saber a quién querrá atrapar ahora! Tendremos que vigilar a nuestras mujeres y a nuestras hijas. El diablo siempre busca a las hembras. ¡No quisiera ver a ninguna de ellas siguiendo los pasos de ésa…!

Miradas recelosas, miedo y superstición. Magia, brujería. Encantamientos.

─¡Pero está apetecible ahora, la condenada!

 

Maese Schwartz vio el milagro. ¡Dios de los cielos, aquello sí que era magia poderosa! El poder de rehacer los cuerpos, de moldearlos al gusto de cada uno, el poder de transformar la carne. Si él dispusiera de ese poder…, sería temido y admirado por todo el mundo. Podría usarlo para el bien y para el mal, y toda la gente lo respetaría. Si él consiguiera una alianza con el diablo…

Maese Schwartz no hacía demasiados distingos entre Dios y el diablo: la cuestión era servir a uno de los dos, el que le ofreciera más ventajas. No tenía miedo tampoco: nunca lo había tenido. Lo de aquella noche en la casa del peregrino fue sólo la sorpresa ante lo desconocido, pero ahora ya sabía lo que iba a encontrar allí. El diablo no le producía ningún temor: a veces es provechoso tenerlo como aliado, si se sabe sacar un buen beneficio de la alianza. Todo depende de la fuerza de voluntad.

Así, a partir de aquel momento se dedicó a espiar al peregrino. Oculto entre los árboles, sus mejores aliados, siguió todos sus pasos desde el amanecer hasta el anochecer, registrando sus idas y venidas. Cuando estaba en la casa se acercaba cautelosamente y observaba por las ventanas. Veía todos sus pases mágicos y estudiaba atentamente su complicado ritual. Sentía que lentamente iba adquiriendo una mayor confianza en sí mismo, y que una parte del misterio sobrenatural de los actos del peregrino se desvelaba. Oculto entre los matorrales, siguiendo uno por uno sus movimientos, intentó imitarlos. Poco a poco fue adquiriendo perfección en todos ellos.

Y un día se decidió a abordarle. Fue un día en el que la noche anterior había bebido más pintas de cerveza que de costumbre y se sentía extremadamente osado. Fue siguiendo como siempre al peregrino en todos sus movimientos, incluso hasta cuando casi todos los efectos de la cerveza se habían disipado ya. Entonces se decidió. El peregrino había salido de la casa. Salió al claro y corrió a su encuentro. El peregrino se detuvo al verle y frunció el ceño. Maese Schwartz se detuvo también, a muy pocos pasos de él.

─Hola ─dijo─. Soy tu amigo.

─¿Qué quieres? ─ preguntó el peregrino. Su voz era fría.

─Ayudarte ─dijo maese Schwartz─. Servirte. Colaborar contigo. Ponerme a tu disposición.

─No necesito a nadie ─dijo el peregrino con voz seca.

Echó a andar de nuevo. Maese Schwartz se adelantó y se situó ante él.

─Puedo serte muy útil ─insistió─. Soy mañoso, sé hacer muchas cosas. Tú necesitas un hombre como yo. No me importa la religión, siempre me han gustado los demonios. Conozco muy bien todos los ritos de la magia negra, y los espíritus no me asustan. Incluso he practicado la brujería. Mis servicios te serán de mucha utilidad.

─Vete.

El peregrino siguió andando. Maese Schwartz intentó detenerle.

─No me entiendes. Tengo muchas amistades en la aldea, conozco a casi toda la gente de la comarca. Con mi ayuda te harás rico y famoso en un abrir y cerrar de ojos. Con mi maña y tus poderes pronto seremos los amos de la región. Incluso el mismo príncipe nos rendirá vasallaje, y los señores de los feudos vecinos vendrán a pedimos nuestra ayuda. Nadie podrá con nosotros, con tus artes y mi inteligencia.

─He dicho que te vayas. Lárgate de aquí.

El peregrino no había alzado la voz. Seguía andando hacia el bosque. Maese Schwartz trotó a su lado.

─Pero puedo ayudarte mucho, de veras. Mira, si lo que quieres es una prueba de mi lealtad, puedes pedirme lo que quieras. Yo te lo traeré. ¿Deseas acaso que te traiga un corazón humano aún palpitante? ¿Te interesan algunos amuletos, algo que necesites para realizar tus invocaciones? Lo que me pidas te lo traeré, por mucho que me cueste encontrarlo. Tú sólo ordena: yo te serviré.

El peregrino no respondió esta vez. Alargó el brazo y dio a maese Schwartz un fuerte empujón hacia un lado. Maese Schwartz rodó por el suelo, se levantó, intentó ponerse de nuevo al lado del peregrino; recibió un nuevo empujón, no fuerte, no violento, pero sí lo suficientemente enérgico como para hacerle rodar de nuevo por el suelo. El peregrino, con sus hábitos y su capuchón, se alejó y se perdió en el bosque.

Al quedarse solo maese Schwartz pateó furioso el suelo en un arrebato de cólera. El peregrino era un hombre orgulloso, no quería compartir con nadie su poder. Muy bien, pero Satanás acudía a todo aquél que lo llamara; lo único que tenía que hacer era saber cómo invocarlo. Y él lo sabía.

El peregrino no quería colaborar con maese Schwartz, pero maese Schwartz conseguiría su propósito. No se aliaría con él:  se pondría en su lugar.

 

 

Las noticias acerca del peregrino circulaban incesantemente por toda la comarca, y llegaban también hasta el castillo del príncipe. Allí, el gran señor rumiaba los prodigios que oía, y temblaba. Aún estaban frescas en sus ojos las imágenes de lo ocurrido aquella noche en el gran salón de administrar justicia, su gran humillación, y se daba cuenta cada vez más del enorme poder del peregrino. Sus consejeros le hablaban del peligro que representaba para la unión del feudo tener en él a un hombre con un poder tan grande, pero el gran señor temblaba al pensar en lo que podía hacer el peregrino, en las represalias que podía tomar si intentaba algo contra él, y este solo pensamiento le hacía desechar cualquier acción. Cuando le llegaron las noticias de lo visto por maese Schwartz, lo cual confirmaba algunas observaciones hechas a más distancia por sus propios hombres, el príncipe comprendió que aquello era algo que le incumbía no sólo a él sino también a la Iglesia, y llamó al fraile que tenía a su cargo la vida espiritual de la comarca y descargó sobre él sus temores. Si hubiera podido ─si se hubiera atrevido─ habría azotado él mismo al peregrino hasta que sus costillas asomaran desnudas a través de la carne abierta, tanto era su odio hacia él por la forma en que lo había humillado, pero el miedo se lo impedía. El fraile escuchó atentamente todos los rumores, levantó un sumario y, erigiéndose en inquisidor, dijo que era preciso detener y enjuiciar al peregrino. Pero existía un gran problema: ¿quién se encargaría de hacer cumplir la sentencia? Y aquí el fraile, temeroso también de las represalias del poder del peregrino, dio marcha atrás.

Entonces ocurrió lo de la nieta de la vieja Siota.

Por el pueblo corrió la voz de que había sido poseída por el diablo, el cual la había hecho hermosa y apetecible para perder a los hombres. La noticia llegó hasta el castillo, y el gran señor llamó de nuevo a su consejero espiritual.

─Es una herejía ─dijo el fraile─. Una espantosa herejía. ¡Pobre criatura de Dios! Es preciso salvarla.

─¿Cómo? ─quiso saber el gran señor.

─Traedla aquí ─dictaminó el fraile─. Yo la salvaré.

 

finlay-3 Media docena de soldados fueron a buscar a la nieta de la vieja Siota y la llevaron al castillo. La muchacha se resistió, pero nada podía hacer contra seis hombres escogidos entre los más fuertes y brutales. Los soldados no tenían excesivo miedo al diablo, eran demasiado ignorantes para ello, y por eso, viéndola deseable, abusaron de ella, allá entre los árboles, una y otra vez, riéndose de sus gritos. Luego la llevaron según lo ordenado a presencia del gran señor.

El fraile se había erigido en inquisidor merced al poder que Roma le concedía, y preparó rápidamente el juicio. Primero realizó todos sus exorcismos. Obligó a la muchacha a arrodillarse a sus pies y, extendiendo las manos sobre su cabeza y arrojándole agua bendita, conminó a los demonios a que abandonaran aquel cuerpo que habían poseído. La muchacha gritó e insultó con palabras que nunca hasta entonces habían sido oídas en aquel salón de labios de una mujer, pero nadie se lo tuvo en cuenta porque estaba endemoniada. El sacerdote repitió sus exorcismos una y otra vez, sin conseguir nada. Exigió a la muchacha que reconociera que el peregrino tenía alianza con el demonio y que con ayuda de Satanás había cambiado su cuerpo, pero la muchacha lo negó también una y otra vez, gritando que el peregrino era un hombre bueno y que era un enviado de Dios. Entonces el fraile la golpeó, la golpeó muy fuerte, exigiéndole que dijera la verdad, y la muchacha lloró y juró muchas veces que aquella era la verdad y que no podía decir otra cosa. El fraile amenazó con llevarla a la hoguera si no confesaba la verdad, y le prometió el perdón con una suave penitencia de reclusión si admitía los poderes demoníacos del peregrino y su posesión. Pero ella no cejó.

El gran señor se sentía inquieto, y llamó aparte al fraile. Le dijo que era preciso que la muchacha confesara los poderes demoníacos del peregrino, pues de otro modo la fama de éste en la región crecería aún más y las gentes podían llegar a ver en él a un ser bueno y poderoso que les hiciera rebelarse contra su tutela. El fraile prometió lograr la confesión de la muchacha, y volvió a interpelada una y otra vez, amenazándola con las mayores torturas si no confesaba. La nieta de la Siota negó ser culpable de lo que se la acusaba. Entonces el fraile ordenó llevarla a las cámaras de tortura. No ves la razón porque los demonios tienen prisionero tu cuerpo, le dijo, pero los haremos huir de él. Torturaremos tu cuerpo para que los demonios huyan, y entonces podremos salvar al fin tu alma. La muchacha gritó, suplicó, se resistió, pero fue arrastrada hasta los sótanos, y el gran señor se aprestó a presenciar su espectáculo favorito. Los hierros candentes quemaron su carne, los garfios y las tenazas abrieron su cuerpo, el potro descoyuntó todos sus huesos. La muchacha resistió mucho tiempo, y sus aullidos de dolor quedaron ahogados por las imperiosas voces del inquisidor ordenándole reconocer su herejía. Pero llegó un momento en que el dolor fue tan intenso que venció toda su resistencia, y al fin la nieta de la vieja Siota confesó. Lo confesó todo, todo lo que querían que dijera, con tal de que la dejaran morir en paz. Confesó las artes diabólicas del peregrino, sus entrevistas con Satanás, la posesión de su cuerpo, todo. El fraile llamó a un escribano y le hizo redactar un documento que la muchacha firmó, aunque el fraile tuvo que acompañarle su mano sin fuerzas para poner su nombre. Su alma había sido salvada, dijo entonces el fraile; y así, el gran señor ordenó que su destrozado cuerpo fuera entregado de nuevo a los soldados, y todo terminó.

 

 

Maese Schwartz seguía mientras tanto los pasos del peregrino como si fuera su propia sombra. El miedo de la primera noche había desaparecido, y ahora sólo existían el interés y la curiosidad, y el rencor por el rechazo. Sus misteriosas operaciones lo extasiaban, y su ritual era algo maravilloso. Algunos días llovía y otros hacía sol, en otros había viento y en otros tempestad, pero eso no importaba: maese Schwartz no faltó a su cita en la casa del peregrino ni un solo día.

Su principal interés estaba centrado en las visitas de los emisarios de Satanás. Desde la primera noche que contemplara la llegada de la cosa negra flotando en el aire había presenciado varias veces aquellas visitas, y había observado atentamente todo lo que la precedía. Cuando los hombres rojos llegaban, se sucedía siempre antes por parte del peregrino un cuidadoso ritual, siempre el mismo: primero era preciso esperar el zumbido que se producía dentro de la casa, señal de que los emisarios anunciaban su llegada. Luego, el peregrino tomaba la caja rectangular del interior del arcón y la colocaba sobre la mesa. Movía algunos de sus botones, accionaba algunas de sus varillas, siempre siguiendo el mismo orden, realizando los mismos pases mágicos, y la voz surgía del interior de la caja. El peregrino contestaba entonces sus cabalísticas palabras, también siempre las mismas; después de esto volvía a mover otros botones, cerraba la caja rectangular y la volvía a guardar. Y con esto el puente entre el mundo infernal y el terrenal quedaba establecido, y los emisarios de Satanás podían llegar en su cosa negra desde el aire y posarse junto a la casa, y el peregrino tomaba su caja cuadrada de las ofrendas, la llenaba con algunos objetos tomados de encima de la mesa y salía al exterior, y los hombres rojos descendían trayendo al peregrino el pago de su colaboración, y todos entraban en la casa durante un largo rato antes de que los hombres infernales se fueran.

Maese Schwartz sabía que él también era capaz de llamar a los emisarios de Satanás a este mundo si seguía paso a paso el ritual. Por eso, cada noche que la cosa negra bajaba del cielo, observaba con suma atención los movimientos del peregrino, su manejo de botones y varillas, estudiaba la sucesión de las luces que se encendían en el panel plateado y grababa en su cabeza las palabras que éste pronunciaba y la entonación exacta que les daba, hasta llegar a conocerlas casi tan bien como el padrenuestro. Observó también que la cosa negra llegaba con regularidad dos veces cada semana, los días del Señor martes y viernes. De modo que sabía cuándo, y sabía también cómo.

Fue entonces cuando se produjo el prendimiento de la nieta de la vieja Siota y su traslado al castillo. En toda la aldea se habló mucho de ello, y hubo quien dijo que por fin la Inquisición iba a tomar cartas en el asunto, y que el príncipe iba a terminar de una vez por todas con el poder del peregrino. Porque una gran parte de la aldea le temía, pues aunque a nadie le había hecho ningún mal todos sentían miedo hacia todo lo que representase poder. En la taberna se dijo que la nieta de la vieja Siota había confesado al fin haber sido poseída por el diablo, y que iban a tomarse medidas definitivas al respecto. Maese Schwartz se echó a reír al oír aquello, pues sabía que el gran señor temía demasiado al peregrino y que por sí mismo nunca se atrevería a intentar nada contra él.

Por eso aquella noche bebió más pintas de cerveza que de costumbre, y después fue al castillo con la intención de hablar con el gran señor. Dijo a los guardias que quería hablarle al príncipe sobre el peregrino, que tenía algo muy importante que decirle, y así obtuvo paso franco y fue escoltado hasta la estancia donde estaba el gran señor, que inmediatamente hizo llamar al fraile para poder disponer de su sabio consejo.

─Has dicho que deseas hablarme del peregrino ─dijo el príncipe─. Adelante, dime.

Maese Schwartz hizo una profunda reverencia.

─Gran señor ─dijo─, durante estos últimos días me he tomado el trabajo de observar al peregrino y todos sus movimientos, y he sido testigo varias veces de su poder. Pero el demonio siempre puede ser vencido, con la ayuda de Dios. El peregrino no es invencible. Y yo sé el modo en que lo podemos vencer.

Los ojos del gran señor se iluminaron.

─Cuéntame ─pidió. Y maese Schwartz explicó su idea.

 

Las noticias sobre el prendimiento de la nieta de la Siota y su confesión corrieron por el pueblo como el chisporroteo de una tea encendida bien empapada en aceite, saltaron de casa en casa, de boca en boca, de oído en oído. Tanto es así, que apenas tardaron unas horas en llegar a oídos de la vieja Siota.

La vieja Siota dejó escapar un profundo gemido. Cubrió su sarmentoso cuerpo con un manto, salió de su casa, y corrió como alma en pena por el bosque hasta llegar a la casa del peregrino. Allí llamó desesperadamente, una y otra vez, sin pausa, hasta que el peregrino abrió la puerta y apareció en el umbral. «Mi nieta ha sido llevada al castillo, mi señor, creen que está endemoniada y la han obligado a confesar mediante tortura. Salvadla, mi señor, salvadla como hicisteis la otra vez, libradla de este peligro, hacedlo por lo más sagrado que tengáis.» El peregrino, que iba vestido con sus ropas habituales, encajó fuertemente los dientes, cerró la puerta a sus espaldas y echó a andar. Andaba tan rápido que la vieja Siota no pudo seguirlo y al poco rato quedó resoplando tras él a un lado del camino. El peregrino atravesó la aldea, y en todas las ventanas nacieron ojos para ver su paso. Llegó al castillo, y los guardias lo dejaron pasar, pues sabían que era inútil intentar detenerle. El gran señor supo de inmediato su llegada, y aunque la esperaba tembló, y llamó inmediatamente al fraile para que le confortara.

En la gran sala de administrar justicia, el fraile se puso ante el camino del peregrino y levantó solemnemente una mano armada con un crucifijo.

─¡Vade retro, Satanás! Tu poder no puede nada en este lugar, tu discípula ha confesado todas tus artes y tus mañas, tu alianza con el averno ha quedado probada. No avances más.

El peregrino siguió avanzando, y el fraile retrocedió unos pasos.

─¿Dónde está la nieta de la vieja Siota? ─dijo el peregrino. Su voz era fría como el hielo.

─Está ya libre de tu poder, nada podrás hacer para ganártela de nuevo. Los demonios han huido de su cuerpo, ha vuelto al seno de la Iglesia. Es libre otra vez.

─¿Dónde está?

El fraile vio el brillo en los ojos del peregrino y de repente sintió miedo: era un brillo asesino. Se apartó unos pasos y llamó a un soldado.

─Llévalo a la celda donde está recluida la nieta de la Siota ─dijo─. Llévalo, y que compruebe que ya nada puede en ella su poder.

El soldado precedió temeroso al peregrino hasta los sótanos donde estaban las mazmorras. Un hedor insufrible permeaba el ambiente; orines, excrementos, sangre, sudor y miedo. El soldado abrió la puerta de una celda y se apartó.

En la oscuridad se apreciaba el bulto de un cuerpo yacente sobre un jergón. El peregrino se adelantó hacia él y se arrodilló a su lado.

─Muchacha ─llamó─. Muchacha.

Se oyó un debilísimo gemido, pero la figura no se movió. El peregrino se acercó más, y de pronto sus ojos despidieron llamas. Vio ante él el cuerpo lacerado y lleno de sangre, los miembros rotos, el espantoso rictus de dolor en los labios. Sintió que dentro de él se acumulaba una ira tan grande que podía hacer estallar el universo entero. Se puso en pie.

─Nunca el castigo será suficiente para los que hayan hecho esto ─murmuró─. Nunca.

Salió de la celda. El estrecho pasillo, oscuro y maloliente, estaba desierto ahora, y allá arriba la puerta de acceso había sido cerrada. El peregrino se detuvo, receloso. Su mirada despedía fuego.

En lo alto de la escalera, escondido tras la puerta que conducía a los calabozos, con los brazos en cruz y la mirada perdida en las alturas, el fraile rezaba sus exorcismos mientras rociaba la gruesa hoja de madera con abundantes aspersiones de agua bendita.

Ocultos tras las puertas de los calabozos, fuera del alcance directo del poder del peregrino, viéndolo a través de los fuertes barrotes, los soldados prepararon sus arcos.

─No podrás contra las fuerzas divinas, Satanás ─rezó precipitadamente el fraile─. Éste es tu fin. Desciende al averno de donde surgiste y no vuelvas a posar jamás tus diabólicas garras en este mundo. ¡Huye de aquí!

Como si esas palabras hubieran sido una señal, las flechas empezaron a silbar por todo el pasillo desde ambos lados, cruzándolo en todas direcciones. El peregrino comprendió entonces, demasiado tarde, que había caído en una celada, y rugió de furor. El gran señor, oculto con el fraile tras la puerta en lo alto de la escalera que conducía a los calabozos, temblaba pensando en que los poderes diabólicos del peregrino podían ser más fuertes que las flechas, pero el fraile estaba allí y lanzaba incansable sus exorcismos, anulando con ello las fuerzas de Satanás. Maese Schwartz, oculto en el otro lado del sótano, tras los barrotes de una celda, temblaba también, pero tenía la certeza de que había obrado correctamente y de que con la ayuda del fraile y los arqueros del gran señor terminaría rápidamente con su enemigo. El peregrino se revolvía en el pasillo, golpeaba furioso las puertas de los calabozos, gritaba, mientras desde todos lados, a través de las delgadas rendijas de esas puertas protegidas por gruesos barrotes, las flechas buscaban su cuerpo. El peregrino invocaba con ronca voz todos sus poderes, gritando cosas incomprensibles en su lenguaje cabalístico, pero no ocurría nada: las flechas seguían hundiéndose en su cuerpo, y en lo alto de la escalera el fraile seguía anulando sus diabólicas invocaciones con sus exorcismos y abundantes aspersiones de agua bendita.

El peregrino resistió mucho tiempo, pero las fuerzas empezaron a fallarle a medida que las afiladas puntas de metal se clavaban dolorosamente en su cuerpo. Cayó de rodillas, invocando aún a sus poderes del averno. Intentó levantarse de nuevo, pero las fuerzas le fallaron. Sus gritos se convirtieron en un rugido salvaje, tan fuerte que las paredes de los calabozos se estremecieron. Impresionados, los soldados dejaron de disparar sus flechas, temerosos de que ni la protección de las gruesas puertas les resguardaran de los maleficios diabólicos. Maese Schwartz también tembló, pero él conocía más bien que los otros al peregrino y sabía que lo estaban venciendo. Por eso salió al pasillo antes de que el otro pudiera recuperarse. Llevaba en la mano una poderosa y afilada hacha. Al verle el peregrino intentó ponerse en pie, pero las fuerzas le fallaban cada vez más. Maese Schwartz se detuvo frente a él. Se sentía poderoso, tan poderoso como el propio peregrino, o más aún.

─No quisiste mi colaboración ─dijo─. ¡Tú mismo te lo has buscado!

Pese al dolor, pese a su cuerpo erizado de flechas y a la sangre que chorreaba de sus heridas, el peregrino ofrecía aún un terrible aire de poder y autoridad, con su rostro pálido y sus ojos brillantes y su barba negra y cerrada, con sus hábitos rojos ahora por la sangre y la capucha que cubría su cabeza. Intentó levantarse una vez más, pero maese Schwartz estaba preparado. Enarboló el hacha en un poderoso giro y dejó escapar un grito de triunfo. El peregrino intentó protegerse con los brazos, pero ya era tarde. Estaba débil y desvalido sin la protección de sus poderes infernales. El hacha cayó pesadamente sobre su cabeza y le partió el cráneo en dos.

Los soldados, el fraile, el gran señor, empezaron a salir de sus escondites. El peregrino estaba tendido a sus pies, inmóvil, cubierto de flechas y sangre, con la cabeza abierta como un melón maduro. El fraile se arrodilló a su lado y, ahora que Satanás había abandonado ya su cuerpo, rezó un responso por su pobre alma poseída. El gran señor se sentía enormemente satisfecho: su humillación estaba vengada y el peligro del poder del peregrino había desaparecido. Cogió a maese Schwartz por los hombros y lo abrazó, lleno de emoción.

─Pide lo que quieras ─le dijo─. Mi voluntad es la tuya. Todo lo que desees te será concedido.

─No quiero riquezas ni honores ─dijo maese Schwartz─. Sólo hay una cosa que desearía pedirte.

─Concedida. ¿Qué es?

─La casa donde habitaba el peregrino. Desearía que fuese mía.

El príncipe pensó que era muy poca recompensa para tan gran servicio.

 

La muerte del peregrino fue conocida muy pronto en toda la aldea. Al fin había terminado el poder diabólico que amenazaba la región, al fin había muerto el aliado de Satanás. Los soldados del castillo ataron el cuerpo del peregrino a la cola de un caballo y lo arrastraron durante muchas leguas tras ellos. Luego, en la gran plaza de la aldea, colgaron sus despojos para que todo el mundo los viera, y los soldados se rieron de ellos, gritándole burlonamente que invocara ahora la ayuda de Satanás. Todo el pueblo fue a ver los despojos, y muchos escupieron sobre su cuerpo y lo golpearon, e incluso lo hirieron con sus armas, sintiéndose fuertes ahora que sus poderes habían desaparecido.

Maese Schwartz contempló todo aquello con una sonrisa en los labios. Hoy era viernes, y sabía lo que debía hacer. Ahora el peregrino ya no existía, pero estaba él. Y él seguiría lo que la muerte del peregrino había interrumpido.

Así, anochecía ya cuando se dirigió hacia la casa del peregrino en medio del claro en el bosque. El sol había desaparecido tras el horizonte y los sonidos nocturnos empezaban a rodearle, excepto en los alrededores del claro, donde nunca se habían producido. Todavía flotan ahí espíritus diabólicos, pensó. Pero él no les temía, y así se lo había dicho al gran señor cuando le pidió la posesión de la casa.

Entró en ella. No sentía miedo, sólo una gran excitación. Lo único que tenía que hacer era seguir paso a paso el ritual, y los espíritus rojos vendrían. Entonces él les diría que el peregrino había sido muerto por las huestes del gran señor, pero que antes de morir le había enseñado sus artes y que él podía continuar su misión. Les diría que él era más listo que el peregrino, porque no se había dejado coger por el señor del lugar, y que actuaría con muy buena política, sin hacer evidencia de sus poderes, pero usándolos de la misma forma como el peregrino había sabido usarlos. Les ofrecería su entera colaboración, a cambio del poder que podía otorgarle Satanás. Y se convertiría en un hombre poderoso.

Todo empezó a suceder como él había previsto. El silbido anunció el principio, y maese Schwartz sacó la caja rectangular de madera muy pulimentada del arcón. Era preciso seguir paso a paso el ritual. Abrió la tapa anterior de la caja y contempló los botones y las varillas y las luces y las cosas que había grabadas en la plateada superficie interior. Debía proceder con meticulosidad. Primero girar ese botón un cuarto de vuelta hacia la izquierda: así. Esperar el tiempo preciso de escuchar siete latidos de su corazón. Luego alzar hacia arriba esas tres varillas a la vez y girar hacia la derecha aquel otro botón. Aguardar unos instantes. Entonces sonaría la voz.

Y la voz sonó. Maese Schwartz sintió un profundo estremecimiento de delectación. Todo iba perfectamente bien. Recitó letra por letra la invocación mágica del peregrino y aguardó. La voz misteriosa contestó algo en su cabalístico lenguaje. Maese Schwartz volvió a recitar la fórmula, y la voz volvió a contestar. No sabía lo que significaban todas aquellas palabras, pero no importaba: cumplían con su cometido, y esto bastaba. La llamada había obtenido su eco, el puente estaba tendido; cuando entraran en la casa tras el intercambio, entonces podría pedirles que le dieran sus poderes. Efectuó el último movimiento mágico del ritual: tiró hacia abajo de una varilla, se oyó un chasquido, y la voz desapareció. Volvió a cerrar la tapa y guardó de nuevo la caja dentro del arcón. El ritual había terminado; ahora todo era cuestión de esperar.

Pasaron unos instantes de incertidumbre mientras tomaba la caja cuadrada de las ofrendas y la llenaba con los objetos que el peregrino había dejado sobre la mesa antes de ir a morir; luego, con el corazón encogido por la emoción, maese Schwartz oyó el agudo silbido que precedía a la llegada de la cosa negra. Algo grande y oscuro cruzó el aire y fue a posarse en el suelo junto a la casa. Se abrieron sus entrañas, y los hombres rojos descendieron al exterior.

Nadie se reiría más de él, pensó maese Schwartz. Ahora todo el mundo le temería y le respetaría, porque sería tan poderoso como el peregrino, y más aún. Los hombres rojos iban a darle su poder, y él sabría usado de acuerdo con su inteligencia. Su invocación había sido atendida. Satanás había acudido a la llamada. Ahora sólo faltaba el último acto del ritual.

Tomó la caja de las ofrendas con mano temblorosa, abrió la puerta y salió al encuentro de los hombres rojos.

 

© 1966 – 2011 Domingo Santos

 

Domingo Santos -Pedro Domingo Mutiñó- a pesar de ser un escritor de reconocido prestigio en el género (los premios Gabriel, por poner un ejemplo, toman su nombre de su novela homónima), es mucho más conocido por haber sido uno de los editores de la mitica revista Nueva Dimensión durante veinte años. Es imposible exagerar la importancia que para la ciencia ficción española ha tenido este autor, que, además de escribir, ha dirigido multitud de colecciones (Superficción, Ultramar, Acervo, Jucar…) y de revistas (la última de ellas la excelente Asimov Ciencia Ficción, de Robel), a través de las cuales ha dejado su impronta de forma indeleble

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Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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