EL CUERNO DE CAZA, por Sarban

EL SONIDO DEL CUERNO DE CAZA EN EL AÑO 102 DEL PRIMER MILENIO DEL REICH

El inglés John William Wall nació en 1910 en un pequeño pueblo del condado de Yorkshire. Estudió letras en el Colegio de Jesús de la Universidad de Cambridge y cursó también estudios de árabe. Tras ingresar en la carrera diplomática, a partir de 1933 estuvo destinado en el Líbano, Arabia Saudita e Irán. Después de la Guerra su destino fue Egipto hasta 1952, año en que regresó a Londres para seguir trabajando para el Foreign Office. Se jubiló en 1977 y falleció en 1989.

CUERNOCAZASu corta producción literaria la componen dos recopilaciones de cuentos de terror y fantasmas y una sola novela, El cuerno de caza (The Sound of His Horn), que escribió en El Cairo en el verano de 1950 y publicó en Inglaterra dos años después, firmándola con el seudónimo de Sarban.

Cuando Ballantine encargó a Kingsley Amis el prólogo para la edición americana de 1960, dijo bien que el cuento -es una novela muy corta- no se sitúa en un universo alternativo, sino paralelo, que no debe abordarse mediante ningún género de técnica científica. Señala asimismo que su encuadre es propio de la fantasía, rural y neofeudal, mientras que los horrores característicos de la ciencia ficción son comúnmente urbanos. Sea o no una ucronía al uso, es de un realismo que hace temblar.

Amis hace algunas consideraciones sobre lo fantástico que recogemos en nuestra columna dedicada a Gloriana, de Michael Moorcock, de las que rescatamos la que se refiere específicamente a Cuerno de caza: “De vez en cuando aparece una obra del fantástico escrita con tanta competencia y tanta energía que nos hace revisar nuestros prejuicios”.

Sarban no se propuso escribir una ucronía, sino lo que nuestros clásicos llamarían una novela de advertencia o escarmiento. En los tiempos clásicos tampoco se hubiera dado el recurso de un universo paralelo, se habría resuelto en un sueño, el sueño de un loco más que una pesadilla, que dice Henriet.

Como buena novela de fantasía que es, arranca en un escenario familiar al lector. Al calor de una chimenea de un hogar de la Inglaterra victoriosa frente a Alemania en la Segunda Guerra Mundial, Alan Queridon cuenta a un amigo su aterradora experiencia. Escapado en 1943 de un campo nazi de prisioneros en Alemania Oriental, huye bajo la luz de la luna a través de unos bosques de pinos.

Tras dos años de cautiverio las fuerzas le fallan y la fuga se va haciendo por momentos más y más angustiosa. Está sediento, las piernas no le obedecen y cuando marcha por la carretera ha de tirarse a la cuneta cada vez que pasa un coche. Cuando corre hacia un pequeño lago que hay entre los árboles, tropieza con una barra de energía, sufre graves quemaduras y queda inconsciente:

“…fue en las manos donde sentí primero la sacudida. Fue un fuego que me devoró las manos y las muñecas, y luego la sacudida me estremeció todos los huesos, desgarrándome el cráneo; una dolorosa luz amarillenta me atravesó los ojos y mi cuerpo, despojado de todo su peso y cohesión, se alzó girando como un torbellino en espiral, como un gas en la noche.” 

Se despierta en un lujoso hospital, del que parece ser el único paciente y donde recibe una atención exquisita. Un día que escucha cercano el sonido de un cuerno de caza, su elegante y profesional enfermera, que habla un perfecto inglés con un ligero acento alemán, le dice que es el conde que vuelve, el conde Hans von Hacklenberg, el guardabosques mayor del Reich. Poco después, lo recibe en su despacho el médico que lo atiende, que para nada cree la historia que le cuenta y que no puede demostrar porque todas sus ropas y pertenencias han sido incineradas. Entonces, por el reloj que hay encima del mueble de la biblioteca conoce que está en el año 102 del primer milenio del Reich, tal como fue establecido por el primer Führer e inmortal espíritu del germnanismo, Adolf Hitler.

Observa un día a los sirvientes del hospital y el médico le aclara que pertenecen a una subraza, son criados en el sur de Rusia y se les operan las cuerdas vocales para que no pueden hablar. Se va dando cuenta de que está realmente en otro mundo, un mundo del que se nos muestra un solo segmento, que ya es más que suficiente, el enorme parque del guardabosques mayor del Reich, que ha refinado el arte de la caza hasta transformarlo en un rito tan terrorífico como eficientemente organizado.

Otro día el doctor lo conduce a la presencia del Graf von Hacklenberg. En una estancia del Schloss hay una colección de ballestas, lanzas y espadas cortas, a más de correas para perros, collares y látigos. El conde juguetea con un conjunto de ganchos de acero, dispuestos como los dedos de un hombre.

Y poco después asiste a la cacería que organiza el conde en honor de un jerarca del régimen que visita por primera vez Hacklenberg. Las últimas presas que se ofrecen, azuzadas por los perros, son muchachas adornadas con plumas de pájaro por toda vestimenta. Los visitantes les lanzan dardos, cada uno con un hilo de un color distinto para saber quién le ha dado. El  huésped falla la primera, una hermosa muchacha morena, alta, de miembros bien proporcionados, que corre velozmente. Acierta en cambio a la segunda, más gruesa y menos rápida, y ve cómo unos jóvenes la envuelvan en una fina red y se la llevan colgada de un palo como una pieza más de la caza.

“-Le pregunté a von Eichbrumn qué se haría con las presas vivas. El médico rió entre dientes.

“.Las servirán en la cena de esta noche. Ach, vivitas y coleando, de veras. Nuestro hombre consiguió una buena paloma gorda. Valdrá la pena ver cómo se las arregla con ella…”

Durante la cena los sirvientes ponen delante de cada invitado una gran fuente con el “pájaro” que han cazado, una muchacha desnuda atada apretadamente con las rodillas en el mentón y los tobillos a las muñecas.

“Los huéspedes parecían demasiado asombrados. Entonces el Gauleiter, a la derecha del conde, teniendo ante él a una hermosa y bronceada criatura, que resplandecía sobre el fondo de la abundante melena rubia, estalló en ruidosas carcajadas y se inclinó hacia adelante para pinchar el redondeado muslo del “pájaro.”

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No terminan ahí los espectáculos que se ofrecen, restan el de los mandriles y el de los gatos, mujeres que visten y se mueven como felinos y no dejan nunca de hacer ruidos animales. Cuando dejan de ser apartadas por los látigos, caen sobre sus víctimas y, con las garras de acero que llevan en los dedos, abren sus carnes  y las devoran.

A última hora, cuando ya se estaban retirando todos, el Graf reconoce a Alan y le dice que será libre, libre en el bosque para buscarse su forraje con los ciervos. Inmediatamente lo visten con un traje que imita la piel de un animal, lo encierran en una jaula y un carromato lo lleva a una choza en el bosque en la que es arrojado, con la advertencia de que el conde lo buscará y lo cazará.

Arrastrándose y escondiéndose, llega hasta la cerca y piensa que sólo podrá traspasarla excavando un túnel bajo ella. Vuelve al hospital, en busca de alguna herramienta, y los sirvientes lo echan a palos, teniendo suerte de que no lo maten. Entonces, en el peor momento, encuentra a Kit, aquel primer “pájaro” que falló el jerarca en la cacería. Le hace instintivamente el signo la V con los dedos índice y corazón de la mano y ella se le acerca: sigue siendo el símbolo de una Resistencia que todavía existe. Es inglesa y, en medio del horror, pasan juntos momentos inolvidables:

“Nos paseamos por Hacklenberg como dos enamorados que acabaran de descubrir su amor en una floresta encantada. El inmediato pasado nos parecía tan irreal y lejano como si hubiese sido obra de un terrible encantamiento que los rayos del sol matinal habían roto. Hans von Hacklenberg parecía el ogro de un cuento de hadas: apenas creíamos en él, sólo lo suficiente para que nuestra aventura nos pareciera más excitante. Y nos reíamos y planeábamos nuestra fuga como si fuese un juego.”

Mas esa misma noche escuchan el sonido del cuerno: el conde ha salido a cazar con sus gatos. El sacrificio de Kit salva la vida de Alan, que, perdida toda memoria, es encontrado desnudo, junto a las vías del ferrocarril, por la policía alemana en 1943.

thesoundof the hornEs un libro extraño que se cierra con un regusto de malestar. Como resume Versins, todo cuanto se ha dicho de la crueldad de los señores nazis, y aún más, se encuentra hecho realidad en este aberrante universo paralelo en que el protagonista de la novela deviene una de las presas de los cazadores del conde, institucionalizado a nivel mundial por amos cuyo poder nadie puede refrenar. Aunque llega a escapar de este mundo demente, queda marcado para toda la vida: “es un terror indecible”.

Y en palabras de Barron, los alemanes viven en un decadente esplendor de barones en castillos feudales, practicando antiguos ritos paganos con sadismo en el Nuevo Orden. Son más que racistas, hay una casta de under-men, subhumanos condenados a vivir como animales y cazan disidentes sociales como presas. A la novela que más se parece es a El sueño de hierro de Spinrad.

© 2011 Augusto Uribe y Alfred Ahlmann

Sarban. El cuerno de caza (The Sound of His Horn, 1952), Minotauro, Buenos Aires / Barcelona, 1972/1993, trad. Manuel Figueroa, rúst./tela, 146/156 pp.

 

uribeAugusto Uribe es doctor en una ingeniería, periodista y tiene otros estudios; ya jubilado, es presidente de una sociedad de estudios financieros. Ha ganado varios premios Ignotus y ha publicado en libros y revistas como el antiguo BEM o Nueva Dimensión, que lo tuvo por su primer colaborador.

alfredahlmannAlfred Ahlmann, director de la misión arqueológica española en Turquía, es doctor en Historia, profesor universitario en España e imparte clases en algunas universidades extranjeras: domina varias lenguas. Además de numerosos trabajos profesionales, ha publicado también artículos del género.

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