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LAS TABLAS DE LA LEY, por Juan G. Atienza

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“Las tablas de la ley” está considerado por muchos de sus lectores, entre los que me encuentro, como uno de los mejores relatos de los que componen la breve pero intensa producción de ciencia ficción de Juan G. Atienza. Apareció originalmente en el número 7 de las Antologías de Novelas de Anticipación de ediciones Acervo, y fue reproducido posteriormente en el número 4 de la revista Anticipación y más tarde en el número 43 de la revista Nueva Dimensión, dedicado enteramente a él.

Domingo Santos

LAS TABLAS DE LA LEY

Juan G. Atienza

Mientras se vestía, aún con la boca re­seca por el mal sueño que había tenido, to­mó una decisión firme:

     ­­—De hoy no pasa.

     Hoy —aquel día— era su cumpleaños: veintisiete. Era casi un viejo. A los trein­ta se jubilaría tranquilamente y dedicaría el resto de su vida —ochenta, noventa años más— a recorrer el mundo y a sub­sistir como un rentista con la paga ínte­gra de su retiro. Una hermosa perspecti­va.

     Pero…

     Pero estaba solo. En casi diez años de búsqueda intensiva no había logrado en­contrar una compañera. Mientras tanto, todos sus amigos se habían casado, en ré­gimen provisional o definitivo, y eso le daba envidia. Claro que su caso era dis­tinto. Él era del grupo K y, con razón, cada vez que lo confesaba a alguien oía las mismas palabras:

     —Chico, mala suerte. Lo siento, de ve­ras…

     Según las más recientes estadísticas, la población mundial, gracias a la implanta­ción de las leyes genéticas, se ha reducido a mil quinientos millones de habitantes sin un solo día de guerras ni revoluciones. El equilibrio establecido ha tenido como consecuencia una más equitativa distribu­ción de los bienes de consumo y un incre­mento considerable del nivel de vida…

     A juzgar por la última encuesta pública realizada a través del Instituto Federal de Estadística, la distribución de los grupos genéticos en el mundo corresponde a los siguientes porcentajes: Grupo A: 2’43 %; grupo B: 5’84 % (…) Grupo F: 6’12 %; (…) Grupo K: 0’000006 %…

     Y él tenía que decir que sí, que gracias, que también él lo sentía. ¡Y tanto que lo sentía! Formaba parte de un grupo gené­tico que abarcaba a seis personas por ca­da millón de habitantes. Y, si todavía la proporción de hombres y mujeres se con­servase más o menos igual, podría haber­se dado por satisfecho. Pero resultaba que al grupo K pertenecían doscientos cuaren­ta y nueve hombres por cada mujer. Sólo cuatro mujeres entre mil individuos del grupo K. Treinta y seis mujeres en todo el mundo: las máquinas nunca se equivocan.

     Treinta y seis mujeres en todo el mun­do. Y una de ellas tenía que ser suya, pero ¿cuál?

     Durante años había gastado casi la mi­tad de su sueldo en anuncios por palabras puestos en las principales redes de emiso­ras y visiodiarios del mundo entero. Cada mañana, y cada mediodía, y cada noche, al revisar su buzón, había buscado impa­ciente la respuesta a su llamada.

     Hombre apuesto de veintisiete años, ingeniero especialista en cámaras de vacío, soltero, con sueldo mensual de veinte mil créditos, busca con fines matrimoniales mujer de quince a veintiocho años perte­neciente al grupo genético K. Escribir con pretensiones, fotografía y curriculum vitae a Fernando Silva, Polígono LXXXVI, Gru­po WT 45, Madrid, 38.

     Y la respuesta nunca llegaba. O sucedía como aquella vez, cinco años atrás, en que se le ofreció sin condiciones una bantú de cincuenta y nueve años; o como aque­lla carta de mediados del verano anterior, en la que una madre le comprometía for­malmente a su hija —sólo sospechosa de pertenecer al grupo K—… si tenía pacien­cia para esperar a que naciera, seis meses después.

     —¡Y si sólo hubiesen sido seis meses!… —se confesó Fernando a

un amigo—. Pero, ¿y la lactancia? ¿Y el colegio? ¿Y si luego se te muere, y quedarte sin haberla catado siquiera? ¡Nada, que no me decido!…

    Y así habían transcurrido veintisiete años de su vida, sin más esparcimiento erótico que sus visitas espaciadas a las se­siones del oniroscope, sin más amor —¡bueno, amor!…— que alguna escapada furtiva e insatisfecha a los prostíbulos ile­gales del barrio viejo. Pero la ley era la ley, y no había ser humano que pudiera transgredirla sin acarrearse la ruina para el resto de su vida.

     Artículo 367: será declarado ilegal y cas­tigado con la pérdida completa de la ciu­dadanía el matrimonio o apareamiento en­tre individuos de sexo opuesto pertenecientes a distinto grupo genético.

     Artículo 4.587, apartado B: todo indivi­duo que haya perdido sus derechos tota­les de ciudadanía quedará de por vida a disposición de las autoridades federales para ser destinado al servicio gratuito y permanente del Estado en calidad de peón en cualquiera de las industrias o servicios nacionalizados, sin que el Estado tenga obligación de remunerar dicho trabajo más que con dosis alimenticias diarias que reúnan las calorías necesarias para la su­pervivencia.

     Pero de hoy no pasaba. Estaba dispues­to a celebrar su cumpleaños gastándose lo que fuera necesario para salir de su atolla­dero. Sabía —porque más de una vez vio las tarifas— lo que el Instituto Federal de Estadística cobraba por una consulta de aquel tipo, pero no quedaba otro remedio. Y sólo para aquella ocasión había estado ahorrando pacientemente; para permitir­se un lujo que muy pocos rentistas podían concederse.

     Se puso su mejor traje —aquel verde oliva de algodón sintético que empleaba únicamente en las grandes solemnida­des— y tomó un helitaxi hasta la terraza de la sede local del Instituto. Un emplea­do lleno de galones acudió solícito mien­tras pagaba la carrera. Sobre su gorra plástica lucía en siete idiomas la palabra INFORMACIÓN.

     —¿Puedo servirle en algo? —preguntó con ojillos ávidos.

     —Necesito unos datos del Servicio Pú­blico Genético.

     —¡Por aquí, señor! ¡Por aquí, por fa­vor!…

     El funcionario se deshacía en reveren­cias. Sabía sin duda lo que el cliente tendría que pagar y, por lo que sabía, sos­pechaba también el montante de su pro­pina. Le condujo a través de los corredo­res hacia el ascensor de bajada rápida y le abrió ceremoniosamente la puerta para que pasase delante.

     El Instituto Federal de Estadística es un organismo paraestatal dedicado a la in­vestigación y almacenamiento de datos que puedan ayudar tanto a un mejor go­bierno del planeta como a un eficaz con­trol de todos y cada uno de sus ciudada­nos. Funciona constantemente y sin interrupción desde fines del siglo pasado y comprende tantas secciones como minis­terios federales, distribuidas en otras tan­tas computadoras gigantes, conectadas, a su vez, con el Ordenador Central de la Presidencia del Gobierno Federal.

     Todo ciudadano del planeta, mediante el pago de los servicios solicitados —cuya tasa está a su disposición— tiene derecho a consultar los datos que puedan serle ne­cesarios para el normal desarrollo de su vida y de sus actividades. Las respuestas están absolutamente garantizadas y de su exactitud responde el Instituto mediante un seguro concertado con los fondos del Tesoro Federal.

     El ascensor les bajó hasta el piso trein­ta y dos. Doblándose en reverencias cada vez más profundas a medida que llegaban a su destino, el funcionario le precedió a través de más pasillos y más salas con ventanillas hasta un saloncito coquetón decorado con viejos motivos pastoriles del siglo XVIII.

     —Tendrá usted que esperar un momen­to, señor —sonrió de oreja a oreja el em­pleado, tendiendo disimuladamente la mano—. El gerente del Servicio estará aquí antes de diez minutos. Ha tenido us­ted suerte, señor. .. No hay más visitas es­perando…

     Fernando depositó una moneda de cin­cuenta créditos en la mano tendida del empalagoso funcionario y le contempló desaparecer como un rayo detrás de las cortinas, murmurando: «Gracias, señor… Muchas gracias, señor…», mientras mano­seaba la moneda de plástico.

     Encendió un cigarrillo antinicotínico y se dispuso a esperar, contemplando ava­riciosamente los pechos turgentes de las pastoras francesas de los tapices. ¡Si él pudiera encontrar una mujer con aquellas características!… A veces, yendo por la calle, se había quedado contemplando a cualquier chica que pasaba a su lado y, viendo el contorno firme de sus pechos y sus piernas rectas embutidas en ceñidos pantalones de espuma, sentía tentaciones de acercarse a ella y probar suerte:

     —Señorita, por favor, ¿no será usted por casualidad del grupo K?

     Pero nunca se decidía. Había en el mun­do treinta y seis mujeres de su grupo, sólo treinta y seis entre mil quinientos millo­nes de habitantes. No podía dar la casua­lidad de que aquella chica —no aquella otra, o la del verano anterior, aquella del monopieza que estuvo a su lado una ma­ñana en la playa— fuera precisamente alguna de las treinta y seis mujeres a las que podía aspirar.

     Sus ojos resbalaron soñadores de una a otra pastorcilla. Le gustaban todas. Ha­bría sido capaz de enamorarse de cual­quiera de ellas, con tal de que le hubiera exhibido una tarjeta de identidad con la letra anhelada. Pero —pensó, tragando sa­liva—, en aquellos remotos tiempos de las pastorcillas no había tarjetas genéti­cas, ni leyes que controlasen penalmente los coitos y los matrimonios extragenéti­cos. ¡Aquéllos eran buenos tiempos anti­guos! O lo habrían sido, al menos para él.

     Oyó abrirse una puerta a sus espaldas y se volvió con el sobresalto de haber podi­do ser descubierto en sus más recónditos pensamientos. Pero al ver el rostro son­riente y jovial del hombre que había en­trado se tranquilizó. Estrechó la mano húmeda que se le tendía, y con un encogi­miento tímido de hombros tomó asiento en la butaca adaptable que el hombre le señalaba. Fernando miró al recién llegado mientras le veía abrir la carpeta de da­tos reglamentaria que llevaba en la mano, y esperó a que le preguntasen.

      —¿Su nombre, por favor?

    —Fernando Silva, soltero, veintisiete años, ingeniero de cámaras de vacío, gru­po genético K.

     El hombre escribió en silencio los datos que le daban. Al apuntar el último silbó sordamente.

     —¡Grupo K!… Y soltero… —Le miró du­rante un instante, que a Fernando se le hizo un siglo—. Supongo que a eso obede­cerá su visita.

     Fernando hizo un gesto afirmativo. El hombre movió la cabeza, como si se en­contrase ante un caso sin solución.

     —Y querrá usted seguramente una orientación matrimonial…

     —Bueno… No exactamente una orientación… No tengo mucho donde elegir, ¿sa­be? Quiero más bien los datos completos de todas las mujeres que pertenecen a mi grupo. Treinta y seis en total… Tal vez una más, si ha nacido alguna en el tiempo transcurrido desde la publicación de la última estadística.

     —¿Y está usted seguro de que es ésa la información que necesita?

      —Exactamente ésa…

    —Bien, señor… —consultó sus notas y repitió—, señor Silva. Nosotros estamos precisamente para servir al público, pero le advierto que la tarifa…

     Fernando le interrumpió con un gesto vago de su mano.

     —No se moleste, conozco de memoria la tarifa. Pero creo que no tengo otra so­lución.

     —No, no…, realmente… —movió la ca­beza pensativo el gerente—. A no ser que quiera usted probar con los anuncios…

     —Ya probé. Y también con la posibili­dad de una intervención genética. Todo ha fallado hasta ahora.

     ¡Sensacional!… ¡Único!… La solución de su vida al alcance de sus manos. ¿Quiere usted pertenecer al mismo grupo genético que la mujer de sus sueños? La Sociedad Genética de Trasmutaciones le ofrece una posibilidad. Cuarenta por ciento de éxitos. Devolvemos el importe del tratamiento en caso de imposibilidad transmutatoria;

     —Siendo así… —el hombre se levantó-. Tendrá usted que abonar treinta y siete mil créditos en concepto de fianza mien­tras se realizan las investigaciones. El res­to lo abonará usted contra la entrega de la información completa. Dentro de cinco días puede usted venir en busca del re­sultado.

     Fernando pagó sin discutir. Todo era, centavo más o menos, tal como lo había previsto.

     Ahora sólo quedaba eso: esperar.

     —¿La ley’? ¿Qué tiene de malo la ley ge­nética? ¿Han observado ustedes acaso un aumento de las taras congénitas? ¡No!… ¿Ha aumentado peligrosamente la pobla­ción mundial? ¡No!… ¿Ha sido necesario recurrir a las viejas guerras para restable­cer equilibrios demográficos? ¡No, no y no!… Luego la ley, esa Ley que deberíamos escribir siempre con mayúsculas y en le­tras de oro, por ser la Ley Fundamental de nuestro tiempo, es ante todo eficaz. Y sana. Y útil al hombre. Y promotora del progreso. Me dirán ustedes (lo sé) que el hombre y la mujer carecen ahora de libertad para elegir el compañero con quien han de compartir su vida. ¿Pero es que el hombre, por más palabras que nuestros antepasados quisieran emplear para demostrarlo, es acaso libre? ¿No nace acaso con un código genético que marca su vida entera? ¿No nace aquí y ahora sin haberlo elegido? ¿Por qué entonces no facili­tarle, con nuestra Ley, la posibilidad de engendrar hijos mejores que él, ayudando así a que la raza humana progrese y lle­gue a convertirse en la dueña absoluta y cabal del Cosmos? Mañana mismo, cuan­do nuestras potentes naves de motores superlumínicos se lancen a los espacios si­derales, irán pilotadas por hombres mil veces mejores y más sanos que nosotros. Y

     Fernando no quiso abrir el informe del Instituto hasta encontrarse solo en su apartamento, lejos de cualquier par de ojos que pudieran descubrir sus sentimientos y sus emociones.

     Ahora sí. Ahora iba a saber de todas ellas, de las treinta y seis mujeres con las que, eventualmente, podría compartir el resto de su vida. Sabría de ellas con pelos y señales inequívocas. Vería sus fotogra­fías tridimensionales copiadas fielmente por los laboratorios anexos a las computa­doras demográficas del Instituto. Sabría de su vida, de sus gustos, de sus esperan­zas, del color de su piel, de su idioma, de su fe religiosa —si la tenían— y todo, ¡todo cuanto podía ayudarle a encontrar a su elegida!

     Sonrió levemente para sí, apretando el voluminoso paquete que le habían entregado contra el pago de cuarenta y tres mil créditos más. Sí, era caro, pero merecía la pena. Debía de merecer la pena, al menos. Las estudiaría una a una, amorosamente, integrándose en el ser de aquellas treinta y seis desconocidas, hasta encontrar a la que iría a buscar al rincón más apartado de la Tierra. Y, cuando la encontrase, le diría:

     —Ilíona (o María, o Astrid, o Yovanka, o Bawel-la, o Chifo’nin, o Gretel), te he en­contrado al fin. Pertenezco al grupo K, como tú. Hemos nacido el uno para el otro. Ven conmigo a compartir mi jubila­ción y…

     No, no le gustaba. Muchas veces se re­petía a sí mismo las palabras que le diría a ella, pero más a menudo prefería imaginarse el encuentro mudo, los ojos que se reconocían —como si una gran K emergiera de sus pupilas— y los brazos que se tendían mutuamente para abrazar­se, para estrujarse en aquel definitivo enlace de genes gemelos, de genes legales, para engendrar pronto hijos sanos e inte­ligentes conforme a la Ley.

     Fernando era respetuoso con la ley. De todas las leyes, pero de aquélla sobre to­do. Tan respetuoso que había sentido pro­fundos remordimientos cada vez que acu­dió a los prostíbulos para revolcarse du­rante media hora con una ramera del gru­po X.

     Artículo 387 bis: los niños de ambos sexos cuyo análisis genético demuestre que pertenecen al grupo X serán inme­diatamente esterilizados, dado el. peligro que supone para la sociedad la posibili­dad de que, en el futuro, seconviertan en generadores de individuos con taras congénitas. Los miembros del grupo X no podrán, por tanto, ejercer funciones de ciudadanos de primera clase y deberán abstenerse de solicitar permisos matrimo­niales que en ningún caso podrían serles concedidos, ni siquiera después de haber sido demostrada claramente su esterili­dad.

     Llegó sin aliento a su casa. Era casi de noche, en el cielo se habían encendido las grandes farolas de iluminación iónica y, al ponerse el sol, comenzaba en la ciudad el día artificial. Cerró todas las ventanas y, dejando el precioso paquete sobre la mesa de trabajo, preparó una comida que la impaciencia ni siquiera le dejó termi­nar.

     Abrió el envoltorio rompiendo material­mente los plásticos que lo precintaban. Dentro había treinta y seis carpetas rosa de distinto grosor. Contuvo la tentación de seleccionar y comenzó por la primera.

     La fotografía tridimensional le hizo dar un respingo y los ánimos se le encogie­ron: representaba a una anciana más que nonagenaria, con la tez cobriza y un uni­verso de arrugas sobre el rostro apergaminado. Los cabellos, escasos, blancos y estropajosos, le daban el aspecto de una bruja de cuentos infantiles. Por la ficha adjunta supo que era una india cherokee que respondía al nombre de Gacela Tími­da y que habitaba en una reserva de Ari­zona; que era soltera desde que, sesenta y cinco años atrás, la Ley anuló su matrimonio con otro indio de la misma tribu que pertenecía al grupo H. El hecho de que estuviera dispuesta a contraer nuevo matrimonio no excitó los ánimos de Fer­nando.

   La segunda… La tercera…

     Al cabo de cinco horas febriles, las trein­ta y seis fichas estaban distribuidas en cuatro montones distintos.

     El primer montón contenía a las impo­sibles e indeseables. Seis mujeres de más de setenta años: una alemana, dos batu­sis, una china, una beduina, una argenti­na de la Tierra del Fuego y una pielroja, Gacela Tímida.

     El segundo grupo contenía las fichas de dos recién nacidas, una en Ucrania y la otra en Pakistán. Había otras seis niñas menores de diez años— una en la vecina Salamanca, por cierto—, y una monja bu­dista vietnamita de veinte años que ha­bía hecho votos solemnes de soltería. Además, era espantosamente fea.

     El tercer grupo, el más numeroso, con­tenía las fichas de diecinueve mujeres ca­sadas, cuya edad oscilaba entre los cator­ce y los cincuenta y cinco años. Todas con hijos.

     Artículo 372: los matrimonios podrán realizarse entre los doce y los cuarenta y cinco años de edad de los contrayentes. No será permitido ningún matrimonio que quede fuera de los límites de edad por parte de cualquiera de los cónyuges. El Gobierno Federal y los gobiernos cantonales tomarán medidas tendentes a fomen­tar los matrimonios entre jóvenes, propor­cionándoles gratuitamente las dosis regla­mentarias de medicamentos anticoncep­tivos para que sean usados hasta el mo­mento en que la estabilidad económica de las parejas permita que tengan descendencia sin que los hijos hayan de ser ali­mentados y educados por cuenta del era­rio cantonal o federal.

     El cuarto montón contenía una sola fi­cha: Virginia.

     Virginia Méndez. Veinticuatro años. Unos ojos y un cuerpo capaces de desper­tar la pasión de cualquiera. Estudios su­periores: Aficiones musicales, pasión por los viajes.

   Casada. Sin hijos.

      Casada. Casada. Casada con Efraím Zu­biaurre, de treinta años, médico. El matri­monio tiene su residencia en Madrid, polí­gono XV, grupo HM 469, distrito 26.

     Fernando permaneció una hora larga contemplando alternativamente las tres fotografías tridimensionales de Virginia. Una hora larga preguntándose por qué habría sido Efraím Zubiaurre y no él quien la había encontrado. Virginia pudo haber pasado junto a él cincuenta veces antes de casarse. Pudo cruzarse con ella y haberla abordado como quiso abordar a tantas otras muchachas. Pudo hacerlo y no lo hizo. Se habría tropezado con ella en la calle y la habría detenido, preguntán­dole:

     —¿Su Grupo?

     —K —habría contestado ella.

     Y el corazón de Fernando habría batido como sólo un corazón enamorado habría podido batir.

     —¿Casada?

     —Soltera… ¿Tú eres también del K?

     Y la habría tomado de la mano y la ha­bría mirado profundamente a los ojos —esos ojos en los que resplandecería pro­bablemente una gran K visible sólo para eIlos—, y habrían corrido a la alcaldía más próxima para legalizar su deseo hambriento de hombre y mujer solitarios de amor. Y luego…

    Pero aquella escena no la ha­bía vivido él, Fernando Silva, sino un mé­dico llamado Efraím Zubiaurre, que ahora gozaba de la compañía de Virginia… para toda la vida.

    Artículo 237: los matrimonios podrán ser declarados nulos: A) por parte del co­rrespondiente Departamento del Gobierno Federal, en el caso de posteriores incom­patibilidades genéticas descubiertas a lo largo de las inspecciones médicas periódi­cas; B) por las autoridades competentes y a petición de los propios interesados, en el caso de incompatibilidad de caracteres, malos tratos, infidelidad manifiesta con otro miembro del mismo grupo genético o fecundidad excesiva, con peligro de ines­tabilidad demográfica.

     Artículo 465: cualquier individuo de am­bos sexos, en estado de divorcio legal o de viudez, podrá ser considerado como li­bre para contraer nuevo matrimonio, siempre que éste se efectúe dentro de las disposiciones fijadas por la Ley Genética.

     Por la noche, entre pesadillas en las que veía artículos y más artículos de la Ley, Fernando soñó con Virginia. Una Virginia casada —con él— con la que se lanzaba a los goces del matrimonio y de la jubilación, corriendo sin tregua por toda la su­perficie del planeta. El sueño, una y otra vez, comenzaba feliz, en el lecho —con ella—, o a la orilla del mar —con ella siempre—, o en lo alto del Mont Blanc —con ella a su lado, amorosa, entregada, solícita—, y seguía así por unos segundos, en la felicidad de la vida compartida, has­ta que surgía, de entre la nieve, o de de­bajo de las olas, o de entre el mismo em­bozo de la cama, la figura —horrenda, vampiresca— de Efraím Zubiaurre, re­clamando su presa. Y entonces luchaban los dos. Y Fernando sentía las uñas y los dientes del súcubo sobre su carne y veía derramarse su propia sangre sobre la nie­ve y sobre la arena y sobre las sábanas, y le veía luego marcharse con Virginia, en un abrazo que les confundía, hasta per­derse de vista, dejándole solo, con las entrañas esparcidas, sin fuerzas para perse­guirles y reclamar lo que le pertenecía.

     Despertó con dolor de cabeza, un dolor que le taladraba el cráneo como un ber­biquí. Llamó por el video a su oficina pa­ra comunicar que no iría a trabajar aque­lla mañana, y se tomó cinco aspirinas y una taza de café cafeinado.

     Luego se echó a la calle. Un helitaxi le llevó hasta el polígono quince y le depo­sitó en los jardines del grupo HM 469. Len­tamente, con complejo de cazador furtivo, recorrió uno a uno los buzones de todos los bungalows que componían el grupo, bajo la mirada extrañada de dos niños que deambulaban aburridos por los jardi­nes demasiado cuidados. El corazón le dio un vuelco cuando halló el nombre de Zu­biaurre en uno de los buzones.

     Era allí. Precisamente en aquella casa de la que salían suavemente las modulaciones del segundo concierto electrónico de Krakauer. Ella tenía que estar escu­chándolo en aquel instante. Se sentó des­pacio en un banco público que le permitía oír la música y no perder de vista la puer­ta de la casa. Y esperó. Estaba dispuesto a esperar lo que fuera con tal de ver una vez a Virginia y poder convencerse a sí mismo de que su sueño era sólo el produc­to de una imaginación deseosa y calentu­rienta.

     Los niños aburridos se marcharon des­pacio, y el latido vibrante de la música de Krakauer apenas se vio interrumpido, du­rante horas, por el paso de algún helicóp­tero por encima del grupo residencial o por las voces esporádicas de algún vecino. Dentro de la casa nada, salvo la mú­sica, parecía vivir.

     De pronto sobrevino el silencio. El sol caía de plano sobre los jardines y, al in­terrumpirse la música, surgieron de la na­da los zumbidos tenues de cincuenta termorreguladores, como el bordoneo imper­ceptible de un enjambre de abejas. La sombra de un helicóptero se interpuso en­tre el sol y él, y el aparato se posó suave­mente frente a la puerta de los Zubiaurre.

     El helitaxi hizo sonar levemente el cla­xon, avisando de su llegada. Fernando contu­vo el aliento al ver abrirse la puerta y sa­lir a la pareja.

     Virginia no era igual a como la había visto en las fotografías tridimensionales. Era mucho más bella, aún más deseable, infinitamente más digna de él de lo que había imaginado. La vio salir agarrada del brazo de Efraím —porque aquel ser re­pugnante debía de ser Efraím, porque só­lo un simio podía llamarse así y tener una mujer como aquélla— y besarle cuando él subió al helitaxi. Se dijeron algo que la relativa distancia y el zumbido del aparato no le dejó entender, y la mujer —más bella aún con los cabellos revueltos por la corriente suave de las aspas del vehículo—quedó un instante contemplando cómo se elevaba el helitaxi que se llevaba a su marido.

     Fernando se incorporó lentamente del banco. Sin saber dominar su propio im­pulso, se acercó despacio a Virginia para poder verla de cerca. Captó su cuerpo bajo el leve vestido casero y sus ojos quisieron abarcar con una sola mirada la in­finita humanidad de la mujer. Sintió que las piernas le temblaban y tuvo que de­tenerse a pocos pasos de ella, incapaz de ganar un solo metro. La boca seca y abier­ta, la respiración jadeante, temblando co­mo un flan mal cocido, se desconocía a sí mismo. Era… eso, otro, un ser recreado súbitamente para amar a aquella mujer y ninguna otra.

     Ella bajó los ojos y le vio también. Se le quedó mirando de un modo extraño; sin duda debía de ofrecer un aspecto poco común. A tres metros escasos de la mujer, con las piernas dobladas y entrechocán­dole las rodillas, era la imagen de la indecisión. Ella le habló:

     —¿Qué quiere?… ¿Necesita algo?

     Fernando quiso hablar pero no lo con­siguió. Boqueó como un pez fuera del agua. El ronroneo del motor se había per­dido allá arriba y en el jardín interior del bloque reinaba el silencio de los termorreguladores.

     —Nnnnn…no, gracias…

     Virginia se acercó un poco más a él:

     —¿Qué le ocurre? ¿Se siente enfermo?

     Otro abrir inútil de la boca antes de poder contestar, con un hilillo de voz inau­dible:

     — Eel… ssol… y… No… No es nada… Sólo… el sol, eso, el sol —Logró componer algo que le pareció aceptable.

     —No son horas de andar por la calle, en pleno verano —sonrió ella, con una na­turalidad que aún le aturrulló más—. ¿Quiere una vitamina con soda fresca?.. ¿Un café?

     —No… No, gracias… Me… me tengo que ir, perdone…

     Y salió corriendo, mucho antes de que Virginia lograse reaccionar ante la pre­sencia del desconocido.

     Planet Oniroscope: Hoy, dos sesiones, dieciséis quince y veinte cuarenta y cinco. El superespectáculo que usted ansiaba contemplar con todos sus sentidos. La vis­ta, el oído, el tacto, el olfato. Usted se sen­tirá trasportado a los más afrodisíacos ha­renes del legendario Oriente y gozará de los favores totales de las más bellas oda­liscas. Hallaya Hareet y Vinna Mireux en «¡Noches de Bagdad!», una producción Sade Inc. distribuida por Circuitos Oníri­cos Barrero. Quinto mes de éxito triunfal.

     La ciudad, inmensa y enemiga, le rodea­ba ahora. Le rodeaba con todos sus ciudadanos y con las letras maléficas de su Ley Genética. Rascacielos de cristal y acero, el verde artificioso de los jardines demasia­do cuidados, las aspas veloces de los heli­cópteros cortando el cielo, y la gente, gen­te y gente siempre, grupos genéticos personalizados en hombres y en mujeres que se buscaban y se encontraban.

     ¡No tema usted! Los hijos pueden no te­nerse. Confíe en la tableta Niké y goce del amor sin restricciones. La tableta Niké no engorda. Conserva el apetito y el cabello. Contiene, además, complejo vitamínico B y puede tomarse disuelta en agua, como un delicioso refresco. ¡Papá!… ¡Mamá!… No quiero hermanitos… ¡Tomad Niké!…

     Sólo él estaba solo. Él, Fernando Silva, desgraciado portador de unos genes del grupo K. Él, Fernando Silva, uno de los ocho mil novecientos sesenta y cuatro hombres que deberían repartirse las trein­ta y seis mujeres que les estaban inexora­blemente destinadas. Pero, ¿cuál? ¿Gace­la Tímida, la cherokee de noventa años? ¿O Raina Ben Utad, la recién nacida pa­kistaní? ¿La venerable Phang Nu, la mon­ja budista vietnamita?

     Joven agraciada de veinte años, perte­neciente al grupo H, aceptaría correspon­dencia con ingeniero no mayor de veinti­cuatro, a ser posible sueco. Imprescindi­ble sea portador del mismo grupo. Fines matrimoniales. Escribir a mano, con fo­tografía y aspiraciones de dote a la seño­rita…

     Y allí, a dos pasos de su casa, sin nece­sidad siquiera de tomar un «jet», estaba Virginia. La adorable Virginia. La mujer que había sido hecha para él, pero que había sido encontrada antes por un simio —del grupo K, eso sí— que respondía, además, al horroroso nombre de Efraím.

      …Y si se conserva nuestro actual ritmo demográfico, puedo asegurar que la estabilidad absoluta y el bienestar para to­dos habrán sido alcanzados antes de cinco años… ¡No más parados!… ¡No más guerras!… ¡La paz y el progreso para todos!…

     Pero tenía que existir un medio. Algo que volviera las cosas a su cauce. Algo que hiciera que Virginia, que había sido he­cha para él, viniera a él. Una ley, algo, lo que fuera, con tal de tenerla. Lo que fue­ra.

     Usted marcha seguro por la vida. Us­ted confía en sus fuerzas. Usted es psicómetra, piloto espacial, especialista en len­guas galácticas, programador de calcula­doras, técnico de centrales iónicas, pero…, ¿ha pensado en las cosas que ignora? ¿Ha imaginado usted los problemas que nunca podrá resolver solo? ¿Ha conseguido us­ted extraer todo el jugo de su propio tra­bajo? Tan sólo el conocimiento de las leyes puede ayudarle. Confíe en un abogado. Y más aún, confíe en el Trust Federal Independiente de Magistrados. El T.F.I.M. le ofrece: consultas módicas, defensas efica­ces de todos sus intereses, remedio para sus problemas legislativos, armas legales contra los hombres que atentan contra us­ted. ¡Visítenos, no se arrepentirá!

     Para Fernando —como para muchos otros—, el oficio de abogado tenía aún, ya desde su nombre, como un extraño con­tubernio con la taumaturgia. No en vano las escuelas de leyes, como pegadas a las tradiciones del pasado, seguían tenien­do sus sedes en los viejos edificios de la­drillo del siglo xx. Los mismos leguleyos se rodeaban de un fantástico histrionismo, y acudir a ellos era como solicitar los servicios de un mago que tuviera en su bi­blioteca los secretos herméticos de la más complicada sapiencia legal. Códigos, ana­temas, decretos y leyes viejas de siglos, de las que nadie se acordaba, pero de las que aún cabía echar mano en un momento de apuro con la seguridad de estar actuan­do dentro de la más estricta justicia, aun­que las apariencias pudieran demostrar lo contrario.

     ¿Por qué no? ¿Por qué no podía haber algún decreto remoto que defendiera la si­tuación que le había negado la Ley Gené­tica?

     Contó sus ahorros. Le quedaba lo su­ficiente para permitirse el lujo de una consulta y vivir luego de conservas hasta el fin de la semana. No le importaba. Su­pliría la insuficiencia vitamínica con com­primidos y, tal vez…

     La sede del consorcio de magistrados estaba enclavada en uno de los edificios del antiguo ensanche de la ciudad, un ca­serón de siete pisos de ladrillos rojos des­cascarillados, con los tejados de pizarra, frente a los antiguos ministerios estatales que habían perdido sus funciones mucho tiempo atrás y ahora se desmoronaban como viejas reliquias, cuyo recuerdo nadie quería rememorar.

     Le recibió un vejete vestido con la tú­nica de colores calientes que estuvo de moda veinticinco años atrás. Le miró des­de detrás de una mesa atascada de libros, a través de sus gruesas gafas de contacto, y esperó a que Fernando hablase. Fernan­do, antes de hacerlo, carraspeó. Había es­tudiado casi palabra por palabra lo que quería exponer, pero ahora, ante el abo­gado, estaba olvidando todo lo que había aprendido.

     —Tengo un problema —acertó apenas a decir.

     —¡Todos tienen problemas, señor mío!… Al menos, todos los que vienen a vernos. Estamos precisamente para eso: para re­solver problemas. ¡Vamos, vamos, no se haga el remolón y diga qué le pasa!

     Esperó, sonándose ruidosamente las na­rices con un «kleenex».

     —Verá… Soy del grupo K.

     Lo más difícil ya estaba dicho. Soportó las miradas conmiserativas de aquel ve­jete que tenía ya que estar de vuelta de todos los problemas legales inherentes al código genético, y luego, como si lo hubie­ra aprendido de carrerilla, le explicó todo su problema: su soltería, los anuncios inú­tiles, su última decisión, la personalidad de las treinta y seis mujeres a las que, de un modo u otro, tenía derecho a aspirar y, finalmente, su obsesión por Virginia y su necesidad de encontrar el modo de…, ¿de qué? Eso ni siquiera lo sabía. O, si lo sabía, no se atrevía a confesarlo.

     Pero el abogado no era ningún lerdo y no necesitaba que le dijeran lo que ya la propia visita había dejado adivinar por el contexto de su historia .

      …Y ése, precisamente ése, es vuestro primer deber, compañeros del T.F.I.M.: enseñar al que no sabe. Conocer las leyes para ayudar a interpretarlas, manejarlas para saber cómo contravenirlas legalmen­te. Vivimos en un mundo de leyes. Hay leyes para todo, y unas se contraponen a otras sin que nadie se haya cuidado de reunirlas por el Bien Común…, afortunadamente para nosotros. El hombre y el mundo viven pendientes de miles de leyes y centenares de códigos que nunca podrán conocer. Nosotros, en cambio, por cono­cerlos todos y por saber interpretarlos, estamos en condiciones de ayudar —be­neficiándonos nosotros al mismo tiempo­— a quienes la ignorancia y la necesidad obli­garán a recurrir a nuestros servicios.

     —Y usted, claro —sentenció el vejete, atusando la borla que le pendía de la túni­ca— quiere conseguir a esa mujer… de un modo honesto y legal.

     —Eso es… Bueno, si fuera posible.

     —Puede serlo, puede serlo…, siempre que estudiemos el caso con un poquito de paciencia.

     —La tengo, no se preocupe.

     —Si es así… —El abogado se concentró un instante en sus pensamientos, como si rebuscase en el laberinto insondable de la ley de los hombres desde una cima supe­rior; luego comenzó sus preguntas, como una máquina breve y precisa:

     —¿Casada?

     —Sí…

     —Y sin hijos, me dijo…

     —Exactamente.

     —¿Enamorada?

     —No lo sé.

     —Ni le importa. Él es…

     —Médico.

     —Y miembro del grupo K, naturalmente.

       —Es lógico. No parece que haya nada ilegal en ellos.

       —Tampoco tiene por qué haberlo… —terminó triunfante el vejete,  y oprimió un botón que había sobre su mesa. Fuera sonó un zumbido prolongado y a espaldas de Fer­nando se abrió una puerta. El abogado se dirigió a alguien invisible.

     —Pongan en la máquina la Ley de De­fensa Personal del 58, el código federal re­formado del 96, la Ley de Derechos Ciudadanos del 25 y los prolegómenos a los decretos del 87 y del 46 referentes a Situaciones Especiales Interplanetarias.

     La puerta volvió a cerrarse, y el abogado se puso en pie y dio la vuelta a la mesa, mientras le decía a Fernando:

     —La ley puede ayudarle, joven…, siem­pre que sepa usted ayudarse también a sí mismo. Yo le daré los medios. Pero, natu­ralmente, no le diré cómo emplearlos.

     —Entonces… —exclamó Fernando, de­salentado.

    —Oh, no se preocupe… Es un simple acuer­do privado de ética profesional… de ayuda tácita a nuestros clientes. Tenemos que dejar que ellos busquen sus pro­pias soluciones, con los medios que les demos. Sólo eso podrá darles plena satisfac­ción. Pero no le será difícil. Y, en caso de apuro, siempre podrá venir usted a con­sultarnos de nuevo… , pero verá que no va a ser necesario. Lo verá…

    Se volvió a una consola que tenía a sus espaldas y pulsó unos cuantos botones. La consola comenzó a zumbar tenuemente, y el abogado se dio la vuelta nuevamente hacia Fernando:

     —Usted es un sujeto obsesionado por la Ley Genética. Para usted, como para otros muchos, esa Ley es la fundamental entre las que ha promulgado la Federa­ción Mundial en los últimos doscientos años. Viven para ella, pendientes de ella, obsesionados por ella y sus artículos, que segu­ramente conoce usted casi de memoria.

     —Sí… —murmuró Fernando.

     —Pero usted ignora que esa Ley no es única, y que hay otros artículos de otras leyes que le habrán de ayudar. Por ejem­plo: usted sabe que hace ya ciento cinco años que no hay guerras en el planeta.

     —Ciento seis años en noviembre. El 26 se celebrará el aniversario de la última paz.

     —En efecto. Sin embargo, el hombre no ha perdido su agresividad. Y lo que antes resolvían las guerras ahora lo resuelven los crímenes. ¿Lo sabía usted?

     —¿Los crímenes? —preguntó Fernando, asustado.

     —Sí, ¡sí!… Los crí-me-nes, naturalmen­te. Claro que la prensa y los videos no dan cuenta del índice de criminalidad que hay realmente en el mundo. Lo prohíbe la segunda Ley Federal de Restricciones Informati­vas.

     Artículo 836: será considerada como peligrosa actividad antifederal toda información sobre violencias, robos, crímenes y secuestros que tengan o hayan tenido lugar en todo el ámbito de la Confedera­ción. El Gobierno, sin previo aviso, tendrá derecho a secuestrar la edición de cual­quier periódico o revista que publique ta­les hechos, así como al inmediato corte de fluido eléctrico a las emisoras de televisión bi o tridimensional que transmitan noticias de esta índole.

     —Y, sin embargo, la violencia continúa, y si la población mundial se ha reducido a mil quinientos millones de habitantes según las últimas estadísticas, la causa no es solamente la tan cacareada Ley Genética, que ahora se ha puesto de moda, si­no los treinta y tres mil ochocientos vein­titrés asesinatos diarios que se cometen como promedio en el mundo entero.

     —¡Pero eso es… monstruoso!

     —Lo es, pero la ley protege de mil modos distintos la agresividad humana y, lejos de castigarla, la fomenta.

     —Yo…, no había oído jamás eso.

     —Ni lo oirá tampoco, porque resultaría inmoral y antifederal proclamarlo a los cuatro vientos. Pero es un hecho evidente. ¡Mire!

     Señaló hacia la pantalla de tubo catódi­co que había sobre la consola y apretó un botón:

     Artículo 2, apartado 34: todo ciudadano de la Confederación, por el hecho de ser­lo, tiene derecho legal a disponer de la vida de quien le ofenda gravemente o aten­te contra su integridad física o moral.

     Artículo 3: todo individuo habitante de la Confederación Mundial, por el hecho de serlo, pertenece al Estado, quien fijará su precio real conforme al grado de utili­dad pública de cada uno. La vida de cada individuo, por tanto, quedará establecida en una cantidad fija o fluctuante y, de acuerdo con dicha valoración, deberá pagar, en concepto de daños al Estado Federal, quien disponga de la vida de los de­más por los motivos alegados en el artícu­lo 2, apartado 34 de esa Ley.

     —Un médico, por ejemplo, según las úl­timas tarifas, vale entre veinte mil y cien mil créditos —apuntó en voz baja el abo­gado, casi como una voz interior.

     Fernando no logró reaccionar inmedia­tamente. Respiró con dificultad, con los ojos fijos en la pantalla, que volvía a cambiar.

     Artículo 5: serán consideradas como ofensas graves, A) las palabras que aten­ten contra la integridad moral defamilia­res del ofendido; B) los insultos que aten­ten contra la honestidad; C) los gritos in­tempestivos y fuera de lugar en situaciones que normalmente no los requieren y que, por tanto, hagan suponer una dis­cusión desaforada.

     Articulo 6: serán considerados como atentados contra la integridad moral, A) la usurpación de un puesto o de una con­dición que debiera por algún motivo ha­ber pertenecido al ofendido; B) la divul­gación de calumnias sobre la personali­dad o los actos del ofendido; C)…

     —E incluso es posible que, dentro mis­mo de la Ley Genética, encontremos algo que pueda servirle….después —continuó impasible el vejete, apretando otro botón.

     Artículo 466: ningún individuo conside­rado como libre, matrimonialmente ha­blando, podrá negarse a la unión legal con un individuo del sexo opuesto y del mismo grupo genético, siempre que las circuns­tancias especiales de escasez de individuos o de derechos de prioridad así lo aconse­jen.

     —Pero Virginia está casada… —murmu­ró Fernando, evitando la mirada del abo­gado.

     —Sí, amigo mío. Está casada… ahora. Pero le advierto que, en cualquier caso, nuestra organización cuenta con un servi­cio privado de créditos a nuestros clien­tes, con una módica tarifa de intereses. ..

     —…y nuestro cliente, señores del jura­do, reclama con toda solemnidad el de­recho a acogerse al artículo sexto de la Ley de Propia Defensa, promulgada en el 58,  por cuanto que la víctima usurpaba, sin razón alguna y con evidente desenfa­do, el puesto que sólo a nuestro defendi­do podía corresponder, toda vez que la persona que se ha dado en llamar la víc­tima a lo largo de este proceso procedía de una remota provincia períférica, mien­tras que el hombre que ahora se sienta en el banquillo forma parte integrante de la comunidad municipal en la que nació y vive la cónyuge legal del muerto. ¡Y eso, no lo olviden ustedes, señores del jurado, ha sucedido entre individuos del grupo ge­nético K, precisamente aquél a quien la Naturaleza ha dotado de menor número de individuos!

     Virginia —todo hay que decirlo—no sintió demasiado el cambio. Es cierto que Fernando procuró mostrarle su pasión de un modo tan abierto que difícilmente una mujer hubiera podido hacer oídos sor­dos. No necesitó recurrir a sus derechos. Ella fue a la alcaldía de buen grado, aun­que aún lucía el brazalete rojo del luto por Efraím.

     Luego vinieron días apasionados, y Fer­nando supo de los secretos del amor a tra­vés de una mujer que ya los había expe­rimentado. Fueron felices. Ni siquiera se cambiaron a otro lugar. Aprovecharon el bungalow del polígono XV donde Virginia había vivido con Efraím. Era bastante me­jor que el apartamento que había pertenecido a Fernando.

     Pasaron tres años. Y llegó el día solem­ne de la jubilación de Fernando Silva.

     Los compañeros le habían preparado un ágape de despedida para las doce de la mañana. Virginia le ayudó a vestirse y avi­só al helitaxi que habría de venir a bus­carle. Mientras esperaban, escucharon arrobados el segundo concierto electró­nico de Krakauer. Tenía para ellos una indudable potencia evocadora.

     Fuera sonó el claxon. Apagaron la vi­trola magnética. Virginia le sonrió y se agarró de su brazo para salir juntos.

     —Te llamaré en cuanto termine. Ire­mos a algún sitio para celebrarlo los dos solos.

     —Sí…

     —Ponte muy guapa…

   —Sí…

    —La túnica blanca, la que llevaste en la fiesta de los atómicos.

    —Lo que tú digas.

     En la puerta del helitaxi se despidieron con un beso largo, profundo. Fernando se acomodó junto a la amplia ventanilla.

      —¿Adónde, señor?

    —Laboratorios Federales.

     Mientras el helicóptero tomaba altura, Fernando contempló aún a Virginia, con su cabello revuelto por el viento de las aspas. El taxista conectó el video; trans­mitía anuncios, como veinte de las veinticuatro horas del día. Fernando no los es­cuchaba. Le bastaba con mirar a Virginia, allá abajo, cada vez más chica, más total.

     Entonces distinguió la figura vacilante que se acercaba a su mujer. No, no podía ser un mendigo. Iba bien trajeado. Pe­ro las piernas le temblaban, de eso estaba seguro. Tenía que sentirse terriblemente emocionado ante la presencia de Virginia. Terriblemente, sí. Se acercaba a ella tam­baleante, y ella, curiosa, se aproximaba a él y le preguntaba algo. Y la tigurilla ne­gaba, incapaz de hablar, y trataba de dar un paso atrás y no podía. Y Virginia le señalaba la casa, y el desconocido negaba y negaba…

     Entonces Virginia, instintivamente, le­vantó los ojos hacia el cielo y agitó un bra­zo en ademán de despedida. Fernando fingió no haberla visto. Justo entonces, los anuncios del video le ensordecieron:

     ¡Usted marcha seguro por la vida! ¡Us­ted confía en sus fuerzas!… Usted es psi­cómetra, piloto espacial…

© 1972 Juan García Atienza. Reproducido por gentileza de Nueva Dimensión

Lea el artículo homenaje que ha escrito Domingo Santos: “IN MEMORIAM JUAN GARCÍA ATIENZA, una vida en cuatro fases”

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