LAS UCRONÍAS DEL EMPERADOR (II)

Napoleón no fue derrotado en Waterloo

“El interés que tenemos por la Historia está sostenido por el sentimiento de que las cosas hubieran podido ser de otra manera. Si Grouchy hubiera llegado a tiempo a los campos de Waterloo, si Napoleón hubiera tenido la marina de Luis XVI… si… si… esta breve conjunción está llena de sentido, es la que da a la Historia el poder de las novelas y los cuentos.”

napo01La historia secreta es aquélla que no se ha contado o sobre la que se ha mentido por “razones de Estado”: la máscara de hierro es su mejor ejemplo. René Jeanne (1887-1969), escritor y hombre de cine, fue uno más de los que pretendieron exonerar al héroe de sus errores para atribuirlos a los imponderables: el triunfo en Waterloo era posible y debió serlo si la desgracia no se hubiera cebado en el César, línea en la que en 1932 escribió su Napoléon bis. A la vieja usanza de la cláusula de identificación, el narrador encuentra en un castillo el diario del general Beaudouin que, para su enorme sorpresa, cuenta cómo, en la noche del 22 al 23 de octubre de 1812, Napoleón fue raptado en Moscú por un grupo de “filadelfos”, miembros de una sociedad secreta que pretendía alcanzar la paz mediante el secuestro de los monarcas reinantes. (Los fildelfos, dicho sea entre paréntesis, llegaron a España y, por ejemplo, Pío Baroja se hace eco de ellos en el capítulo V de El aprendiz de conspirador).

Beaudouin impone silencio al mameluco de guardia y corre a comunicar la noticia al general Murat, acordando ambos sustituirlo por un sosia para que no cunda el pánico: el elegido es el comandante Duquesne, del VI Cuerpo de Ejército. La retirada de Rusia, las derrotas de Alemania, la invasión de Francia son desastres que ocurren porque no es Napoleón quien está al frente.

Los filadelfos no dan cuenta del rapto porque el secuestrado ha huido, cruzando Rusia disfrazado de cosaco, alcanzando Teherán con una caravana de mercaderes y llegando luego a Bagdad, Damasco y Beirut, para finalmente embarcar hacia Marsella. Reaparece el 27 de enero de 1814 y recupera el mando, siendo otra vez Duquesne quien va en su lugar a la isla de Elba, mientras él se esconde en Polonia para pasar un mes en Walewice, en la residencia de María Walewska. Duquesne es muerto por los ingleses cuando intenta regresar a Francia y la derrota de Waterloo la sufre el propio emperador, que ha retornado demasiado tarde, cuando la situación militar era ya irreversible.

Y tras perder su última batalla por los imponderables,  otros contaron cómo la ganó. En la columna dedicada al Napoleón apócrifo de Geoffroy ya apuntábamos que Louis Auguste Blanqui (1805-1891), político socialista y republicano con estudios de derecho y medicina, sostenía  en 1872 en L’Eternité par les astresHypothèse astronomique que, habiendo una infinidad de planetas, todos construidos a partir de los mismos cuerpos simples, necesariamente tendría que haber una infinidad de Tierras en todo iguales a la nuestra, excepto en una cosa, como podría ser que Napoleón hubiera sido derrotado en Marengo o hubiese triunfado en Waterloo.

Casi cien años después, el físico norteamericano Hugo Everett III (1930-1982), propuso la teoría de los universos divergentes, en los que, cada vez que se hace una elección, el mundo se escinde en dos, dándose en el uno la elección contraria a la del otro, en una ramificación infinita que da lugar a todas las Historias imaginables. Everett, por cierto,  aparece como un cameo en El gato de Schrödinger, de George Alec Effinger, que gusta de estos temas.

Y su longevo colega John A. Wheeler (1911-2008) fue aún más lejos al proponer un Multiverso de una infinidad de dimensiones en que coexisten todos los universos posibles, con todas sus distintas Historias y todas sus diferentes leyes físicas (ver el artículo de Hugh Everett III “Relative State Formulation of Quantum Mechanics”, en Rewiev of Modern Physics, julio 1957, que comenta John A. Wheeler en el mismo número de la revista).

Sin complicarnos la vida con teorías complicadas, el triunfo del emperador en su última batalla lo narró en 1907 el historiador inglés G.M. Trevelyan (1876-1962) en el duro relato If Napoleon Had Won the Battle of Waterloo, recogido luego en la antología de J.C. Squire (1884-1958) a quien en otras ocasiones hemos hecho referencia. El relato no tiene nada de novela de aventuras napoleónicas sino que es una verdadera ucronía. Con un Napoleón que ha afirmado su supremacía en el Continente a raíz de su victoria en Waterloo, la Gran Bretaña está estancada en el “trillado camino de la tiranía y el oscurantismo”. Una revolución liderada por Byron es brutalmente aplastada y toda una generación de jóvenes radicales se ve obligada a luchar por la libertad en la lejana pampa sudamericana. Napoleón muere al fin en 1866, “enemigo a un tiempo del antiguo régimen y de la libertad democrática”.

napo02La réplica francesa llegó en 1937, treinta años más tarde, y fue Victoire à Waterloo, obra del autor  de ensayos históricos y políticos Robert Aron (1898-1976), que supone asimismo que Napoleón triunfó en Waterloo: “De pronto, jubiloso, dijo ¡Grouchy!”, y la llegada de este general, junto con una información errónea que recibe el duque de Wellington, deciden en sentido inverso la suerte de la batalla.

Los acontecimientos posteriores se desarrollan de muy distinta manera, pues Napoleón se desembaraza de su imperio, consciente de que no puede seguir enfrentándose a toda Europa con el coste que ello supone en recursos y vidas. Así que, aunque orgulloso de haber demostrado  hasta el límite su genio militar, reconoce que es un hombre de la Revolución que ha traicionado sus ideales y ha buscado la grandeza de Francia fuera de ella, por lo que abdica y se retira a la isla de Aix, primero, y a Santa Elena, después, embarcándose voluntariamente en el Bellerophon, para morir allí en el tiempo en que lo hizo en la realidad.

Existe otra novela de triunfo de Napoleón en Waterloo, Echec au temps, que no se publicó hasta 1945, a causa de la guerra, pero que escribió en 1938 el poeta belga Marcel Thiry (1887-1977), padre de la reputada viróloga Lise Thiry. Su acción se basa en la anterior, aunque sustituyendo su mundo alternativo por un universo paralelo: en los mundos alternativos el uno reemplaza al otro, en los paralelos ambos coexisten.

Un descendiente del oficial inglés que pasó la falsa información a Wellington posee un aparato que permite ver en el pasado, con el que intenta evitar la acción de su antepasado que cambió el signo de la batalla. Así ocurre, mas los acontecimientos posteriores que se desarrollan en el nuevo escenario derivan en la muerte de ese oficial, con lo que su descendiente no llega a nacer, volviéndose a invertir el resultado del enfrentamiento, en la típica paradoja temporal.

 “Para mí, hasta el extraordinario acontecimiento de hace cuatro meses, Waterloo era una victoria francesa, la más brillante de todas las de Napoleón. En París, la estación por la que se llega de Bélgica se llamaba estación de Waterloo, mientras que en Londres, la estación que usted llama Waterloo llevaba el nombre de San Jorge”.

napo03Se da la misma paradoja temporal, con un encuentro más directo de Napoleón con un viajero del tiempo, en Le voyageur imprudent (1943), de René Barjavel (1911-1985), maestro de la ciencia ficción francesa. La presencia de Bonaparte es episódica y su desenlace semejante. Saint-Menoux inventa una escafandra temporal con la que se desplaza a un  futuro remoto en el que la Humanidad está tan especializada que hay “comedores” y “bebedores” que comen y beben por cuenta de los demás; existe una Gran Madre, una sola, provista de innumerables orificios para copular. A su regreso a su tiempo quiere saber cómo se desarrollaría la Historia si matase a Napoleón al comienzo de su carrera: cuando dispara contra él, se interpone su propio abuelo, que es quien recibe la bala, desapareciendo Saint-Menoux al instante, con lo que no mata a su abuelo, vuelve a vivir, etc..

Son realmente muchas y de muy diversa factura las obras que se ocupan de un Napoleón con una historia diferente. En un Selecciones del Reader’s Digest de 1973 se publicó Napoleón ha muerto en Rusia (Napoleone è morto in Russia, 1968), del italiano Guido Artom, que narra noveladamente los acontecimientos ocurridos en París entre el 22 de octubre de 1812, cuando se recibió un despacho que daba cuenta de una falsa muerte del emperador en Moscú, y el 19 de diciembre de ese mismo año, cuando regresó a la capital y puso fin a la conspiración de Malet.

El inglés Richard Whately (1787-1863), economista y teólogo, arzobispo anglicano de Dublín, escribió en 1819, poco después de Waterloo, Historic Doubts Respecting Napoleon Bonaparte, que es para Aldisla primera ucronía anglosajona. El autor se interroga sobre la existencia de Napoleón para llegar a la conclusión de que realmente no existió. Como dice Henriet es un texto más revisionista que ucrónico.

Y cosa parecida hará en 1827 el abogado y profesor de matemáticas francés Jean Baptiste Peres (1752-1840) en Comme quoi  Napoléon n’a jamis existé, que pronto conoció varias reediciones y traducciones. Libres de las ataduras del rigor histórico, estos autores pueden escribir con toda libertad sobre Napoleón.

napo04La idea la retomó en España el abogado sevillano Serafín Adame y Muñoz (1828-1875) en Napoleón no ha existido jamás, demostrado a la luz de la razón y de los hechos, que publicó en 1850. El autor se sitúa en un universo ucrónico en que no se dio la figura del César para narrar la vida de un personaje de ficción llamado Napoleón Bonaparte, que llega a ser emperador de Francia y conquista media Europa, con el que hace una sátira crítica del Napoleón real.

Como hemos visto en columnas anteriores, como PavanaThe Alteration  y otras, es frecuente que en las ucronías aparezca un libro ucrónico dentro de la ucronía que coincide con la realidad. Aquí este libro es toda la ucronía.

© 2011 Augusto Uribe y Alfred Ahlmann

uribe01Augusto Uribe es doctor en una ingeniería, periodista y tiene otros estudios; ya jubilado, es presidente de una sociedad de estudios financieros. Ha ganado varios premios Ignotus y ha publicado en libros y revistas como el antiguo BEM o Nueva Dimensión, que lo tuvo por su primer colaborador.

alfredahlmann01Alfred Ahlmann, director de la misión arqueológica española en Turquía, es doctor en Historia, profesor universitario en España e imparte clases en algunas universidades extranjeras: domina varias lenguas. Además de numerosos trabajos profesionales, ha publicado también artículos del género

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