DEL CARREFOUR HACIA EL FIN DEL MUNDO: LA CARRETERA de Cormac McCarthy

Tengo 48 años. Soy un lector experimentado, y cuánto más viejo me hago, más selectivo me vuelvo. Nadie me regala libros, y si lo hace, generalmente se quedan sin leer. A menos que me conozcan mucho, mucho, y personas de esas, hay muy pocas. Y porque me conocen mucho, no me regalan libros, generalmente. He leído de todo, desde humor, hasta ciencia ficción, pasando por historia, ensayos y poesía.

Y sobre todo, mucho terror. O, al menos, eso creía yo hasta haberme aventurado en este viaje por La carretera.

Hasta ahora, de los cientos de libros que han pasado ante mis ojos, sólo dos me habían impactado profundamente. Uno fue Seda, el otro Novecento, ambos del mago de las palabras italiano Alessandro Baricco (y que ya ha pasado por estas páginas). Era el año 1999. Más de diez años después, otro libro proyectil me encuentra, el que hoy, cuando ya hay hasta una película que todavía no he sido capaz de ver, me atrevo a recomendarles. Sí, se lo recomiendo, aunque con matizaciones. Con muchas matizaciones.

Pero antes de nada, una pequeña explicación de por qué estoy hablando de este libro en este espacio de BOL.

carreteraPara empezar, La carretera no nos cuenta una historia de terror, pero da más miedo que el más terrorífico que yo haya leído, porque este terror, a diferencia del terror clásico, es creíble, y es veraz. Y el terror que en el fondo de su alma siente sin decir palabra el padre protagonista en su periplo, se me antoja más escalofriante que cualquier otra emoción que uno pueda llegar a sentir.

La carretera tampoco nos cuenta una historia de ciencia ficción, pero todo lo que sucede es una situación descrita hasta la saciedad en los clásicos de ciencia ficción: un padre camina por una carretera junto a su hijo, buscando comida y empujando un carrito de hipermercado con sus escasas pertenencias a través un entorno devastado por un holocausto que ha arrasado el planeta. Aunque una guerra nuclear es lo primero que se pasa por la mente del lector, como en toda la novela no se especifica nada concreto ni se da explicación alguna de lo que ha ocurrido, bien podría ser otra cosa: la consecuencia de la colisión de un meteorito gigante con la Tierra, el ataque de una avanzada y violenta especie extraterrestre, la erupción simultánea de todos los volcanes del planeta, un experimento científico fallido destinado a obtener energía barata e infinita, la tala indiscriminada de todos los árboles del mundo, etc.

Por el contrario: por encima de todo, y aunque no se diga, La carretera es una historia de amor. Un amor tan intenso y doloroso que al acabar la lectura a uno le quedan dudas de si sentir algo así, tan profundo y desinteresado, tan amor, es bueno para la integridad de quien lo siente. A mí, al menos, me han quedado muchas.

Les cuento:

La carretera no es un libro clásico, pero lo será. Además, ya avisé en su día de que en esta columna hablaría también de libros nuevos, si es que, en mi humilde opinión, sentía que tenía que hacerlo. Y en este caso, tengo que hacerlo.

¿No han sentido nunca el deseo de compartir algo? Normalmente se trata de algo que les ha gustado mucho y que quieren que alguien allegado lo conozca: una canción, una novela, un país, un restaurante, un vino, una historia de amor… Seguro que todos encuentran un ejemplo en su memoria. Pero no es eso a lo que ahora me refiero.

Dicen que en los crímenes difíciles la policía siempre confía en la necesidad del criminal de compartir con alguien su crimen. Parece que es algo innato al ser humano, acabar contando lo que a uno le remuerde la conciencia, como modo de liberarse de la pesada carga, o en el otro extremo, lo que a uno le enorgullece (un exitoso robo, por ejemplo) como forma de vanagloriarse de ello. Sea como fuere, antes o después el delincuente acaba por compartir con alguien su delito, convirtiéndose inmediatamente el hecho en una confesión, que le acaba llevando a su perdición.

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Pues justo ésa es mi necesidad ahora, mi imperiosa necesidad de hablar de La carretera, la obligación de la angustia, las ganas de quitarme de encima el peso de la losa que el señor McCarthy ha situado sobre mi pecho, impidiéndome respirar desde la primera página de la novela. Y les confesaré que al acabar la última sentí unas terribles ganas de llorar. Y esto sí que no me había pasado nunca (que yo recuerde). Emoción al leer un libro sí que he sentido, infinidad de veces. Pero no esta emoción de angustia que me embargó con el final. Un final, dicho sea de paso, que es el que tiene que ser, y que no puede ser otro, cualquier otra alternativa habría gritado estruendosamente desde la armonía, como obra literaria, que es La carretera, perdiendo su belleza. Así que aquí estoy, hablando de mi tormentosa historia de pasión con este cuento de amor y de horror…

Pasé la novela (que se lee en un suspiro, dada la brevedad de sus apenas 200 páginas) envuelto en un dilema de deseos: por un lado, deseando con todas mis fuerzas que terminara, para así dejar de sufrir. Por otro, temiendo que llegara el final, y con él, el final del disfrute.

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Cormac McCarthy

Leyendo este cuento de miedo se disfruta. No sólo porque narra una historia interesante, sino que también está bien narrada, con un estilo diferente, muy original, que te arrastra con sus repeticiones, ritmo y musicalidad página tras página, con sus descripciones aterradoras, con sus diálogos de besugo entre el padre y el hijo, con las sorpresas, con la carrera de obstáculos que es toda la novela, con la emoción.

Se disfruta, sí, y también se sufre. Mucho. Y mucho más si el lector tiene la fortuna de ser padre de una criatura de unos ocho o diez años, como el protagonista pequeño de la misma. Entonces, sí que se sufre, a tope, porque McCarthy ha logrado meter al lector en la piel del padre (sin avisar, a traición, desprevenidamente, sin esperárselo) y no le deja salir de allí hasta el momento final. Y ni siquiera entonces se libra uno de la angustia de la responsabilidad de tener alguien a quien cuidar, alguien que es toda tu vida, en ese mundo de hostilidad brutal creado por la mala mano del hombre.

El terror supremo es el que el padre demuestra, sin aspavientos, con la frase “No puedo llevar a mi hijo muerto en brazos.” Creo sinceramente que La carretera es la novela más terrorífica que he leído nunca, y he leído muchas. Porque el terror auténtico es lo que debe de sentir ese padre, llevando al lado a su hijo, al pensar en lo que le puede llegar a ocurrir si él llegara a morir. Así de simple. “Si me muero, se queda solo.” Pero solo de verdad.

Una apreciación final acerca del estilo. Siempre he opinado que sólo hay un modo de transmitir emociones al lector, y es escribiendo en primera persona. No alcanzaba a entender como un “fantasma” que acompaña a los personajes de las historias durante sus peripecias puede ser capaz de saber cómo se sienten esas personas a las que les pasan cosas. No me parecía creíble, no creía que hubiera otro modo más que contar uno mismo sus propias vivencias, sentimientos, conmociones.

Pues me equivocaba. McCarthy lo ha conseguido.

© 2011 Luis Astolfi

Título: La carretera
Autores: CORMAC MCCARTHY

Sello editorial: MONDADORI
Tema: Narrativa Española
ISBN: 978-84-397-2077-5
Código barras: 9788439720775
Formato: Tapa dura     Medidas:140mm. x 238mm.
Año lanzamiento: 2007
Nº páginas: 224
Precio: 18.9 €
Nº Colección: 338

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