FITO LEFESSEM, por Enric Herce

Ilustraciones de Rafael López Rovira

 

Haría cualquier cosa por publicar ¿verdad, señorita Jones?

 

Escatimando varios votos a la vencedora por aquello de quitarle hierro a la derrota, la señorita Lola anunció que el cuento más votado había sido «La mancha de tomate», de Ana Méndez. Todos aplaudieron. Ana le sonrió a Paula satisfecha y ella le devolvió la sonrisa. Eran las mejores en Lengua y eternas competidoras en las finales de redacción. También eran la mejor amiga de la otra, sin embargo, cada vez que un concurso terminaba con aquel resultado, a Paula le entraban ganas de tirarle a su amiga de los rubios rizos hasta dejarla sin un solo pelo.

A Paula Jones le temblaban las rodillas cuando bajó del taxi frente a la calle Murnau número 26. Un edificio de fachada agrietada que no había visto una mano de pintura desde los setenta. Buscó en el interfono hasta dar con los botones del segundo segunda que una pequeña pegatina rectangular identificaba como sede de Ediciones Leipzig, y llamó. Le respondió una voz femenina.

—Soy Paula, Paula Jones, tengo una cita con el señor Lefessem.

Por toda respuesta recibió el zumbido de la puerta franqueándole el paso.
Cruzó un vestíbulo en penumbra y se detuvo frente al ascensor. Pulsó varias veces la luz de la escalera antes de entender que aquel tenue resplandor era cuanto los apliques de las paredes podían ofrecerle. Cuando el ascensor llegó a la planta baja, comprobó disgustada que la luz del interior estaba fundida. No pensaba entrar ahí dentro ni loca. Chasqueó la lengua y subió por las escaleras.

Le abrió la puerta una mujer que rondaría la cuarentena, con toda seguridad la misma que había respondido al interfono. Pelo largo, teñido color caoba, muy maquillada. Rellenita. Lo suficiente como para que los tejanos y la camiseta ceñida le quedaran como un tiro. Probablemente diez años atrás y parecido número de quilos menos aquella forma de vestir le sentara de fábula.

—Adelante, pase, señorita Jones —la invitó sonriendo y descubrió al hacerlo, unos dientes manchados de nicotina.

Apareció en un vestíbulo pequeño y oscuro de paredes cubiertas por un rancio empapelado. Tras cogerle la chaqueta y dejarla en el colgador de pie que había en un rincón, la precedió por un largo y estrecho pasillo hasta la última puerta a mano derecha. Llamó un par de veces antes de abrirla e invitarla a pasar. Tan pronto lo hizo, el hombre que estaba sentado tras la mesa de despacho se levantó y vino a su encuentro. Era alto, delgado, más cerca de los sesenta que de los setenta. Lucía una frondosa mata de pelo que lucía un rabioso negro azabache teñido, repeinada hacia atrás con abundante gomina.

—Señorita Jones, supongo. Soy Fito Lefessem, director de Ediciones Leipzig.
—Encantada —respondió Paula tímidamente sin lograr reprimir un escalofrío cuando estrechó la mano que el editor le ofrecía. El tacto de su piel era frío y tenía una textura viscosa y desagradable. Paula tuvo la sensación de estar metiendo su extremidad derecha en un nido de serpientes.

La secretaria se despidió, cerrando la puerta al salir, y Fito la invitó a sentarse.
Paula constató que el despacho no era una excepción y en su interior imperaban la misma decoración vetusta y mobiliario recargado del resto del piso. Una atiborrada librería, con los mismos agujeros de carcoma que la mesa, cubría las paredes, y la única ventana de la estancia se escondía detrás de unos polvorientos cortinajes de terciopelo granate de aspecto contundente, a juego con la alfombra que cubría buena parte del embaldosado moteado. Sobre la mesa de Lefessem había una lámpara Tiffany con algunas piezas rotas, un dietario abierto por el día en que se encontraban, un pote con varios bolígrafos de propaganda y su manuscrito.

—Están muy bien —dijo Lefessem al ver que Paula había posado la mirada sobre la cubierta—. Bueno, ya habrá leído el informe que le mandamos.
—Muy elogioso, la verdad.
—Yo mismo lo escribí. Permítame decirle que no hay ni una sola virtud, de las muchas que en él se enumeran, que sea gratuita o injustificada. Creo que una corrección ortográfica no le hará ningún daño, pero a grandes rasgos la obra es muy publicable.
—¿Así pues, realmente están interesados en ella?
—Desde luego. De no ser así no la hubiéramos hecho venir. Nuestro tiempo es muy valioso y estoy seguro de que el suyo también —sentenció Lefessem con una sonrisa ambigua que Paula no supo descifrar.
—No me malinterprete, pero son muchos años escribiendo y recibiendo rechazos de las editoriales. La verdad es que no puede imaginarse la ilusión que me hizo recibir su carta y leer un informe de lectura tan positivo de algo escrito por mí. No podía parar de temblar y de llorar releyendo una y otra vez aquellas líneas.
—La entiendo, la entiendo perfectamente. Y no se preocupe. Su desconfianza o incredulidad, como prefiera llamarla, está totalmente justificada. Créame si le digo que llevo el tiempo suficiente moviéndome en este mundillo como para saber que hay mucho estafador dispuesto a enriquecerse a costa del afán por publicar su obra de muchos escritores en ciernes. Ediciones Leipzig es una editorial pequeña, sí, y humilde, pero siempre trabajamos de forma transparente y nuestras ediciones son respetadas por su calidad tanto a nivel de presentación como de corrección gramatical y ortográfica. Nuestros autores se merecen lo mejor —concluyó mientras sacaba de un cajón un presupuesto que dio a leer a la mujer.
—¿Qué es esto? —preguntó Paula tras echarle un fugaz vistazo.
—Lo que le costaría publicar sus cuentos con nosotros.
—¿Me está diciendo que tengo que pagar por publicar?
—Verá, estimada Paula, su obra es buena y merece una oportunidad. De hecho, si no lo creyera así, ahora mismo no estaríamos aquí ni usted ni yo. —Una vez más Fito le dedicó una de aquellas inclasificables sonrisas—. Pero como puede ver esta editorial es modesta, maneja un volumen de negocio misérrimo si lo comparamos con los grandes del mercado, y por consiguiente, los riesgos que podemos asumir son a menudo inferiores de lo que desearíamos. Creemos en su obra y haremos cuanto esté en nuestras manos para que triunfe: presentaciones ante los medios, presencia en Internet, una distribución eficaz a nivel nacional… lo que cualquier gran editorial ofrece a sus autores. Pero desgraciadamente nosotros solos no podemos asumir todos estos costes. Usted es la primera que debería creer en su propia obra, señorita Jones, y creo que invertir en ella es la mejor forma de hacerlo. Los sueños no se consiguen por arte de magia,  hay que estar dispuesto a pagar un precio.
—¿Me está usted proponiendo una autoedición?
—Coedición querida, coedición.
—Pero estos precios son desorbitados. Con esto pueden ustedes cubrir los gastos de publicación y los de promoción de sobras.
—Resulta evidente que usted desconoce las cifras que se barajan en este mercado. De hacerlo, este presupuesto le parecería una auténtica ganga.
—Si hubiera sabido que se trataba de esto no hubiera acudido a la cita. Yo no puedo permitirme pagarles semejante cantidad —dijo Paula visiblemente indignada, levantándose y cogiendo su manuscrito de encima de la mesa.
—Tal vez pueda usted publicar su libro con nosotros sin pagar ni un céntimo —escuchó a sus espaldas cuando sus dedos ya acariciaban el pomo de la puerta. Paula sabía que cuando se girara e interrogara al editor con la mirada, Fito Lefessem le estaría sonriendo una vez  más de aquella forma que tanto le inquietaba.

 

—Y sobre todo, me gustaría agradecerle a Paula Jones, de quien puedo presumir de ser amiga desde la infancia, el haberme puesto en contacto con Fito Lefessem y editorial Leipzig. Sin ellos, difícilmente habría vuelto a ver mi nombre en la cubierta de un libro —dijo Ana Méndez dando por terminada la presentación de su nueva antología de relatos: La puerta y otros cuentos.

Mientras Ana firmaba libros, Paula y Fito, sentados durante la presentación a derecha e izquierda de la autora, se levantaron dejándola con sus lectores.
—Ha ido como la seda —celebró Fito mientras observaba satisfecho la larga fila de gente con el libro bajo el brazo que esperaba su turno.
—Se lo merece —le respondió Paula.

Por toda respuesta, el editor la observó arqueando la ceja derecha y sonriendo con sorna.
Ana Méndez ganó el premio Atlas con tan solo diecisiete años. Lo que muchos consideraron el comienzo de una exitosa carrera literaria quedaría como una simple promesa que no llegó a consolidarse. En los años siguientes, vieron la luz hasta un par más de novelas firmadas por la autora, pero solo consiguió publicarlas en editoriales pequeñas y tuvieron una fría acogida de público y crítica. Como en tantos otros casos, la vida privada había terminado haciendo mella en la creativa. Dos divorcios, el primero con tan solo veinte años con el adulterio por protagonista, y un segundo con los malos tratos, a los veinticinco, no resultaron la mejor fuente de inspiración. Un accidente mortal, cuatro años atrás, puso fin a la vida de su único hijo y a su maltrecha carrera literaria.

Cuando Paula le propuso hacía algunos meses la idea de volver a escribir, Ana creyó que su amiga le estaba tomando el pelo. Lo que en primera instancia le pareció una idea descabellada fue tomando, poco a poco, conversación tras conversación, la forma de un nuevo comienzo: la literatura como un regreso a sus aspiraciones y sueños de juventud; el escribir como símbolo de tomar una vez más las riendas de su vida y poner fin de una vez por todas a la mala racha.

—Pero Paula, ¿quién va a querer publicarme a mí?
—Ediciones Leipzig.
—Nunca había oído hablar de ellos.
—Es la editorial que publicará mi novela en breve si nada se tuerce. Es pequeña y tendrás que correr con parte de los gastos, pero me consta que son muy profesionales y suelen hacer un gran trabajo.
—Pagar por publicar… no lo veo muy claro.
—Recuperar los viejos sueños no tiene precio, Ana. Nunca debiste dejar de escribir.

En poco tiempo, Ana Méndez reescribió varios relatos antiguos y convirtió una antigua obra de teatro que escribió para un grupo amateur, y que nunca llegó a representarse, en el relato que daba nombre al volumen. El mismo que ahora firmaba, con la misma ilusión que si fuera una novel,  al público que llenaba la librería y que Fito Lefessem y Paula Jones contemplaban desde un rincón apartado.

—Bueno, Fito. Yo ya he cumplido con mi parte del trato Ahora le toca a usted.
—Llegamos a un acuerdo y pienso respetarlo, estimada Paula. Usted ha cumplido con su parte del trato y yo cumpliré con la mía.
—Eso espero.
El editor contempló durante unos segundos a su nueva clienta. Finalmente le dijo:
—Haría cualquier cosa por publicar ¿verdad, señorita Jones?
A Paula casi se le heló la sangre cuando, al mirarle, una vez más descubrió en el rostro de Lefessem su particular sonrisa.
 

Paula, al igual que Ana, también publicó un libro de cuentos con Ediciones Leipzig: El amor indecente. Entre los escogidos destacaba «Elektra, S.A.» su particular homenaje a Kafka, uno de sus autores preferidos. Como era de esperar ninguno de los libros logró grandes ventas, aunque ambas obras consiguieron críticas muy favorables y sobre todo llamar la atención de varias empresas del sector. Sus siguientes obras ya fueron publicadas por editoriales de cierto renombre y no tardarían en dar el salto a los grandes grupos. Hubo premios, ventas millonarias sin precedentes en el mercado nacional, traducciones a decenas de idiomas y las inevitables versiones cinematográficas. Pocas veces la respuesta del público y la acogida de la crítica especializada habían sido tan coincidentes. En pocos años, las dos amigas eran autoras de obligada referencia dentro del panorama literario español.

En el terreno personal, Paula Jones se casó, tuvo dos hijos, un niño y una niña, y se divorció. Ana Méndez tuvo un hijo con Peter, su pareja estable durante los últimos siete años y traductor al inglés de buena parte de sus novelas, pero no volvió a pasar por la vicaría.
 

Más de trece años habían pasado desde la presentación de La puerta y otros cuentos, cuando, aquella noche de invierno, la voz entrecortada de Ana repitió el nombre del editor al otro lado del auricular.

—¿Cómo?
—¿Qué le prometiste a Fito Lefessem, Paula?
—¿A Fito Lefessem? Nada. Yo no le prometí nada.
—Acaba de llamarme, Paula. Me ha dicho que ha llegado el momento de pagar mi deuda. Cuando le he respondido que ya pagué en su día, y sobradamente, los servicios de su editorial, me ha respondido que no se refería a eso. Me ha dicho que te lo preguntara a ti, que tú sabías de qué estaba hablando.
—Ana, de verdad que no sé de qué va todo esto. Llevo años sin saber nada de ese hombre ni de su editorial. Igual ha perdido la chaveta, no sé…
—No me ha parecido que estuviera desvariando.
—¿Tranquilízate, quieres?
—Me ha dicho que llegasteis a un acuerdo.
—Me hizo un descuento por publicar con Leipzig, pero eso es todo.
—¿Un descuento?
—A cambio de conseguirle un cliente.
—¿Me estás diciendo que me convenciste de publicar con ellos para que a ti te saliera más barato?
—Yo no podía costearme sus tarifas, Ana, y no me pareció estar haciendo daño a nadie. Después de todo no te ha ido tan mal, ¿no?
—¿Si no te pareció estar haciendo nada malo por qué nunca me lo habías dicho en todo este tiempo?
—No me pareció importante.
—Vete a la mierda.
—¿Ana? ¿Ana? ¡Joder!

Maldiciendo a Fito Lefessem cien mil veces, Paula buscó el número de su editor en la memoria de su móvil pero no lo encontró. Probablemente ya se habían sucedido cuatro o cinco cambios de modelo desde que lo había guardado.
—¿Qué sucede? —le preguntó José, su pareja actual, cubriéndose los ojos con el antebrazo, todavía medio dormido.
—Nada, no te preocupes cariño, sigue durmiendo.

Fue hasta el despacho y buscó entre los cajones de la mesa hasta dar con su vieja agenda. No tardó en encontrar el teléfono de Ediciones Leipzig y el móvil del editor. Nadie respondió en el primero y al llamar al segundo, una voz femenina le anunció que aquel número no existía.

A las diez y cuarenta y seis del día siguiente, Paula Jones bajaba de un taxi frente a la calle Murnau número 26. El edificio de fachada agrietada seguía ahí con el mismo aspecto desangelado y la misma pintura manchada por los gases de los automóviles. Buscó en el interfono hasta dar con los botones del segundo, no encontró por ningún lado la pegatina de Ediciones Leipzig, pero llamó de todas formas. Le respondió una anciana.

—¿Diga?
—¿Ediciones Leipzig?

Por toda respuesta recibió el zumbido de la puerta franqueándole el paso.
Al bajar del ascensor se encontró con la puerta del segundo segunda abierta y a una anciana con delantal esperándola en el umbral.

—Perdona, hija, pero es que no oigo muy bien. Y he pensado: a ver si son los del supermercado que me traen la compra.
—Soy Paula Jones —se presentó dándole la mano. Estoy buscando una editorial que tenía su sede en este edificio.
—¿Paula Jones? ¿La escritora? ¡No me diga! Mi marido no se pierde ni una de sus novelas. ¡Jaime! ¡Jaime, sal!
—Tengo un poco de prisa…
—Solo será un momentito. ¡Jaime!

Un hombre de unos setenta y tantos salió al rellano. Calvo, no muy alto, vestía camisa a cuadros, pantalón de pana marrón y miraba por encima de unas pequeñas antiparras cuadradas sin saber muy bien qué estaba sucediendo.

—Mira, Jaime, es Paula Jones, la escritora.

En cuestión de minutos, Paula estaba sentada en el sofá de un coqueto comedor todo cojines y puntillas sin acabar de entender cómo había llegado hasta ahí. Sobre la mesita de centro, entre animalillos de cerámica esmaltada, reposaba el ejemplar de su última obra, El color de la oscuridad, que acababa de firmarles. Mientras bebía el café tan deprisa como su temperatura le permitía, acogía con educación y paciencia el interminable panegírico que los ancianos le estaban dedicando a ella y a su obra.

—Así pues no les suena el nombre de Ediciones Leipzig —logró decir finalmente cambiando de tema de forma radical.
—Nosotros llevamos aquí de alquiler desde el 2014 —evocó el anciano.
—Y lo hicimos por agencia —añadió la mujer.
—¿Me podrían dar el teléfono del propietario?
—Debo tenerlo por algún lugar del despacho —dijo Jaime levantándose con dificultad del sofá—. Acompáñeme, ¿quiere? Así aprovecho para enseñarle mi colección.
Jaime la condujo por el mismo pasillo que había recorrido más de dos lustros atrás. El mismo empapelado rancio seguía colgando de las paredes, algo más cetrino y maltrecho. El que fuera despacho de Fito Lefessem tampoco había cambiado. Ahí seguían las cortinas y la alfombra granate. La misma librería atestada de libros y la misma mesa, pero en esta ocasión, en lugar de su manuscrito, la ocupaba un tablero de Scrabble con una partida a medias.
—Me encantan los juegos de palabras en todas sus variantes —se justificó Jaime. Mientras el anciano buscaba el teléfono del propietario del piso, ella se entretuvo leyendo los lomos de los volúmenes que llenaban las estanterías. La gran mayoría de ellos hacían referencia a su afición en todas las variantes posibles: palíndromos, anagramas, paradojas, acrósticos, pangramas, lipogramas, sesquipedalismos, oximorones, acertijos…

Con lentitud exasperante, Jaime iba pasando las páginas de su agenda. Paula suspiró y, al hacerlo, el peculiar aroma de la estancia, mezcla de madera vieja, libros y polvo, le trajo recuerdos de la primera vez que había estado ahí. Como retazos de una noche de borrachera que al día siguiente reaparecen sin previo aviso; como fragmentos olvidados de lo que sucedió la víspera, que al regresar a nuestra memoria nos hacen dudar de si realmente sucedieron; de la misma forma asaltaron su memoria, colores, palabras y aromas olvidados.

Recordó una miríada de burbujas ascendiendo por el mar verde de una copa alargada.
—Pruébela, señorita Jones, es auténtica absenta. Nada que ver con los sucedáneos a que los tiempos políticamente correctos nos han condenado. Está buena ¿verdad? No tiene nada que envidiar a la que paladearon en su día Rimbaud, Baudelaire o Verlaine.
Tambaleándose, Paula a duras penas logró llegar hasta una de las sillas. Ajeno a su malestar, Jaime seguía su búsqueda con parsimonia. Recordó el garabato de su propia firma sobre un papiro amarillento lleno de especificaciones que no leyó.

—Tómese todo el tiempo que necesite para leerlo, pero podrá comprobar que se trata de cláusulas de lo más común.
—¿Es Mont Blanc?
—Bonita, ¿verdad? Vale una fortuna.

Recordó el brillo del plumín de oro grabado; el frío tacto de la superficie esmaltada entre sus dedos, una preciosista obra de artesanía compuesta por piezas de vivos colores contorneadas con filigranas de esmerada factura.

—La tinta es roja.
—Como la sangre —le respondió Fito, sonriendo de aquella forma que tanto la perturbaba.
Angustiada, Paula se levantó tirando la silla.
—¿Se encuentra usted bien? —le preguntó el anciano.
—Verá, tengo un poco de prisa. Aquí tiene mi móvil —dijo alargándole una tarjeta.
—Pero espere… Si consigo ponerme en contacto con el propietario. ¿Qué es lo que necesita saber exactamente?
—Cualquier dato de contacto del antiguo inquilino. Este es su nombre —dijo escribiendo en el dorso de la tarjeta Ediciones Leipzig y el nombre del editor.

Tan pronto salió a la calle el mareo empezó a remitir. Iba a llamar a un taxi cuando vio que tenía siete llamadas perdidas de Ana Méndez y un mensaje de voz. A duras penas consiguió que el aparato no se escurriera entre sus dedos cuando escuchó la voz de su amiga, recriminándole entre sollozos: ¿Qué me has hecho, Paula? ¿Qué me has hecho?
Temblando, la llamó sin recibir respuesta. Luego llamó a Peter.

—Ahora no puedo atenderte, Paula, estoy con un cliente. Luego te llamo ¿Vale?
—Espera un momento. ¿Sabes dónde está Ana?
—¿Ana? Pues en casa, escribiendo. ¿Por qué? ¿Ha sucedido algo?
—No estoy segura. He recibido un mensaje suyo muy extraño. Estoy en el centro, bastante cerca de vuestra casa, te espero allí.

Paula paró un taxi y en cinco minutos estaba taladrando el botón del portero automático. Nadie respondió. Decidió no esperar a Peter. Aporreó todos los botones del panel procurando quedar fuera del alcance de la cámara, hasta que un vecino le abrió. Se adentró por el lujoso vestíbulo dejando atrás una algarabía de voces enlatadas que se mezclaban y confundían. ¿Sí?…¿Dígame?…¿Quién es?…

La puerta del piso estaba entreabierta. Llamó varias veces al timbre sin obtener respuesta alguna antes de entrar.

—¿Ana? ¿Ana? ¿Estás ahí? ¿Ana? ¿Estás bien…?

Cuando llegó al comedor las palabras se atascaron en su garganta negándose a salir. Paula cayó de rodillas y se llevó las dos manos a la cara, temblando presa de un ataque de nervios.

El cuerpo sin vida de Ana Méndez colgaba de la lámpara del techo. El rigor de la muerte había dejado congelado en su rostro una estremecedora expresión de terror. Ana parecía haber gritado hasta que se le había desencajado la mandíbula. Tenía el ojo derecho totalmente abierto, el lugar del izquierdo lo ocupaba un objeto que no tardó en reconocer. ¿Cómo olvidar el mango de aquella pluma y su elaborado trabajo de artesanía? Un rastro de sangre le recorría la mejilla, bajando por la blusa, los tejanos y el pie izquierdo desnudo, hasta caer sobre el parquet donde había formado un charco rojo. Paula Jones no pudo contener un grito desquiciado cuando su móvil empezó a sonar. Sus manos temblorosas a duras penas lograron dar con él en el interior del bolso.

—¿Señora Jones?
—S-sí. S-soy yo. ¿Quién… quién es?
—Soy Jaime.

Paula tardó varios segundos en responder. Deseaba con toda el alma estrellar el aparato contra la pared y salir corriendo de allí. Pero no lo hizo. La voz de un ser humano le ayudaba a tranquilizarse, a no perder la cordura.

—Dí-dígame Jaime.
—¿Se encuentra bien?
—Perfectamente.
—La llamaba por lo del propietario de mi piso. Lo he localizado pero dice que no tiene ninguna forma de contactar con el antiguo arrendatario. Me ha dicho que de todas formas el nombre que me ha dado no le suena de nada. ¿Señora Jones? ¿Está usted ahí?
—S-sí —respondió entre sollozos. Era cuestión de segundos que perdiera el conocimiento.
—No la molesto más. Siento no haberle sido de más ayuda.
—Muchas gracias a usted —logró responder. Cuando se disponía a colgar volvió a oír la voz de Jaime.
—¡Oiga! Por cierto. Casi se me olvida. El nombre que me ha dado.
—¿F-fito Lefessem?
—Ese mismo. ¿Sabía que de él se obtiene un anagrama de lo más curioso?
—¿Un anagrama?
—Sí, una palabra o frase obtenida a partir de la transposición de las letras o palabras de otra palabra o frase.
—N-no sé si le entiendo —respondió Paula a quien cada vez le costaba más mantener aquella conversación. Le ardía la cabeza y no podía dejar de llorar.
—A partir de las letras del nombre y apellido que usted me dio se puede obtener otro.
—¿Cuál? —preguntó Paula casi chillando, sin poder evitar echar un vistazo al cadáver ensangrentado de Ana.
—Bueno, en realidad no tiene ninguna importancia. Bien pensado seguro que se trata de algún tipo de broma —se retractó el anciano, arrepentido por haber sacado el tema.
—¿Qué nombre? —insistió Paula mientras la habitación se volvía borrosa a su alrededor.

El cadáver de su amiga de infancia era a sus ojos poco más que una mancha en la que primaba el color rojo. Todo cuanto le rodeaba perdía forma y consistencia, todo excepto la silueta alta y oscura que se estaba materializando en un rincón.

—¿Señora Jones? ¿Está usted ahí? ¿Se encuentra usted bien, señora?

 

© 2011 Enric Herce Escarrà por el relato

© 2011 Rafael López Rovira por las ilustraciones (desgraciadamente por problemas informáticos se han perdido).

 

enric_herce01Enric Herce Escarrà (Barcelona, 1972). Licenciado en filología inglesa, en la actualidad trabaja como técnico especialista en el CRAI Catalunya de la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona.

En 2009 publicó Friki, novela infantil de ciencia ficción y en 2011, con Grupo AJEC, publicará Singulares vicisitudes que a Ventanitas Manzana acontecieron, novela de fantasía épica en clave de humor.

Ganador del primer premi Miasma en el apartado de relatos de terror el 2007, finalista del segundo el 2008 y del certamen de relatos cortos «Einstein y el Quijote» convocado por el Ciemat el 2005, su relato «Patricia y la caja IOOP» fue seleccionado para aparecer en la antología Visiones 2008 de la AEFCFT.

Ha publicado en versión digital la novela corta La Luna dormida con Ediciones Efímeras, y Pedradas, una antología de microrrelatos con la editorial Petrópolis. Ha colaborado en los fanzine Catarsi, Tierras de Acero MGZN, Miasma y Mascarada; en los e-zine BEM on line, Aurora Bitzine, Palabras diversas, NGC 3660 y en la revista Historias Asombrosas. Ha participado en las antologías King Kong solidario, Tierra de Leyendas IV, Tierra de Leyendas V y De la caballería andante a la teoría de la relatividad. Un encuentro en el espacio y el tiempo.

Más información en www.enricherce.com

 

 

Rafael López Rovira. Soy Ilustrador y Diseñador gráfico, nací en 1974.

El mismo año en que nacía la democracia en este país, y además estrenaban Yakuza, El jovencito Frankenstein, Amarcord, Emmanuelle, El hombre de la pistola de Oro, Barbarella, Los caballeros de la mesa cuadrada, y la segunda parte de El padrino así que fue un gran año.

No recuerdo cuando empezó a gustarme el dibujo pero si cual fue el primer cómic relevante que tuve en mis manos, una primera edición de Flash Gordón de Alex Raymond en tapa dura, un joya de la cual a veces me he tirado de los pelos por no saber que fue de ella.

A partir de ahí supe lo que querría ser de mayor.

Pronto descubrí la Ciencia Ficción Ilustrada por la publicación de Toutain Editor, 1984 y sus portadas, al igual que el género de terror de Creepy y Dossier Negro, en su mayoría material de la Warren Publishing estadounidense.  Ahora pienso que me las prometía muy felices pero remando en esa dirección estudié la especialidad de Ilustración en la Escuela de artes aplicadas y oficios Llotja, más tarde en el mismo centro también estudiaría un ciclo de grado superior de Diseño gráfico donde el aprendizaje de las herramientas informáticas fueron esenciales para no quedarme estancado en gran medida. Pero en Mayo del 1994, mientras estudiaba Ilustración en Llotja también hacia ya mis pinitos en Fanzines como “Thrash comic” con una historia de seis páginas titulada “El verso del Androide” y un par de Ilustraciones, por aquel entonces el mundo del cómic y la Ilustración estaba sumido en una crisis propia por el encarecimiento del papel, así que me decanté un poco por el Diseño gráfico y entré en Artcelona, donde pasaba a tinta Ilustraciones y hacía intercalaciones para animaciones.

Mas tarde en 1998 publiqué en colaboración con Ediciones Amaniaco el “Compendio Oscuro” Una recopilación de cinco Historias de terror en blanco y negro. Algo parecido en la revista Italiana Splatter y Creepy, era un trabajo bastante íntegro donde las historias y la portada eran mías.

En el año 2000 realizo una incursión en el dibujo infantil como Freelance trabajando en ICM, otro estudio de diseño gráfico para el cual realizo una serie de Ilustraciones para el Diseño de material escolar. Algo más tarde sigo realizando pequeñas colaboraciones que compatibilizo con trabajos de otros sectores profesionales, que es algo que se hace más notorio a partir de ahora. En 2006 en Totalmente s.l. realizo ilustraciones vectoriales para Elearning en Flash. En 2007 realizé el logotipo y toda la imagen gráfica de un grupo de Rock “The Marigold” de Montornés del Valles donde realizé varias ilustraciones y numerosos diseños. Hasta este año casi todas las colaboraciones han sido de diseño gráfico. En marzo hice un par de ilustraciones del “Ratoncito Perez” para Todoelshow s.l. y hace muy poco un par de portadas para el libro on line “Los caídos” de Miguel Ángel López Muñoz para NGC 3660.

Ahora estoy dibujando un comic de los relatos de Radeon, un personaje de Andrés Costa: http://www.sangratti.com/ E ilustraciones para este portal de ciencia Ficción: BEM on Line

Si están interesados en mi obra pueden hacer consulta visual en mi blog: http://rafalopezrovira.blogspot.com o ponerse en contacto via mail: rafalopez74net@yahoo.es

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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