LA MÁQUINA DE LOS SUEÑOS, por Jordi Bonet

 

Aquella noche no hacía un frío excesivo, lo recuerdo perfectamente. Y cuando digo que no era excesivo me refiero a que rondaba los diez grados bajo cero. No suelen verse noches tan límpidas desde que se desató el invierno nuclear. Tan sólo asomar la cabeza por la entrada de la cueva supe que aquella noche era un verdadero regalo. Tener que esconderse en cuevas húmedas y oscuras para poder sobrevivir de las adversas condiciones climatológicas sin saber qué es día y qué es noche no es una vida digna pero ésta es la vida que nos ha tocado vivir.

»La luna brillaba en lo alto, sonriente, y creaba sombras que creía irreales. Estaba demasiado acostumbrado a un mundo sin sombras, eternamente cubierto por nubes espesas y llenas de muerte. Incluso se respiraba un ambiente seco, áspero, como si las siempre presentes brumas hubieran huido apresuradamente sin dejar ni un solo jirón. Me llené los pulmones cuanto pude: deseaba embriagarme con aquel aire, drogarme con él. Sabía perfectamente que tardaría en repetirse.

»Héctor estaba a mi lado. Es mi hermano pequeño. Nos llevamos diez años y ese día Héctor cumplía trece. Él fue de los primeros bebés que nacieron en esta especie de infierno de frío, oscuridad y nieve. No ha conocido el mundo tal y como yo tuve el privilegio de verlo, de sentirlo. Por aquella época Héctor ni tan siquiera se había alejado cien metros de la entrada de la cueva. Hasta que no tuviera dieciocho años y fuese suficientemente fuerte para afrontar una tormenta de este invierno nuclear no se le permitía alejarse. Es muy culto, mucho más que yo; ya desde muy chiquito leía y leía todos y cada uno de los libros que hay en nuestra, por así llamarla, biblioteca. Libros de historia, científicos e incluso algún que otro periódico con fotografías que logré rescatar de las rescoldos de la tercera guerra mundial que, por supuesto, fue nuclear. Esas fotos en blanco y negro son lo más cercano que Héctor ha estado de un mundo verde, luminoso, lleno de sonidos extraordinarios y vivos. Sin embargo, no solamente había imágenes de naturaleza en esos papeles. Los periódicos de la época fueron  los primeros y únicos testigos escritos que plasmaron sobre papel la cadena de despropósitos.

»Yo apenas tenía diez años por aquel entonces pero recuerdo como si fuera ayer el rostro preocupado de mi padre, los gritos de mi madre, los sollozos de mi hermana. Luego, de mayor, supe cómo empezó todo: A principios de siglo, los Estados Unidos se negaron a firmar el protocolo de Kyoto en aras de la conservación de su calidad de vida. El petróleo dominaba con yugo de acero todos y cada uno de los sectores de la economía. Las tímidas investigaciones sobre energías alternativas eran rápidamente sepultadas bajo toneladas de billetes. A ningún gobierno le interesaba perder los millones de puestos de trabajo que el oro negro ofrecía en forma de estaciones extractoras, refinerías, gasolineras, plástico, asfalto. Pero los mayores consumidores de petróleo estaban condenados a la voluntad de quiénes poseían esa riqueza bajo su subsuelo. El petróleo fue terminándose y su precio aumentó. A los políticos no les quedaba otra salida que tensar las relaciones, nadie quería ceder en detrimento de calidad de vida del pueblo al que representaban. Sencillamente, la gente no estaba dispuesta a pasar un poco de frío en invierno o caminar veinte minutos para llegar al trabajo, no estaban dispuestos a cambiar de hábitos, incluso los medios de comunicación anunciaban sin alarma alguna las consecuencias del cambio climático. Determinadas potencias se vieron atrapadas, esclavizadas al uso sin límites de la energía y fue el inicio de un sin fin de patrañas con la único propósito  de invadir países petroleros, llenándose la boca con la palabra democracia. Todo sucedió en cinco días. Alguien apretó el botón nuclear y el cielo se tejió con cientos de estelas de misiles en un Armagedón que condenaba a la Tierra al invierno nuclear. Fue, por así decirlo, la última noche de la Tierra. Una noche en la que brillaba la Luna llena y que tardaba trece años en repetirse, justamente para el cumpleaños de Héctor.

»Sí, ambos nos embriagamos con el aroma de aquella noche pero había algo más: Héctor esperaba ansioso la llegada de una persona. Antes de partir en busca de comida, Mirori le había prometido que le traería una sorpresa para el día de su aniversario; una gran sorpresa. Le recuerdo frotándose las manos pero no de frío sino de expectación. Una gran sorpresa en un mundo como éste, sin grandes acontecimientos excepto las malditas tormentas, bien se merecía un poco de nervios.

»Finalmente, la figura de  Mirori se recortó contra la nieve de la planicie. Llegó pronto. Héctor no dijo palabra. Ella le dedicó una amplia sonrisa. Abrió el saco que cargaba a la espalda y extrajo una especie de caja metálica con una pantalla en uno de sus lados. Sólo tenía un botón.

»—Te he traído la máquina de los sueños, Héctor, el último invento de los hombres en esta tierra ahora estéril. Contiene toda la información del mundo y su Historia. Con tan sólo apretar este botón puedes cambiar un hecho puntual del pasado y ella te responderá ofreciéndote imágenes de cómo sería nuestro mundo si aquello que dices hubiese ocurrido de verdad. Sé que eres un lector voraz, que en esta cabecita traviesa hay más conocimientos que en la cabezota de chorlito de tu hermano y la mía juntas.

»Héctor esbozó una sonrisa y sus ojos brillaron con el resplandor de la luna. Luego acarició con delicadeza la caja metálica como si de un cachorro se tratara. Le había traído un sueño, sin duda.

»Los tres nos dispusimos delante de la pantalla y Héctor, con la mano temblorosa, apuntó con el dedo índice al botón. Lo tocó, lo acarició, dudó. Seguramente las preguntas se apretujaban en su garganta y no sabía por cal decidirse.

»—¿Cómo sería el mundo si George Bush, presidente de los Estados Unidos, no hubiera llegado a presidente?

Y apretó el botón. El ordenador interior decodificó las inocentes palabras para convertirlas en ceros y unos, repasó sus archivos de memoria, los hechos históricos del ser humano durante su existencia en la Tierra y aplicó los algoritmos e hipótesis que correspondían a aquella sencilla pregunta. La pantalla parpadeó unos brevísimos instantes pero en seguida se volvió clara. Era el mar, con un velero surcándolo y delfines jugando en su estela. También se escuchaba el batir de las olas contra el casco, el crujir de las cuerdas, incluso creí percibir la fragancia salada de la brisa. Recuerdo que…”

—¡Tío, Tío! ¿Falta mucho? Esta historia ya nos la has explicado varias veces  ¿Podemos apretar el botón? —interrunpió uno de los niños que se arremolinaban alrededor de los dos hombres.

Ambos se miraron, con los ojos almendrados, en un ademán cómplice. Los dos hermanos revivian una de las noches más inolvidables de su vida.

—Creo que tienen razón, por fin vuelve a hacer una noche como aquella, después de treinta años. ¿Crees que aún funcionara?

La voz poderosa de Héctor se impuso por encima de la algarabía de los chiquillos, que se revolvían ansiosos.

—Seguro que sí.

Y uno de los pequeños, el más despabilado, se avanzó al resto

© Jordi Bonet 2011

Puede leer la pentrevista con Jordi Bonet  si pulsa aquí

 

Jordi Bonet Beltrán nació en Barcelona en 1976. Es licenciado en ciencias químicas de formación pero ecologista y escritor de relatos de corazón. Empezó su trayectoria en el arte de la escritura bien temprano y, como ocurre con buena parte de los adolescentes, su género fue la fantasía. Con el paso de los años, el pragmatismo y preocupación por la creciente voracidad de la sociedad de consumo, le han conducido a desarrollar su estilo y temática en la denuncia de conflictos bélicos, catástrofes medioambientales provocadas por el hombre y todo aquello que tenga que ver con la degradación ética del ser humano. En el campo puramente literario, compagina su trabajo con la escritura de novela, relatos de ficción y no-ficción y le han otorgado los premios como finalista en el XIII Premio Literario de Relatos Breves Ciudad de Peñiscola 2006, mención especial del jurado en el premio de Literatura de la Región de Murcia “La Memoria y el Alzheimer”, 2007, premio como finalista en el concurso “Relatos del Agua” organizado por la ExpoZaragoza 2008 y Ganador del premio de Novela Corta “Dulce Chacón” 2008.

Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
Esta entrada fue publicada en Entre Ushuaia e Irún. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a LA MÁQUINA DE LOS SUEÑOS, por Jordi Bonet

  1. Pingback: HABLANDO CON JORDI BONET | BEM on Line

Los comentarios están cerrados.