PLAY «NOBODY’S HOME» DE AVRIL LAVIGNE, de Juan Carlos Planells

ADIOS, AMIGO

por Domingo Santos

Escribo esto el lunes 12 de diciembre de 2011, a primera hora de la mañana, después de que ayer domingo Joan Manel Ortiz me llamara por teléfono y me comunicara la terrible e inesperada noticia de la repentina muerte de Juan Carlos Planells. Mi primera reacción fue de estupor y consternación. Juan Carlos Planells y yo éramos amigos desde hace más de cuarenta años, desde los primeros tiempos de Nueva Dimensión, de la que fue durante toda la existencia de la revista uno de sus puntales. Mi forzoso traslado a Zaragoza por motivos de salud hizo que en los últimos años no nos vieramos con la asiduidad que yo hubiera deseado, pero en mis viajes a Barcelona, frecuentes al principio, nunca me faltó el tiempo para “comer con Juan Carlos” y pasar una tarde agradable intercambiando noticias, chismes e impresiones. Mis crecientes dificultades de movilidad redujeron progresivamente mis viajes a Barcelona y esos encuentros al ámbito telefónico, pero nunca perdimos el contacto. Así supe de sus dificultades y de su desánimo de los últimos tiempos; algunas veces pude ayudarle, otras no, pero siempre estuve a su lado.
Lo primero que pensé al filo de la noticia de su muerte fue que debía escribir algo sobre él, un panegírico, un “in memoriam” que reflejara lo que ha sido Juan Carlos Planells para mí y para la ciencia ficción española. Pero hoy, al abrir mi ordenador, me he encontrado con la sorpresa de que Joan Manel Ortiz se me había adelantado y el domingo mismo había escrito un breve pero muy sincero recuerdo de su persona y de lo que había sido para sus amigos y para la ciencia ficción española, que había colgado hoy mismo en el BEM on Line junto con la noticia de su fallecimiento, y del que puedo decir tan sólo que yo nunca hubiera sido capaz de escribir algo mejor más ilustrativo y más salido del fondo del corazón: cualquier cosa que diga yo ahora no hará más que repetir, con otras palabras menos sentidas, lo que él ha sabido expresar tan sinceramente.
Pero necesito rendirle homenaje de alguna forma al amigo que nos ha dejado, y creo que lo mejor es dejar que él mismo nos transmita sus últimas palabras. Por eso prefiero reproducir aquí el relato que le pedí en su tiempo para la revista Asimov ciencia ficción, y que apareció en su número 21, el último. Juan Carlos tiene multitud de relatos, muchos de ellos excelentes, en su haber, pero éste en particular fue siempre uno de sus más queridos. A lo largo de su vida Juan Carlos tuvo dos pasiones: Philip K. Dick y Avril Lavigne, el gran autor de ciencia ficción y la espléndida cantante canadiense. A ella precisamente dedicó este relato, que motivó uno de los pocos desencuentros entre Juan Carlos y yo acerca de una discrepancia banal sobre un detalle del final del relato: Juan Carlos se tomaba todas las cosas muy en serio y a un nivel muy personal, y fue necesario toda una comida de hermandad para firmar el armisticio. Porque “Play «Nobody’s Home» de Avril Lavigne” es uno de los textos más personales de Juan Carlos, y para mí uno de los mejores. Por ello creo que su inclusión aquí constituye el mejor homenaje que puede rendírsele a un autor con una obra abundante que sin embargo, por cosas de la vida —y también por su peculiar personalidad, que quienes no supieron comprenderle nunca calificaron de poco sociable y arisca— es mucho menos conocida de lo que se merece. Nos ha dejado dos novelas, un ingente montón de artículos, ensayos y críticas, un buen puñado de cuentos, y un excelente blog, “Planells fact&fiction”: un muy interesante cajón de sastre donde se aglutina toda la esencia del más puro Planells, y cuya visita y lectura recomiendo a todos aquellos que no lo conozcan y deseen ahondar algo más en su personalidad.
Con mi más profundo respeto dentro de la amistad: descansa en paz, Juan Carlos, amigo…

PLAY «NOBODY’S HOME» DE AVRIL LAVIGNE

relato de Juan Carlos Planells
ilustraciones de Pedro Belushi
(publicado en el número 21 de la revista Asimov ciencia ficción)
© 2005 Juan Carlos Planells

Citamos textualmente a Juan Carlos Planells: «Como en este mundo suelen hacerse comentarios muy desafortunados, el autor de este relato quiere confesar que esta historia surgió de la conjunción de tres elementos: la inesperada visión del vídeo «Nobody’s Home» de Avril Lavigne, una mención igualmente inesperada a Eva Alumá el 18 de diciembre de 2004, y el recuerdo que por esas fechas me rondó de mi hermano Ángel, al que nunca pude conocer. Los méritos y virtudes que tenga esta historia les pertenecen exclusivamente a ellos tres. Los fallos y desaciertos son únicamente míos.» ¿El resultado de esta conjunción? Uno de los relatos más bellos y emotivos que hemos tenido ocasión de leer últimamente, y que, nos confiesa su propio autor, le ha marcado profundamente incluso a él.

    Would you comfort me
Would you cry with me
— Avril Lavigne

Hubo una vez un tipo que construyó quince chicas artificiales. Hizo aquel trabajo por su cuenta, sin ayuda de sus técnicos o de su equipo habitual, por lo que nadie supo nada del asunto. Cuando hubo terminado y activó los androides, vio con espanto que sin duda había cometido algún error en el diseño de los cerebros: todos ellos estaban deteriorados, y las quince chicas artificiales parecían tener algún bucle de comportamiento que las inducía a repetir una y otra vez los mismos gestos y la misma conducta. Ya no era posible efectuar reparación alguna debido a lo delicado del mecanismo y las conexiones. Tampoco tuvo ánimos para hacerlo.
Y había algo que lo hacía todo aún más horrible para él. Su nombre era Héctor Messenger y había creado aquellas quince chicas artificiales según la imagen que recordaba de su hija Julia, fallecida hacía un año, cuando sólo tenía dieciséis de vida, convertida en un despojo a causa de las drogas, con el cerebro medio quemado. Y ahí estaba ahora, con aquellas quince chicas artificiales, quince androides inútiles que le resultaban una réplica exacta de los últimos días de vida de su hija. No era eso lo que se había propuesto. Él, Héctor Messenger, el mejor diseñador y constructor de androides de Europa, quizá del mundo entero, había fracasado miserablemente cuando más necesitaba crear una obra maestra.
No tuvo el valor de destruir las androides. Le hubiera parecido que mataba con sus propias manos a su hija quince veces seguidas, y habría acabado con su cordura. Maldiciendo su rabia y su impotencia, con la única ayuda de un robot de carga, hizo subir a las cinco chicas artificiales a un camión largo de transporte y emprendió él mismo la ruta de Europa, desde Grecia hasta Portugal, abandonando una de las androides en cada país, tras activarla, no necesariamente en las capitales de los países escogidos pero sí trazando una ruta que tenía casi una forma de arco; acaso una analogía con un posible arco iris que buscase un simbolismo inadvertido: el final de la tormenta, el retorno de la calma. El olvido de la hija muerta de aquella horrible manera. Cada fragmento del arco iris recibió una chica artificial, como si fuera una lágrima que sus ojos no podían derramar. Puede que pareciera una forma cruel de abandonarlas, pero al fin y al cabo no eran más que seres artificiales con un error en la función de sus cerebros; sólo podían emitir ruidos imperceptibles en vez de pronunciar palabras. Una vez abandonadas, prosiguieron con su rutina de movimientos: vagar perennemente por las calles de la ciudad que les había deparado la suerte, refugiarse en portales o en bancos públicos, dormir en el suelo, buscar un coche mal cerrado para cobijarse de una lluvia intensa, practicar autostop. No morirían nunca, porque no precisaban comer; no enfermarían nunca, porque no podían contraer enfermedades: eran seres artificiales. Su existencia podría prolongarse durante décadas, y su única alimentación era a través de baterías solares: exponerse al sol era suficiente…, y se pasaban el día en la calle. Por lo demás, eran casi tan indestructibles como el resto de los androides fabricados por Empresas Messenger. Resistirían palizas, golpes, atropellos de vehículos, disparos de armas de fuego. Sólo podían ser destruidas en una prensa industrial o en unos altos hornos. Quizá, si alguien intentase violar a una de ellas y matarla luego, descubriera que eso último era más bien imposible.
Puede que algún turista que recorriera Europa se tropezase con la misma chica en varias ciudades, o le pareciera que era la misma chica, sin saber que era un androide. Quizá se ofreciera a llevarla en su coche, pero ella no sería capaz de darle un destino. Quizá sucedió, quizá no. Europa estaba llena de chicas que erraban solas de ciudad en ciudad, no todas víctimas de las drogas o hijas de alguna guerra, por lo menos de alguna guerra europea; ahora las guerras se libraban siempre en otras partes. Messenger sabía mucho de ello.
Luego Héctor Messenger regresó a su mansión en Córcega. Se entregó de nuevo a su rutina habitual, diseñar nuevos androides para la industria o el comercio, pero útiles asimismo para otras actividades, por supuesto… Olvidó rápidamente su estrepitoso fracaso con las quince chicas artificiales, del mismo modo que, poco a poco, se fue olvidando de la muerte de Julia. Se concentró en evitar nuevos errores en la fabricación y diseño de cualquier modelo de androide, en especial de los de fuerza extrema, para que no pudieran ser objeto de posibles manipulaciones una vez fuera de fábrica, como ya había ocurrido al parecer unos años atrás. Él sabía muy bien dónde iban a parar grandes partidas de sus androides de fuerza: su destino real era el ser utilizados como soldados o fuerzas mercenarias en las guerras libradas en países situados siempre en la parte baja de los planisferios. Messenger cerraba los ojos a esto, limitándose a que nadie pudiera hurgar en las especificaciones, añadiendo componentes inesperados. Se suponía que debían ser obreros para la construcción, pero era fácil adiestrarlos como soldados. Al menos que luchasen como verdaderos soldados, no como máquinas de matar.
Julia Messenger le dijo una vez que su trabajo era repugnante. Eso fue cuando lo del Horror de Siria. Una acusación injusta, o bastante injusta al menos, por parte de la chiquilla. En ese momento tenía doce años y ni un pelo de tonta, como digna hija de dos cerebros privilegiados: Héctor y su madre, Lucrecia Gouuea. Por lo demás, estaba muy bien informada de las cosas que ocurrían en realidad a través de sus compañeros de estudios y sus contactos en la red. Quizá tan sólo le faltasen unas pocas piezas para completar el cuadro. ¿Y qué le podía replicar o responder un padre que apenas se ocupaba de ella, inmerso siempre en sus negocios, en sus androides y en sus enredos personales? Nunca supo manejar ni entenderse con una niña que su madre había abandonado a los nueve años para instalarse definitivamente en Estados Unidos a fin de dirigir el equipo médico de los clones de George W. Bush. En parte se marchó por eso, y no en menor medida porque estaba harta de los escándalos y aventuras sexuales de Héctor con las felatrices de moda. Demasiado para el orgullo desmesurado de Lucrecia. Así que se marchó a Miami, a una lujosa residencia, y desde allí dirigía el equipo médico de los clones de crecimiento rápido de Bush, uno cada ocho años. Había estado en el equipo del primero, en 2008; fue ayudante en el segundo, en 2016; fue finalmente directora en el tercero, en 2024, y era difícil combinar esto con ser madre de una pequeña de tres años. De modo que no le faltaron excusas cuando en 2030 marchó definitivamente a Estados Unidos, donde, lejos de Héctor y la niña, podía concentrarse mejor en su trabajo y vivir al lado del poder. El poder era… En fin, era el poder.
Julia Messenger se encontró así a cargo de un padre incompetente, absolutamente inepto, rodeada por unos cuantos androides de servicio no mucho más humanos que Héctor. Julia, por lo menos hasta entonces una brillante estudiante, entró en la adolescencia disponiendo de dinero en abundancia, de tiempo en abundancia y de soledad en gran abundancia. A medida que iba creciendo empezaron a rodearla individuos de más o menos su edad o mayores, atraídos por tanto dinero disponible. Había otros tipos también, extraños pero en otro sentido, que le hablaban del destino para el que eran empleados los androides que fabricaba la compañía de Messenger. Luego ocurrió lo de Siria, y tras un violento enfrentamiento entre Julia y Héctor, la hija desapareció durante tres años, hasta que una noche llamaron a Héctor para que fuera a recoger y enterrar el despojo en que la droga la había convertido en esos últimos años. Ante el mundo no era más que otra niña rica destruida por su afición a los vicios. Ante su padre era un fracaso como progenitor. Ante Lucrecia era la víctima de un asesinato deliberado cometido por Héctor Messenger.

Habían pasado ya siete años desde la muerte de Julia Messenger, ocurrida en el otoño de 2037. Ahora era de nuevo otoño, pero de 2044, y Héctor Messenger estaba pasando un fin de semana solo en su mansión de Córcega, con su pasado formando parte de algo ya olvidado. Su última felatriz le había abandonado, bastante cansada ya de él, aprovechando que debía ir a recoger un premio a su especialidad en Barcelona, con la intención de marchar desde allí a Río de Janeiro para siempre. Héctor no estaba seguro de ello pero lo sospechaba y, al fin y al cabo, siempre se encontraban felatrices disponibles ante un buen montón de dinero. Pero por el momento estaba aburrido y solo, sin más compañía que un androide de servicio en algún lugar de la casa; ante la pantalla de visión, en su confortable y algo aparatosa sala de recreo, medio borracho, sujetaba la última copa en una mano y el mando del aparato en la otra, mientras se castigaba la vista cambiando de canal a cada momento, sin que nada le satisficiera.
Y en ese momento apareció su hija tal como la recordaba en la pantalla de visión.
No la reconoció de inmediato. Durante un par de décimas de segundo su cerebro se negó a admitir la realidad de lo que estaba viendo, a establecer una conexión entre lo que veía y lo que recordaba. Luego, cuando se produjo esa conexión, hubo en su cerebro una especie de cortocircuito. Apretó la mano que sostenía la copa, acaso creyendo que era el mando a distancia lo que tenía en ella, y la copa se hizo añicos, clavándose varios cristales en la mano y empezando a sangrar en abundancia por la herida. Sin hacer caso de ello, se incorporó del sillón, se tambaleó y, ahora sí, pulsó el mando para grabar las imágenes que estaba viendo. Siempre tenía un disco DVD conectado a la pantalla, por si aparecía alguna posible futura amante en algún lugar. No reparó en el conjunto de imágenes que veía y que estaba grabando ni en la música que las acompañaba; sólo tenía ojos para la muchacha que aparecía en la pantalla. Su hija, tal como la había construido en aquellos androides defectuosos y que también había conseguido olvidar, haciendo en la pantalla lo mismo que hacían ellos, que había hecho ella.
La emisión terminó y fue sustituida por otras imágenes, una pareja de color que cantaba algo que no se molestó en descifrar. El reloj del grabador le indicó que tenía apenas un minuto y medio de imágenes de su hija; el final del vídeo, con la mirada de ella clavándose en él, con reproche y dolor, antes de echar a andar por una carretera solitaria, le resultó insoportable y angustioso. No se preguntó de dónde procedían aquellas imágenes, quién las había grabado, cuándo, dónde, por qué motivo, y cómo aparecían ahora ante él, siete años después de la muerte de Julia. Pulsó PLAY en el reproductor y volvió a verlas. Volvió a contemplar las imágenes de su hija, que se iban alternando, ahora sí reparó en ello, con las de una chica que al parecer cantaba una canción. Cuando terminaron pulsó PLAY de nuevo. Y luego otra vez. Y otra. Y otra.
El androide de servicio lo encontró a primera hora de la mañana siguiente: estaba tendido en el suelo, rodeado de un charco de sangre seca, con cristales clavados en la mano y el mando a distancia apretado con fuerza en la mano sana. La pantalla de visión se había autodesconectado cuando los sensores indicaron que el único espectador llevaba inconsciente o dormido más de treinta minutos. El androide de servicio no sabía lo que había ocurrido, sólo que el dueño de la casa estaba herido y precisaba asistencia médica. Llamó al servicio médico de urgencia. Luego llamó a la persona que aparecía en primer lugar en su directorio para casos de emergencia.
Cuando Héctor Messenger recuperó el conocimiento estaba en su cama, con la mano ya curada y vendada. A su lado estaba Mario Montañés, acaso el único amigo que le quedaba de todos los que le habían rodeado en un tiempo ya lejano, la única persona que, desde su juventud, había estado a su lado; no siempre, con intermitencias y fuertes discusiones periódicas, que en ocasiones los habían distanciado durante años. Pero era la única persona de confianza que le quedaba.
—Hola, Mario —dijo con voz débil, forzando una sonrisa.
—Tienes ya mejor aspecto —mintió Mario—. ¿Qué te ocurrió? Ese estúpido androide no sabe dar explicaciones.
Héctor abrió la boca, tratando de recordar. Forzó la mente. Su mano. Él estaba…
—Tranquilo —le aconsejó Mario—. Tómatelo con calma. Has sufrido un fuerte colapso, además de clavarte un montón de cristales en la mano y sangrar como un cerdo. No debes excitarte. El servicio médico dice que te conviene reposo. Tu androide de servicio ya te recitará luego la lista de instrucciones…
—Julia —dijo Héctor, con una voz ronca que fue afirmándose poco a poco—. Julia… Vi a Julia.
Mario le miró desconcertado.
—¿Tuviste una pesadilla? ¿Te quedaste dormido ante la pantalla?
—No… —Héctor negó débilmente con la cabeza—. La vi a ella. En la televisión. Vi a Julia.
—Exceso de trabajo. Estrés —dictaminó Mario con un leve suspiro—. Te quedaste dormido y lo soñaste. Tienes que cambiar tu ritmo de vida. Ya no eres tan joven…, aunque te esfuerces en aparentarlo —añadió, pensando en la cohorte de felatrices que siempre le rodeaban.
—¡No fue un sueño! —Héctor se irguió con furia y golpeó las sábanas con la mano sana. El hecho de que Mario le contradijera pareció darle brío—. ¡La vi! ¡La vi! Y además, lo tengo grabado en un disco. Puedes ir tú mismo a verlo. Siempre tengo puesto un DVD en el grabador, y tuve tiempo de grabar las imágenes…, parte de ellas al menos. Luego las vi otra vez, y otra vez… Anda, ve tú mismo y míralo si no me crees… Pulsa PLAY en el reproductor.
Mario lo contempló unos instantes en silencio. Luego, con un encogimiento de hombros, salió del dormitorio y se dirigió a la sala de recreo. Buscó el mando, puso el reproductor en marcha y accionó PLAY. Contempló el minuto y medio que había grabado Héctor. Luego regresó junto a Messenger.
—Lo único que tienes grabado en tu DVD es lo que parece ser el final de un vídeo musical, bastante antiguo según creo. Pero no puedo decirte más, no es un tema que me haya interesado nunca. ¿Esa tontería es la que te provocó el colapso? Imposible, Héctor. Tuviste una pesadilla y estás confundido…
Farfullando y maldiciendo, Héctor Messenger se incorporó de la cama. Mario se le acercó, alarmado.
—¡Eh! ¡No deberías…!
—¡Quítate de en medio, inútil! ¡O no, mejor ven conmigo! ¡Ven y verás si es o no Julia a la que vi y grabé! ¡Pobre de ti si has estropeado la grabación!
Mario siguió a Héctor hasta la sala de recreo, entre indignado y compadecido. Era evidente que su cabeza no regía. Mostrando una energía inesperada para alguien que había sufrido un colapso hacía tan sólo unas horas, Héctor ya estaba en la sala y accionaba el reproductor con el mando. Apenas aparecer las primeras imágenes que había grabado, su rostro mostró una expresión de triunfo y en sus ojos se evidenció la emoción que sentía. Señaló la pantalla con el mando.
—¡Mira! ¡Ahí la tienes! ¿Ves como es mi hija?
—Pero, ¿qué diantre se te ha metido en la cabeza? —Mario estaba desconcertado—. Ésa no es tu hija. No es Julia.
—¡No! —chilló Héctor, señalando de nuevo la pantalla—. No me refiero a la rubia que canta ante esa orquesta de viejos. ¡La otra! ¿Acaso no lo ves? La chica del pelo negro.
Mario volvió a mirar las imágenes, casi sin creer lo que decía Héctor, dudando incluso de que no se tratara de una extraña broma suya. En efecto, las imágenes de una muchacha rubia, vestida con elegancia, que cantaba con cierta languidez ante una orquesta de ancianos con traje de etiqueta, se alternaban con otras muy distintas. Las de la cantante estaban viradas al amarillo, con raspaduras sin duda voluntarias. Las otras eran en color, un color como quemado, pálido. Mostraban a una jovencita de pelo negro, largo y despeinado, sucio a todas luces, con el rostro en apariencia lloroso, la expresión perdida, intentando abrir un coche bajo una intensa lluvia para guarecerse en su interior. Vestía tejanos y una camiseta.
—Pero si ésta tampoco es tu hija. Yo diría… Sí, es la misma que canta. Eso es, en este vídeo debe de interpretar los dos papeles, o lo que sea. Y tanto si la cantante y la chiquilla son la misma como si no, desde luego ninguna de ellas es Julia.
Héctor envió de una patada un taburete al otro extremo de la sala de recreo.
—¿Acaso estás ciego, Mario? ¡Conozco a mi hija! ¡Es Julia! ¡Julia haciendo las mismas cosas que hacía en los últimos años de su vida! ¿Es que no sabes cómo vivía, cómo era su vida en la calle? ¿Cómo se comportaba?
Mario no supo qué responder. Había algo de razón en lo que decía su amigo. Era muy probable que los últimos años de vida de Julia hubieran transcurrido de forma parecida a los de la chica de esa filmación: durmiendo en la calle, refugiándose de la lluvia, sin ir a ninguna parte… En todo caso coincidencias. Millares de chicas en todo el mundo y en todos los tiempos se comportaban de esa manera.
Tomó una decisión. Se acercó al reproductor y extrajo el DVD.
—Sólo hay una forma de que te convenzas. Haré una copia de la grabación y se la mostraré a Luis Ansuar. ¿Te acuerdas de él? Es un experto en esa clase de música, y probablemente sabrá qué es lo que has grabado. Pero diantre, Héctor, ¿cómo puedes confundir a una pelirroja alta y delgada como era Julia con esa chica morena y bajita que aparece ahí?
—Qué pronto te has olvidado de Julia —respondió Héctor con una extraña mirada en los ojos.
Mario se la devolvió, estupefacto.

Luis Ansuar vivía en un viejo caserón modernizado en Tarragona, cerca del antiguo teatro romano. Mario contempló intrigado y sorprendido el amontonamiento de discos de vinilo, cedés, pósters y libros dispuestos sin duda en un orden desordenado en las distintas estancias. Tras saludar a Luis, le mostró la copia de la grabación, al tiempo que le explicaba lo sucedido con Héctor.
—El viejo hipócrita, ¿eh? —dijo Luis con un amago de sonrisa—. ¿Todavía le quedan sentimientos? Dame eso y veamos qué es. ¿Sabes qué te digo? Que toda esa pandilla de fulanas con las que se ha rodeado siempre le habrán secado la «esencia vital», ésa de la que hablaba Kubrick en una de sus viejas películas.
Ansuar puso el DVD en su lector y contempló el fragmento grabado. Le bastaron unos segundos para identificarlo.
—Diantre, tío. Ésa es Avril Lavigne.
—¿Quién?
—Avril Lavigne. Claro, tú, como sólo sabes de Mozart, ópera y esas cosas… Es una rockera de principios de siglo. Te busco su página en Internet. Todavía la tiene, aunque murió hace unos años.
—¿Era ya mayor?
—Hombre, no… Mira, ahí la tienes. —Señaló la pantalla del ordenador, que mostraba la imagen de una mujer de pelo largo y ojos maquillados de negro—. Esta foto es de cuando tenía unos treinta y pocos, calculo yo. Es de varios años después de ese vídeo. La canción es «Nobody’s Home», de su segundo álbum, el llamado «álbum oscuro», por contraste con la alegría del primero. El tercero…
—Vale, vale —le cortó Mario—. Con eso es suficiente. ¿Puedes sacar una copia completa de ese vídeo?
—Claro. Tengo cuenta en la página oficial, no hay ningún problema. Vamos a pedirla… Pues sí, Mario, esa chica era formidable. Publicó su primer álbum en el 2002 y…
—Está bien, está bien. No creo que sea necesario que me des su biografía. ¿Dijiste que está muerta?
—Oh, sí. Murió en el Espanto de Filadelfia, ya sabes. La noche del 21 de setiembre de 2034, en aquel atentado terrorista.
—Diantre, quién puede olvidar algo así. Casi medio millón de muertos por la bomba esa…
—Esa noche, Abril Lavigne daba un concierto acústico allí, en Filadelfia. Decían que sería su último concierto, aunque seguiría grabando. Hombre, ya tenía sus cincuenta años, y a esa edad los viejos rockeros nunca mueren pero se cansan un poco, ¿entiendes?
Mario asintió, pensativo.
—Lo del Espanto de Filadelfia fue una venganza por lo del Horror de Siria, ¿no?
—Eso se dijo en su día —asintió Luis.
—Lo cual nos lleva otra vez a nuestro común amigo Héctor.
—Ya, pero él no fue responsable de lo ocurrido en Siria. O por lo menos no se pudo comprobar su implicación directa, su responsabilidad en la manipulación de los androides.
—No, desde luego. En la manipulación no. Pero en la fabricación…
Ansuar se encogió de hombros.
—No te diré que no —repuso—. Como fabricante no tendrá escrúpulos, pero directamente no es un criminal. Si alguien los manipuló, fue en la factoría de Europa Central y a espaldas suyas.
El Horror de Siria había ocurrido en el 2033. Un ejército de androides que combatía en una de las muchas facciones de la complicada y ya indescifrable guerra en Siria, tras derrotar a un ejército enemigo sin dejar un solo superviviente, atacó dos poblaciones civiles próximas al escenario de la batalla, aniquilando a todos sus habitantes, que eran casi únicamente mujeres, niños, ancianos y enfermos, sin dejar a nadie con vida. Era evidente que los androides habían sido objeto de alguna manipulación después de su entrega al señor de la guerra de turno o a la partida nacionalista que fuese. Lo inesperado fue que toda aquella matanza, lo mismo que la batalla previa, estaba siendo grabada y emitida en directo a través de ciertos sitios de Internet por dos cámaras microscópicas que alguien, nunca se supo quién, había instalado en la retina de dos de los androides, y esos sitios las pasaron a su vez a diversas cadenas de televisión y agencias de noticias.
No hubo responsables. El ejército de androides se desvaneció en la nada, como si nunca hubiera existido. Nadie reconoció tenerlos o haberlos tenido bajo sus órdenes. Eso no era difícil, ante el caos que reinaba desde hacía casi veinte años en Siria y las diversas facciones que guerreaban entre sí en aquel país. Todos los fabricantes de androides negaron haber fabricado siquiera aquellos que cometieron la matanza, y mucho menos haberlos manipulado. Para zanjar la cuestión, el flamante y actual clon de Bush y su adlátere Condoleezza Rice, ya pronta a dejar el puesto a su primer clon, propusieron iniciar una nueva guerra, si bien ni ellos mismos tenían claro contra quién declararla, por lo cual se limitaron a incrementar en diversos países la presencia de genuinos soldados de carne y hueso, «fielmente demócratas, orgullo de América y creyentes en Dios», según manifestó un exaltado Bush.
Lo cierto era que Héctor Messenger siempre sospechó que eran androides suyos los que sufrieron la manipulación que afectó su conducta. Su hija Julia no se limitó a sospecharlo: lo creyó firmemente, ayudada en parte por amigos suyos del instituto que se movían en círculos anarquistas y antisistema. Ése fue su primer enfrentamiento. El segundo llegó un año más tarde, cuando los llamados Vengadores del Dolor introdujeron en Filadelfia un explosivo atómico que estalló la noche del 21 de setiembre de 2034, aniquilando en décimas de segundo a casi medio millón de sus habitantes. Y ése fue el enfrentamiento definitivo entre Julia y su padre, al que acusó de la muerte de tantos inocentes en dos países distintos, de tener las manos manchadas de sangre de mujeres y niños, sólo para ganar dinero y más dinero. Le dijo que no le extrañaba que su madre se hubiera ido de casa cuando ella sólo tenía nueve años. Oh, sí, cierto, su madre estaba ahora a cargo de los clones de crecimiento rápido de George W. Bush desde hacía ya décadas, pero ella no mataba a inocentes. Escupió a su padre a la cara y abandonó la mansión de Córcega para siempre.
Mario suspiró recordando esos hechos, de los cuales había tenido conocimiento más tarde y básicamente a través de su ahijada, Rosaura Ingraciata, compañera de estudios de Julia y confidente suya, de la cual se despidió en esa misma época. «¿Y qué vas a hacer, Julia?», le había preguntado, inquieta, Rosaura. Ya vería, le contestó. Todo menos vivir con un asesino de inocentes.
Nadie volvió a ver más a Julia. Apenas tres años después de su desaparición, una noche, Héctor Messenger recibió una llamada de la policía de Barcelona. Habían encontrado el cadáver de Julia en un barrio degradado de las afueras de la ciudad. Muerta sobre sus propios vómitos, con una jeringuilla aún clavada en un muslo, hecha un despojo, sólo piel y huesos. Aunque fue identificada por el registro de ADN, la ley exigía que un familiar directo hiciera una identificación formal.
—Cuando Héctor volvió a Córcega parecía un fantasma —recordó Mario—. Daba miedo verle. Y ahora ve un fantasma en una cantante de rock…
Luis hizo una mueca.
—No, no me río, Luis —se apresuró a decir Mario—. A mi edad uno ya no puede reírse de los muertos. El dolor lo seguimos teniendo dentro, aunque creamos que no. Compadezco a Héctor: Julia no merecía acabar de esa manera, pobre niña. Pero a la bruja de su madre no la compadezco, desde luego.
Recordaba perfectamente, con genuino horror, el entierro de Julia Messenger. Lucrecia Gouuea acudió desde Estados Unidos con el aspecto de una furia del Infierno dispuesta a desencadenar el Apocalipsis. Lo hizo. Entró en la iglesia donde se iba a oficiar el funeral, y las paredes y los vitrales resonaron con sus gritos, insultos e imprecaciones contra Héctor, un Héctor pequeño, encogido, pálido, que ni siquiera se atrevía a respirar mientras Lucrecia le cubría con todos los insultos posibles, para acabar escupiéndole a la cara, al lado mismo del ataúd que contenía el cuerpo de Julia. Luego, Lucrecia Gouuea, sin siquiera esperar a que se iniciase la ceremonia del funeral, abandonó la iglesia echando fuego y azufre por boca y ojos. Todo el mundo respiró con alivio.
—Una bruja, desde luego —coincidió Luis—. La mala puta sabía cómo era Héctor, y se marchó a Estados Unidos dejando a Julia con él, un padre irresponsable. Podía muy bien haberse llevado a la niña consigo, y nada de lo que ocurrió luego con ella hubiera pasado.
—Eso no puede saberse con certeza, Luis. Y en todo caso, ya es tarde para pensar en lo que pudo o no pudo hacerse y pudo o no pudo ocurrir. Lucrecia es una mala bestia, y Julia habría acabado dándose cuenta de ello a medida que se hiciera mayor.
—Sí, es posible. Toma, ahí tienes la copia completa del vídeo de la canción, «Nobody’s Home». Significa «No hay nadie en casa». ¿Quieres la letra entera en inglés, o traducida al español?
—No. Sólo faltaría, con el título ya me hago una composición de lugar. La letra podría darle más ideas esquizofrénicas a Héctor.
—Ya te digo que está chocho. Bueno, tenme al corriente de lo que pasa. No siento simpatía por el viejo miserable, pero lo de la pobre chiquilla… Ha de ser terrible perder un hijo, y perderlo además de esa manera, y sabiendo que te odiaba…
Mario recordó por un momento a Julia Messenger, la niña pelirroja, alta, de rostro pecoso, la adolescente algo desgarbada, las mismas pecas, el mismo pelo rojo y largo, color fuego, el ataúd cerrado…
Se pasó una mano por los ojos.
—¿Era buena esa Avril Lavigne? —dijo, para sobreponerse y cambiar de tema.
—Oh. Inmensa. Qué maravilla de canciones. Ya desde el inicio de su carrera militó en contra de las guerras y a favor de la paz. El tercer o el cuarto clon de Bush la quiso encerrar en Andersonville II por participar en una grabación colectiva a mediados de los años veinte en contra de su escalada militar. La acusó de «poco americana». El muy imbécil no sabía que ella era canadiense. Los fans la adoraban…, la adoran aún. Quizá de ahí lo de los androides…
—¿Androides? ¿Qué androides?
—Oh, hace unos años aparecieron en algunas ciudades de Europa androides suyos con la apariencia precisamente de la vagabunda de este vídeo, de «Nobody’s Home». Era realmente curioso: hacían las mismas rutinas que ella en el vídeo: dormir en el suelo, vagar por las calles, hacer autostop, refugiarse de la lluvia…
—¿Quién los fabricó? —preguntó Mario, sorprendido.
—Ah, eso es todavía más curioso. No tenían distintivo de fabricante, y eso que eran una maravilla…, creaciones de primera. Creo que se encontraron una docena o así, tendría que mirarlo en Internet… Los cazaron los fans, y los guardan como un tesoro.
Mario miró pensativo a Luis.
—¿Puede que fuese Héctor quien los hiciera? —preguntó, más que nada para sí mismo. Luis le miró son sorpresa.
—¿Héctor? No es su especialidad. ¿Y sin referencias de fábrica? ¿Abandonar así por las buenas una mercancía de tanta calidad en ciudades distintas? No tiene sentido. Eso sólo lo pudo haber hecho alguien familiarizado con la canción, mejor dicho con el vídeo…
—Cierto. Y desde luego Héctor no lo había visto nunca hasta esa noche pasada. En fin, no creo que tenga importancia.

De regreso a su casa de Mallorca, Mario Montañés decidió examinar detenidamente el vídeo de «Nobody’s Home» antes de llevárselo a Héctor. Quería ponerse en el lugar de un padre que hubiera perdido una hija de la manera en que Héctor perdió a Julia, con independencia de que hubiera o no algún parecido con la cantante.
No resultaba una visión alegre, ni mucho menos. En el vídeo se iban alternando dos acciones diferentes. Una tenía por protagonista a la cantante, rubia, con el pelo largo, vestida con un elegante traje de noche negro que dejaba sus hombros al descubierto, y que desgranaba la canción de manera pausada, algo lánguida, delante de una orquesta compuesta por ancianos vestidos con traje de etiqueta y que la miraban con rostros graves y circunspectos. La otra acción era la de la chica que interpretaba la ficción narrada en la letra de la canción, y que era la propia Avril Lavigne, ahora con el pelo muy negro, sucio y desordenado, el rostro hosco, presumiblemente no muy limpio tampoco, y vestida con descuido: pantalones tejanos ajados, camiseta casi pringosa… Su mirada era a veces huraña, otras perdida e incierta, en ocasiones desesperada. Dormía en el suelo, de cualquier manera; la echaban de una tienda, en la que luego volvía a colarse, acaso para coger algo de comida sin pagar, porque carecía de dinero; se lavaba el pelo lo mejor que podía en unos lavabos públicos; llamaba desde una cabina a la que sin duda era su madre, pero no se atrevía a hablar, y la madre, fastidiada, colgaba el teléfono; buscaba refugiarse en un coche mal cerrado bajo una fuerte lluvia en medio de la noche, empapada, agitándose de frío y miedo…; lo encontraba, se escondía en él y contemplaba la lluvia a través de la ventanilla, sabiendo que era un refugio sólo por unas pocas horas…, el rostro desesperado, la mirada perdida, suplicante…
Inspiraba ciertamente compasión aquel pobre ser frágil, abandonado y gimiente que, según la canción, «escondía sus sentimientos», pero cuyo rostro, cuya mirada, era puro sentimiento, puro dolor, puro reproche. Sí, era aceptable, comprensible, que un padre estableciera una semejanza, un paralelismo, entre la muchacha de la ficción y una hija muerta en terribles circunstancias a la que estuvo sin ver durante casi tres años. Eso era comprensible. Pero una confusión de identidades como la mostrada por Héctor… Era también posible que a Julia le hubieran ocurrido algunas de las cosas mostradas en el vídeo. Se supo que vivió en la calle durante mucho tiempo, que carecía de dinero, puesto que sus tarjetas le fueron robadas ya en el primer año por algunos amigos drogatas…, y luego su rastro se perdió en algún lugar de España, en barrios perdidos de las grandes ciudades, en lugares donde sólo vivían drogatas y nadie más se atrevía a entrar. Cierto: la chiquilla del vídeo no era una drogadicta; pero tampoco lo era Julia cuando se marchó de Córcega, de casa de su padre. Y de hecho nadie supo nunca cómo fueron esos tres años, hasta que se encontró su cuerpo esquelético ahogado en sus propios vómitos. Pelirroja, con pecas, alta.
Pulsó PLAY de nuevo. En ese segundo visionado advirtió dos detalles que le estremecieron y le hicieron temer por la reacción de Héctor a ellos. Había un instante, apenas unas décimas de segundo, en el que la rubia cantante abandonaba el estilo reposado y lánguido con que había cantado la canción y lanzaba un grito de rabia y una mirada de fuego directamente al espectador. Era algo muy breve, casi subliminal, pero estaba ahí, y era como si la chica dijera: «¿Qué has hecho por esa chiquilla? ¿No ves cómo está sufriendo?»
El segundo detalle estaba al final del vídeo. La muchachita morena aparecía en primer plano, mirando fijamente al espectador, con rastros de lágrimas en sus mejillas, los ojos grandes, húmedos, desorientados, abiertos, suplicantes… Esperaba algo, una llamada, una reacción, ¿de quién? Su boca hace un frunce casi imperceptible y, dando la espalda a la cámara, echa a andar carretera adelante, por un paraje casi desierto, frío y gris, y su figura empieza a perderse a lo lejos conforme la música se apaga. En realidad no anda, sus pies la arrastran hacia… hacia algún lugar que Mario no desea conocer. Hacia un lugar sin retorno, piensa.
Mario Montañés se levantó apresuradamente del sillón y salió a la terraza, a la vista sobre una tranquila y soñolienta Mallorca que anochecía suavemente. Se apoyó en la barandilla de la terraza, sintiendo un nudo en la garganta, tratando de respirar hondo. No era un vídeo alegre ni era una canción alegre. No sabía qué éxito pudo tener en su época, hacía ya, Dios, casi más de cuarenta años, y sin embargo su visión le dolía. ¿Qué efecto podía causar en Héctor, obcecado en su confusión de identidades respecto a la chica y su hija?

Cuando Mario Montañés apareció al día siguiente por la mansión de Córcega, Héctor Messenger trabajaba, o fingía hacerlo, en su despacho, rodeado de planos de androides, esbozos y esquemas de proyectos quizá futuros, puede que pasados. A su derecha, como un cuerpo de guardia en posición de firmes, estaba la medicación recetada por su servicio médico el día del colapso, y algo le dijo a Mario que el paciente ni siquiera se molestaba en tomarla.
Mario musitó un saludo, al que Héctor respondió con una mirada indiferente.
—Te he conseguido una versión completa de lo que grabaste la otra noche —le dijo Mario, y ahora sí consiguió toda la atención de Messenger—. Aquí la tienes. Es un vídeo del año 2004 de una canción titulada «Nobody’s Home», de una tal Avril Lavigne. —Héctor no mostró reacción alguna ante el nombre de la cantante. Estaba más que claro que para él era una completa desconocida—. Cuando se grabaron el vídeo y la canción tú ni siquiera te habías casado con Lucrecia. Julia no nació hasta el 2021, por lo que nada en este vídeo tiene que ver con Julia ni… ni con lo que le pasara. No es más que una canción de moda a principios de siglo y que ahora sólo se emite ocasionalmente por los canales de música popular antigua como el que conectaste esa noche.
—Dame eso —exigió Héctor, tendiendo la mano.
Mario le dio la copia en disco DVD del videoclip y siguió a Messenger hasta la sala de recreo. Allí le vio introducir el disco en el lector, todo ello sin pronunciar ni una sola palabra.
La pantalla mostró a una chica desperezándose al sol, de espaldas. Luego, una muchacha rubia con traje de noche desfila ante unos ancianos vestidos de etiqueta con instrumentos musicales antiguos. Después, una muchacha morena vuelve la cabeza hacia la cámara, el pelo sucio, la mirada perdida…
—¡Julia! ¡Hija! ¡Mi niña!
Y Mario ve, casi desesperado, cómo Héctor cae de rodillas ante la pantalla y se cubre la cara con las manos y se echa a llorar, y de su garganta escapan unos roncos sollozos, unos sollozos desgarradores.
Por un momento Mario pensó en acercarse a Héctor, pero no se atrevió. Miró alternativamente a la pantalla y a Héctor, que se agitaba de rodillas en el suelo, golpeándose la cabeza con los puños. En la pantalla se veía cómo la muchachita morena, tras lavarse de cualquier manera el sucio pelo en unos lavabos públicos, lloraba y gemía ante un espejo, arañándolo con impotencia. Messenger redobló sus gritos de dolor.
—¡Por el amor de Dios, Héctor! ¡Ésa no es tu hija, no es Julia! ¿Cómo puedes ser tan estúpido?
—¡Cállate, hijo de puta! —le chilló la voz rota de Héctor—. ¡Cállate! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo puedes? ¿No ves cómo me reprocha lo que hice con ella, la manera cómo la abandoné? ¡Mario, eres un miserable y un cabrón! Es mi Julia, mi pobre hija, Dios, mi niña…
La escena era tan horrible como lo fue en su momento el entierro de Julia. Mario sintió a la vez indignación, rabia, miedo…, todo menos compasión. ¿Cómo podía compadecer a un imbécil que confundía a su hija muerta con una cantante que interpretaba un papel en un videoclip de hacía más de cuarenta años? ¿En qué se había convertido Héctor? ¿En un idiota? ¿En un hipócrita?
Abandonó corriendo la sala de recreo, en busca de una imagen de Julia en cualquier lugar de la casa, cualquier imagen. Tenía que haber fotos de ella, la pecosa muchacha alta y pelirroja, en alguna parte, fotos que plantar delante de Héctor hasta que…
No había ninguna a la vista. Bien, quizás estuvieran en la que había sido su habitación, convertida ahora en un santuario al recuerdo de Julia. Subió corriendo las escaleras.
No había tal santuario. La antigua habitación de Julia era una estancia totalmente desnuda de muebles y con las paredes igualmente desnudas. Mario fue en busca del androide de servicio, que remoloneaba cerca en el vestíbulo.
—Tú —le dijo sin miramientos—. ¿Dónde están las fotos de Julia Messenger? Vídeos, grabaciones, lo que sea. Dame una imagen, cualquiera. Rápido.
—No hay ninguna —repuso la voz sin inflexiones del androide.
—¿Qué estupidez es ésa?
—La señora Lucrecia se lo llevó todo en su día. Vino a la mansión en ausencia del amo y recogió todo lo de la señorita Julia para llevárselo a su país. Se llevó fotos, vídeos, grabaciones, recuerdos personales, ropa, enseres, posesiones, muebles. Todo aquello que había pertenecido a la señorita Julia o en lo que apareciera su imagen fue subido a un camión que trajo consigo la señora Lucrecia. Ella misma me ordenó ayudarla.
Mario se quedó sin palabras. No sabía nada de aquello. ¿Cuándo fue? Quizás el mismo día del entierro, después de montar su número en la iglesia, debió de venir aquí y vació de recuerdos de Julia la casa. ¡La mala pécora! Por eso no se quedó al funeral. Era como si le dijera a Héctor: «Me has arrebatado a mi hija, pero yo me quedaré con todos sus recuerdos.»
No importaba. Había otro medio. Su ahijada Rosaura, que fue compañera de estudios de Julia. Ella tenía fotos de fiestas de cumpleaños, de viajes, de salidas con Julia y otras compañeras. Corrió al despacho de Héctor y la llamó por el teléfono/fax. De la memoria de su móvil extrajo el número de Rosaura Ingraciata, que ahora, recién casada, vivía en Milán. Una foto, una simple foto de Julia enviada por fax para poder restregársela a Héctor por la cara. Sería sólo cuestión de segundos. ¡Ah, brava ragazza! Ahí estaba su rubio rostro en la pantalla.
—¡Hola, Rosaura!
—¡Padrino! ¡Qué sorpresa! ¿Desde dónde me llamas? Ésa no es tu casa, ¿verdad?
—No, Rosaura. Ahora no tengo tiempo de explicarte…, necesito que me envíes a ese fax cuyo número aparece en tu pantalla una foto, cualquiera, en la que aparezca Julia Messenger.
—¿Julia? —repitió Rosaura Ingraciata, sorprendida—. Claro, pero, ¿qué…?
—Ahora no, Rosaura. Consígueme la foto, rápido. La mejor que tengas o la primera que encuentres.
—Claro, claro… Un momento…
Unos minutos después, Mario entraba de nuevo en el salón de recreo blandiendo la copia a color recibida por fax. Héctor, sollozando aún, estaba ahora al menos sentado en el sillón, viendo otra vez el vídeo. Al parecer había establecido un bucle en el lector para que una vez llegado al final volviera de nuevo automáticamente al principio.
—Aquí tienes. Ésta es tu hija. Ésta es Julia.
Héctor tomó el fax de la fotografía con manos temblorosas. En la imagen aparecían tres sonrientes muchachas de unos trece años. La del centro, la rubia Rosaura, estaba acompañada por una muchacha mulata y por una pelirroja más alta que ellas dos y de rostro pecoso: Julia Messenger.
—¿Qué diantres es esto? —preguntó Héctor irritado, contemplando con mirada turbia la fotografía—. ¿Quiénes son esas chicas?
—¿Que quiénes son? —Mario hervía de furia otra vez—. La pelirroja es tu hija, ¿quién si no? Las otras dos son compañeras suyas de estudio. La del centro es Rosaura…
Héctor le lanzó el fax de la foto a la cara, y Mario lo cogió instintivamente.
—¿Me tomas por imbécil? A mi hija la estoy viendo ahí —señaló la pantalla, donde el vídeo se repetía una vez más—. Mario, eres un miserable y un mal nacido. ¿Cómo puedes burlarte de esta manera de mis sentimientos? ¿Acaso no quisiste nunca tú también a mi Julia? ¿Es que quieres que la pierda otra vez, ahora que la he recuperado?
—Estás loco, Héctor; completamente loco. Dile eso a tu puñetero servicio médico: diles…
Messenger se abalanzó sobre Mario, lo agarró del brazo y, con una fuerza inesperada en quien había sufrido un colapso hacía escasos días, lo arrastró hasta la puerta de entrada de la casa. Lo hubiera estampado contra ella si el previsor androide de servicio no la hubiera abierto antes de que eso ocurriera.
Mario, de pie en el umbral de la puerta abierta, sujetando aún en sus manos la arrugada foto, contempló incrédulo a un furibundo Héctor que le amenazaba agitando el dedo:
—¡Lárgate y no vuelvas nunca más por aquí, hijo de puta! ¿Quién te ha enviado? ¿Lucrecia? Es Lucrecia, ¿verdad? Esa mala bestia lo ha preparado todo para que me robaras a mi hija, ¿no es eso? Pues los dos os podéis ir al infierno y pudriros en él.
Y cerró la puerta con violencia.
—Así te mueras, cabrón de mierda —logró musitar al cabo de unos momentos Mario, ahogado por la rabia.

cuento PLAY NOBODYS HOME 15-12-2011 1p

Cuando regresó a su casa de Mallorca, Mario vio que su pantalla telefónica estaba parpadeando. Reprimió la tentación de tomar una bebida fuerte y se conformó con un vaso de agua con gas. Sosteniendo el vaso en una mano y la foto arrugada que Héctor le había tirado a la cara en la otra, comprobó el número en la pantalla. Lo que se temía: su ahijada Rosaura.
—¡Padrino! —Su rostro evidenciaba preocupación cuando Mario le devolvió la llamada. Rosaura parecía estar en una tienda de ropa, a juzgar por lo que se podía ver al fondo de la pantalla, pese a que ella acercaba todo lo posible el móvil a su rostro—. Lo siento, estaba inquieta. Pedirme así, de repente y con prisas, una foto de Julia…
—Lo siento, Rosaura. No ha sido nada. Olvídalo…
—¿Que lo olvide? Pero, ¿desde dónde me llamaste? El número me pareció conocido…
—Desde la casa de Héctor Messenger —confesó Mario de mala gana.
—Oh… ¿Ha ocurrido algo? —Rosaura se situó en algún lugar de la tienda donde hubiera menos ruido.
—Se ha vuelto medio loco. Se le ha metido en la cabeza que una chica que aparece en un antiguo vídeo musical es su hija.
—¿Julia? —La voz sonó como un gemido—. Pero no entiendo… Julia lleva ya años muerta…
Y ahora, encima, el dolor de Rosaura. La más íntima amiga de Julia. La que más amargamente la lloró, la que hasta el último instante esperó una llamada suya pidiendo ayuda o consejo, o aunque sólo fuera para decir dónde estaba y qué hacía. No hubo ninguna llamada. Rosaura, que fue la última persona que la vio con vida, estuvo durante aquellos tres años debatiéndose entre el dolor de su ausencia y el resentimiento de su silencio. Luego, ya únicamente hubo dolor: Julia no podría volver a llamarla nunca. Mario recordaba el ataque de histeria que sufrió su ahijada cuando supo la trágica muerte de su amiga. Sus padres le llamaron porque ni ellos eran capaces de calmarla. Decidieron que no asistiese al funeral, pero eso aún la desesperó más. Al final, sostenida entre su padre y su madre y medio sedada, le permitieron que fuera, si bien la mantuvieron alejada de las otras antiguas condiscípulas de Julia. Y cuando Lucrecia montó su show, Mario tuvo que contenerse para no agarrar a Rosaura y arrastrarla fuera de la iglesia.
—¿Por qué no me llamó nunca, padrino? —oyó que preguntaba con una voz a punto de quebrarse.
—Rosaura, cariño, escucha —le respondió, fatigado ya de todo aquello—. ¿A qué viene ahora remover todo eso? No sirve de nada dar vueltas a lo mismo. Nunca sabremos exactamente lo que le pasó. Olvídalo ya. Con lo de Héctor he tenido suficiente. No reconoce a Julia en tu foto, en realidad ni siquiera parece aceptar que esté en ella, obcecado como está por la chica del vídeo…
—Pobre hombre…
—¿Encima te da pena? Que se ocupe de él su servicio médico. Casi hemos acabado a puñetazos. ¿Te imaginas, a nuestra edad? —Echó un vistazo a la arrugada foto—. Se ha vuelto completamente imbécil. Si lo hubieses visto… Llorando a gritos arrodillado ante la pantalla de visión, todo por un simple vídeo antiguo que ya habrá olvidado todo el mundo… Era como estar en un manicomio. Algo totalmente irracional.
—¿Cómo puedes decir eso, padrino? El dolor nunca es irracional.
—¿Llorar por una desconocida? Porque eso es exactamente lo que está haciendo. Llora por un simple personaje de ficción, por alguien que no existe… Sentí vergüenza viendo aquello. Un hombre hecho y derecho…
Rosaura miró fijamente a Mario a través de la pantalla.
—Estás siendo muy injusto, padrino. Quizá no importe tanto por quién se llora como por qué se llora. Quizá le hubiera ayudado el que alguien se sentase a su lado y compartiese su llanto. Yo lo hubiera hecho.
—¿Encima me riñes? —Mario forzó una sonrisa de burla.
—No. Sólo…, sólo espero que no tengas que arrepentirte alguna vez de haberle juzgado con tanta dureza. Oh, ya sé; siempre pareció más un mal tutor que un padre descuidado. Pero no creo que toda la culpa fuera suya.
—Ya. Si hubieras visto cómo me tiró la foto de Julia a la cara quizá no dirías lo mismo.
—Quizá. Fotos, imágenes. ¿Qué importan, padrino? Los recuerdos los tenemos grabados en la memoria.

Volvía a ser otoño. Otoño de 2045. El quinto clon de Bush proseguía su triunfal mandato. El sexto ya estaba preparado para que la cosa no decayera, pues, como dijo el Bush real en 2008, «la guerra contra el terrorismo nos exige esos sacrificios a todos», o algo por el estilo. Bush sonreía como un bobo, Condeleezza fruncía el ceño como nadie y todo iba estupendamente mal. Todo eso le resultaba tan profundamente aburrido a Mario Montañés que lo único que conseguía preguntarse era si quedaba algún ser vivo en el planeta que hubiera conocido a otro presidente de los Estados Unidos que no fuera George W. Bush, el real o cualquiera de sus clones. Sí, posiblemente sí. Pero, ¡qué raro se le hacía creerlo! El actual, Bush V, acababa de amenazar a Francia con represalias muy duras por acoger a presuntos refugiados de la destrozada Siria que, según dijo, eran en realidad «terroristas dispuestos a acabar con nuestro estatuto liberal», significase eso lo que significase. Sus clones tenían también la proverbial confusión verbal del Bush auténtico.
Pero en fin, no todo eran malas noticias. Empresas Messenger había dejado de existir hacía unos meses. Fábricas, instalaciones, almacenes, oficinas, todo había sido desmantelado y liquidado con rapidez en poco tiempo. Los trabajadores fueron despedidos con sustanciosas liquidaciones y espléndidas indemnizaciones. Había que reconocer que el cabrón de Héctor se había portado bien con ellos. A continuación se encerró en su mansión de Córcega, de la que en realidad llevaba ya tres meses sin salir, y se sumió en el olvido para el mundo real. Sus abogados se encargaron de liquidarlo y venderlo todo. A sus competidores les llenó de rabia el que Héctor destruyese todos sus diseños y planos de androides. Nadie iba a poder reproducir los perfectos androides de Empresas Messenger.
Todo eso lo siguió Mario en las páginas de economía de los periódicos hasta que el asunto dejó de ser noticia. No había vuelto a saber nada más de Héctor desde su violenta despedida hacía ya casi un año. Se encogió de hombros. Lo que hiciera Héctor con su vida le traía ya sin cuidado. Como si ingresaba en la trapa.
Pero no era así, y lo supo aquel otoño de 2045, precisamente a través de su amigo Luis Ansuar. Héctor Messenger había muerto hacía apenas dos semanas.
—¿Cómo lo has sabido?
—Por pura casualidad. No salió en los periódicos, no hay detalles de cómo ocurrió ni nada. Un amigo que es corredor de fincas se enteró en un alto que hizo en Córcega. Le interesaba la mansión, aunque por lo visto no estaba en venta. ¿Te imaginas que la haya heredado la bruja de Lucrecia?
—Lo dudo. Antes le hubiera prendido fuego —dijo Mario.
—Oh, seguro. No tenía herederos, ¿verdad? Muerta la pobre Julia…
Por un momento Mario imaginó cómo podía haber muerto Héctor Messenger: a solas en su mansión, contemplando una y otra vez cierto vídeo que él mismo, Mario, le había copiado en casa de Ansuar hacía un año. Y de repente su corazón ya no pudo soportar más el dolor.
Mario se estremeció.
—¿Sabes si Lucrecia acudió al entierro? —preguntó simplemente, para quitarse de la cabeza la imagen de la forma en que podía haber muerto Messenger.
—¿Bromeas? —bufó Luis—. ¿Esa bruja? Quizás en el caso de que se le permitiera bailar sobre el ataúd del muerto… Pero creo que eso todavía no está permitido. No lo sé. Seguro que no.
—Sí, seguro que no. Igual ni siquiera lo sabe.
—No me sorprendería. ¿Recuerdas la que armó en el funeral de Julia? En fin, al menos Héctor pareció humanizarse estos últimos tiempos. Todo eso de desmantelar las fábricas, anular la fabricación de androides, fue como si…, vaya, como si se arrepintiera de muchas cosas, ¿no te parece? El viejo cabrón se ablandó. Yo siempre he pensado que fue esa mala pécora de Lucrecia la que lo estropeó, que Héctor no tenía mal fondo, pero que se topó con una individua de mucho cuidado. Lo planta con una niña de nueve años y se va a Estados Unidos a dirigir la preparación de los clones de Bush… No sé, podía haberse llevado a Julia con ella, ¿no te parece? O irse los tres. Oye, ¿cómo acabó todo aquello del vídeo de Avril Lavigne?
—No sabría decirte. No volví a ver a Héctor desde aquella vez. Creo que acabó de volverse completamente loco, convencido de que era a su hija a quien veía. —A Mario no le apetecía entrar en detalles al respecto. Empezaba a sentirse culpable y no sabía de qué.
—Pues yo diría que a lo mejor fue esa locura la que lo humanizó algo. No sé. De todos modos ahora ya no podemos arreglar nada, ¿verdad?
—No. Ya no podemos.
—Esos momentos se hacen duros, ¿no? Me he acordado de las vacaciones que pasamos los tres en Grecia, cuando ni siquiera el Bush real era presidente…
—Ya no me acordaba… —Mario estaba empezando a ponerse de mal humor, y no sabía el motivo.
—Después de que conociera a la bruja de Lucrecia, Héctor dejó de ser el mismo. Al poco de casarse, ella me dijo que no volviera más por su casa, que era un impresentable. Como si la casa fuese suya y no de la familia de Héctor. Oh, diantre, todos moriremos un día u otro, y nos olvidarán lo mismo que nosotros hemos olvidado a otros que nos dejaron…
—Joder, Luis, vaya cosas de decir en estos momentos… —El malhumor de Luis se incrementó, y supo que lo disimularía mal en pantalla.
—Oh, está bien. En fin. —Luis hizo una mueca de ánimo—. ¿Sabes lo que decía la amiga de Héctor?
—¿La amiga? ¿Qué amiga de Héctor?
—Oh… Bueno, es una manera de decirlo. Me refería a Avril Lavigne. No sé por qué, pero desde que he sabido lo de la muerte de Héctor me ha dado por pensar en que su imagen se había convertido en una especie de amiga para él, alguien que le hizo reencontrarse consigo mismo…
—Ya, bueno. ¿Y qué coño decía la cantante ésa?
Luis parpadeó sorprendido ante el exabrupto de Mario, pero repuso con otro amago de sonrisa:
—Bueno, decía algo que me gusta mucho. Decía: I’d rather be anything but ordinary.
—¿Y eso qué cojones significa?
Luis parpadeó y cortó la conexión.
Mario se quedó mirando estupefacto la pantalla vacía. Entonces su latente malhumor se convirtió en furia. «Muy bien: a la mierda, Luis. A la mierda todo. A la mierda Avril Lavigne; a la mierda Héctor, a la mierda también Julia y todos. Todos los que estáis fuera y los que estáis dentro. Iros al infierno de cabeza.»
Pero su indignación era artificial, irrazonable, y él lo sabía. Y estaba empezando a pensar en que acaso estuviera en deuda con Héctor, y que ahora ya no podía decirle que lo sentía. «Es ya tarde para eso, ¿verdad?» Pues sí, ya era tarde. Loco o no, Héctor era un padre que lloraba la muerte de su hija, de la que en buena medida se sentía responsable. Era mucho más de lo que podía decirse sobre Lucrecia Gouuea. Y había mentido. Sí recordaba aquellas vacaciones de juventud en Grecia, y cómo era Héctor antes de conocer a la bruja. ¿Sabía realmente ella que Héctor había muerto?
Aun sabiendo que cometía un error, llamó a su androide de servicio para que le preparara el helicóptero.

—Sí, me acuerdo de ti, Mario Montañés. Nos vimos alguna vez, so many years ago. Trabajas en inversiones, ¿verdad? Un viejo amigo de juventud de mi marido. ¿Qué quieres? No habrás venido desde tu soleado Mediterráneo para hablarme despre Héctor, supongo.
Lucrecia Gouuea le echó a la cara el humo del cigarrillo que fumaba. No resultaba una costumbre anacrónica en aquella estancia donde había recibido a Mario Montañés, cuya decoración y mobiliario remedaban los de un chalet veraniego de la década de los 1970. Todo se veía nuevo y reluciente, aunque fuera de otra época; sin duda fabricado expresamente para la dueña de la casa, la poderosa Lucrecia Gouuea, íntima de George W. Bush y Condoleezza Rice, reales o clones, desde hacía décadas. Viendo aquella estancia, Mario tuvo la impresión de haberse trasladado a un pasado en el que ni él ni Lucrecia habían nacido siquiera. Contempló a la mujer que, pese a haber rebasado los sesenta años, seguía teniendo una figura realmente espléndida, que exhibía con conocimiento de causa: falda un poco por encima de la rodilla, piernas enfundadas en unas medias que aumentaban su atractivo, generoso escote… Aquel cuerpo tenía probablemente mucho de artificial, pero era muy deseable. No su cara, sin embargo. Lucrecia era ciertamente una mujer muy bella, pero su belleza tenía un toque entre frío y cruel. Su cuerpo era deseable, pero su cara atemorizaba porque en ella mostraba su verdadera naturaleza: nadie podría doblegarla ni ser más que Lucrecia Gouuea. Ella era superior a los demás.
Mario observó que en la estancia, dispuestos de manera estratégica, había retratos y fotografías de Lucrecia con Bush, con Condie, que era como ella llamaba a Condoleezza Rice, al igual que a Bush lo llamaba Georgie, además de con otras personas que no sabía quiénes eran ni le interesaba saberlo. Y fotos de Julia Messenger. Sola o con Lucrecia. De niña o de adolescente. Sin duda procedentes del saqueo que llevara a cabo años atrás en Córcega.
Mario ya estaba ahora más que arrepentido de haber ido a Estados Unidos para ver a esa mujer. De modo que fue directo al grano. ¿Por qué demonios no se había limitado a llamarla por videoconferencia?
—Héctor murió hace poco, Lucrecia. Pensé que a lo mejor no lo sabrías, y quise venir a darte la noticia en persona…
—Oh, ¿de veras? ¿Y qué esperas? ¿Que te dé el pésame? Porque si a lo que vienes es a dármelo a mí, es que debes de ser stupido.
Mario se contuvo a duras penas.
—No —y le soltó una descarada mentira—: Simplemente no te vi en el entierro, y pensé…
Lucrecia estalló en una sonora carcajada.
—¡Oh, my dear! Are you serious? ¿De veras esperabas que acudiera al entierro del miserable que mató a mi hija? ¿Del malnacido que estando yo embarazada de mi hija se iba con fulanas y felatrices? Pero, ¿por quién me tomas, Mario Montañés?
Mario estuvo tentado de decirle que acaso Héctor se tuvo que ir a buscar fuera de casa lo que no encontraba en ella, pero le faltó valor. Sintió deseos de salir de allí corriendo.
—Lo de Julia fue muy triste, en efecto —dijo, sintiéndose estúpido.
—¿Triste? ¿Triste dices, majadero? —Lucrecia le miró con una mezcla de asombro y desprecio—. Ese irresponsable de Héctor fue incapaz de ocuparse de una hija, y tú simplemente lo consideras triste.
—Bueno, tú la abandonaste cuando tenía nueve años, sabiendo cómo era Héctor, completamente incapaz de educar a una hija. Pudiste traértela contigo a Estados Unidos, pudisteis veniros todos. —Mario tenía verdaderas dificultades para controlar sus emociones.
—No me estarás diciendo lo que podía o no podía hacer, ¿verdad? ¿Sabes que mientras yo tenía mi trabajo y mis responsabilidades, él lo dejaba todo a sus ayudantes y se dedicaba a la dolce vita? Mientras yo iba y venía de Córcega a Washington él se iba de juerga en juerga…
—Bueno, creo que exageras un poco…
—¿Que exagero un poco? —Lucrecia le miró con los ojos entornados, y Mario se mordió la lengua—. Claro, tú eres su amiguete de juventud, ¿qué vas a decir? Los hombres os protegéis los unos a los otros. ¿Cómo iba a instalarme aquí, en Estados Unidos, en el momento en que Georgie y Condie me pidieron que dirigiera el equipo de clonación rápida, con un individuo como él? A ellos no les gusta la gente promiscua, adúltera, como era Héctor. Él no habría aguantado aquí ni una semana, y además habría entorpecido mi carrera, y eso habría perjudicado mis investigaciones para mejorar la clonación rápida. Mi trabajo me absorbía full time, ya no podía ir y venir continuamente. Yo era la única que podía supervisar los modelos de clonación rápida. Y Héctor podía muy bien dedicarse a cuidar de mi hija, y quizá con ello sentar la cabeza y aprender a adquirir responsabilidades. Los primeros clones no eran tan perfectos como se deseaba, y cuando Georgie y Condie vieron mis proyectos supieron de inmediato que yo era la indicada. En 2008 yo era una simple ayudante y…
—Por favor, Lucrecia, no me repases la historia —pidió cansadamente Mario.
—En mi casa ni se te ocurra interrumpirme cuando hablo. Todos los clones de Bush, desde el de 2008, han pasado por mis manos, bien como simple ayudante, bien ya como directora desde hace años. Sólo he tenido que hacer uno de Condie, pues ella no tiene que presentarse a las reelecciones, aunque ya veremos si a lo mejor no intercambian los papeles. Ella se ha conservado físicamente muy bien. Y yo hubiera debido hacer lo mismo que hizo ella: mantenerme unmarried and virgo intacta, en vez de dejarme embarazar por Héctor.
—Pues no sé de qué te quejas, la verdad. Héctor y tú formasteis un buen equipo. Tú creando los clones de crecimiento rápido de Bush…
—Había que combatir el mal en el mundo.
—… y Héctor fabricando los androides soldados que luchaban en las guerras que estos dos iluminados decidían emprender.
—Nunca he dicho que los androides de Empresas Messenger no fueran formidables. En eso cumplía, y Georgie y Condie estaban muy contentos con ello. Ya no lo están tanto, desde que supieron que había liquidado las factorías y cerrado las empresas. Eso fue una traición. Puede costarnos el perder alguna guerra.
—Héctor ya no era el mismo estos últimos tiempos. Creo que no estaba muy bien de la cabeza. No hacía más que acordarse de Julia…
Lucrecia volvió a echarse a reír, francamente divertida.
You are so amusing, Mario Montañés. Acordarse de mi Julia. Imposible.
—No veo por qué. Quizá se hacía mayor y se sentía solo… Julia estaba muy presente en su memoria, aunque…
Mario se interrumpió ante el alud de carcajadas en que estalló Lucrecia. Aquella mujer se estaba riendo realmente divertida por algo que a Mario le parecía cruel y doloroso. Si hubiera tenido valor, que no lo tenía, le hubiera soltado un buen par de bofetadas.
—¿Eso te divierte? —dijo con furia—. ¿El dolor de un padre?
Lucrecia se contuvo con dificultad, se secó los ojos llorosos de risa y, mirando fijamente a Mario, dijo con voz en la que aún resonaban los ecos de sus carcajadas:
He killed my daughter. Yo no perdono una cosa así, iubit. Eso era algo que me tenía que pagar. Y lo pagó.
—¿Que lo pagó? No veo cómo…
—Le arrebaté todos los recuerdos de mi hija.
—Eso ya lo sabía. Sé que fuiste a Córcega cuando él no estaba y te llevaste las fotos de Julia, sus recuerdos, todo…
—No entiendes nada, stupido. No me refiero solamente a eso. Me refiero a sus auténticos recuerdos. A su cerebro. Le borré a Julia de la memoria.
Mario se la quedó mirando sin comprender lo que había oído. Lucrecia encendió otro cigarrillo y se echó hacia adelante, mirándole con ojos en los que había una luz de fanatismo.
—Quemé uno a uno todos los recuerdos de Julia de su cerebro. Todas y cada una de las imágenes de mi Julia, desde que tenía cinco años hasta que la perdió de vista, le fueron borradas. Hasta la última de ellas.
—Pero, ¿qué disparate estás diciendo?
—¿Disparate? Claro, tú eres economista, un verdadero ignorante en ciencias… Mira a ése de ahí, en esa foto. Es Sven Brunwald. ¿Te suena? No, claro. Fue premio Nobel hace dos años. El que está con nosotros dos en la foto es su ayudante, Peter Highway. Fueron ellos dos quienes lo hicieron, mientras yo miraba. Héctor no tenía ningún derecho a recordar a mi Julia, a mi hija, después de que por culpa suya ella hubiera muerto. ¡Cómo disfruté quitándosela! Me hubiera gustado borrarle incluso el recuerdo de haber tenido una hija, pero Sven dijo que eso no era conveniente; podía afectar a conexiones de la memoria no relacionadas directamente con la imagen de Julia, además de las implicaciones en su vida social…, alguien podía pensar que se había vuelto loco si no recordaba por lo menos haber tenido una hija. Sven dominaba por completo el tema del cerebro humano y las conexiones de la memoria. Yo simplemente le dije lo que quería y él decidió cómo debía hacerse, sin riesgos para Héctor ni consecuencias indeseadas. Lo único que lamentó fue no poder publicar los resultados…, el experimento era fascinante.
—No… no puede borrarse a alguien de la memoria…, ni su imagen.
—Eres un ignorante, ya te lo he dicho. Era algo conocido ya a finales del siglo xx. A principios de éste ya existía la teoría del borrado de la memoria. Pero era algo únicamente posible en breves espacios de tiempo: borrar días, semanas…, como mucho un año. De hecho no era más que una amnesia inducida, e incluso podía resultar reversible. No era eso lo que yo quería. ¿Recuerdas una película de principios de siglo, con Jim Carrey, Olvídate de mí? Una aburrida comedia romántica para todos los que la vieron. Una película de ciencia ficción para mí. Mi especialidad no era la manipulación de la mente ni de los recuerdos, pero me fascinó cuando yo sólo era una estudiante recién graduada. Sven, que también la conocía, se la había tomado muy en serio, porque ésa sí era su especialidad de trabajo: el cerebro, la memoria…
—Pero, ¿cuándo lo hicisteis, cuándo ocurrió eso? —Mario estaba horrorizado e incrédulo.
—El mismo día que me llevé todos los recuerdos de Julia de la casa de Córcega. ¿No te parece casi simbólico? Sven, Peter y yo nos dirigimos a la mansión, y mientras los androides y yo la vaciábamos de las pertenencias de Julia y buscábamos fotografías y grabaciones suyas por toda la casa, ellos dos dispusieron una estancia apropiada para el experimento. No se precisaba mucho: una silla cómoda y un arnés para sujetar con firmeza la cabeza de Héctor e impedir movimientos que dañaran el experimento. Un terminal de ordenador conectado a la aguja…
—¿La aguja?
—La aguja, tan delgada como un hilo de coser, que le introdujimos en el cerebro una vez lo hubimos anestesiado con un spray apenas entró en la casa. Nunca supo lo que le ocurrió; sin duda, al despertar, creyó haberse desmayado nada más. Un desmayo de algunas horas. La aguja, insertada con toda delicadeza a través del cráneo, tenía en su punta un láser grabador y borrador, un lector completo, que transmitía al ordenador lo que leía de la memoria de Héctor. En la pantalla localizamos las imágenes de Julia, y dimos la orden de búsqueda y borrado de esas imágenes. Sven sugirió detenernos en los cinco años de edad, puesto que, dijo, las claves mnemotécnicas remiten siempre a la edad más reciente o como mucho a las más cercanas. No importaba mucho, pues a los cinco años Julia era como cualquier otra niña. Oh, Mario, era fascinante ver cómo se borraban automáticamente en la pantalla las imágenes de Julia de los recuerdos de Héctor… Era como si de una fotografía desapareciera una de las personas captadas por la cámara. O no, puesto que, de hecho, en vez del fondo natural, en ese caso quedaba un blanco, una silueta vacía, como si se hubiera recortado una imagen. Pero eso era fácil de resolver, y la solución aportada por Sven fue magistral.
Lucrecia se inclinó aún más hacia adelante y dijo, regodeándose en ello:
—Pusimos a otra persona en su lugar.
Y Mario cerró los ojos y empezó a comprender, a saber qué era lo que había ocurrido. Pero quería oír, de una manera casi morbosa, cómo lo hicieron exactamente. Contuvo la respiración.
—Para llenar el hueco creado, para cubrir el blanco, como dijo Sven, le pondría la imagen de otra persona y crearía un bucle mnemotécnico. De esa manera, cuando Héctor pensase en Julia, el bucle lo llevaría automáticamente a esa otra imagen, que repetiría una rutina de movimientos que no le creasen confusión ni le provocasen emoción alguna. Tenía que ser una imagen en movimiento, puesto que era imposible crear el bucle con una imagen fija, una fotografía por ejemplo. Así que busqué entre las cosas que había recogido de Julia y tomé uno de esos vídeos antiguos que la infeliz de mi hermana le había mandado de pequeña.
—¿Tu hermana?
—Esmeralda. La inválida. ¿No llegaste a conocerla nunca? Oh, murió cuando Julia era aún muy niña. Le había enviado toda una serie de cedés y vídeos de cantantes de cuando ella era joven. Estupideces, en suma. Me temo que la pobre Esmeralda, con eso de su invalidez, desarrolló unos gustos y unas aficiones deplorables. Lástima. En fin, tomé uno de ellos, lo pusimos en la disquetera del ordenador que estábamos usando, y seleccionamos la imagen apropiada.
—¿Qué vídeo? ¿Qué imagen? —preguntó Mario, casi con miedo.
—No recuerdo. ¿Qué sé yo? Allí en la pantalla del ordenador fuimos siguiendo la imagen conforme se grababa y rellenaba todos los huecos de la memoria de Héctor… Ah, ya recuerdo, sí. Era una muchacha rubia, de pelo muy largo, que llevaba un traje de noche negro. Nada parecida a Julia, of course. Quizás algo mayor que ella, pero eso no era importante. Lo importante era el bucle creado que le remitiría a esa rubia vestida de negro. Y ahora Julia ya era verdaderamente mía, exclusivamente mía para siempre. Él ya no tenía ni su recuerdo. Fascinante, ¿no te parece?
Mario contempló a una Lucrecia Gouuea que a su vez le miraba con una expresión de triunfo total en su rostro. Una expresión que se le hizo aborrecible. Qué artificial era todo aquello. Su venganza. Sus clones. Los androides de Héctor.
Los androides de Héctor… Aquellos extraños androides de Avril Lavigne que le había mencionado Luis… ¿Era posible que hubieran sido obra de Héctor?
—¿Qué vídeo era? —preguntó otra vez—. ¿Qué vídeo cogiste?
—¿Y qué importa? —repuso Lucrecia, desdeñosa—. El primero que encontré.
Mario tragó saliva.
—Una muchachita morena con el pelo sucio y desordenado. Llevaba unos tejanos y una camiseta blanca, todo ello también muy sucio. Calzaba unas deportivas. Su cara tenía una expresión triste y desolada…
—Qué tonterías dices… Te he dicho que era una rubia vestida con un traje de noche negro…
—Ésa era la otra —le interrumpió Mario. Lucrecia le miró con desconcierto.
—¿La otra? ¿Qué otra?
—En el vídeo que elegiste había dos imágenes, dos muchachas, aunque en realidad eran la misma. La rubia del traje de noche cantaba la canción; la morena sucia y llorosa era el personaje de la ficción narrada en el vídeo: una muchachita perdida, sin hogar, que va dando tumbos de un lugar a otro, sin refugio, sin amigos ni ayuda de nadie, durmiendo en la calle… Y fue esa imagen la que en realidad grabasteis en la memoria de Héctor.
—Idioteces —rechazó Lucrecia, aunque su mirada mostró un leve asomo de alarma—. Recuerdo muy bien lo que mostraba la pantalla.
—Claro. —Mario se inclinó hacia adelante y miró fijamente a Lucrecia a los ojos—. Porque lo que la pantalla os mostraba no era lo que se grababa en su memoria…, sino la parte del vídeo que se eliminaba.
Hubo un silencio extraño, como si el planeta hubiera dejado de girar durante unos segundos. Al cabo, Lucrecia lo rompió con una voz que sonó fuerte, demasiado fuerte para no esconder acaso una cierta inseguridad.
—¿Y qué importancia tiene eso? Una imagen o la otra… En todo caso, ninguna de las dos era Julia.
—Por supuesto que ninguna de las dos era Julia. Pero una no hubiera significado nada para él, mientras que la otra le hubiera recordado, evocado mejor dicho, los últimos años de vida de Julia. Esas imágenes de la chiquilla morena y desamparada le hubieran obligado a pensar en que a Julia le ocurrieron cosas parecidas antes de su muerte…, y que por lo tanto estaba viendo realmente a su hija. —Mario estalló de repente—. ¡Estabais tan excitados con vuestro experimento que ni siquiera os disteis cuenta de lo que en realidad ocurría en la pantalla! ¡Tu maravilloso Sven erró por completo! ¡Y ninguno os disteis cuenta!
—A mí no me grites en mi casa, disgraciato.
—Lo cambiasteis todo. Fallaste en todo, Lucrecia. Y nada hubiera pasado en realidad de no ser que por puro azar, hace un año, Héctor se topó con ese mismo vídeo una noche en su casa, una noche en la que estaba solo y jugaba con el mando a distancia de la pantalla de visión. Y se le apareció la imagen de esa pequeña y desamparada chiquilla…, y la identificó como vosotros queríais que hiciera, como Julia, como su hija.
—¿Y? —preguntó Lucrecia, toda hielo.
—Si lo hubieras visto como lo vi yo…, llorando de dolor, gritando de rabia y pidiendo perdón a su hija…, a la que realmente tomaba por su hija. Culpándose de su muerte. Volviéndose humano…, que es lo que tú y los tuyos no habéis sido nunca. Tú sólo sabes decir «mi hija», «mi Julia». Pero Julia no era tuya en exclusividad. También era hija de Héctor. Y Héctor ha llorado y sentido su muerte este último año de su vida porque lo único que funcionó bien en vuestro puñetero experimento fue el bucle mnemotécnico. Héctor no pensó nunca en la imposibilidad material de que su hija apareciera en un vídeo de hacía cuarenta años; no se planteó lo absurdo de todo ello; el bucle le remitía directamente a los recuerdos falsos, y además los podía ver allí, en la gran pantalla de su sala de recreo, ya no hechos recuerdo sino acusación viviente. Le partieron el corazón. Le recordaron que era humano y que tenía sentimientos, cosa que es algo que tú no eres ni tienes.
—Tú no eres nadie para fiscalizar lo que soy o lo que tengo, Mario Montañés.
—Tú sólo tienes poder y propiedades. Tu casa, tu hija, tu posición; incluso tus jefes suenan como si fueran una propiedad tuya. Ya no eres humana, si es que alguna vez lo fuiste. Y sin embargo, redimiste a Héctor cuando en realidad querías hacerle lo contrario. Es que me parto de risa contigo, Lucrecia, si pienso detenidamente en ello.
—Fuera de mi casa ahora mismo. Yo no me equivoqué en nada. ¿Qué pueden afectarme las lágrimas de cocodrilo de Héctor?
—Sí, vosotros nunca os equivocáis. —Mario se puso en pie y se encaminó hacia la puerta. Al llegar allí, se volvió para contemplar por última vez a Lucrecia Gouuea, que fumaba con furia y balanceaba nerviosamente una pierna sobre la otra—. Supongo que tendrás un menú de canales en alguna parte de esta casa, ¿verdad?
—FUERA DE MI CASA.
—Busca uno que emita vídeos de canciones antiguas. Selecciona y pulsa PLAY «Nobody’s Home» de Avril Lavigne. Luego sitúate en el lugar de Héctor, y piensa en lo que pudo sentir cuando esa muchacha morena apareció de repente en su pantalla…
FUCK YOURSELF, BASTARD!

En vez de regresar directamente a su casa de Mallorca, Mario Montañés se descubrió tomando el rumbo hacia Córcega, casi sin darse cuenta. El helicóptero sobrevolaba las tranquilas aguas del Mediterráneo y avistaba ya la isla donde se alzaba la antigua mansión familiar de Héctor Messenger. ¿Y para qué iba allí ahora? No podía visitar a Héctor, ya no lo encontraría nunca más en su casa. No podía decirle: «Hey, mira, lo siento, yo…, ¿puedo sentarme a tu lado y echarle un vistazo a… a ese vídeo?» Ni siquiera podía decirle adiós. Qué triste, qué miserable y qué desdichado había resultado todo aquello.
El helicóptero sobrevoló la que fuera mansión de Héctor. Abandonada, por supuesto. ¿Qué sería de ese magnífico lugar? ¿Quién lo compraría al final? Algún millonario caprichoso, sin duda. Posó el helicóptero en la zona reservada para ello y descendió para estirar un poco las piernas y…, bueno, en realidad no sabía para qué más.
Brisa, silencio, atardecer. Soledad.
En ese momento se abrió la puerta de la mansión, y Mario vio con sorpresa cómo en el umbral aparecía su ahijada, Rosaura Ingraciata. Ambos se quedaron mirándose, compartiendo sorpresa y también duda, como si ninguno de los dos supiera muy bien cómo dar el primer paso. Mario no había vuelto a ver a Rosaura desde su conversación videofónica del otoño anterior. Las palabras que le dijo ella casi al final de la misma acudieron a su mente.
—Padrino…
—Rosaura, ¿qué haces aquí?
Se fueron aproximando el uno al otro, despacio. Por la mirada que Rosaura le dirigía, Mario pudo ver que ella también tenía presentes aquellas palabras.
—Los abogados de Héctor Messenger se pusieron en contacto conmigo después de su muerte.
—¿Sus abogados? —Mario hizo un vago ademán—. No entiendo…
—Me ha legado la mansión. Carecía de parientes directos. Su mujer no puede reclamarla, evidentemente. Con la excusa de que mi madre era en cierto modo prima suya, me la ha dejado como legado. Pero con una condición. —Mario esperó a que ella siguiera hablando. Le hacían daño los ojos azules de Rosaura, le dolía algo en su mirada—. Quiere que la convierta en un centro para los huérfanos de las guerras que su mujer…, que los amigos de su mujer montan por el mundo. Llevaría el nombre de Julia y estaría bajo el control de la ACNUR y… Bien, me ha nombrado administradora por haber sido la amiga más íntima de su hija. —Rosaura le seguía clavando aquella mirada. Recordó una mirada de fuego que había entrevisto brevemente hacía un año—. Mi marido y yo vivimos en Milán, deberíamos trasladarnos aquí. Tengo poderes para nombrar un delegado que se ocupe de todo en mi lugar, si así lo deseo. Podrías ser tú mismo, padrino. ¿Qué te parece?
Mario, sin fuerzas para hablar, negó con la cabeza.
—No tienes que decidirlo ahora mismo. Yo pensaba llamarte más adelante. —Hubo un incómodo silencio—. ¿Sabes? Después de lo que hablamos entonces, el otoño pasado…, vine algunas veces a ver a Héctor. Solía sentarme a su lado y charlar con él. A veces veíamos el vídeo…, ese vídeo donde decía que aparecía su hija. Qué vídeo más extraño, ¿no crees? Esa chiquilla ni siquiera se parecía en nada a Julia… Bueno, ya lo sabes, ¿no? No entendía qué era lo que le ocurría, el porqué creía realmente estar viendo a Julia…, pero su dolor era tan sincero, padrino, tan real… Así que yo no decía nada, tan sólo le tomaba la mano y…, bueno, a veces llorábamos un rato juntos. Después nos sentíamos mejor, ¿puedes creerlo? Murió de pena, padrino. Pero acabó siendo un consuelo para él ver…, ver en ese vídeo a la que creía que era su hija. —Rosaura agitó la cabeza—. No lo entiendo, padrino, no entiendo qué era lo que había en su cabeza para creer aquello. No creo que tampoco haya explicación alguna, ¿verdad?
Mario seguía sin poder hablar. Movió un poco la cabeza, quizás asintiendo.
—Somos recuerdos, padrino. —Rosaura le puso una mano en la mejilla—. Sólo somos eso en la vida. Vivimos de los recuerdos. ¿Qué nos quedaría si los perdemos?

© 2005 – 2011 Juan Carlos Planells por el relato.

© 2011 Pedro Belushi por las ilustraciones.

ESPECIAL HOMENAJE A JUAN CARLOS PLANELLS

 

Joan Carles Planells

Juan Carlos Planells (1950 -2011) nació en Barcelona y era hijo del pintor Àngel Planells. Autor de las novelas de ciencia ficción El Enfrentamiento (Miraguano) y El corazón de Atenea (Espiral CF), fue uno de los principales estudiosos de la figura de Philip K. Dick. Publicó relatos y artículos en gran parte de las revistas del género en lengua castellana: Nueva Dimensión, BEM, Tránsito, Gigamesh, Opción, Cuasar, Artifex, Asimov Ciencia Ficción y BEM on Line. Finalista en dos ocasiones del premio Domingo Santos, trabajó en asuntos editoriales y en sus últimos años publicó una interesante bitácora Planells Fact&Fiction

Foto de Pedro  BelushiPedro Belushi, ilustrador y guionista. Ha trabajado en multiples proyectos de ilustración y comic. Entre sus obras están Melquiades y El Genio ( Dibujo y guión. Ed. Sulaco 2000) y Mighty Sixties ( Guión y diseño, junto a Carlos Vermut. Amaniaco Ed. 2001). Ha hecho diversas exposiciones de su obra gráfica dentro del Circuito de Jóvenes Creadores de su comunidad. Actualmente colabora con BEM on Line y otras revistas de CiFi haciendo ilustraciones para relatos y portadas, así como guiones para otros ilustradores como Carlos Vermut, Nando o Pablo Espada (con quien hizo Clon 27, una de las primeras tiras seriadas en internet).

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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