UNA MAÑANA ATÍPICA, de Marcos Zócaro

Ilustraciones de Rafael López Rovira 

 

 

 

…pensás que todo esto es parte de una broma de mal gusto, pero pronto desechás la idea: el único que podría estar jugándote una broma con semejantes efectos especiales es Dios…

 

El despertador te arranca de un profundo sueño poco después de las siete de la mañana. Malhumorado, insultando al aire, salís de la cama, manoteás la ropa que dejaste sobre la silla en algún momento de la noche y te cambiás. Una vez terminado el ritual, te metés en el baño y no salís hasta parecer una persona decente (o por lo menos creerlo, aun sin haberte tomado la molestia de mirarte en el espejo). Ahora es el turno del desayuno, la última parte de la rutina antes de partir hacia el trabajo. Mientras te preparás el té (o el café, no sabés: a estas horas de la mañana ni siquiera podés diferenciar la cafeína de un poco de agua con color), encendés el televisor y ponés un noticiero que se está adjudicando una primicia: obviamente, debido a tu estado, no le prestás ni la más mínima atención. Terminás de preparar el café (o el té) y te sentás a la mesa. Involuntariamente los ojos se te cierran y deseás volver a la cama, deseás con todas tus fuerzas que la maldita empresa para la que trabajás se incendie, o quiebre, o explote, no te importa quedarte sin trabajo. De golpe, la noticia que escapa del televisor te llama la atención: no entendés por qué pero milagrosamente te despabilás y levantás la cabeza hasta clavar la mirada en la pantalla, en aquellas letras rojas que informan sobre un asesinato. El asesinato de un hombre. Tardás en darte cuenta, pero el hecho ocurrió en tu ciudad; es más, ocurrió en tu barrio, más precisamente en tu cuadra. La noche anterior. Sin desviar los ojos del televisor, tomás un sorbo de café (no, no, definitivamente es té), y tus manos empiezan a temblar, y la taza se te resbala y se estrella contra el suelo. Y de un salto quedás de pie frente al televisor; atónito. Los periodistas y sus cámaras están transmitiendo en vivo y en directo desde la puerta de tu casa, a pocos metros de donde yace el cadáver de la víctima, en medio de la calzada y cubierto con una lona. Pero eso no fue lo que ocasionó que el corazón brincara de tu cuerpo. Lo que provocó el estado de parálisis en el que te encontrás fue, y es, el nombre de la víctima: Esteban. Esteban Reynoso, cuarenta y cinco años, empleado administrativo, casado y padre de dos hijos.

Esteban Reynoso: vos.

Ponés dos dedos sobre tu cuello y comprobás que no tenés pulso.

Nada.

Ni siquiera un mísero latido de tu arteria carótida.

Nada.

Querés gritar con toda tu fuerza, pero tu enorme boca está tan asombrada que no te responde. Tu pera roza el suelo.

Y tus ojos están a punto de saltar de sus órbitas.

Pero tu estupor se hace inigualable cuando, en medio de la exploración de tu cuerpo, tus intrépidos dedos descubren que tu frente ha sido reemplazada por dos enormes agujeros. Redondos y profundos.

Un dedo se te pierde en uno de ellos, y cuando toca fondo descubre metal.

Creés que es una pesadilla: te asomás a tu habitación, tal vez todavía estés durmiendo allí. Pero no, la cama está más vacía que nunca.

En el baño hay un espejo enorme. Vas hacia él.

Pero al llegar y detenerte frente al espejo que ocupa casi media pared (el mismo espejo en el que hace cinco minutos no te molestaste en verte), al detenerte frente a ese espejo, no te ves. Aquel pedazo de vidrio encastrado entre los cerámicos no devuelve tu imagen, sino la del inodoro que tenés detrás.

Pensás que todo esto es parte de una broma de mal gusto, pero pronto desechás la idea: el único que podría estar jugándote una broma con semejantes efectos especiales es Dios. Y vos no creés en Él. ¿O sí?

Desorientado y conmocionado salís a la calle, advirtiendo que no fue necesario que abrieras la puerta, sino que muy educadamente ésta te permitió que la atravesaras.

La calle, tu calle, está inundada de policías, vecinos y viejas chismosas; incluso también hay periodistas y fotógrafos. Todos alrededor de aquel trapo azul desplegado en el suelo. Aquel trapo azul que cubre algo que tiene forma humana y que, según las noticias, sos vos.

Penetrás la bola humana (literalmente, la penetrás, la atravesás) y quedás a centímetros del cadáver tapado por la lona.

Cerrás los ojos y hacés fuerza para despertarte de la pesadilla. Pero lamentablemente ya estás despierto desde hace un cuarto de hora.

Un policía y un hombre de traje se acercan al cadáver. Uno de ellos (no alcanzás a ver cuál), descorre la lona lo suficiente como para que todos vean que el muerto realmente es Esteban Reynoso. Vos.

Tu desconcierto y desesperación alcanzan proporciones bíblicas.

Por un momento te olvidás de tu ateísmo y rezás. Al momento siguiente insultás. Y al rato simplemente observás aquella tétrica y descolorida imagen tuya.

No pasa mucho tiempo hasta que llega tu esposa. La escena parece sacada de las películas: abandona el auto en la esquina y corre con el rostro desencajado hacia la casa, revoleando los brazos a izquierda y derecha, procurando abrirse paso entre la multitud, hasta que un cordón rojo y un policía frenan su angustiosa carrera. Y ahí mismo ella se pone a patalear y a llorar, explicándole al novato oficial que ése, ése que está en el suelo, es su marido. Y el pobre oficial, ante la duda de no saber cómo actuar, la deja pasar. Y ella vuelve a correr, sólo unos metros, hasta detenerse y ver de cerca tu cadáver. Y después se arrodilla y llora como nena, diciendo que no, que no puede ser, que por qué a él, y cosas por el estilo. Y uno de los policías se inclina y la levanta del suelo, consolándola, haciendo lo que vos tendrías que hacer si no estuvieras tirado en el suelo y con dos balazos en la frente.

Pobrecita tu mujer…

Llorando sin parar, tambaleándose sobre sus frágiles piernas, empieza a alejarse de tu cadáver. Y vos la seguís, querés hacerle compañía por más que no te sienta. Y ella llega al auto y se encierra; y vos te encerrás con ella. Y a los pocos segundos ves que se endereza y deja de llorar. Y se seca las lágrimas. Y sonríe…
 

© 2012 Marcos Zocaro por el relato

© 2012 Rafael López Rovira por las ilustraciones  (desgraciadamente perdidas por problemas informáticos)

 

 

Marcos Zocaro nació en 1985, en La Plata, Buenos Aires, Argentina. Publicó cuentos en el diario Hoy de La Plata, en la antología policial Colección Negra, en las revistas Axxón, MiNatura, Otro Cielo y en diferentes portales electrónicos, como los blogs del grupo Heliconia y NGC3660, entre otros. También ha colaborado con las revistas En sentido figurado (sección Ensayos) y Narrativas. Algunos de sus relatos han sido publicados en otros idiomas en Ficciones argentinas. Sus cuentos han recibido premios y han sido finalistas en diversos certámenes literarios nacionales e internacionales.

 

 

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Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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