EL AÑO DE DRÁCULA, de Kim Newman

Rey de los vampiros y de Inglaterra

    Es ésta la primera novelas de la exitosa saga vampírica Anno Dracula, de Kim Newman, un dandy desgreñado, nacido en Londres en 1959, que  escribió este libro, gótico y barroco, por el visionado a los once años del gran Drácula de Tod Browning, con Bela Lugosi como protagonista, y por sus lecturas de historia alternativa, a la que es muy aficionado.

anodraculaEl año de Drácula aporta sangre nueva al tema del vampirismo, que parecía agotado tras Anne Rice, creando un decadente universo postvictoriano, a la vez extraño y familiar, en el que los no muertos campan en todo su esplendor por la vieja fog londinense. Y no se contenta con ser un divertido juego literario, es también una interesante investigación criminal.

La cubierta del libro muestra el escudo de Inglaterra con un león y un unicornio que son sendos vampiros, un dragón que está devorando a San Jorge y la leyenda “Sang sur mes dents”. Pero, por más de lo que su cubierta pueda hacer pensar, es más una ucronía vampunk que una obra de terror propiamente dicha. Prolonga la novela de Stoker integrando en ella los crímenes  más célebres de la historia inglesa del siglo XIX, pues en ese mundo sombrío alguien se dedica a matar prostitutas vampíricas con un escalpelo de plata en el distrito pobre de Whitechapel.

Es un ejemplo de las que se dicen ucronías de ficción: “¿Qué hubiera ocurrido en el universo de Drácula si el conde no hubiera muerto a manos del profesor Van Helsing?”. Para Newman la ficción de su novela diverge de la de Stoker cuando Drácula, recurriendo a Mina Haker, acaba con sus enemigos y ya nadie es capaz de detenerlo. En 1885 abandona su castillo de Transilvania y se traslada a Londres, seduce y besa a la viuda Reina Victoria y se casa con ella. Legiones de vampiros de su estirpe abandonan sus escondrijos y lo siguen, al tiempo que Drácula los recompensa haciendo de ellos la nueva aristocracia de los Señores de la Noche y la base de su poder para implantar el terror vampírico en el corazón mismo del Reino.

El año de Drácula fue galardonado con el Dracula Society’s Children of the Night Award, el Lord Ruthwen Assembly´s Fiction Award y el International Horror Guild Award a la mejor novela del género en 1992. Resultará un libro interesante para quienes no estén familiarizados con los usos y costumbres de los vampiros,  quizá no tanto para quienes sí lo estén.

Es una obra de imágenes, como corresponde a un crítico cinematográfico, con Drácula como omnipresente telón de fondo aunque no aparezca personalmente en escena hasta el final. La trama gira en torno a una recreación a la manera vampírica de los crímenes y búsqueda de un Jack el Destripador, llamado Cuchillo de Plata.

Y es que un grano de arena está empezando a hacer rechinar la maquinaria. Que un cálido sea capaz de minar el poder de los no muertos podría dar ideas a la población humana británica, que está al borde de la explosión social, podría ser una ocasión para los que quieran aprovechar este período crítico para hacer bascular la situación.

De la investigación se ocupa una pareja que redime a la obra de todos sus defectos.  Ella es la entrañable vampira Geneviève Dieudonné, protagonista recurrente de toda la serie, y él es el humano Charles Beauregard, dividido entre su lealtad a la reina y el odio a su consorte.

Geneviève procede de un linaje anterior al de Drácula. Recibió el Beso Oscuro en 1417, cuando tenía dieciséis años y era virgen y nunca lo ha transmitido. Trabaja como asistenta social para aliviar la pobreza del East End y es un personaje que te hace revisar tu opinión sobre los vampiros. Charles está al servicio del misterioso club Diógenes y hace falta una buena dosis de fino humor e irreverencia británicos para hablar de él como lo hace la novela:

“En la lista de miembros del club Diógenes se encontraba la mayor colección de excéntricos, misántropos, personajes grotescos y lunáticos en libertad que podía hallarse fuera de la Cámara de los Lores”.

En su incesante búsqueda por las calles y callejones de una ciudad cementerio descubren que también en su profunda diversidad existen sentimientos que pueden unirlos y proporcionar una esperanza de rescate para este mundo atormentado. Su relación se vuelve realmente emotiva y da lugar a páginas luminosas que disipan el horror de las tenebrosas. Después sabremos que, ella inmortal y él perecedero, van a vivir enamorados por muchos años, hasta que Charles envejece y muere.

El otro gran mérito de la narración es la descripción del Londres fascinante en que nos sumerge el autor, una ciudad compartida por cálidos y no muertos, entre los que los neonatos, los  nuevos “conversos” duermen en ataúdes alineados en Mayfair y cazan en grupo en Pall Mall, mientras quienes han recibido el Beso Oscuro hace ya siglos, gozan de alta posición y fortuna. Convertidos en la clase superior, van a remodelar el mundo, creando la nueva cultura de una sociedad nocturna.

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Douglas Wilmer, en el papel de Sherlock Holmes

Los muchos personajes secundarios los toma de la literatura más popular. Uno es el Sherlock Holmes de Conan Doyle, del que dice un policía cuando no consiguen atrapar a Cuchillo de Plata:

“El señor Holmes habría sido capaz de decir el nombre de soltera de su madre a partir de una brizna de ceniza de su cigarro”.

Otros son el Dr. Jekyll de R.L. Stevenson, que es la máxima autoridad médica en las transformaciones que experimentan los cuerpos de los humanos cuando se convierten en vampiros, en investigaciones que lleva a cabo con el Dr. Moreau de H.G. Wells. Uno opina que los vampiros son retrógrados y suponen un paso atrás en la evolución de la especie y el otro que conducirán a los hombres a la inmortalidad. Restan todavía el Fu-Manchú de Sax Rohmer, el lord Ruthwen de John Polidori y otros más.

Encontramos junto a ellos a personajes reales, que aparecen tan en su papel que casi no se les puede llamar cameos, como es el caso de un Bernard Shaw en socialista republicano y un Oscar Wilde como de sólito: Drácula, por cierto, hace empalar a los homosexuales. Otros son Bulwer-Lytton, que ha escrito El rey Arturo, y William Morris, autor de La defensa de Ginebra. Billy el Niño es también un vampiro, muerto con una bala de plata. Bram Stoker, en fin, ha sido enviado a la Acequia del Diablo y su cabeza se ha librado por poco de acompañar a la de Van Helsing en lo alto de una pica.

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Kim Newman

Newman consigue presentar a unos vampiros creíbles. Los hay que se mueren de sed porque son tan torpes que no saben morder y tan pobres que no tienen dinero para comprar sangre. Se contagian de las enfermedades que padecen los humanos a quienes han sorbido la sangre y son atendidos en los hospitales igual que los hombres, tanto por médicos de una especie como de la otra.

Los vampiros se aman Y se odian -a más de uno le gustaría ver empalado a Drácula-, tienen ambiciones económicas y sociales, fuman tabaco u opio y juegan con cálidos al críquet o al póker. Vlad Tepes, vestido de rey, gobierna desde el Palacio de Buckingham toda Inglaterra, incluida una Iglesia anglicana de débiles arzobispos que se esfuerzan desesperadamente por conciliar el vampirismo con el cristianismo.

Como ya hemos apuntado, el interés de la novela reside en el encanto oscuro de su universo. Tras la boda real, se inició una nueva era medieval en la que los enemigos de la corona  eran empalados frente a la real mansión. Los más rebeldes sufrían una lenta agonía, al ser clavados en estacas de punta  roma que no les perforaban los órganos vitales.

El ejército, la armada, la policía y el cuerpo diplomático están en manos de Drácula. Y, aunque muchas cosas siguen siendo como eran, ocurren cambios, se suceden las desapariciones, los arrestos y las ejecuciones sin juicio. Hay también bandas de rebeldes que se refugian en los bosques a la manera de Robin Hood y Torquemadas que claman a gritos por el fuego y el palo, a más de sociedades secretas como la Orden Hermética de la Estaca o la Orden de los Amigos de Van Helsing.

En una taberna se pueda pedir una copa de ginebra o una pinta de sangre de cerdo, ya que los londinenses humanos son cada vez menos para alimentar a tanto vampiro. Los más poderosos disponen de los encarcelados como ganado y los más poderosos entre los poderosos se permiten el lujo de tener un harén de esclavas, no de sexo, sino de sangre.

Hay tantos tipos de sangre como progenies de vampiros, unas que pueden modificar sus formas y otras que no, unas capaces de regenerar un miembro perdido y otras que han de llevar patas de palo. En todo caso, el vampirismo es condición biológica adquirida que no tiene nada de maldición: todavía no la explica la ciencia, pero la explicará en el futuro. El temor a los crucifijos y las hostias es una superstición: Drácula se casó en Westminster con todo su aparato religioso.

Se dice poco del exterior. En la India estalla una revuelta contra los vampiros a la que se suman oficiales británicos humanos. Las potencias extranjeras retiran progresivamente a sus embajadores ante la que fuera la corte de Saint James hasta que un día los cuervos se van de la Torre de Londres.

© 2012 Augusto Uribe y Alfred Ahlmann

Newman, KimEl año de Drácula (Anno Dracula, 1992), CEAC, Barcelona, Timun Mas, 1994, trad. Jaume de Marcos Andreu, rúst., 353 pp.

uribe01Augusto Uribe es doctor en una ingeniería, periodista y tiene otros estudios; ya jubilado, es presidente de una sociedad de estudios financieros. Ha ganado varios premios Ignotus y ha publicado en libros y revistas como el antiguo BEM o Nueva Dimensión, que lo tuvo por su primer colaborador.

alfredahlmannAlfred Ahlmann, director de la misión arqueológica española en Turquía, es doctor en Historia, profesor universitario en España e imparte clases en algunas universidades extranjeras: domina varias lenguas. Además de numerosos trabajos profesionales, ha publicado también artículos del género.

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