UN FANTASMA EN LA MÁQUINA DE VAPOR, por Roberto Bayeto (I)

PRESENTACIÓN

Roberto Bayeto (nacido en 1964, en Montevideo, Uruguay) ha sido muchas cosas para intentar ganarse la vida, pero es escritor. Ha ensayado como editor de revistas, como productor audiovisual, como publicista, como diseñador gráfico; pero es escritor. Uno con muchas peculiaridades (lo poco que lee por ejemplo) y con muchos aspectos típicos del escritor. El más notable de ellos la vuelta una y otra vez, desde distintas aproximaciones, a los mismos temas, a los mismos ambientes y a un núcleo duro de ideas (¿descubrimientos?).

La “alienidad” es una de estas ideas (tan central en Fantasma… que hasta hay una ciencia exclusivamente para estudiarla). Otra sería la evolución de la humanidad con una inevitabilidad teleológica, a la vez biológica y dirigida tecnológicamente; nunca queda claro si hacia algo mejor, pero al menos hay terreno como para ser optimistas.

Sin dudas, la única influencia literaria rastreable en Bayeto es Ballard. Tal vez, sólo tal vez, algo de Bukowski. Su gran fuente de inspiración (y contacto con las tendencias) es el cine, y en menor medida las series de TV (aquí sus elecciones son tan idiosincráticas que es imposible seguirle el rastro: se aburrió por la mitad de Lost pero siguió hasta el hartazgo Babilonia 5, en serio). Bayeto piensa en imágenes. En buena medida también escribe en imágenes.

Prefiero esquivar los intentos clasificatorios en general. En el caso de los escritos de Bayeto aún más. Ciencia ficción. Ucronía. Fantasía. Terror. No me preocupa mucho, yo leo todos esos géneros y más.

Sus obras (guiones de comic, cuentos y novelas) han sido valoradas en buena parte del mundo: España, Argentina, Francia, EEUU, entre otros, pero no en su país, donde no ha sido publicado (sin contar la modestísima excepción de quien escribe estas líneas, en la revista Días Extraños, y las publicadas por él mismo). Otro de sus méritos innegables es haber tenido un rol pionero en la difusión (y elaboración de un movimiento) de la ciencia ficción en Uruguay. Muestra de ello son las primeras revistas uruguayas (años 80) de cómic y CF que anidan en algunas estanterías. Pero una muestra más importante, y tal vez más tangible, es una horda de tipos que de otro modo ni habrían oído hablar de literatura o cine del bueno, no digamos ya de CF.

Por lo menos tres de sus obras: la saga Mordedor, Las modelos muertas (de próxima aparición) y la que aquí empieza, Fantasma en la máquina de vapor, merecen estar en el canon de la CF en español. ¡Qué la disfruten!
Víctor Raggio

presenfantasmamaquinava

Un Fantasma en la Máquina de Vapor

Novela corta de Roberto Bayeto (I de IV)

Ilustraciones de Pedro Belushi

    

—Jinete de Humo—


Quizás no seamos únicos en el Universo.
La razón por la cual  hasta ahora no encontramos otras formas de vida, puede deberse a que no solo nuestros sentidos, sino nuestra sicología misma, se ven imposibilitadas de apreciar lo que no fue diseñado para ser disfrutado por nosotros.

Del tratado sobre “Alienidad’’ del Doctor Lorel Kruegger.

En una noche de calor puede pasar cualquier cosa; en esa en particular, se festejaba el solsticio de verano como se hacía desde que el planeta fuera colonizado por un grupo de campesinos de la Tierra con poca tecnología y mucha voluntad.

Alexandra se había puesto su mejor vestido y sus abuelos, orgullosos de su belleza y carisma, la llevaban en el Ford modelo “P” convertible al desfile donde se inauguraría la fiesta que duraría hasta bien entrado el amanecer. A pesar de la ausencia en ese mundo de una concepción religiosa o dioses de la naturaleza, los colonos consideraban divertido imaginarlos y crearon un panteón completo de deidades humorísticas para adorar en las fiestas.

Alexandra creía en su interior que esas deidades existían. Su humildad les impedía manifestarse a los humanos y observaban sus rituales desde las sombras de los plantíos, deleitados y felices.

—Un verdadero Dios no puede ser egocéntrico, como los que tenían esas religiones de la Vieja Tierra. Dioses vengativos e idiotas… Un verdadero Dios debe ser humilde y amable, estar más allá de las pasiones de los hombres… —sostenía desde sus siete años, mientras sus amigos la observaban admirados por sus extrañas ideas.

En la colonia no abundaban las singularidades. Generalmente todo orbitaba alrededor de la cosecha y los procesos económicos que hacían fluctuar el ánimo de los habitantes desde la euforia hasta la indiferencia. Eso se debía a la falta de necesidades esenciales. Nadie se podría quedar sin comida en un lugar donde, como dijeran los ancianos, “se plantaba una piedra y se cosechaba un peñasco”. La riqueza del suelo y la cantidad de terreno sin ocupar daban como resultado infinidad de hectáreas de bosques frutales y plantíos naturales de tubérculos comestibles. A pesar de la abundancia en términos de supervivencia, no existían gran variedad de entretenimientos ya que la mayoría de la población adulta estaba abocada a trabajar en el campo desde el amanecer hasta la noche e incluso, cuando las diez lunas se alineaban sobre el cielo violáceo, seguían plantando o cosechando dependiendo de la cantidad de luz.

Era por eso que cuando llegaba Alexandra en el carguero —siempre arribaban esos navíos ya que nadie hacía un viaje de placer a Melville o sus lunas, a menos que no tuviera demasiada imaginación—, era un acontecimiento para los niños de las granjas cercanas a la de sus abuelos, algo que Alexandra agradecía intentando no recordar a su madre golpeándola o echándola de la casa cuando traía un nuevo “tío” —y últimamente Alexandra bromeaba para sí que su familia crecía de una forma exagerada—.
Alexandra observó a su abuelo con cariño. Este reía rodeado por los ancianos de Quequeg 75 —por el año de la llegada de la primera nave— mientras bebía de una enorme jarra de cerveza. Su abuela lo observaba con una expresión de estudiado enfado, algo que hacía cuando era ignorada.

—Ese viejo no se las va a llevar de arriba… —gruñó con los brazos en jarra—… esta noche deberá dormir en la hamaca de red bajo la parra… Qué se cree… — le dijo a su nieta media docena de veces.

Alexandra sabía que su abuela no hablaba en serio. Al principio lo enviaría afuera —algo que el viejo haría con gusto porque le encantaba dormir bajo la parra arrullado por los insectos y con el viento deslizándose entre las hojas—, pero después lo iría a buscar con un chocolate caliente y lo obligaría a entrar —algo que su abuelo también haría con gusto, aunque ignoraba el motivo porque dormir afuera era fantástico—.

Alexandra bebió un enorme vaso de refresco de naranjas coloradas y aspiró el aroma a los chorizos de cerdo que se calentaban en las parrillas de hierro colocadas sobre miles de brazas rojas. En su mundo natal no existía tal portento ya que los EMP se encargaban de suministrar todos los alimentos, incluyendo los famosos chorizos hasta con el mismo gusto que éstos, pero sin toda la parafernalia que los rodeaba por aquí y pensaba, le proporcionaban una extraña magia muy natural.

—El fuego es un ser vivo que convive con los humanos desde hace miles de años. Tiene con nosotros una relación de amor-odio que a veces termina con la muerte de los humanos que lo desafían… —le contaba a sus asombrados amigos—. Otras veces, éste toma formas terribles que le dan los militares… En ese caso no se llama fuego, sino NAPALM.

Su abuelo regresó a ellas con un chorizo humeante para cada una. Le habían puesto hongos, aceitunas, mayonesa y el pan estaba levemente tostado. Ante tal gesto, su abuela se olvidó misteriosamente de sus amenazas de destierro y abrazó a su esposo, convidándolo con su refresco.

—A los chorizos hay que acompañarlos con un buen moscatel blanco… — dijo, y se alejó a un kiosco con el techo cubierto de flores, regresando con dos vasos de vino moscatel para ellos, y uno pequeño para su nieta.
—Eres toda una muchachita, así que es tiempo de que pruebes el vino de aquí…
Alexandra bebió y sintió una leve picazón en la punta de la lengua, algo que le agradó.
—Es rico, abuelo… — dijo.

El hombre la levantó en brazos y los tres fueron hacia unas mesas que estaban junto al tablado donde comenzarían los espectáculos de música y acrobacia. Este último estaba a cargo de la familia Bonelli, un grupo de colonos que regentaban un circo antes de emigrar a ese mundo y dedicarse a cosechar aceitunas para venderlas al resto de las colonias donde no llegaba la influencia de los EMPs.

—Estos Bonelli son increíbles… De lo mejor que le ha pasado a la ciudad en los últimos veinte años… Armas U, proyectiles inteligentes… ¿Qué tiene eso de insólito ante gente que arroja cuchillos inertes con sus propias manos? Cuchillos sólidos, sin chips ni propulsión… Los arrojan y los clavan donde quieren…

La niña aplaudió feliz y tomó el chorizo, comiendo un pequeño champiñón que asomaba del pan fresco y fragante.

En ese momento aparecieron los Bonelli vestidos con mallas de color verde oscuro y todos se pararon a aplaudir y silbar.

Cuento Un Fantasma en la maquina de vapor 16-3-2012 1 pag 1 p

No sabía por qué la había invadido ese recuerdo en una situación tan desagradable. En cierto aspecto se podría decir que era paradójico, o una forma burda de sustraerse de la visión sombría que la impactó cuando entró al edificio. Alexandra Lovecraft, hasta el momento había sido una mujer imperturbable y nunca se hubiera imaginado que se vería superada por lo que estaba presenciando en esa extraña y antigua mansión alejada del centro tecnificado de Ciudad Mongol, una orbe ubicada en un mundo homónimo de las Pléyades.

Reponiéndose más lentamente de lo que hubiera deseado, caminó por la sala y observó los fragmentos orgánicos en los que se convirtiera Alighieri: un gran lienzo dadaísta donde se narraban obsesiones que como una enfermedad, impregnaban a las mentes expuestas hasta llevarlas a un final parecido; horrores que nacen de una zona allende a la razón, y se manifiestan libremente sobre corrientes de recuerdos encriptados; la protesta de Tzara manifestada en una forma conceptual de una antinaturalidad extrema.

—Creo que debemos salir… — titubeó Schiapparelli, su compañero, mientras sin sentido aparente, metía y sacaba las manos de los bolsillos.
—Es inverosímil. No existe un patrón en el procedimiento que utilizó para suicidarse. Es más probable que sea un homicidio que un suicidio… — musitó la mujer, bajando la vista. Sus ojos celestes, su cabello negro y lacio cayendo a los lados de su rostro terminado en una mandíbula suave y unos labios finos, parecieron diluirse en el contorno de la pared. Sacudiendo el pelo, se alejó del cuarto cubierto de símbolos cabalísticos: una poesía infernal dirigida al Amo de todo lo Oscuro, y un guiño de reconocimiento entre tinieblas como respuesta.
—Nadie estuvo aquí en el momento de su muerte. Mneme habría leído su presencia — afirmó el hombre, rascando su cabeza y tironeando de su cabello rubio atado en la nuca con una banda color azul. Los ojos marrones imaginando posibilidades a un sinnúmero de preguntas sin respuestas.
—Quizás la inefabilidad de Mneme se haya visto alterada por alguna disfunción… Ha pasado en otros lugares, generalmente con una explosión solar. Hay que pedir el registro de las últimas explosiones…

Schiaparelli negó con la cabeza.

—Los dos sabemos bien que no pudo ser así, además ya pedí el registro y no existió nada notable en la fecha del hecho. Se efectuaron todos los chequeos posibles y no se detectaron trastornos en el último mes. Creo que tu objetividad se ha visto alterada por tu pragmatismo, aunque eso parezca contraproducente. No puedes creer en un suceso tan inaudito. En este momento nos encontramos frente a una situación inconcebible, una forma de suicidio parecida a la autodestrucción de un organismo cibernético descontrolado y todas las pistas apuntan a que no intervino nadie más en ello.
Lovecraft sonrió inquisitivamente.

—Tu aseguras que mi pragmatismo altera mi juicio, está bien, lo acepto, es una probabilidad; pero en tu caso sucede lo mismo, Bruno. Hace décadas que investigas las singularidades y las incógnitas del Universo como un hobby, y de pronto, se te da la oportunidad de estudiar uno de esos “misterios” de cerca. Tú y yo estamos en la misma situación de incertidumbre, debemos comenzar nuevamente. Regresemos a la Jefatura, este no es un lugar como para hacer un picnic.

Ella salió de la casa y se detuvo en la puerta; ya en el jardín, mientras observaba hacia el interior de la casa con cierta sensación de escalofrío en su espalda, aspiró el aroma de las flores y cortó una rosa roja enganchándola en su sobretodo negro. La fragancia subió hasta su rostro, haciéndola cerrar los ojos.

Su abuela le sirvió una taza de café con leche en el patio de la granja. El edificio central era enorme, con techo de dos aguas del que asomaban ventanas pequeñas. Alrededor se extendían plantaciones de todo lo imaginable custodiadas por espantapájaros de bronce y goma negra.

—Gracias, abuela… — dijo ella, y bebió un sorbo mientras lamía el dulce de leche de una mantequilla que le dejaran en un pequeño plato azul con vivos en plata.
—Primero toma la leche… después come las golosinas… —sacudió la cabeza y rió para sí —… no cambias más, por suerte…

Dejando sola a su nieta, fue hasta la cocina y continuó con sus tareas.

Alexandra bebió todo el café con leche, devoró las mantequillas y depositando la taza sobre la mesa de cemento recubierto de mosaicos de cuarzo, recorrió la propiedad junto a su pequeño antropoide mecánico. Cuando lo activó, este hizo una serie de cliqueos, abrió los ojos y sacudió sus miembros ateridos, siguiéndola tímidamente a corta distancia.

La granja estaba construida en la región más rica de Melville. Su abuelo, apoyado por los Extrapoladores de Conceptos —que transformaban cualquier objeto inorgánico de la imaginación en materia—, erigió el edificio central y los jardines circundantes con patrones surgidos de una serie de sueños de su adolescencia. Estas imágenes, grabadas por él más de cien años atrás, fueron insertadas en la base de datos y después modificadas de acuerdo con la configuración del terreno y los intereses más recientes y prácticos del anciano. Alexandra recorría los largos patios cubiertos por glorietas de hierro y enredaderas de jazmín del aire, con el asombro de una niña de siete años que deambula por los sueños de su abuelo un siglo después de que su subconsciente los desarrollara en su mente. Transitó por calles angostas rodeadas de esculturas de hierro incomprensibles, jardines y estatuas de cuarzo veteado que señalaban con sus cuerpos desnudos a puertas que ocultaban secretos ontológicos que su abuelo nunca le revelaría. Saltando y corriendo entre los setos y pequeños edificios con forma de catedral, llegó a un lago interior en el que flotaban decenas de réplicas de barquitos de guerra. Un muelle alojaba una flota de acorazados y destructores grises que descansaban tranquilamente agitados a veces por olas que la brisa provocaba. En uno de los edificios en forma de depósito, Alexandra leyó el nombre de “Pearl Harbour”. A pesar de que le hubiera encantado jugar con los barcos, el aroma a un perfume que provocaba imágenes inquietantes la llamó desde un hueco entre los arbustos. El pequeño mono chilló e hizo destellar sus ojos rubí en una señal de advertencia.

— ¡Cállate, Bilbo!… — le ordenó ella. En el rostro de bronce hubo un gesto de desesperación.

La niña se acercó lentamente al hueco. El perfume fue más intenso; trató de identificarlo pero no pudo. El misterio la atrajo aún más. Sentía un hormigueo que le hacía cosquillas en la planta de los pies y las palmas de las manos, como la electricidad estática que se formaba en los monitores analógicos que pasaban dibujos animados en las plazas de las ciudades steampunk de Retro, o los efectos previos a los aprontes de una tormenta de Salvas que cubrían el horizonte de la propia Mellville con relámpagos con formas de animales prehistóricos. Se agachó y observó dentro del hueco. Al principio no notó nada más que la pared de un edificio de arquitectura extraña y la forma de un banco similar a los de las plazas de las fotografías de la Vieja Tierra. De pronto, el sonido de ramas al romperse se dio como el preámbulo de una forma oscura que ocultó la luz que provenía del otro lado. Retrocedió un paso pero no se animó a huir. Esa forma no le daba temor, todo lo contrario. El rostro de una mujer vestida con un abrigo negro la observó con una sonrisa triste. Era alta y sus facciones le parecieron conocidas.

—No te asustes, Alexandra… —dijo la mujer—…ya entenderás cuando crezcas, quien soy y que pasó aquí…

 

Aún no se había enfrentado a sí misma, a su pasado, pero sabía que lo haría en cualquier momento. Según los antiguos mitos terrestres, si una persona se encontraba con su doble espectral estaba condenada a muerte. En su caso, la muerte la había rondado varias veces en zonas de batalla, accidentes, desperfectos de los vehículos que tripulara, o simplemente a su desapego por la vida. Alexandra siempre jugaba con la muerte, experimentaba con la imposibilidad de morir hasta que llegara a la edad aproximada que tuviera su joven doble espectral, cuando la observara desde la niebla del tiempo por venir.

Aspiró el aroma de la rosa. Un perfume la había guiado a la perdición, otro la apartaba por unos segundos del horror.

Bruno, tenemos que regresar a la Jefatura… — insistió por su comunicador sublingual  mientras esperaba en la vereda, sentada en el cordón mirándose los pies calzados con botas.

Bruno Schiaparelli estaba parado frente a la pared dibujada por el hijo de la incertidumbre y la muerte: un engendro inconsciente que llora en un rincón oscuro de un altillo primordial.

—Datos biográficos… ­— pidió, mientras metía las manos en el sobretodo azul y caminaba de derecha a izquierda, como un elefante encadenado. El gráfico fue desplegado frente a él; era una imagen de Alighieri cuando estuvo en la academia militar. Su rostro fuerte, de mandíbula prominente, contraproducentemente provocaba una sensación de tristeza. Había algo indiscernible y sugestivo en los ojos, como si por ellos hubieran pasado miles de pasiones, sufrimientos y amores perdidos en el tiempo. El uniforme negro y la boina azul le daban una magnitud que hacía más evidentes las impresiones.
Hacía ya unos segundos que el informe fluía cuando le prestó atención.

—… se graduó en la Academia Cantonal de “Penemunde”.  Se carece de datos por los cinco años posteriores, pero se sospecha que trabajó encubierto para el “Hardcover”. Su reingreso en la vida pública lo hizo como capitán de la unidad de Ingenieros en Calixto. Estuvo veinte años desempeñando el puesto de Director de Proyectos, siendo trasladado a la Brigada de “Contacto” Nº 51… —

No entiendo por qué pidió traslado a una unidad de alto riesgo cuando estaba en un cargo privilegiado…

—… en los diez años que combatió en los frentes cantonales fue responsable de la disolución de ocho Corporaciones Rebeldes, varias células terroristas y dos mundos artificiales regentados por Piratas de Estigma….

—Solicito gráfico personal de Alighieri cuando desarrollaba actividades en Brigada 51…
Frente a él se desplegó una nueva imagen. Schiapparelli se detuvo y observó el rostro con un escalofrío. El cambio era evidente. Los ojos se habían vuelto más crueles, la carne se adhería a los huesos y se paraba diferente, como un felino que acecha una presa.

Bruno… Tenemos que regresar… — le habló con firmeza su compañera en el comunicador.

El empático sacudió la cabeza y caminó hasta el salón principal. Diez segundos más tarde, en un trance subliminal que provocaba un fresco hecho con sangre y materia fecal sobre una de las paredes blancas, salió de la casa y acompañó a Alexandra en silencio.
Se pararon sobre el transportador y se dirigieron al edificio de la Jefatura Psiquiátrica de Long Island Kiev, mientras el cielo se teñía de un color rosa lavanda.

Ya en el interior de su despacho, se miraron a los ojos unos instantes. Desde que se alejaran de la casa del científico no habían intercambiado una sola palabra.

—Lo que se hizo no es humano…— murmuró la mujer, mientras el EMP le suministraba un vaso de Gin.  —Parecía como si se entregara a un ritual antiguo —el empático rastreó en la Base de Datos del CSM y transfirió la información hacia ellos. —Es insólito pero los incidentes que se le asemejan más, no tienen ni por asomo la singularidad de éste.
El EMP materializó un refresco con Hornet en su mano. Estaba helado, como a él le gustaba.

Lovecraft bebió un pequeño trago de gin y se levantó, caminando lentamente por el cuarto sin paredes ni techo: alrededor suyo, un océano verde en el que nadaban ictiosauros y gigantescos tiburones blancos que trazaban líneas espumosas con sus aletas en forma de hacha, brindaba la sensación de espacio necesaria para distender la psiquis.

—No puedo entender aún como su cuerpo pudo desbaratarse así y seguir vivo tanto tiempo. Parecería que una conciencia inhumana y extremadamente precisa se encargara de planear las disecciones para que cada parte viviera lo máximo posible — murmuró Schiapparelli.

Un Jack el Destripador autodestructivo que se ensañara con su cuerpo de prostituta…; pensó Lovecraft, consternada y agregó:

—Pero lo peor es como estaba cada pedazo de su piel; su ubicación física… era inadecuada— su duro rostro se volvió blanco como el de un mimo— había como una simbología formada por los trozos y la sangre, un arcano… aunque es una especulación más propia de ti que de mí. Probablemente todo se deba a una inclinación hacia alguna cultura primitiva que lo perturbó en alguna etapa trastornada de su adolescencia, o luchando en el frente Abisinio. Cuando yo era cadete, escuché historias espeluznantes de los “Comandos”, incluso se decía que después de las batallas, se hacían máscaras rituales con la piel del rostro de sus enemigos muertos…

Las náuseas subieron la bilis a su garganta, pero el EMP envió a sus fosas nasales un aroma a recuerdos de tardes en una playa caribeña, mientras sentada sobre una hamaca de red bebía un refresco Primavera con una leve pizca de alcohol y un sonriente y musculoso nativo le masajeaba sus hombros.

Me estoy dejando llevar por las sensaciones…

Aspiró el olor y añadió:

—Dejémonos de pensar en algo sin solución. Hay que buscar los motivos, al margen de los métodos de los que se encargarán los forenses— extrajo el pequeño cubo de información que quitara del seccionado cráneo de Alighieri. —En su caja negra podremos encontrar la respuesta…

El hombre asintió.

—Observa esto, fue lo último que grabó en su HG…  ¡Archivo 0.2568. J! — ordenó.
Alighieri apareció ante ellos. Vestía un overol engrasado de color violeta, estaba barbudo —algo curioso, ya que la mayoría de los seres humanos por elección propia no tenían vello facial— y sus ojos eran una red de venas rojas. Schiapparelli notó que su mirada poseía un brillo diferente, con una vida extraña y amenazadora: un reflejo de un sol rojo que calienta playas donde gigantescas formas equinodérmicas se arrastran por la orilla en busca del secreto de sus orígenes.

—Hace años que me vengo preguntando el porqué de la soledad cósmica a la que ha sido sometida la raza humana. Nuestras naves han recorrido ocho galaxias y solamente descubierto formas de vida inferiores, sin posibilidades de una evolución real. Muchas son las teorías al respecto, y yo soy dueño de una evidencia inverosímil para el hombre común, una verdad enquistada en las rocas de mundos lejanos y la carne de los primeros astronautas muertos… Aunque ya no importa. La verdad, a veces, es innecesaria si lo que manifiesta no soluciona nada. ¿Cómo decirle al enfermo terminal que le quedan dos meses de vida, cuando el simple hecho de la revelación no va a lograr que el viva más? ¿Para qué? —su rostro se ensombreció —. He recorrido más mundos que estrellas se pueden ver en un firmamento. Siempre me encontré con lo mismo: violencia de todo tipo, dolor, muerte… Todas las variaciones de la muerte. La tecnología y la evolución del proceso racional nos han llevado a niveles altísimos de perfección del dolor y la muerte. Vi pueblos tribales, cuyos símbolos eran relojes y esquemas de nanochips, sacrificar vírgenes a una Inteligencia Artificial enloquecida… ¡Los vi con estos mismos ojos! Asesiné a miles de ellos, ya con un arma de exterminio masivo, ya con fusiles de asalto, cuchillos o mis propias manos. La conclusión fue siempre la misma… ¿Para qué? El hombre es un eslabón en una larga cadena de fracasos; por cada diez seres humanos plenos, hay un millón de inútiles que vegetan por la vida esperando la muerte sin saberlo, sentados en sus casas, frente a entretenimientos estériles, sin beneficios para la especie…

Hubo una alteración en los movimientos del ingeniero. Parecía una especie de lagarto que giraba la cabeza de derecha a izquierda, y al parecer, sin darse cuenta de su singularidad.

… y la naturaleza nos observa, espera el momento para asestar el golpe definitivo. Un gigantesco tigre, anciano, muy anciano para desesperarse o dejarse llevar por juicios erróneos. Ella nos contempla mientras su cuerpo va comenzando a gestar un sustituto mejor, más eficiente, menos destructivo; un nuevo eslabón que pueda observar hacia las estrellas y ver… lo que nosotros no podemos… el misterio que Ella ha venido construyendo desde el principio del eón, cuando la cola y la cabeza de Ouroboros se juntaron y los dioses bostezaron sus sueños de hombres y dragones…

El archivo concluyó y la imagen se retiró comprimió otra vez en la base de datos.
Se recostaron en los asientos ingrávidos y dos Vodkas aparecieron en sus manos. El de Lovecraft tenía un cubo de hielo, el de Schiapparelli estaba cortado con Coke-Coke.
La detective intentó hablar, pero una punzada en su frente se lo impidió. Aferró el vaso y se lo empinó. Unos segundos después se sintió mejor.

—A pesar de que trato de evitar reflexionar sobre la muerte de ese hombre, la escena ha dejado una mala sensación en mi interior — comentó ella, mientras hacía jugar los dedos de sus pies descalzos con una forma amébica de color celeste que el sintetizador materializara como decorado eventual. El EMP le había sacado las botas y las medias, masajeando sus puntos reflejos para aliviar las zonas agobiadas de su cuerpo.

— Y además, para complicar definitivamente este misterio tenemos un resultado material de la locura de Alighieri… —dijo Schiaparelli.
—La máquina…— murmuró ella, observando el bosque otoñal en el que estaban suspendidos. Un biomecha con forma de gato sonrió desde la rama de un árbol y le dijo:
—Tu nombre es Alicia…

Lorel Kruegger caminó por los corredores interminables de su casa campestre. El no era partidario de habitar en cubículos abiertos. Su agorafobia no se lo permitía. A pesar de que las Consolas Psico hubieran curado ese padecimiento en menos de diez minutos, consideraba la imperfección una muestra de su originalidad como individuo.

Un ser humano debe tener defectos. Los defectos son los vehículos que llevan a la perfección, y todos sabemos bien que las metas se alcanzan más fácilmente sobre vehículos que caminando…— declamaba en las reuniones a las que asistía, ante la mirada confusa o divertida de los demás.

Conejito House” fue concebida por él mismo cuando se recibió de Alienista, en los albores del siglo que ya concluía. Era una especie de castillo, combinado con una mansión victoriana, una mezquita árabe, una catedral bizantina y un domo marciano de las primeras colonias autosuficientes de 2124. El exterior del lugar era desconcertante, pero más lo era la sección desarrollada bajo el subsuelo: una laberíntica maravilla arquitectónica donde se perdería el Minotauro mismo. Corredores de piedra vitrificada cubiertos de relieves, y esculturas donde mujeres extrañas hacían cosas sin sentido, se movían en todas direcciones, como brazos de un gigantesco Kraken agonizante. El ocre predominaba sobre algunos verdes pálidos, y en los recodos acechaban más corredores o cuartos cubiertos de reproducciones exactas de juguetes antiguos de lata, plomo o madera pintada con rojos, amarillos y azules chillones. Miles de payasitos de ojos crueles observaban a los visitantes y a veces, se lanzaban sobre sus cuellos para dejarle símbolos enigmáticos grabados en la carne: una expresión de sueños infantiles sobre diminutos monstruos que acechan a la inocencia bajo tapas de cloacas de hierro labrado.
Junto a los clowns, infanterías de plomo de cien guerras se preparaban a tomar castillos y fortalezas planetarias por asalto. Después de cada una de las batallas, pequeños camiones de seis ruedas y camuflaje gris retiraban a los desmembrados cadáveres de los poco afortunados que cayeran bajo el fuego de los obuses o las orugas de los tanques.
Kruegger se deslizó por uno de los corredores y se agachó para apartarse de un raid aéreo a cargo de varios Spitfires, sobre un Acorazado de Bolsillo alemán, el «Graff Spee», que flotaba a treinta centímetros del piso color tablero de Damas. Los vitreaux de las ventanas, simulando el reflejo del sol a través de las olas, arrancaron destellos azules del casco, mientras decenas de muñecos corrían a ocupar sus lugares en las baterías antiaéreas: luces lavanda que entran por vidrios oscuros, aroma a plástico, madera y libros antiguos con grabados de monstruos marinos que devoran tripulantes de galeones; fragancia de flores ocres y planas, encontradas entre las páginas de una antología de relatos de terror y fantasía de un escritor cuya tumba se ha perdido hace centurias.

Se apartó del drama diario e inspeccionó la fábrica de juguetes automática que instalara hacía solo cinco años. Era una sala enorme de cuatrocientos metros de largo, cubierta de artilugios de grandes engranajes similares a los de los antiguos relojes cucú, que transportaban juguetes nuevos, o llevaban los cadáveres de plástico, plomo, lata y madera a un convertidor que mezclaba sus moléculas y los dejaba salir por el otro lado relucientes: sonrisas rojas pintadas en rostros rígidos que tapan un cerebro pequeño pero retorcido, sabedor de todas las artes del dolor y el miedo.

— ¿Recién has nacido de «M.A.D.R.E»?— le preguntó a una muñeca de largas piernas y cabello pelirrojo.
—Así es… —lo miró de reojo, mientras llevaba disimuladamente la mano a su ropa interior. Intimidatoriamente dejó asomar la culata de un “Constrictor 890” de plástico azul—… pero no creas que soy ingenua… No me acostaré contigo por más que me lo pidas, anciano… Se han terminado los tiempos de los juguetes vistos como esclavos de personas enfermas, objetos de pasión y deseos, víctimas de megalómanos en miniatura que desean infligir el dolor para sentirse completos… —declamó, alzando la mano teatralmente y agregó finalmente —MMMAMMÁ…—.

El juguete se alejó hasta una parada de bus hecha con caramelos rayados donde un mono en triciclo lo transportó a gran velocidad hacia un destino indeterminado. El científico sonrió y metió las manos en su túnica azul con motivos de medialunas y estrellas de plata. Se detuvo unos segundos junto a un lago que se desplegaba unos metros frente a él y meditó sobre el concepto de alienidad. Parecía un aprendiz de brujo mickymousesco que pensara de qué forma vaciaría el líquido de la fuente del conocimiento y lo transportaría lejos de allí antes de que su Amo regresara.

— ¡Siríane, necesito hablar contigo…!— ordenó, apenas levantando la voz. Pasaron unos segundos y el mar interior se agitó levemente. El anciano se recostó en un banco junto al agua azul y esperó. Sabía que su esposa se haría de rogar antes de aparecer. En ese momento tuvo una imagen sin sentido, una de las tantas que lo dominaban últimamente:

Caminas por la vereda, sola; blusa roja, pollera de cuero negra, medias y zapatos de tacón haciendo juego; una cartera cuelga de tu hombro y tu pelo, cada vez más largo, cae debajo de tus nalgas. Estás delgada, y tu rostro de mandíbula cuadrada, aprieta esa boca roja y bella… Vas al edificio de la IBM… ¿quizás por un trabajo? No lo sé y probablemente nunca lo sepa… Trato de seguirte, recuerdo las veces que estuviste desnuda, toda para mí… lamiéndome y lamiéndote… el largo pelo ocultando en parte tu cuerpo, insinuándote… tus pechos redondos… cartas españolas… cartas para que salgas de tu refugio… lo primero en desnudarte son tus pies, blancos, dedos largos, lunares en la oquedad que existe entre los dedos y la planta… los beso, paso mi lengua por ellos y tus dedos tiemblan y ríes —¿para quién posarás ahora?—…  me acerco a ti, no me ves… sigo de largo… hay tanto para decirte, tanto para hacerte gozar… vuelvo a pasar una, dos veces… no me animo a entrar… una secretaria insulsa te manda a alguna parte, a un misterio que nunca averiguaré… qué terrible… dos personas que tanto compartieron y se esquivan como extraños… estás sola… yo también lo estoy… pero es mejor así… mucho mejor… aunque todo sea el resultado de un sentimiento masoquista que provocará un dolor para regodearme en un bar, junto a una cerveza fría y bellos rostros de mujeres que no sabrán que estoy allí…

Se sustrajo de la imagen, mientras sus ojos húmedos le contaban historias perdidas en alguna parte de su juventud.

La sirena lo observaba con un gesto de aburrimiento.

—Debo volver a mi reino…— dijo, mientras su cola se agitaba sobre el líquido transparente. Si se esforzaba la vista, se podía ver en el abismo un lejano parque de diversiones con torres, cúpulas y menhires. Sobre las primeras, imponentes banderas con motivos acuáticos —dos pinzas de crustáceo cruzadas bajo el cráneo de una ballena — ondeaban con la corriente fría que se deslizaba desde el océano subterráneo.
Kruegger se sintió lleno y también triste. Las olas escondían un secreto de eternidad tan insondable que tuvo ganas de cerrar los ojos y morir para que todos las incógnitas le fueran reveladas. Entre ellas, el enigma de los orígenes, el misterio definitivo: un lamento en las profundidades proveniente de un personaje de Luc Besson; magia azul que despierta la sensibilidad moribunda y casi obsoleta que tratamos de esconder de los seres de rostro porcino y traje color arena que sus padres-demonio empotraron en un escritorio de madera color caoba; una emulación de un trono tribal en el que el bastón rúnico con forma de teléfono celular se sostiene con dedos rechonchos y fofos.
—Necesito aclarar mis ideas. Sabes bien que mientras converso contigo mi cerebro elabora respuestas a las preguntas que me hice antes de verte. Es como una simbiosis intelectual. Mis procesos subconscientes se activan cuando nuestras palabras se enredan.

Ella sonrió, mientras un tritón se asomaba bajo su cola y miraba al viejo con cara de «me han pescado», en el sentido figurado de la palabra, claro.

—Hasta ahora no he tenido dudas con cada uno de los temas que he tratado —continuó —. Mi obra plantea respuestas a todos los enigmas a que la humanidad se va enfrentando, pero jamás te dije que hay uno que no pude resolver… Ni sometiéndolo a las mejores Inteligencias Artificiales de última generación. Ese tema es el de la Alienidad…

Ella sacudió el pelo hacia atrás en un gesto sensual, inconsciente.

— ¿Qué tienes que resolver? ¿El porqué de la ausencia de otras razas en el Universo o el porqué de que tengan que existir otras razas en él?— el largo cabello verde se agitó entre las olas que hizo una serpiente marina de varios metros que emergió unos segundos para respirar aire y luego desaparecer en las profundidades.

El EMP envió aroma a hacer el amor con la muchacha que más se quiso. Kruegger se recordó en medio de un rosedal cobijado por la noche, donde el olor de las flores se confundía con el de la humedad de los cuerpos.

Aspiró profundamente y sus ojos se llenaron de lágrimas. Movió su mano derecha e hizo un signo en el aire con la forma de una estrella de mar. Un remolino elevó una columna de agua varios metros, y después la dejó caer como una lluvia de burbujas azules.

Me estoy volviendo demasiado sentimental… la vejez…  últimamente me refugio en los recuerdos… esto evidencia que los tiempos en los que vivo no me son satisfactorios…

—Estoy seguro de que habitan otras razas inteligentes en el Universo. Dudo de que todo lo existente esté solamente para que nosotros lo observemos; tiene que haber un fin para cada cosa. Según las teorías del astrónomo Pastrana, antes de que alcancemos los límites del Universo, es muy probable que nuestra especie se haya extinguido. Quemaremos los últimos cartuchos y nuestros descendientes ni siquiera podrán apreciar como son los soles y los mundos de esas galaxias desde ya desconocidas.

—O sea que según tus creencias, el Universo existe si hay seres racionales que lo observen… —meditó sus próximas palabras —…se podría aseverar que tus conceptos son demasiado arcaicos. Ese “cada cosa existe si un ser consciente la observa” es similar al “pienso, luego existo” de Descartes. Es bastante egocéntrico aseverar que el universo está hecho para ser disfrutado por seres racionales. Esa es solamente una de millones de posibilidades. También podría existir por azar, o como una manifestación artística de alguna Entidad caprichosa, o quién sabe qué… La infinidad de hipótesis es la misma que la infinidad del Universo…

—Se a lo que te refieres, pero de otra forma no tiene sentido que haya cosas que nadie sepa que están allí. Es por eso, si nosotros no alcanzaremos nunca una parte del Todo, que tienen que vivir más allá de nuestros límites seres que sientan y aprecien las galaxias que la humanidad y otros nunca podrán visitar.

La sirena sacó un peine de un morral que llevaba colgando de su cintura ictioide de escamas turquesa y comenzó a peinar su largo cabello. Cuando un mechón rebelde se oponía a la dictadura dentada del peine, lanzaba un agudo gritito parecido al chillido de un delfín.

—Volvemos al mismo razonamiento… —miró el azul profundo y movió la cabeza hacia atrás y adelante: el pelo ocultando su rostro por unos segundos y dejándolo entrever como detrás de las hojas de un sauce.

—…aunque hay algo que se te pasa por alto… Quizás haya otros seres inteligentes cerca pero nuestra tecnología no puede captarlos. O podría ser… —se relamió los labios en un gesto más parecido al de un fauno que observa bañarse una ninfa que al de una mujer pez que habla con un anciano cansado— … que nosotros mismos no podamos hacerlo.
El alienista se quitó el gorro azul y lo dejó junto a él, sobre el banco que cambiaba de forma cada veinte segundos exactos. Después se levantó y alzó el pie derecho, mientras sentía el placer que llegaba con sabores a frutas recién sacadas de la heladera, y cremas que las cubrían con tonos blancos y amarillos de ron y caramelo. Así se mantuvo hasta que la «bolsa de magia» se alejó hacia un bosque encantado y sus sentidos recuperaron las percepciones banales. Se sentó otra vez, satisfecha su psique y más lúcida su mente para continuar con la discusión del tema que tanto lo obsesionaba últimamente.

—La alienidad… hasta ahora pensamos que solamente percibiríamos sensaciones de extrañeza cuando nos topáramos con los primeros seres inteligentes, quizás una incompatibilidad que nos llevaría a una guerra sin cuartel, o en el último de los casos, indiferencia por su cultura… Pero nunca se me ocurrió la posibilidad de que no pudiéramos…
—No te creo. Soy una manifestación exógena de tu subconsciente, y por eso lo que diga y haga será eso mismo. No te mientas más y déjame vivir mi vida acuática y vulgar rodeada de mis amantes…

Una señal de Holo EV solicitó permiso para traspasar las barreras subterráneas. Aprovechando la intromisión, Siríane se hundió en el agua y el anciano pudo ver el cuerpo turquesa y salmón ondulando hacia la ciudad de piedra y cristal.

El EMP captó la disponibilidad del dueño de casa para aceptar la llamada y la aceptó.
Dos cuerpos se materializaron junto a él. La señal era clara y no solamente transmitía forma, colores y sonido. El olor de sus perfumes le llegó como sobre una pequeña brisa de otoño; con delicadeza se coló en su nariz y tuvo una noción de la personalidad de los extraños. Estaban utilizando una EV —Entidad Virtual—, una recreación a distancia de sus cuerpos; una prolongación a la que estaban unidos por un «cordón umbilical» surgido del desarrollado —hacía mil quinientos años— “sexto sentido”, el Nexo. Con la ayuda de un EMP, se podía recrear una réplica de uno en cualquier parte de los territorios accesibles y enlazarse por intermedio del Nexo. En tanto la réplica no se deleteara, su original podía sentir cada estímulo recibido eliminando los nocivos, como el dolor, malos olores, etc. Su creador, Erich Von Strudel, decía que la idea original se la habían dado las ridículas y antiguas fábulas sobre «el cordón de plata»,  que permitía volver a sus cuerpos a aquellos que efectuaban un «viaje astral», algo que obviamente, no tenía nada que ver con los viajes estelares de hecho, sino más bien eran el producto de la fantasía de solteronas víctimas de fealdad crónica y complejo de inferioridad, en una búsqueda constante de la aprobación de machos jóvenes de mente débil y ropas llamativas.

—Doctor Kruegger, —habló la muchacha; estaba vestida con un leotardo negro: un pequeño escudo de la Polisiquis brillaba mortecinamente sobre su pecho izquierdo— soy la capitana Alexandra Lovecraft y él es el investigador empático Bruno Schiapparelli, de la Jefatura Psiquiátrica de Long Island Kiev. Necesitamos su ayuda con una investigación sobre un incidente que consideramos como una de las muestras de alienidad más singulares que se halla registrado hasta ahora.

Los ojos del anciano brillaron.

— ¿Más extraña que el caso de Stillman-Allen?— preguntó mientras sentía una excitación que lo iba ganando de a poco.
—Sí… mucho más que ese caso, aunque debido a la complejidad de la situación no sé por donde empezar…
Bruno interrumpió:
—Como usted sabe, doctor, hasta ahora todos los incidentes de alienidad se han dado entre individuos que no manifestaron más que una forma de pensar y ver las cosas completa o bastante diferente a la de los seres humanos con sentido común.
—Yo he escrito casi todos los informes y tratados sobre esos casos. Por ejemplo, el de Stillman-Allen fue el más importante por el hecho de que la Alienidad de uno era comprendida por el otro. Ellos no sólo hablaban, sino que habitaban un entorno insólito que los dos entendían a la perfección. Esa fue la primera y última vez que se pudo dar una compatibilidad tal entre dos personas afectadas por esa alteración. — sonrió, y agregó —acompáñenme con un café…

El EMP de Kruegger actuó y cada uno tuvo una taza aromática y humeante en las manos. El doctor giró la taza entre sus manos, mientras un velero se deslizaba por el lago hacia una pequeña isla cubierta de palmeras que acariciaban el agua con la punta de sus ramas angulosas. Con una pequeña cuchara, sacó la crema de la superficie negra y la degustó lentamente.

—La edad me enseñó a ser lento para que mis sentidos capten cada detalle. ¿Está bueno el café? Hyde lo hace con una receta que mi familia trae consigo desde varias generaciones atrás; es un grano cultivado en Nigeria llamado Koka…

—Sí, gracias… Doctor, disculpe que le insista. Este caso es más importante que el de Stillman-Allen. Como sabe bien, después de los famosos ataques de Alienidad pasan dos cosas… o las personas afectadas se suicidan, o fallecen de lo que parece una muerte inexplicable. En este caso hubo suicidio, pero si solamente pudiera imaginar en la forma que este pobre diablo lo hizo, le juro que su vida se vería afectada hasta el día de su muerte…— comentó Schiapparelli.
—Como la nuestra…— agregó su compañera.

Kruegger reflexionó.

—Es muy curioso… ¿Qué sensación sintieron ante esa manifestación?

La mujer hizo un gesto de incertidumbre.

—Fue absurdo. Era como estar ante algo que no se podía comprender por un lado, pero se concebía como un motivo astronómico por el otro. Captábamos una lógica que nos era invisible, pero innegable. Demasiado contraproducente como para poderlo entender en toda su vastedad. Esto llevó a que nuestras mentes tuvieran algunos desórdenes que estamos intentando corregir… aunque sumado a la tecnología, el paso del tiempo es bastante eficiente en ello.
—Una paradoja en sí misma. ¿Antes de enviar los restos para Recuperación filmaron con RR —Realidad Real— el lugar?
—Sí, doctor, pero debo aclararle que aunque parezca imposible, no pudimos revivir a la víctima. Se suicidó de tal forma que la Recuperadora no supo como ensamblar sus células, y murió a pesar de aún faltar más de cincuenta años para que se retirara definitivamente a Mneme. Hasta ahora no logramos encontrar una explicación razonable para esto, por lo que nos permitimos incluir el fenómeno dentro de los casos de «Alienidad aleatoria».
—Debo ver ese cuerpo antes de que…
—No nos hemos explicado bien, doctor, —dijo Lovecraft con voz cansada — no consideramos que la forma como se eliminara el profesor Alighieri sea lo original o importante, a pesar de que personalmente yo así lo considere, sino el producto de su Alienidad…— bebió un sorbo de café— y miró a su compañero.

Kruegger entrecerró los ojos. Lo que se le estaba planteando era una posibilidad que deseara y temiera durante los últimos veinte años; posibilidad que también lo aterrorizara en noches donde los sueños dominaban su fatigada mente.

—Como le dijera Alexandra, doctor, en este caso por primera vez se pudieron recabar evidencias no solamente físicas de la Alienidad, sino que funcionales también…  y no estoy refiriéndome a su cadáver…—hizo una pausa—. Antes de matarse, el profesor Alighieri trabajaba en un proyecto secreto que aún desconocemos. Se trataba de una máquina, algo extraño, repleto de agujas, engranajes y palancas sin sentido…
—Pero que expresa funcionalidad… —murmuró Kruegger, confirmando sus sospechas definitivamente.
—Exacto, doctor. Es la primera vez en la historia de nuestra raza que tenemos un producto mecánico de la Alienidad con que trabajar. Una maquinaria de una factura tal, que ninguno de los especialistas enviado por el Konsomol ha descubierto aún para qué sirve.

Lorel Kruegger observó el rostro del investigador y tembló unos segundos. El creía que nunca podría ver un acontecimiento como éste previamente a su Retiro, pero el destino, o lo que fuera se lo había traído antes de que su ADN y sus recuerdos pasaran a integrar los archivos de Mneme.

—Whisky doble— pidió, anticipándose por primera vez al confundido EMP.

Estaba excitado. Recorría los pasillos subterráneos a gran velocidad, sus pies a unos centímetros del suelo, el pelo blanco agitándose como los tentáculos de una medusa. La túnica azul temblando con las brisas que salían de conductos que llevaban a cámaras habitadas por duendes de la maleza y hadas de ojos grandes y azules: cabellos alborotados semejando arbustos que esconden misterios animales; una magia tan incomprensible que solamente se percibe como una brisa matutina de carácter inquietante que produce sensaciones incomprensibles.

Cuento Un Fantasma en la maquina de vapor 16-3-2012 2 pag 25 p

Caminamos en la noche. Una estructura de hierro y flores entrelazadas nos cobija. El aroma de los pétalos se mueve alrededor de nosotros, como una entidad viva que siente curiosidad por nuestras reacciones. Nos acaricia, domina nuestro sentido del olfato y se infiltra en los recuerdos pasados y futuros. Dos gatos inmensos descienden del techo del túnel de metal y vegetales. Son enormes, feéricos; se mueven como sobre vapor; los tres nos inclinamos y tratamos de tocarlos. Ellos se esconden detrás de unos arbustos; nos temen, como a lo que representamos. A pesar de todo, comienzan a acercarse…

Estamos en una cama, acostados. Acaricio los pies de las dos… nos dormimos juntos… la espalda de una y otra son como partes de un todo, una segmentación que se manifiesta con el sólo fin de la diversidad. Una me acaricia, la otra espera su turno, cuando su hermana se duerma. Somos una unidad, pero esto terminará pronto, como todo lo que vale la pena. Si la felicidad fuera perpetua, se transformaría en una rutina. Los gatos regresan a su refugio en el viento. Nosotros nos separamos, nos observamos alejarnos, nos amamos, nos odiamos. Ya no volveremos a estar juntos, jamás… Aunque quizás, en algún futuro apocalíptico, por unas horas, los tres nos encontremos en una cama, en una unión definitiva, para después sí, desaparecer en el tiempo como recuerdos post adolescentes…

Kruegger se sustrajo de la visión en el momento que llegaba a una esquina y atravesaba una batalla de juguetes. Los estampidos de la artillería quitaron los últimos restos de olor a piel femenina y pétalos de rosa que persistían en su mente. Tres regimientos de tropas napoleónicas intentaban tomar por asalto una fortaleza Lotariana que se defendía con misiles y rayos caloríferos: olor a pólvora, plomo fundido burbujeando donde antes hubiera un soldado de infantería y colores estallando en lluvias de fuego y chispas de toberas de cohetes siderales de lata y plástico.

No debo dejarme dominar por la magnitud del descubrimiento. Ellos no deben saber lo mucho que la Alienidad ha afectado mi vida, mi nueva comprensión de las cosas…

Se detuvo y acomodó en un antiguo sillón de materia inerte. Se encontraba en un perímetro comprendido por una bóveda de cien metros de diámetro con catorce ramales-corredores que subían hasta el edificio central. Sobre él, un vitreaux de veinte metros le mostraba una escena de «El Jardín de las Delicias», del Bosco. Alrededor, no-espacios se alternaban desde materia a no-materia, dejando entrever paisajes de otros universos imaginarios elegidos con un fin escolástico.

Una alarma comenzó a sonar y el EMP hizo aparecer un gráfico VP frente a él. Después de dos segundos de ajustes y líneas de interferencia, pudo ver el Instituto de Investigaciones xenobiológicas de Kefrén. Era una pirámide similar a las del Egipto terrestre, aunque ésta flotaba sobre un desierto de arena azul: un océano seco de zafiro molido por los milenios, donde nadaban enormes mamíferos de piel blindada y cuerpo de clepsidra.

La cámara se deslizó hasta el interior cubierto de pinturas y esculturas neoclásicas y se detuvo en la sala de conferencias. El Consejo cantonal se había reunido y Sfiffer, el xenobiólogo más famoso de la franja de mundos con formas de vida locales habló: un rostro que parecía estar alegre y triste a la vez; dos máscaras griegas que representaban al teatro aunque con un maquillaje más cargado, lleno de sarcasmos, guiños, colores cálidos y risas entre columnas dóricas.

—…hemos llegado a una conclusión, después de ciento cincuenta años de investigaciones sobre las formas de vida alienígenas y con respecto a un descubrimiento astroarqueológico que se hizo hace tres años en un planeta muerto de Summundoa…

La imagen de un navío gigantesco en ruinas apareció a su alrededor. Era similar a los antiguos acorazados navales terrestres, erizado de cañones y con un centenar de torres que se inclinaban hacia el horizonte. En la parte inferior del gráfico se podían apreciar unas lecturas que mostraban que el artefacto medía tres mil seiscientos metros de proa a popa.
Monstruoso…

—… el origen del navío es incuestionablemente terrestre. Según los testimonios que pudimos recabar de su aún operacional base de datos, la Tierra fue en un tiempo cuna de una civilización prehumana. Los cráneos, las muestras de ADN y los pocos datos que se han podido recuperar evidencian, que ante una extinción casi segura debido a un virus incontrolable, decidieron construir una enorme nave y escapar hacia las estrellas. En esta moderna Arca sideral, visitaron mundos sin vida y los terraformaron con la ayuda de microorganismos terrestres y líquenes que liberaban oxígeno procesándolo a partir de los gases locales. Obviamente la adaptación de los líquenes fue hecha con ingeniería genética, lo que habla de su alta capacidad tecnológica. A pesar de ello y tomando en cuenta las última bitácoras del capitán, se podría especular que su escape de la Tierra solamente hizo que los navegantes sobrevivieran unos siglos más a la enfermedad; esta se desarrolló espontáneamente dentro de la nave y en pocas semanas sucumbieron todos.  Estos son los hechos y la conclusión es una: hasta el momento, estamos solos en el Universo. Todos los seres y microorganismos que encontramos en los muchos mundos que colonizamos provienen de nuestro propio planeta Madre. Hasta ahora nos había sorprendido que las cadenas de ADN fueran similares a las terrestres, o que cada ser vivo del universo tuviera una cadena de ADN…

El EMP apagó el VVP.

Este tipo debe ser pariente de algún político para mantenerse en el puesto… Era obvio que el origen no era alienígena. Todos los signos que se manifestaban en su forma eran indudablemente humanoides…

Kruegger se levantó y deslizó hacia uno de los ramales. Este ascendió con un movimiento ondulante, como una serpiente de cemento y acero que lo transportara en su estómago: un Quetzacoatl viejo y cansado que duerme junto a juguetes y se hace amar por elementos recreados de su propia imaginación.

Se detuvo al borde de la sala y descendió, dirigiéndose hasta el comunicador. El rostro de Lovecraft apareció bajo la enorme araña biomech que iluminaba todo con un tono ámbar. De las patas del arácnido caían cristales que con un brillo dorado, se iban evaporando al contacto con el aire.

—Espérenme en la sala de la casa de Alighieri…— fue lo único que dijo el hombre y se dirigió al transportador mientras era vestido apropiadamente por el EMP.

El barrio donde Alighieri erigiera su tetrágono, tenía algunas características estéticas que quizás, podrían ser determinantes para los hechos que ocurrieran un par de días atrás.
Bruno Schiapparelli se recostó en un asiento de madera que estaba unido al suelo con cuatro enormes tornillos de acero, en el costado derecho del porche. Frente a él, atardecía y el sol lo encandilaba. Percibió sensaciones similares a las que se viven en un sueño influenciado por música transmitida desde un equipo de audio: fantasías en un rosedal; jardines, esculturas, caminos de ladrillos y gente que pasea con sonrisas radiantes. Una muchacha hermosa, —el ideal de todo hombre sensible —, sentada junto a uno y completamente enamorada de apreciaciones subjetivas que otra mujer no habría notado.

Schiaparelli entrecerró los ojos. Los árboles y los jazmines fragantes se recortaron como si hubieran sido ilustrados por una mano con orientaciones a lo pastoral: campo domesticado por brazos musculosos y camisas de franela; plantas que nacen y se extienden hacia el horizonte en una procesión de fantasmas de contornos luminosos.

¿Qué habrá visto Alighieri para suicidarse de esa forma? ¿Algo relacionado con el paisaje que lo rodeaba, o simplemente la construcción de esa máquina?

Trató de fijar la vista en un arbusto aureolado por los rayos amarillos del sol. Las hojas verdes se transparentaban y se transmutaban en mariposas que se agitaban con la brisa fresca cargada de aromas a rosas blancas y miedos ancestrales. Adivinó la mano de un alquimista prehistórico, un mago que jugaba con la naturaleza inocentemente, enriqueciéndola con sus creaciones nacidas en un subconsciente élfico.

En algunos minutos el sol descendió hasta que fue parcialmente escondido por una torre en forma de aguja que se alzaba unos doscientos metros al frente del tetrágono. Esta se le antojó un cohete espacial arcaico que apuntaba a un cielo que nunca había dejado que todos los misterios que vivieron alguna vez bajo él, se mostraran a sus hijos pródigos.
Schiapparelli se levantó. El asiento crujió: madera antigua sometida a demasiadas lluvias y vientos helados, gimiendo una protesta.

Decidió caminar por unos minutos, tratando de sentir empatía con lo que el científico percibiera en los últimos días de su vida, desarrollando un juego de Rol que le abriera la puerta de una mente incomprensible.

Reconoció que los arquitectos que hicieran el balance estético de la zona estaban en lo cierto.

Una inexplicable aglomeración de estructuras barrocas y maquinaria Davinciana…— anotaron en uno de los tantos informes.

Edificios de tres y hasta quince brazos; catedrales donde relojes con forma de animales, sátiros o centauros danzantes daban la hora inagotablemente: tiempos que se alternan, interpenetran y se pierden hacia destinos en el pasado, futuro o presentes que nunca sucedieron; relojes que dan la hora de la muerte o el nacimiento de personas, insectos o universos; engranajes que fueron construidos antes de que el hombre mismo atravesara los océanos en busca de todos los misterios de la humanidad y que aún funcionaban marcando horarios y fechas que nadie entendía.

Las calles eran angostas. Las casas enormes, como para albergar a familias chinas: numerosas habitaciones sin usar en un universo vacío con más mundos habitables que personas para poblarlos.

Schiapparelli escuchó una canción y sintió una rara sensación en la boca del estómago. La música parecía salir de una de las casas: morada victoriana de enormes ventanales cubiertos por rejas de hierro negro y cortinas blancas que se agitaban salvajemente azotadas por un viento interior que aullaba como una manada de lobos atrapada en un valle sin retorno.

Subió la escalera de madera y tocó a la puerta. La música creció en intensidad: una voz masculina apoyada por guitarras, un sintetizador que creaba una sensación de volumen impresionante, un elegante coro femenino, batería a base de platillos y un bajo que lloraba la muerte de una muñeca bailarina construida con la misma madera que le diera origen a él.

Mientras golpeaba la puerta, apreció los artefactos que se alzaban por todos lados, dentro y fuera de las residencias, en las veredas, calles y algunas veces flotando en el cielo. Eran cosas incomprensibles llenas de válvulas, engranajes, palancas y pistones que desechaban chorros de humo o vapor con tonalidades orientadas hacia colores acuarelados. La mayoría de ellas no servía para nada, pero otras cumplían importantes funciones como fabricar café sin agua, transformar el oxígeno en oxígeno —después de un complejo mecanismo de descomposición y recomposición molecular— o jugar al ajedrez insertando arbitrariamente las reglas de las Damas y perder siempre. Esperó un minuto hasta que sintió unos suaves pasos de mujer: pequeños talones que se acercaban en línea recta, como la aleta de un tiburón que marca el inicio de un suculento e improvisado banquete flotante.

La puerta fue abierta con tal sinuosidad, que el investigador sintió una apremiante necesidad sexual manifestada por una rápida erección. Con un gesto avergonzado extendió la túnica hacia adelante y se cubrió lo más disimuladamente que pudo. Del otro lado del umbral había una muchacha de cabello castaño oscuro, ojos color miel, una boca de generosos labios y una pequeña nariz que casi desaparecía entre las suaves curvas de su rostro. Iba vestida con un atuendo rosado que dejaba al descubierto sus pies flotantes. Los dedos trazaban un dibujo imperceptiblemente, a diez centímetros del suelo.

—Soy el Detective Bruno Schiapparelli de…
—Pase — respondió ella, girando sobre sí misma y perdiéndose por un corredor estrecho y oscuro.

El policía entró y se acomodó en un sillón color ámbar. Frente a él observó un cuadro de Fitzgerald en la pared, era una antigua abstracción, una serie de puntos y colores que si se les prestaba atención, permitían apreciar formas de cuatro dimensiones. Schiapparelli conocía la obra perfectamente ya que en su adolescencia había sido aficionado a la pintura. El nombre era sugestivo en el contexto de la investigación: «Puzzle de restos humanos».

El interior de la sala era similar al del tetrágono del difunto, obviando los artefactos y entidades decorativas. Veinte metros de lado, una enorme biblioteca en la pared norte, máquinas por todas partes echando vapor que era absorbido por intrincados sistemas de tuberías, una serie de estatuas casi incomprensibles y animales mitológicos RA pasando de un estado material al energético arrítmicamente. Un unicornio que entró por una puerta invisible lo observó un instante y se transformó en una lluvia de colores fríos al siguiente. Dos centauros realizaron un paso de ballet a su derecha, convirtiéndose en un chorro de agua verde que giró sobre sí mismo y desapareció en una implosión de degrades. La muchacha regresó con un largo vaso de jugo de ananá.
Cuanta sensibilidad…, meditó el empático, observando el rostro de duende de la dueña de casa.

—Él era un hombre extraño… Construía su máquina-artefacto todo el día, aún por las noches. Cada verano se podían ver varios arcoiris saliendo de sus ventanas; eran como cascadas pero no transportaban nada… Un desperdicio. Una mente inventiva los podría haber poblado de elfos o hadas irlandesas… Me inquieta el desperdicio de los recursos creativos. Es una forma de asesinar a los espíritus que susurran las grandes obras en tu oído.

Schiapparelli bebió el jugo. El líquido amarillo estaba helado y la piña jugueteó en su lengua: en su mente aparecieron mujeres danzando bajo una palmera agitada por las olas aéreas que producen las Mantarrayas Nicodemus.

— ¿Nunca notó alguna cosa que indicara una diferencia radical con las demás personas? ¿Algo que lo mantuviera en un nicho diferente?— preguntó el hombre y sonrió ante unas partículas de polen que un tulipán blanco y violeta arrojó contra su nariz desde la ventana.
—El no era como nosotros… Nunca disfrutaba ante los mismos estímulos que los otros vecinos del barrio. Si no estaba trabajando, se pasaba sentado en ese duro banco de madera que tiene en su porche. Yo imaginaba que perseguía el dolor físico para expiar alguna culpa de su pasado como militar. Cuando iba a buscar bizcochos o chocolate, lo veía con su rostro blanco y sus ojos fijos en el sol. A veces, mientras atardecía, se transformaba en una máscara de la muerte roja… Un ser torturado por las enfermedades de la mente y el alma. Incluso a veces movía los ojos de una forma extraña, como si tratara de ver algo que se ocultara entre las sombras o detrás de las plantas… No se que más agregar… Conocía su historia a la perfección porque antes de mudarme aquí fui agente de Asuntos Internos de la Policía Militar… usted sabe… referencias a sus excesos en Ponderak… Abisinia, y tantos lugares. Pero las referencias son vagas. Nunca se le pudo sacar mucho y sus compañeros de armas eran tan o aún más herméticos que él… Además sus acciones brindaban resultados concretos, y los políticos exigen eso como primera prioridad… —Su expresión cambió inesperadamente. Por unos segundos había parecido una oficial administrativo de la Flota, y ahora una dulce adolescente de mirada soñadora — ¿Le gustan los crepúsculos? En este lugar son de una singularidad única…
El investigador se levantó. El vaso desapareció de su mano y volvió a la base de datos del EMP.
—Señorita, le agradezco su atención pero debo retirarme. Ha sido de mucha ayuda para intentar determinar lo que pasó en esa casa…
—Espero haberle servido de algo. Hacía más de cincuenta años que no veía un polisíquico en vivo; hay escasez de crímenes en nuestro planeta y prácticamente ninguno en nuestro barrio… hasta ahora.
—No los habrá más…— respondió él y salió haciendo una reverencia en el umbral.
Afuera, las máquinas recibían el atardecer con finos chorros de vapor azul.

 

 

© 1996 – 2012 Roberto Bayeto por la novela corta

© 2012 Pedro Belushi por las ilustraciones

 

bayeto1Roberto Bayeto Carballo (Montevideo, 1964). He escrito los guiones de dos álbumes de comics en nueve idiomas —Genética Grunge—, los cuales salieron no solo en hard cover, sino también en revistas como Heavy Metal, la mejor publicación de cómics del planeta, según los entendidos —a mí me gustaba más El Víbora, pero es una cuestión personal— en sus especiales Sirenas y Steampunk; me publicaron una novela corta llamada En la Tierra Donde Viven los Dragones en la revista Isaac Asimov española, dirigida por el Pope de la ciencia ficción hispana y una de las mejores personas que he conocido, Domingo Santos; un relato “Monstruos” y una crónica de mi viaje a Utopiales 2004 en la misma BEM, el relato “Monstruos” como “Mordeurs” en la antología Utopiae 2004, relatos y comics en Axxon, Vórtice, Skorpio, Galileo y NO, Argentina, Ad Astra española, en la antología Fragmentos del Futuro de Espiral, Diaspar, REM, Trantor y artículos en diarios y suplementos uruguayos, uno de ellos sobre mis cuatro años en la Policía uruguaya, en un grupo táctico de asalto urbano… y un largo etc”.

 

pedrobelushiPedro Belushi, ilustrador y guionista. Ha trabajado en multiples proyectos de ilustración y comic. Entre sus obras están Melquiades y El Genio ( Dibujo y guión. Ed. Sulaco 2000) y Mighty Sixties ( Guión y diseño, junto a Carlos Vermut. Amaniaco Ed. 2001).

Ha hecho diversas exposiciones de su obra gráfica dentro del Circuito de Jóvenes Creadores de su comunidad. Actualmente colabora con BEM on Line y otras revistas de CiFi haciendo ilustraciones para relatos y portadas, así como guiones para otros ilustradores como Carlos Vermut, Nando o Pablo Espada (con quien hizo Clon 27, una de las primeras tiras seriadas en internet)

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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