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UN FANTASMA EN LA MÁQUINA DE VAPOR, por Roberto Bayeto (II)

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PRESENTACIÓN

Roberto Bayeto (nacido en 1964, en Montevideo, Uruguay) ha sido muchas cosas para intentar ganarse la vida, pero es escritor. Ha ensayado como editor de revistas, como productor audiovisual, como publicista, como diseñador gráfico; pero es escritor. Uno con muchas peculiaridades (lo poco que lee por ejemplo) y con muchos aspectos típicos del escritor. El más notable de ellos la vuelta una y otra vez, desde distintas aproximaciones, a los mismos temas, a los mismos ambientes y a un núcleo duro de ideas (¿descubrimientos?).

La “alienidad” es una de estas ideas (tan central en Fantasma… que hasta hay una ciencia exclusivamente para estudiarla). Otra sería la evolución de la humanidad con una inevitabilidad teleológica, a la vez biológica y dirigida tecnológicamente; nunca queda claro si hacia algo mejor, pero al menos hay terreno como para ser optimistas.

Sin dudas, la única influencia literaria rastreable en Bayeto es Ballard. Tal vez, sólo tal vez, algo de Bukowski. Su gran fuente de inspiración (y contacto con las tendencias) es el cine, y en menor medida las series de TV (aquí sus elecciones son tan idiosincráticas que es imposible seguirle el rastro: se aburrió por la mitad de Lost pero siguió hasta el hartazgo Babilonia 5, en serio). Bayeto piensa en imágenes. En buena medida también escribe en imágenes.

Prefiero esquivar los intentos clasificatorios en general. En el caso de los escritos de Bayeto aún más. Ciencia ficción. Ucronía. Fantasía. Terror. No me preocupa mucho, yo leo todos esos géneros y más.

Sus obras (guiones de comic, cuentos y novelas) han sido valoradas en buena parte del mundo: España, Argentina, Francia, EEUU, entre otros, pero no en su país, donde no ha sido publicado (sin contar la modestísima excepción de quien escribe estas líneas, en la revista Días Extraños, y las publicadas por él mismo). Otro de sus méritos innegables es haber tenido un rol pionero en la difusión (y elaboración de un movimiento) de la ciencia ficción en Uruguay. Muestra de ello son las primeras revistas uruguayas (años 80) de cómic y CF que anidan en algunas estanterías. Pero una muestra más importante, y tal vez más tangible, es una horda de tipos que de otro modo ni habrían oído hablar de literatura o cine del bueno, no digamos ya de CF.

Por lo menos tres de sus obras: la saga Mordedor, Las modelos muertas (de próxima aparición) y la que aquí empieza, Fantasma en la máquina de vapor, merecen estar en el canon de la CF en español. ¡Qué la disfruten!
Víctor Raggio

Un Fantasma en la Máquina de Vapor

Novela corta de Roberto Bayeto (II de IV)

Ilustraciones de Pedro Belushi

Los técnicos del Instituto de Alienidad, fundación a cargo de la Academia de Ciencias, armaron en el enorme tetrágono una serie de laboratorios y artefactos de medición de energías alternativas.

Alexandra Lovecraft y Schiapparelli esperaban al profesor Kruegger de un momento a otro para que asistiera a la apertura de la caja negra que fuera extraída del cerebro del muerto. Una alteración en las frecuencias EM del ambiente les dijo que el salto de su invitado estaba por realizarse. Salieron en el mismo momento que el científico se materializaba junto a la escalera norte.

—Disculpen la demora. Necesité un baño para meditar. Todo esto es… demasiado impactante para mí.

Ellos asintieron y lo convidaron a pasar. Lovecraft y Schiapparelli caminaron, mientras Kruegger flotaba hacia un salón —antes de música —, que fue acondicionado como un EX-Alfa.  Se detuvieron junto a una serie de sillas de aire y se acomodaron en silencio. Frente a ellos, un equipo de médicos del Hospital Central se aprestó junto a un Ingeniero EX a desactivar el código de seguridad que protegía las memorias e impresiones del mundo de Alighieri de manos de personas que intentaran venderlo en el Mercado Negro de las Sensaciones en los mundos más primitivos.

El médico Jefe esperó la orden de Lovecraft. Esta asintió y sin más preámbulos, el hombre procedió a dejar salir todos los recuerdos de Alighieri, como si de pájaros enjaulados se hubiera tratado.

Las imágenes comenzaron a fluctuar hacia el cielo negro. Parecían nubes en un atardecer invernal cuando se juntan formando paisajes voluminosos que provocan una sensación de insignificancia tan innegable que uno se imagina lo que sintieran los primeros seres humanos cuando se enfrentaron a la contemplación de su propio entorno magnificado por su posición en la cima de una montaña.

Las formas se alzaron del cubo y danzaron bajo el cielo raso. Eran consistentes y se podían interpretar claramente, no sólo como hechos, sino como ideas: Juegos infantiles, juguetes que reían o agitaban brazos armados con pequeños lanzacohetes; navíos estelares con el casco quemado por cien batallas y diez mil soles; pelotas; una madre posesiva; una relación sexual adolescente con una muchacha de bello púbico rojizo; un gato que traía presas que articulaban torpemente un “por favor”; la obsesión por el vuelo de los pájaros; un viaje en un crucero hacia una galaxia tan alejada, que no estaba siquiera en los mapas; el descenso en un mundo arenoso quemado por tres soles anaranjados que no se movían jamás del cielo; la búsqueda de una inteligencia local inexistente; la frustración cuando descubrió que como todos los demás, este mundo no tenía ninguna máquina que estudiar o reproducir; un matrimonio que duró poco; un hijo que partió hacia un puesto de frontera para controlar la piratería; mamíferos sirénidos nadando en un océano de Penínufares, vistos desde un velero conducido por una mujer de cabello negro que se agitaba como el cielo de una tormenta de verano; el descenso de un explorador cerca de unas montañas que parecían ubicadas a propósito en una serie geométrica; un largo viaje en un acorazado “Poseidón”: rostro de acero desafiando un universo vacío de enemigos no humanos…

A partir de ese momento comenzaron a ser invadidos por una singular sensación de ajenidad. Era como si cada célula sintiera un temor irracional a algo que quizás pudiera estar dentro de un bosque oscuro… esperando a cada instante un ataque que no vendría jamás. Entonces comenzó el caos. Las imágenes cobraron vida. Salieron del recinto al que fueran asignadas y bulleron sobre las cabezas de los asistentes. Eran formas ageométricas, no-ángulos que se introducían dentro de sí mismos, rostros que más bien parecían cuerpos, mentes que giraban como pequeñas trombas, hojas de árbol, aromas a  pasto húmedo y juguetes antiguos danzando en su interior. Túneles ocultando secretos mantenidos con temor por subconscientes anegados en los traumas; colores que son olores y sonidos a la vez; gustos a trueno, ruido a manzana, olor a violeta, anocheceres primaverales, setiembres donde hace frío y enormes nubes como dinosaurios desprendiéndose del cielo con un sonido húmedo: retazos de violeta detrás, perlado apenas por las primeras estrellas. Juegos en plazas infantiles en una penumbra que oculta seres indecibles, acechantes, esperando que los niños dejen caer su inocencia para devorarla y transformarlos en horribles adultos que solamente piensen en trabajar y morir como insectos: avispas que ponen su huevo y expiran sin dejar rastro. Hongos que protegen a gente baja de ojos ardientes y mirada distante; duendes que habitan junto al hombre y se alimentan de su dolor. Puertas que se abren, rostros que observan desde las tinieblas y se cierran. Caras que no lo son: seres que viven sin movimiento; entidades que esperan que las estrellas mueran para absorber sus últimas explosiones de energía, cuya sentido de la vida es solamente eso, esperar la muerte de los soles y en una última y pantagruélica bacanal gastronómica, la extinción del Universo mismo…

Cuando la caja negra dejó escapar toda la información, se detuvo y estalló. El contenedor se fundió como plástico dentro del fuego y los tres médicos y el ingeniero que supervisaban la sesión caminaron hacia el exterior y se arrojaron en una esclusa de ventilación donde los transportadores se entrecruzaban para llevar objetos y comida de un cuarto a otro: sus átomos se esparcieron en veinte direcciones distintas y la mayoría se perdieron entre pasadizos oscuros.

Schiapparelli, Lovecraft y Kruegger salieron tambaleándose y se recostaron en el asiento de madera. Alexandra Lovecraft vomitó, mientras su compañero se golpeaba el rostro con su mano abierta para eliminar el tic de nariz que se había manifestado sin previo aviso.

El único que parecía tranquilo era el veterano científico.

—Hemos asistido a la primera muestra de alienidad real que ha existido en nuestro universo. Contemplamos el fin de una era…— murmuró; sus ojos observaban el anochecer de estrellas extrañas; estaban en una galaxia a miles de años luz de la Tierra madre, las constelaciones formaban dibujos inconcebibles, sin nombre.
—Debemos detener esto— dijo la mujer, mientras se reponía — no es “normal”. A pesar de que no sentí miedo ni vi nada que me produjera horror, estoy aterrorizada, es algo en el orden… La conjunción de todas las imágenes me ha dejado una especie de residuo que apenas puedo captar con el borde de mis ojos, un rostro… un rostro con cuernos que sonríe…

La naturaleza se asoma para observar nuestro final…; se dijo el alienista.

Kruegger se deslizó por la sala. Un sonido anticipó la llegada del equipo recuperador. Los digitalizadores rastrearon los átomos de los desafortunados técnicos y los escanearon para intentar una reconstrucción en el Centro más actualizada que la base de datos que ya poseían.

—Ahora tenemos que desmadejar la trama… Hay que conocer el fin de la máquina de Alighieri… para qué sirve. Podemos encontrarnos ante una nueva era tecnológica…
—Yo no estaría tan seguro de eso…— dijo una voz. Un hombre muy alto apareció en la sala. Llevaba un equipo militar de trabajo: negro y gris; creatividad encerrada en la noche esperando un amanecer que nunca vencerá al crepúsculo difuso y malsano, que se ha colgado de las estrellas y la luna como un recuerdo velado por un sueño demasiado sugestivo.
—Señor Kruegger, le presento al coronel José Müller, ingeniero astroespacial, experto en cualquier tipo de maquinaria…
—Desde una cafetera hasta un navío sideral prehumano — cortó el hombre a la investigadora. Esta lo miró de soslayo unos segundos y sonrió.

El EMP envió una dosis masiva de terapia olfativa para intentar dispersar la tensión: aroma a reunión familiar, con diversos manjares caseros y parientes queridos que no se ven desde hace mucho tiempo.

Kruegger se inclinó, mientras el coronel hacía un saludo marcial.

—Disculpen que no viniera a la reunión pero tenía ciertas complicaciones con un procesador del navío encontrado en Frontera… bueno, ya habrán escuchado de él por Intergal. Viajé todo lo rápido que permitió la torpedera que me llevó hasta el límite de teleportación.
—No hay problema… Caminemos— dijo Schiapparelli. En su rostro aparecieron unas arrugas que una hora atrás no existían.

Salieron de la casa y transitaron por el barrio. Mientras tanto, varias decenas de técnicos y médicos se movían por las instalaciones como hormigas histéricas intentando defender su nido de una serpiente gusano.

Anduvieron despacio por las veredas en las que máquinas vermiformes chisporroteaban y cubrían todo con un murmullo similar al de las paletas de un barco marino en movimiento. En el cielo, barriletes de acero dejaban caer pequeños cubos de hielo rojizo, o lloviznas plateadas de agua que se evaporaba al rozar el cemento.

—Recibí los archivos gráficos del artefacto y debo reconocer que nunca vi algo igual. No se capta el sentido de su arquitectura por una parte, pero por otra existe una funcionalidad lógica que es contraproducente con la primera impresión. Además, hay puntos que parecen terminar en la nada. Siguiendo una, llamémosle paralógica, hay sectores en la arquitectura del objeto que deberían continuar en alguna parte. Hasta los emuladores empáticos tuvieron la misma impresión que yo. Es por eso que preferiría verla lo antes posible y comenzar a trabajar.— comentó el coronel, mientras tocaba un cilindro cubierto de arterias y ventosas que se movía ondulando a su lado. De su interior salía una música de órgano gestada en el vientre de algún antiguo parque de diversiones ubicado en una playa rugiente: rocas como esqueletos de titanes Poseidónicos que a veces parecen temblar animadas por helados corazones.
—Debe saber que nos enfrentamos a una situación impredecible. Hace un rato abrimos la caja negra de Alighieri y pudimos comprobar que su mente ya no era como la nuestra. A partir de un período determinado que la IA está intentando dilucidar, su psiquis se alteró hasta apartarse de los cánones humanos— afirmó Kruegger, mientras el EMP local le suministraba una manzana de un rojo gránate.
—El profesor tiene razón— agregó Lovecraft; su rostro aún pálido mientras los dedos de manos y pies se retorcían sin sentido —esto es terriblemente perturbador y no sabemos hasta donde nos puede llevar. Se que no tengo tanta autoridad, pero sería de la idea de dejar todo como está y archivar ese engendro mecánico en un deposito del gobierno. Si las memorias de Alighieri produjeron ese efecto en nosotros y los técnicos, no quiero imaginar lo que puede hacer su creación cuando sea activada…
—Podría ser una especie de artefacto de destrucción, o alterar la atmósfera… — dudó Schiapparelli.

El coronel se detuvo junto a un porche de madera. Unas adolescentes escuchaban “El crepúsculo de los Dioses”, de Wagner, mientras proyectaban un diorama de varios metros sobre una antigua batalla en un mundo cubierto de islas en la que gigantescas serpientes aladas, intentaban derribar las estaciones de cultivo de los colonos: sangre que cae del cielo; púrpura contra azul, salpicando la superficie de metal pulido de los bombarderos.

—El “Ragnarok”… qué oportuno…— murmuró Kruegger.
—Entiendo su posición pero quiero que comprendan que todo se debe a su reciente e inquietante experiencia. Actualmente toda la sociedad humana se encuentra en una situación embarazosa. Los Ministros han prometido una búsqueda sistemática de otras especies inteligentes en el cosmos y han fracasado. Nuestra raza se estancó hace más de cuatrocientos años en el mismo estado tecnológico. Hemos mejorado levemente las existencias mecánicas. Las naves acrecentaron su velocidad; las IA ganaron un poco más de rapidez para procesar los datos… pero la verdad es que no se ha creado nada importante desde esa época. Hay una escasez absoluta de novedades y la gente se está aburriendo. Hace dos días me enteré de que por primera vez en décadas, estalló una guerra civil cerca de Américo Vespucio. Hasta ahora se habla de cien mil muertos, pero esto es confidencial. Si lo comento con ustedes es porque nuestros “jefes” están interesados en resultados. El Alto Mando considera que nuestra especie peligra de alguna forma ignota. Algunos más paranoicos sospechan de una avanzada alienígena y creemos que la comprensión de esta “nueva” tecnología podría ser vital en la resolución de esta crisis, que sea una cosa u otra debe ser detenida a la brevedad. Dada la situación, quizás éste sea el descubrimiento más grande de la humanidad; en caso contrario, el fiasco no pondría en peligro nada porque esperamos que esto no salga del recinto donde fue montada la máquina.

Se detuvo junto a un artefacto que emitía señales luminosas orientadas hacia el ultravioleta, radiación que los ojos de los cuatro paseantes detectaban como un resplandor leve. Un zumbido que subía y bajaba de intensidad salía de las entrañas espiraladas, construidas en cuarzo celeste y cromo bruñido.

—Así que todo está empezando en este preciso lugar…— murmuró el militar, con una sonrisa nostálgica.
—No entiendo…— dijo Kruegger.
—Déjenme explicarles… Este barrio antes se llamaba «Clockwork Orange». Era hogar de una planta de desarrollo tecnológico; aquí se fabricaron los primeros propulsores PDB, que permiten el viaje por los Hoyos de Gusano de una galaxia a otra, o los prototipos de EMPs. Es gracioso, antes se parecían a una plancha de ropa primitiva, aunque de diez metros de largo. Ahora funcionan con principios que ustedes no comprenderían sin un curso de varios meses y ocupan menos de un milímetro cuadrado en el espacio normal. Todo se inició aquí… Hace cuatrocientos años, cuando comenzaron a detenerse los mecanismos que hacen que una raza determine su futuro, la planta cerró y los antiguos Ingenieros se transformaron en artistas. Ahora los que desarrollaban los avances tecnológicos se limitan a fabricar máquinas que no aportan nada nuevo, aunque como Ingeniero debo reconocer que son artesanías formidables… Por ejemplo miren esto…— señaló el mecanismo que había estado observando distraídamente, mientras cotejaba información con el EMP—…es un procesador de texto con impresora incluida, pero… tiene características que lo hacen obsoleto: imprime libros en un papel de pasta que no dura más de una semana antes de desintegrarse y además el idioma que utiliza es sánscrito, obviado ya hasta de las bases de datos de la Mneme local. Arte e ingeniería fútil para un mundo donde la futilidad es un cotidiano.
—No comprendo la utilidad de todo esto…— preguntó Schiapparelli.
—Es obvio. No tiene que haber ninguna utilidad. Todo —abarcó el lugar con las manos— no es más que una manifestación de que vamos hacia alguna parte que no podemos predecir… o lo más inquietante… hacia ninguna parte.
—Qué interesante… La alienidad otra vez…— sonrió Kruegger. Era obvio que se encontraba a sus anchas entre tantas muestras físicas de una anomalía que hasta hacía unas horas, solamente se podía encontrar en esbozos teóricos o suposiciones en base a hechos poco claros.
—Exacto, doctor y para ello está usted aquí. Yo soy experto en máquinas, pero no en su disciplina. Me muevo cómodamente en la lógica del funcionamiento tecnológico, pero soy muy mediocre en filosofía o sicología y para eso también nos acompañan dos de los investigadores más brillantes.
—Si lo que dice de la situación social de nuestra especie es correcto, debemos empezar cuanto antes— afirmó Lovecraft, mientras miraba a los ojos al coronel; era casi tan alta como él.

Se dieron la vuelta y dirigieron hacia la casa. Schiapparelli meditaba sobre algo que Lovecraft no pudo imaginar.

Frente al proyector, Kruegger y Lovecraft observaban con rostros sombríos partes de la grabación de la información guardada en la caja negra de Alighieri. Habían suprimido algunos sectores por motivos obvios. Una IA Psicho los apoyaba con el desciframiento de la arquitectura sicológica de la mente del occiso, algo bastante improbable frente a los acontecimientos anteriores. Por otra parte, Schiapparelli recorría la casa y los alrededores intentando empatizar con los lugares que influyeran estéticamente en Alighieri. Después, los tres se reunirían con el terminal local del Mneme y transferirían sus impresiones para ir elaborando un clon básico que probablemente serviría como esqueleto de lo que fuera la personalidad del sujeto de estudio.
Müller prefirió apartarse de todo lo que fueran impresiones sicológicas. Afirmaba que él investigaba sobre otro tipo de fundamentos.

—Toda maquinaria, por muy extraña que parezca, trabaja sobre bases tecnológicas firmes, producto de una lógica inviolable. Un ser humano, por más loco que esté, si construye un artefacto funcional, se rige por patrones humanos. Ese es el Principio de Stolchnikov. En este caso se aplica sobre que un sujeto humano no podrá escapar de una lógica humana. Algo que funcione necesita una lógica mecánica que no parta de una premisa errónea. Yo estoy aquí para trabajar en base a ella y a pesar de que Alighieri fuera un poco raro, era en esencia, humano, algo de lo que jamás podría evadirse.
Como primera medida, hizo acordonar toda la enorme sala donde la máquina descansaba. Un campo de fuerza evitaba que cualquiera entrara y lo interrumpiera. La segunda, despidió a todo el personal que no fueran la detective, el empático y el alienista.
—Muchos Ingenieros somos excéntricos y yo soy fanático del aislamiento cuando trabajo… Además, aplico el principio de Emergencia Nacional… —sonrió —…creo que hacía varios siglos que nadie lo hacía… Me hace sentir importante… —bromeó.
Aunque lo del aislamiento era relativo. Müller tenía una colaboradora, una IA de vigesimocuarta generación. Un procesador que funcionaba en base a una matriz neural humana, en este caso, la de su propia esposa desaparecida en medio de un viaje a la constelación del Carnero.

El coronel entró en la sala y se paró frente a la máquina. Sonrió. A pesar de que ante los ojos de cualquier lego podría ser una cosa extraña e incomprensible, para él las influencias saltaban con una simple observación.

—Toma nota— dijo mientras caminaba de derecha a izquierda —la base tecnológica es de origen Schumel-Vaughan. Una fusión entre un aparato de control de trayectoria de astronaves, un emisor de señales similar al de los RTs que se usaban hace mil doscientos años, un transmisor de energía polivalente y un conversor para que todo funcione bajo la misma frecuencia…

La IA flotó a pocos metros de él. A pesar de que parecía solamente una esfera llena de agua, Müller, en algunos momentos especiales, creía reconocer el rostro de su esposa reflejado en el cristal verde.

—Pero… sigue existiendo el problema… — giró varias veces alrededor de la máquina apagada. Su forma de escolopendra brilló desde el aceite que recubría la superficie y que salía por sus poros como un lubricante.
—Sin fuente y funciona… Agrega: la forma no tiene ningún tipo de criterio práctico. Probablemente no afecte para nada el desempeño funcional… Pero, existen zonas ciegas. Hay sectores que deberían…— se acercó hasta una parte que moría junto a una salida iluminada por el sol y protegida por enredaderas de hojas azul verdosas —…continuar; no es funcional que culminen de ésta forma… ¿emulación?

Un metro frente a él apareció un esquema de las máquinas que el coronel mencionara. La IA había elaborado una fusión similar a la de su constructor, pero a diferencia de la máquina real, la otra cerraba en los sectores donde ésta no lo hacía, conectada a dispositivos de los que el ingenio de Alighieri carecía.

—Quiero todas las posibilidades prácticas y artísticas, preservando la funcionalidad de los datos que te he brindado. Utiliza el sistema RF.

La IA procesó toda la información y la envió a una velocidad de cinco esquemas por segundo-Tierra. Müller asimiló su sistema de recepción sensorial a la misma frecuencia y comenzó a registrar los diseños para captar el por qué de la obra del suicida.

—No computable— dijo la máquina, mientras se alejaba unos metros del ingeniero para dejarlo maniobrar tranquilamente.
—Bueno; todas las posibilidades cierran. No es factible la operacionalidad de esta “cosa” con las actuales terminaciones en puntos ciegos. Por ejemplo, aquél catalizador debería continuar hacia un emulador de frecuencia, y este cable transmisor de iones tendría que estar conectado a una fuente… ¿Conclusiones?

La IA se aproximó.

—Esto no puede funcionar. No hay una conexión a fuente de energía capaz de mover cada parte funcional; no existen emuladores suficientes para posicionar las ondas de captación; es imposible que se activen los primitivos tubos de rayos catódicos para que emitan señales, ya que los flybacks deberían estar en alguna parte y no lo están. No hay nada que pueda extraer energía de alguna parte para el funcionamiento, ni emuladores, ni baterías, y ni siquiera un condensador por más microscópico y novedoso que pueda ser. He analizado toda la máquina a niveles infinitesimales y microscópicos. Nada que se salga del patrón de funcionalidad.
—Gracias, es suficiente. Pero según los datos que poseemos, cuando los investigadores llegaron esto andaba. Solamente se apagó cuando uno de ellos, bajó el switch que está situado en la parte frontal. Un procedimiento simple y un activador más simple aún.
—Una mezcla anacrónica de tecnologías elementales…
—Exacto, pero nada alienígena. Todo fácilmente comprobable, menos esos puntos ciegos… Bueno, dejémonos de especulaciones.
Tomó la palanca cubierta de franjas amarillas y negras que hacía de llave y la bajó.
Bienvenidos al Fin del Mundo… — musitó.

Primero, una leve vibración sacudió el suelo y las paredes de la casa. Era una mezcla del zumbido de un enjambre de abejas, los latidos de un corazón, el sonido de las olas rompiendo en unas rocas lejanas y el siseo de las alas de un coleóptero cuando roza las ramas de una planta acuática. Enseguida, un resplandor salpicó algunos de los ramales de metal cubierto de aceite con un tono azulado y en el enorme monitor comenzaron a surgir puntos de luz con trayectorias determinadas por códigos binarios.
I pur si muove…

—Análisis de los…
—Son cursos de navíos que hacen un circuito atravesando los alrededores de este sistema planetario. Aunque existe una anomalía. Comprobé todas las rutas con la Terminal local y en éste momento solamente hay un escuadrón de seis fragatas que se mueven dentro de esa gráfica; intentando que coincida su ruta con las de la pantalla, he descubierto que no existe tal coincidencia. Hay seis detecciones correctas… pero más de veinte incorrectas… incorrectas… incorrectas…

Müller comenzó a golpearse el mentón con el dedo índice de su mano derecha. Müller se golpeó la sien con los nudillos de la mano izquierda. Müller se rascó la nariz con el índice de la mano derecha. El gesto inconsciente, se manifestaba cuando se encontraba ante un problema aparentemente insoluble.

—Cabe la posibilidad de que esta “cosa” solamente dé lecturas falsas. Quizás no sea más que una especie de juego proyectado para pasar el rato… Un yo-yo cósmico…
—No es así. Sabes bien que la máquina no debería funcionar, pero funciona. Las partes destinadas a la detección T-espacial, tienen una estructura lógica. Son cien por ciento operacionales. Las trayectorias de los seis navíos que surcan nuestro sistema son idénticas a la que se puede apreciar en las gráficas del ingenio… los demás pueden ser ecos de algún tipo debido a la falta de sectores destinados a la conversión… Aunque eso también es improbable… Esto no es computable…

Müller sonrió. Sabía que su mujer nunca se hubiera equivocado; junto con él fueron el mejor equipo de Ingenieros de toda la CONDOLEM y cuando ella partió en el último viaje, hizo clonar su matriz neural con toda la experiencia genética en caso de que sucediera algún tipo de accidente. Si él no la reprodujo biológicamente, fue solamente por un expreso pedido de ella.

—Sabes que soy posesiva y nunca te dejaría en paz, pero prefiero que te quedes con una copia de mis recuerdos y no mía; soy única y eso es suficiente para la humanidad — afirmó antes de subir a la goleta que desaparecería en una zona poco explorada de “El Carnero”.
—Tienes razón. Vamos a dejar esto por hoy. Tengo que pensar. Siempre proceso mejor la información con unas horas de ocio… además, cada vez que veo los puntos de trayectoria singulares me siento bastante mal… no tiene sentido pero es lo que me pasa… puntos… mal… pasa… singularidad… mal… singularidad…
—Lo sé…— murmuró la esfera, mientras el coronel salía de la habitación con las manos en los bolsillos del pantalón negro.
—Lo sé… —repitió la esfera, mientras intentaba sin éxito, corregir una anomalía que se producía cada vez que intentaba computar las trayectorias singulares de trayectoria.
Parezco uno de esos juguetes que cuando chocan contra la pared, regresan y chocan nuevamente…; pensó la IA y se dio cuenta de que ese tipo de pensamiento le llegaba de un recuerdo de su niñez como humana.

Mi cochecito rojo…

Se acomodó en el banco del porche. El EMP le suministró un jugo de naranja con un poco de Vodka, la medida exacta.

—Una chispa de fantasía…— como la llamara él cuando le preguntaban sobre la meticulosidad de la cantidad.

El sol aún estaba alto en el cielo. Aspiró el aire con aroma a azahares de limón. Era un olor dulce y agradable.

Cerró los ojos y pensó en lo que había averiguado hasta el momento.

Fascinante… una estructura que funciona sin fuente aparente de energía; una serie de artilugios incompatibles sin emuladores y codificadores que se interpenetren. No hay lógica. Esta es la visión del infierno que me aterrorizaba cuando tenía once años: un mundo de caos, ilógico, pero que funciona. Es como meter arena y barro en un reloj antiguo de cinco mil piezas que atrasa y en lugar de que se traben los engranajes definitivamente o se quiebren, se muevan más precisamente aún… el horror de la perfección y la funcionalidad producida por el caos…

Sintió un pequeño rumor junto a él. Kruegger se había sentado y observaba el edificio con forma de aguja que parecía clavarse en el cielo celeste.

—Esto es semejante a la Tierra. Estuve allí hace cien años y todavía no me puedo recuperar de la visión de su belleza. Debe ser algo guardado en los genes, ya que hay mundos mucho más complejos y cargados de singularidades.
—La Tierra… La recuerdo como extensiones de pasto, bosques, estaciones de metal gris y cemento que se introducen en las profundidades…
—Y los océanos…
—Los océanos… ocupando casi toda la superficie… Las ciudades flotando sobre las olas, los helicópteros dejando huellas en el agua salada…
—Una visión subyugante. Lo que más me extrañó es su gente. Altiva, manteniéndose al margen de los visitantes; actuando incomprensiblemente…
— ¿Lograron algo nuevo?— preguntó Müller, mientras bebía el jugo silenciosamente.
— ¿Y usted?
—Veo que estamos empatados.

El anciano sonrió.

—Es receptivo, coronel. Pensaba que los militares eran más fríos. Tangencialmente, debo reconocer que estoy completamente anonadado. No encuentro un sentido para la construcción de esa máquina, ni para el suicidio tan peculiar, ni para las últimas acciones del pobre hombre. Estuve toda la vida estudiando una disciplina completamente teórica, con una sola comprobación que afirmó parcialmente la viabilidad de nuestras investigaciones. Cuando creíamos tener un esqueleto completo sobre el que ir desarrollando un cuerpo más sólido se presenta un caso tan firme como éste y todo se derrumba. Faltan huesos; una mano misteriosa los ha escondido en alguna parte del cosmos.
—Lo entiendo, doctor. Yo estoy en una disyuntiva similar. No se si habrá visto las emisiones sobre el hallazgo de la astronave prehistórica…
—Si, lo vi hace unos días…
—Bueno, yo fui el Ingeniero Jefe y debo admitir que me fascinó mucho más antes que después. Mis expectativas eran considerables. Antes del análisis, especulábamos con el origen alienígena del vehículo en cuestión, pero como sabrá bien, era terrestre. Cuando revisé la arquitectura tecnológica, descubrí una similitud con nuestros navíos-colonia del siglo XXIV, con algunas diferencias de orden más estético que práctico. Había desarrollos que se basaban en una coherencia que partía de un principio algo diferente al de la ciencia humana pero no por eso menos válido. Pero, lo malo de todo eso es que no existían sorpresas. Ninguna discrepancia con nuestros procedimientos mecánicos. Todo se daba como se tendría que haber dado. Demasiado terrestre. En cambio, ahora hay desigualdades. A pesar de que lo que está a simple vista es netamente humano, un conglomerado de mecanismos con funciones diferentes interactuando, hay sectores que terminan en la nada y no existe la fuente de energía que suministra el plasma que la máquina necesita. Es como si se abasteciera del aire mismo, aunque para ello necesitaría de algún tipo de mecanismo de absorción que no posee. Por más que revisamos cada milímetro con nanobots, no encontramos más de lo que tenemos…— dudó unos segundos—… y por otra parte, profesor, siento curiosidad del porqué de su falta de curiosidad por la máquina. Desde que llegó, tengo entendido que no ha ido a verla…
Kruegger se tomó las manos entre sí y alzó la mirada.
—No sé si lo que voy a decirle lo ayude, pero en todos los años que he investigado la alienidad no he podido llegar a una conclusión tajante. Existen varios tipos específicos de esta, llamémosle cualidad. Hemos clasificado cinco, hasta el momento, ya que hay más variantes pero son tan disímiles que no se pueden considerar categóricas. Las cinco de las que le hablo se dividen en: Primero, trastornos de índole puramente intelectual. Se resumiría en una peculiar forma de actuar, aunque con estructura. Si carecen de estructura las consideramos simple demencia y se pueden curar. La característica de la alienidad es que no se puede medicar con ningún método conocido. La terapia sicológica, la farmacológica, incluso la de clonación y transferencia de memorias hasta el momento previo a la alteración… todo es inútil. Es como si las mentes de los afectados estuvieran destinadas a terminar “contaminadas”, perdonando la expresión. El segundo tipo es fisiológico. El cuerpo genera elementos químicos no convencionales, siempre basándose en el primer trastorno que acompaña todas las manifestaciones de alienidad. En este caso, hemos podido clasificar diez casos donde el cuerpo alteraba la química metabólica y podía asimilar cualquier tipo de gas como si se tratara de oxígeno. Genetistas como Raggio, afirman que podemos estar ante una mutación que permita que el ser humano respire atmósferas hostiles sin protección. Una de las especulaciones se basa en que la especie ha estado tantos siglos en contacto con los viajes espaciales y el descenso en mundos con atmósferas irrespirables, que se va adaptando lentamente a su actitud nómada, otra, que la próxima fase evolutiva de la humanidad —y cualquier especie inteligente— debe tener esa característica para adaptarse a un entorno xenoforme. Según sus teorías, estos casos son experimentos fallidos de la naturaleza; fallidos porque los sujetos terminan sucumbiendo por envenenamiento. Llega un momento en que los químicos generados superan la capacidad de asimilación y el organismo colapsa. El tipo tres, es cuando el sujeto crea “Arte alienígena”. Sus obras carecen de una estructuración normal y causan malestar, horror o sensaciones muy difíciles de encasillar por los observadores habituales. Para poder catalogar estas obras como alienígenas, deben provocar una reacción de alienidad en absolutamente todos los sujetos que las observen, escuchen, degusten, huelan o toquen. Aunque a pesar de todo, por no existir un sistema eficaz de medición, aún tomamos todos los casos y el concepto mismo con pinzas; en la historia de la humanidad han existido ya situaciones en las que, aunque no tan drásticamente, se podían captar estímulos similares a los de la alienidad, observe el tríptico de Jerónimo Bosch, por ejemplo — observó hacia el ventanal; el viento sacudía los arbustos de genistas y las hacía susurrar palabras extrañas. —Volviendo al tema que nos atañe… el cuarto, es la capacidad de comprensión intelectual entre más de un individuo. Hace poco tuvimos un caso que fue único en su género, dos personas de diferentes mundos y clase social, entendían a la perfección las expresiones del otro y se comunicaban fluidamente en un lenguaje que era desarrollado con todos los sentidos existentes y aún de formas que no son lógicas, por ejemplo, por intermedio de arrojar objetos al aire a pesar de estar separados por paredes de acero y encontrarse a varios metros uno de otro. Y el quinto, lo acabo de clasificar hace unas horas y es la capacidad de construir artefactos con un uso indeterminado, pero con grandes probabilidades de funcionar… aunque como comprenderá, hasta no certificar la “alienidad” del objeto en cuestión, su inclusión en este apartado es completamente extraoficial.

El coronel sonrió.

—Espero que no lo sea por mucho tiempo, porque de lo contrario esta sería la primera frustración en mi carrera… y volviendo al tema original, doctor, todavía no ha respondido a mi pregunta…
—Esta parte de la investigación, para mí es como una buena comida… Poder presenciar la máquina después de que se compruebe su alienidad, vendría a ser como un magnífico postre — sonrió Kruegger y como una lluvia repentina de verano, fue empapado por las sensaciones y los recuerdos que él a veces dudaba eran suyos.

El Parque está oscuro. Te conocí en una fiesta pero no pasó nada más que bailar juntos y tocarnos las manos; la segunda vez que nos vimos, fuimos presa de la pasión. Nos besamos y tocamos, nos miramos a los ojos y nos dijimos cosas que no imaginábamos estuvieran dentro de nuestras mentes.

Ahora es mi cumpleaños y quedamos de encontrarnos entre los árboles y las estatuas del «Parque Posadas». Te veo llegar; estás vestida con un vaquero y un buzo de lana de un rojo suave; en tus pies calzas tenis. Nunca usarías sandalias porque odias mostrar los pies, a pesar de que sean bellos y delicados, pero esa no es tu verdad. Nos besamos. Caminamos bajo la luz de la luna. Las estatuas suspiran, mientras el viento del otoño que se acerca, despeina tu cabello increíblemente fino. Acaricio tu rostro extraño, de una belleza original y mágica. Observo en la profundidad de tus ojos; hay verdadero misterio en ellos, el misterio de una mujer que jamás confesará sus secretos más íntimos; que será un desafío eterno. Te amo. Tu también, pero hay una barrera en tu mente que quizás nunca permita los compromisos con las personas que verdaderamente amas. Solamente mantendrás relaciones sólidas con hombres simples, sin magia, sin secretos… Esa es la única forma de que podrás dejar libre a tu alma, de no ser una esclava; porque sabes bien que cuando ames, lo harás con todo tu corazón y tu cuerpo, y tu libertad de corazón de paloma morirá para que seas parte de tu amor. Anhelas eso, lo deseas verdaderamente, pero también temes. Eres tan insegura como las olas que se retiran de la arena sin atreverse a continuar, a dominar definitivamente la tierra y enviarla a las profundidades. Se que me amas, pero por eso, también soy consciente de que nunca estarás definitivamente conmigo ni te me entregarás. No importa. El recuerdo de tu rostro, tus ojos, tu aliento, el gusto y el aroma de tu piel, tu boca, y la fragancia de tu vagina en mis dedos, bastarán para que sepa que en alguna parte de mi pasado, existió la verdadera magia…

Kruegger se apoyó en la pared. Sentía una singular sensación de felicidad, algo etéreo que lo hizo suspirar varias veces.

— ¿Se siente bien, profesor? —preguntó el ingeniero, preocupado.

— ¿Usted aprecia los recuerdos, o simplemente los desecha como cosas inútiles?
—Sinceramente, trato de no ser dominado por ellos, aunque a veces no puedo evitarlo. En mi interior se desarrolla una lucha constante contra la tentación de introducirme en los tiempos en que mi esposa y yo vivimos en Loch Gaumont. Allí pasamos momentos hermosos; habitábamos en una casa a cincuenta metros sobre uno de los lagos más grandes… Nos despertábamos, hacíamos el amor un par de horas y después desayunábamos desnudos frente a un enorme ventanal donde se podía apreciar todo el lugar, el agua celeste, los cerros y bosques… Muchas veces soy vencido por esos recuerdos, pero tengo una mentalidad demasiado pragmática como para dejarme abandonar a ellos. Es una de las maldiciones de mi padre; él era uno de los mejores físicos de Torquemada; una mente hecha puramente para las matemáticas… Aquí tiene el resultado final… Un hombre que siente un placer sensual cuando conecta el último circuito de un artilugio, lo enciende y este funciona perfectamente…
— ¿Sabe una cosa? Lo envidio. Yo no puedo escapar de mis recuerdos, y últimamente me atormentan en cualquier parte y sin motivo. Se que todo se debe a mi inconformismo y frustración… Este no es un tiempo que me resulte satisfactorio…
—Podría corregirlo…
—Si lo hiciera, ya no me quedaría absolutamente nada. Es terrible llegar a una etapa de la vida en la que los recuerdos nos torturan, pero tampoco podemos vivir sin ellos… Y a veces un poco de masoquismo, de autocompasión no viene mal si uno tiene mil variaciones de fórmulas de bebidas alcohólicas en su EMP.
El ingeniero asintió sin responder. Alzó la vista y miró más allá de las estrellas, al cielo donde sus recuerdos se habían perdido en una tarde de otoño.

Müller entró a la habitación donde la máquina brillaba desde su arcana configuración. Estuvo parado frente a ella por más de diez minutos, pero su mente no pudo descifrar el mensaje del ingeniero muerto.

—Tienes que salir… — le dijo la IA desde la consola del laboratorio portátil —…tu cabeza siempre trabajó mejor después de un paseo.

El ingeniero asintió.

—Siempre me conociste bien… Hay alguien que vive cerca de aquí y que no visito desde hace más de cincuenta años… Creo que voy a revertir eso ahora mismo…
Salió cerrando el Campo tras de sí, mientras la esfera de la IA lo contemplaba alejarse con un brillo extraño en su rostro de cromo.

Da Vinci era un barrio de los suburbios. Se caracterizaba por viviendas con aspecto de cubos interpuestos terminados en balcones de cristal negro que formaban cortos túneles por los que transitaban vehículos terrestres. Roman Polansky era uno de sus habitantes. Cincuenta años atrás instruyó a Müller en las artes de la nanotecnología, ciencia antigua pero aún eficiente en mundos recién colonizados, donde no se habían establecido los potentes generadores que los equipos EMP necesitaban para operar y que requerían una estación de captación de energía que tuviera su órbita centrada en una estrella.
Müller se detuvo frente a una casa que seguía la misma línea arquitectónica del resto. Cuando pisó la alfombra, la puerta se abrió y un antiguo bot con la forma de un “hombre de hojalata” le hizo un ademán de que entrara. Se paró frente a una pared cubierta de viejas fotos bidimensionales. En una de ellas estaban un joven Müller abrazado por su esposa y Polansky sonriendo con el rostro engrasado por el nuevo prototipo de deslizador que construyeran juntos para una exhibición en Calgucia.
Inesperadamente se abrió una puerta camuflada en la biblioteca y el anciano apareció con su rostro sonriente. Lo abrazó efusivamente.

— ¿Cómo estás, hijo? He venido siguiendo tus hazañas por el Discovery y estoy muy orgulloso de ti… —hizo una pausa y agregó —… siento mucho lo de tu esposa… era una mujer brillante.
—Gracias… Maestro. Recibí tu misiva cuando eso pasó. Yo también he seguido tu carrera hasta que te retiraste. Lamenté mucho que te apartaras de la «Nanotech», a pesar de que algunos burócratas la consideren obsoleta, es vital para la colonización de los mundos alejados del Centro.
—No todos piensan como tú, aunque eso lo sabes bien. ¿Qué te ha traído por aquí? Imagino que debe existir una razón poderosa para dejar el navío primigenio. El gobierno estaba muy excitado por demostrar su procedencia alienígena —rió — no lo consiguieron, ¿no?
—Habrás visto el comunicado de prensa y sabes que no.
—Lo humano del diseño era evidente a simple vista. Nuestra especie está acostumbrada a antropomorfizar…
—Podría haber sido otra especie antropomórfica no terrestre. Cabían todas las posibilidades…

Polansky negó con la cabeza.

—Hay un estigma que caracteriza a los ingenieros humanos… es el regirse por matemáticas simples para el diseño de cualquier máquina. No existían grandes sutilezas en la estructura del navío. Por fuera, a pesar de sus formas intrincadas, se veían ángulos, esferas, conos… todo proveniente de las matemáticas humanas…
Müller frunció el entrecejo.
—Eso es una impresión poco imaginativa —el EMP materializó un café con leche en su mano derecha —. Considero que los alienígenas no tienen por que sustraerse precisamente de las matemáticas como las conocemos, para ser tales. El concepto de las matemáticas es universal. Pueden existir nuevos descubrimientos en su campo… Euclides concibió en su tiempo la geometría plana y nadie se planteaba la existencia de la geometría de tres dimensiones. Que existan otras geometrías, no quiere decir que reneguemos de la geometría plana. Que se hagan nuevos aportes no implica que se nieguen los descubrimientos originales si éstos siguen vigentes.
—Muy bien. Pero yo creo firmemente que los alienígenas no manejarán unas matemáticas iguales a las nuestras. Incluso no tienen por qué tenerlas.
—Es probable que existan especies que no manejen las matemáticas, ¿pero por qué todos tienen que ser tan diferentes? ¿No podría haber una raza cuyo proceso evolutivo fuera similar al nuestro? De ser así, ellos tendrían matemáticas idénticas, más o menos evolucionadas, pero idénticas… ¿Sabes una cosa? siento curiosidad sobre el por qué de que un científico tan brillante y práctico como tú sostenga especulaciones tan faltas de fundamento.

Polansky rió con fuerza, mientras vaciaba un trago de Krulg. Sus ojos se llenaron de lágrimas unos segundos.

—Pruebas…
— ¿Pruebas? ¿Qué pruebas?
— ¿Qué sentiste ante la primera impresión del navío en tus ojos? ¿Qué especuló tu mente, basándote en tus conocimientos?
—Que cabía la posibilidad de que el vehículo fuera completamente extraterrestre…
—Eso basado en la ciencia que te respalda…
—Correcto.
—Bueno… yo sentí lo opuesto, que el navío era terrestre, proveniente de alguna civilización arcaica de la que no existían registros históricos. Ese fue el punto.
Müller frunció el entrecejo, su boca se abrió, se cerró y se volvió a abrir.
— ¿Entonces me estás diciendo que para hacer tus aseveraciones te basas nada más y nada menos que en un impulso? Eso es muy poco científico… Y no puedo aceptarlo proviniendo de ti… eras lo más ortodoxo y empírico que pisara el planeta… un completo reaccionario en tus convicciones tecnológicas. Insisto que es muy poco científico…
—Pero efectivo. ¿O no tuve yo razón?
—Eso puede ser una simple coincidencia. Habían dos posibilidades, cincuenta y cincuenta por ciento para cada lado; o extraterrestre o terrestre. Los dos jugamos a puntas diferentes, tu venciste… el azar estuvo de tu parte y no de la mía.
El anciano sacudió la mano y su vaso se llenó una vez más.
—Cuando los hombres llegamos a determinada edad, los conocimientos pasan a integrarse en el inconsciente y como el perro de Pavlov, respondemos ante las situaciones complejas con impulsos que parten directamente de nuestra experiencia. No hay azar. Todo es parte de un mecanismo monstruoso, gélido y descarnado. Si tuviera que creer en Dios, concepto que no puede entrar en mi cabeza ni deseándolo, en lugar de imaginar al Hacedor como un anciano benevolente y sabio, lo vería como un monstruoso artilugio de acero cortante, recubierto por restos de cuerpos corrompidos, sangre y huesos astillados por martillos y cuchillas oxidadas. A veces cierro los ojos tratando de elaborar en mi mente su forma y solamente se me presenta una boca enorme con varias filas de dientes de marfil y hierro, que muerden y destrozan la vida que se cruza en su camino. Dios, “El Gran Engendro”… “La Gran Bestia” que te persigue hasta las puertas del infinito y te destaza sin darte tiempo a implorar una misericordia que él desconoce…
—Has cambiado tu forma de pensar, Roman… Eras uno de los hombres más optimistas que conocí. Esto es nuevo para mí, no se si preocuparme o qué… — comentó Müller mientras el EMP le reemplazaba el café por un Vodka siberiano cortado con Ananá.
—La vida, el existir… modifican el carácter y los criterios de las personas. En los últimos diez años descubrí cosas que me horrorizaron; vi formas… formas que saltan entre los rayos del sol y nos acechan sin que lo sepamos. Si te digo la verdad, no sé que esperan, o si lo hacen, o siquiera si existen. Solamente las he visto por el rabillo del ojo… por eso fue que me aparté de todo y me vine aquí, donde el principio de lo desconocido surgirá en una forma que no puedo imaginar…
— ¿Cómo fue que viste algo que ahora no puedes ver? Se que tu mente nunca fue propensa a imaginar tonterías.
— ¿Recuerdas cuando me tomé un año de vacaciones de la dirección del Nanotech? Existió un motivo; tenía un impulso singular que me atormentaba cada día… debía construir algo, aunque no sabía qué, ni para qué… Comencé con estructuras simples, «Flores de Stormovik» interactuando con captores de ondas Alfa… Estuve trabajando en eso durante meses, incluso a veces, me despertaba instalando un árbol de levas o un chip en lugares donde no tenían razón de ir. Algo muy loco para un viejo ingeniero “ortodoxo” como yo. Un año después alguna parte enferma de mi cerebro consideró que el engendro estaba terminado y descubrí que “eso” parecía un arácnido deforme. Lo único identificable era el visor, una sección donde se podía apoyar la cabeza y ver lo que hubiera que ver…
— ¿Y lo probaste? — Müller sentía que los bellos de sus brazos estaban erizados. Era como una sensación electromagnética que surgiera del anciano y entrara por su nuca.
—Si. Después lo destruí. No quedó nada de él. Eso no debía existir. Era una transgresión del orden electrónico y mecánico. Funcionaba, pero no tenía una fuente de energía visible. Y su propósito era desconocido. Dos días después de destruirlo y desintegrar cada molécula, comenzaron las visiones… esas cosas de las que te hablé hace un rato, saltando, bailando en el rabillo de mis ojos… como para volverse loco. Un par de semanas después todo estaba como si nada hubiera pasado. Esa es mi historia, blá, blá, blá… —rió exageradamente — Hijo, bienvenido a la “Dimensión Desconocida”… tininini tininini tininini…

A pesar de lo que su maestro creía, Müller lo miró a los ojos con un gesto de preocupación. No lo recordaba tan locuaz e irracional.

—Eso ha vuelto a pasar… —murmuró, mientras miraba hacia el jardín por el ventanal de cristal violáceo —. Otra persona construyó una máquina con características similares a la tuya, aunque no tuvo tu suerte. Está muerto…

Polansky se acarició el mentón.

—Es lógico. Yo he luchado con la sensación de que mi vida debe terminar, aunque soy sincero de que después de destruir ese engendro mecánico los impulsos se hicieron mucho más débiles. A veces tengo alguna visión extraña, pero es tan espontánea como un dolor de cabeza.

Müller se paró y caminó por la sala.

—Te necesitaría conmigo en la investigación. Es vital para lograr una comprensión rápida del fenómeno. Tengo que decirte extraoficialmente, como un amigo, que la especie humana está amenazada por algo que desconocemos hasta el momento. No se me han facilitado todos los datos, incluso hay muchos que no estoy autorizado a exponerle a mis compañeros en la indagación, pero te aseguro que son suficientes como para temer una catástrofe de connotaciones astronómicas. Las personas están actuando en todas las franjas habitadas de forma extraña, Roman. Esto es sumamente inquietante.
—Te entiendo… muchacho, pero no te enojes conmigo si te pido que no me insistas en que te ayude con la investigación. Todo esto ha sido terrible para mi, y lo único que quiero es tratar de olvidarlo. He visto el futuro, y no es bueno para nosotros…
—Señor Müller… debo informarle que el Señor Polansky está sufriendo un cuadro de stress agudo. Le sugeriría que se retirara mientras le suministro un calmante para que se reponga. Disculpe la molestia, muchas gracias.

Dijo en su cabeza el EMP con un legítimo tono de preocupación.
Polansky sonrió, cerró los ojos y quedó dormido en el sillón. El EMP lo transportó a su dormitorio, mientras el visitante salía de la casa con el rostro inexpresivo.

Lovecraft y Schiapparelli recorrieron la zona de panaderías. Eran más de un centenar y estaban construidas una junto a la otra a lo largo de varias cuadras. En el aire había aroma a crema caliente, vainilla y factura recién cocinada. Schiapparelli sintió un extraño ruido en su estómago. Era como el vestigio de alguna época donde la gente se entregaba al placer de comer. Demasiados programas instaurados por el Gobierno Central para el cuidado físico habían eliminado el vicio de la comida que no era otra cosa que un arquetipo de los antiguos humanoides de la Tierra para capturar reservas de grasa para el invierno.

Cada una de las panaderías tenía una arquitectura diferente. Los frentes eran disímiles, no había dos iguales y lo mismo pasaba con el interior de los edificios. La gente compraba enormes paquetes y se los llevaba con una sonrisa. Schiapparelli notó la anomalía cuando una mujer con su hijo casi se chocaron contra él en la entrada de una confitería cuyo frente estaba tallado en madera y cristal azul.

— ¿Notaste la peculiaridad? — le preguntó a su compañera.
— ¿Qué hay gente gorda?
— Decadencia. Esta es una sociedad decadente. Está lleno de cosas sin sentido. Maquinaria obsoleta, sin funcionalidad alguna. Son ociosos. Parte de un sistema ocioso y sin finalidad. Esto es lo que hace la abundancia en la gente común… Se resumen a los arquetipos. Gordos… un intento irracional de aprovisionar el cuerpo de grasa…
—Creo que exageras… Ese aroma me está matando. ¿Vamos o no vamos a entrar?
Schiapparelli asintió.

En el mostrador había gigantescos estantes con todas las variedades posibles de facturas, bizcochos y masas. Eligieron uno de cada uno y llenaron dos bolsas de papel enormes.
Pagaron y se retiraron. Schapparelli notó que las empleadas humanas —algo inconcebible en un mundo con EMPs, como también lo era que existieran bizcocherías y ellos estuvieran comprando en una— también estaban cargadas de kilos de más y sintió una preocupación irracional.

— Volvamos a la casa antes de que se enfríen… —le dijo Lovecraft a su compañero.

El pareció ensimismarse unos segundos y preguntó:
— No entiendo por qué buscamos este lugar y compramos estas facturas pudiéndoselas pedir al EMP…

Alexandra lo miró y rió.

— Eres un hombre sin vida, sin infancia y sin pasado. Cuando era niña, viajaba a la casa de mis abuelos en un mundo agrícola del Borde. Allí no existían EMPs y ni siquiera una sucursal de Nanotech. Todo se hacía con máquinas, autómatas o a mano. Sacó una mantequilla de crema pastelera de su bolsa y se la extendió.
— Prueba esta…
—Schiapparelli la tomó en su mano derecha y comenzó a comerla. Alexandra esperó a que terminara y le preguntó:
— ¿Y? ¿Notas la diferencia?
— Estaba exquisita… pero me dejó los dedos sucios… Tengo que lavarme las manos…
— Esto es naturalidad. Las de los EMPs no ensucian las manos e incluso tienen sectores para que las agarres, disimulados, pero existen. La imperfección tiene sus ventajas, el caos tiene sus ventajas… te hace pensar, hacer cosas inútiles pero que van con el espíritu de la especie…

Schiapparelli la miró, preocupado.

— ¿Qué te está pasando, Alexandra? Te noto ausente y extraña. Nunca te había visto así…
— Tu no estás muy normal, pero a veces hay que aceptar los cambios como son… ¿Vamos?
— Si, pero antes quiero una de esas con dulce de leche…

Ella se la dio y el comenzó a comerla mientras caminaban, ensuciándose levemente la comisura de los labios con el dulce sin darse cuenta. Alexandra lo observó y sonrió, sintiéndose otra vez una niña protegida por sus abuelos de la verdad de una madre repulsiva y un mundo vicioso.

Llegaron a la casa. El calor que aún emanaban las facturas empañó bolsa de papel transparente y el aroma a vainilla, chocolate y crema se esparció anulando los artificiales que la brisa transportara durante kilómetros: un desperdicio de esfuerzos de los mecanismos naturales.

—Decidimos ir a buscar la merienda. Estuvimos observando a los vecinos de este barrio y descubrimos que aún tienen comercios y van caminando a comprar su comida. Realmente son muy excéntricos, pero, como dice el refrán, “haz lo que vieres donde fueres”…— comentó Schiapparelli, mientras entraba y acomodaba los bizcochos en una bandeja de porcelana. Se sentía con un buen estado de ánimo. Incluso se extrañó de que después de los acontecimientos que se vinieran desarrollando a su alrededor, él pudiera experimentar sensaciones agradables.

Lovecraft agregó unas sillas y el EMP se encargó del resto. Comieron con avidez. El entusiasmo con que se abocaron al trabajo los hizo olvidar el almuerzo y ahora se desquitaban mientras las tazas de chocolate, té y café se vaciaban dos o tres veces.

— ¿Algún adelanto?— preguntó la mujer, mientras mordía una rosca aún caliente. La crema tibia con sabor a vainilla se deslizó por la comisura de sus labios y ella sonrió, levemente cohibida y descubriendo que el dulce de leche aún descansaba en la comisura de los labios de Schiapparelli.
—Solamente incertidumbres —respondió Kruegger.
—Yo estuve investigando los antecedentes sicológicos y sociales de Alighieri —comentó Lovecraft —. Al parecer…—bebió su café — …su vida en esta casa transcurrió normalmente, —bueno, normal dentro de los parámetros de la gente que vive por aquí— hasta hace seis meses. En un momento que todavía no hemos podido determinar con exactitud, su conducta sufrió un cambio y dejó de construir máquinas tontas para hacer esa “aberración”. Después que concluyó su factura, se acomodó en uno de los livings y tomando un bisturí DF se mutiló sin supervisión IA o biomech hasta quedar reducido a lo que han podido ver en las filmaciones. Algo materialmente imposible, según los informes del equipo de forenses del CMI. También rastree todas las posibilidades de las bases de datos y pistas sobre la posibilidad de que otra persona se hubiera encargado de mutilar al sujeto… Nadie, además de él, ha pisado esta casa en el último mes…
—Por otra parte —agregó Schiapparelli— he intentado lograr una empatía con el lugar donde vivió Alighieri, su barrio y los dispositivos que construía como hobby. Hay media docena alrededor de esta manzana —señaló hacia la puerta de entrada—. La conclusión a la que voy llegando, aunque todavía no es categórica, es que no tienen relación con su sicosis, o alienidad, como quiera llamarla, doctor. Todo debe someterse a una variación endocrina, o una neurosis producida por otro elemento que intentaremos localizar con Lovecraft en los próximos días. La IA de «Willow El Enano», mucho más potente que la local por encontrarse alrededor de una Supernova nos dará apoyo. Ha recibido toda la información de casos confirmados de alienidad por el Instituto para el que usted trabaja. También hemos trasladado informes de productos artísticos considerados dentro de los parámetros básicos que usted ha establecido.
—Veo que vamos a formar un buen equipo— dijo Kruegger con una sonrisa —pero quiero que sepan algo que no podrán encontrar en ninguno de los informes de Mneme. El Instituto decidió callarlo, pero ahora todos estamos en el mismo juego… —hizo una pausa, mientras el EMP dejaba un Martini en su mano derecha.—Varios de nuestros investigadores murieron o enloquecieron después de compenetrarse en los casos de alienidad, pero lo más extraño es que en las situaciones en que enloquecieron, fue de manera irreversible; incluso, aunque parece un delirio, cuando se intentó utilizar el método de clonación borrando la información anterior a las sesiones, se mantuvo la crisis. Era como si ese tipo de vesania fuera atemporal, que se manifestara en una fecha determinada pero no solamente a partir del momento de ser causada, sino también hacia atrás en el tiempo. Es por eso que yo acepté este caso. Soy uno de los pocos que han sobrevivido a una exposición directa al “Síndrome de Kruegger”, como lo llamamos caseramente y modestamente aclaro que yo no tuve nada que ver con ponerle mi apellido.

Lovecraft se masajeó la sien y razonó unos instantes.

—O sea que esta particularidad no se rige por patrones espaciotemporales. Sabemos que se ha manifestado en parajes completamente equidistantes de las galaxias colonizadas por la humanidad, y que cuando afecta a una persona ya no es posible salvarla de ello. Lo primero podría explicarse, pero lo segundo…
—Hay una segunda teoría… — murmuró Kruegger; su rostro se ensombreció—… Stöoll ha escrito un tratado que especula sobre la posibilidad de que nuestra especie esté pasando a una nueva fase evolutiva…
—…y que estos son los primeros experimentos de la naturaleza al respecto…— agregó Lovecraft, comprendiendo la estructura de razonamiento.
—Exacto. Hay suposiciones que hablan de cómo se extinguió el neanderthal cuando apareció el Homo Sapiens por primera vez. Algunas, dicen que todos los niños nacidos durante generaciones eran Homo Sapiens y que los neanderthales desaparecieron automáticamente; otras, que las tribus de los Sapiens barrieron gradualmente con sus antecesores, en una especie de carnicería racial; y las más recientes, que nuestros antepasados traían en sus genes un virus en estado latente. Cuando éstos fueron los suficientes sobre la faz del planeta, una enfermedad a la que eran inmunes se desató por la superficie y barrió con todos los neanderhales, ya obsoletos para los propósitos de la mejora de la especie… O sea, que ese fue el método que la naturaleza consideró más eficaz para sacarse de encima un estado evolutivo ya inservible a sus fines. Pero debo aclarar que es una teoría, una mera especulación filosófica y nada más…
— ¿Y usted imagina que ahora estamos ante una situación parecida?— preguntó Schiapparelli — ¿Una especie de virus de características singulares?
—No tengo la seguridad plena, pero como especulación es válida.
—Internándonos aún más dentro del universo de la fantasía… ¿le parece posible que ésta máquina tenga algo que ver con toda esta embarazosa situación?— inquirió el empático.
—Eso no es verosímil— cortó Müller— Todos los estudios que hemos hecho hasta ahora son categóricos en que la maquinaria que está en esa casa obra básicamente como un emisor-detector de frecuencias. Es como los sistemas que se usan para control de tráfico por un lado, y un radiotelescopio primitivo por otro, aunque con un decodificador que interactúa con el panespacio para transmitir. Todo concluye en un antiguo monitor de rayos catódicos donde se grafican los datos recibidos. Pero no hay nada más que eso. No imagino que vinculación puede tener un artefacto misterioso e inofensivo con el fin del Homo Sapiens, o cualquier tipo de especulación que se le asemeje.
— ¿Y los famosos sectores ciegos? Eso podría llevar a otra explicación…— dijo Kruegger.
—Debo admitir que eso nos trae locos a mi colaboradora y a mí. La ausencia de los conversores y la fuente de energía, los que son imprescindibles para el funcionamiento del artefacto, lleva el análisis a un pozo sin fondo. Pero hasta el momento me baso para mis afirmaciones en una ausencia y no en una excedencia, es decir, no hay nada más que lo usual a simple vista. No tenemos artilugios fantásticos de nombres impronunciables para asegurar que existen cosas mecánicas que no entendemos —concluyó el ingeniero, omitiendo la conversación con su antiguo maestro.

Lovecraft habló mientras se levantaban.

—Bueno, como coordinadora de esta investigación debo reconocer que estamos ante una situación aparentemente sin salida. No sabemos por qué se mató el sujeto, ni qué factores hicieron que de un día para otro, su psicología se deteriorara a ese punto, ni para qué sirve esa máquina maldita. Entonces debemos trabajar en otros aspectos de la cosa… Por ejemplo, doctor, ¿a usted le parece que ese probable paso evolutivo sea decisivo en este caso?
—Lo creo así.
—Bueno, entonces orientemos las investigaciones hacia allí. Hay que buscar datos anteriores y cotejarlos. Suicidios inexplicables; casos de alienidad comparables, teorías antropológicas de eminencias en el tema, por más disparatadas que nos parezcan, en fin, todo lo que se pueda asimilar y ayude en la investigación… Schiapparelli lo respaldará en lo que sea…
—Y yo me dedicaré a investigar las probabilidades de esos “puntos ciegos” —afirmó Müller; su rostro tenía una nueva luz.
— ¿Le parece que sean importantes?— preguntó Lovecraft.
—No tengo otra salida, pero no quiero adelantar nada. Gracias a la charla que tuvimos me ha venido a la cabeza una idea interesante. Pero como les dije, prefiero no adelantar nada hasta poderla comprobar. Soy un ingeniero, no un teórico y me baso en hechos para elaborar informes…

Lo que no les dije, amigos, es que la charla no la tuve con ustedes… Más tarde me comunicaré otra vez con Roman y trataré de cotejar mis apuntes con los recuerdos de su experiencia… ; pensó, mientras comía el último pedazo de bizcocho. Se levantó y saludando se alejó hacia el interior de la casa.

—Un hombre extraño pero simpático… y atractivo — murmuró la mujer, mientras se dirigía a la zona donde el terminal del EMP reactivado de la casa actuaba. Atisbó por la ventana inconscientemente y se hizo servir un Martini con hielo. Un aroma extraño la invadió mientras bebía. Tenía la característica de esos olores particulares que se sienten cuando uno está viviendo un momento especial, y que al repetirse años después, traen a colación el momento con una fuerza tal que parece que se volviera a vivir: «Olores con forma», dijera G. Iessup, el escritor acuariano, o «Perfumes con Aroma a Tiempo», en puño y letra de R. B. C. “Adama” Cartwright.

 

 

Era una casa de dos plantas. En una ventana observaba un rostro que se podía definir apenas. Parecía ser de mujer, sus líneas delicadas y sus ojos, de un turquesa brillante, eran demasiado femeninos para pertenecer a un hombre.

Ella caminó hasta la casa. Sabía que no tiene nada que hacer allí, pero le urgía una extraña necesidad. Continuó a pesar de sus conmiseraciones y se adentró en un jardín de hierro oxidado, cuyas plantas y árboles eran imitaciones esculpidas en el mismo metal corroído que dejaba escapar pequeños chorros de líquido color ladrillo por poros invisibles.

En el frente de la casa, estaba sentada una anciana de rostro de tortuga. Su nieto, un hombre de unos treinta años, se burlaba de ella y preguntaba:

— ¿Cuándo te vas a poner el abrigo de madera, vieja?

Ella asentía y sonreía, mientras se hamacaba en una vetusta silla de mimbre y cedro.

—Vamos, vieja… ¡Mirá quién pasó por allí! Llevaba una ropa negra con capucha y una guadaña… Cuidado que te viene a buscar…

Alexandra saludó rápidamente y se adentró debajo de una glorieta de hierro y verdes postizos. Aspiró el aroma del perfume férreo y recordó como de pequeña, adoraba caminar por las antiguas vías del ferrocarril, abandonadas cientos de años en el pasado por los primeros colonos, y sobrevivientes aún de una forma de vida más lenta e insegura, donde nadie sabía lo que podía pasarle en cada vuelta de la esquina.

—Hola… — dijo su prima. Ella había muerto a los catorce años, cuando la tragó uno de los enormes y repelentes crustáceos que a veces aparecían en la costa y eran aplastados por los biobóts de vigilancia. A pesar de su resurrección inmediata en Mneme, Alexandra siempre sospechó que debajo del rostro blanco de pelo negro azabache y el cuerpo delgado de pechos pequeños, un ser extraño y hostil era animado por energías desconocidas, acechando a sus parientes ignorantes de todo peligro. Por las noches, mientras dormían, ella aspiraba sus almas para de esa forma ser un poco más humana cada día. Eso sucedería invariablemente hasta que en un tiempo lejano por venir, eclosionaría definitivamente, transformándose en una reina cruel que dominaría al Universo desde su trono de pinzas de crustáceo y cráneos humanos.
—Hola… — respondió Alexandra, esquivándola mientras buscaba a su madre que visitaba a Kleria, su madrina, para confabular alguna secreta conspiración contra demonios personales inexistentes o sombras engendradas dentro del vientre violeta y fofo de traumas paranoicos.

Después de atravesar una quinta de tomates dry y morrones, pudo ver la puerta de cristal que protegía la cocina de su madrina, una mujer gorda de rostro alegre que ocultaba una mente despiadada y poco inteligente.

—… y ya no la soporto más… es demasiado complicada y siempre está metiendo la nariz en donde no debe. El otro día entró en mi cuarto cuando Pierre me introducía… bueno, sabés dónde, uno de esos nuevos Thunderbird… una maravilla… ¡Y la desgraciada me cortó el viaje!
—Y mandála con los abuelos… Sabes bien que ellos la van a recibir felices… Esos viejos viven para la nieta desde que el hijo se les matara en esa guerra inútil… ¿Cómo era?
—Saint Geráin… — aclaró su madre.
—Y se hizo volar la cabeza en lugar de dejar que las máquinas se encargaran de todo… Era un boludo…
—Si… pero no sabes como me hacía gozar…

Las dos mujeres se rieron con carcajadas pajarescas.

Alexandra huyó de la casa sin ser notada, mientras sentía al hijo de su madrina insistir a su abuela sobre la muerte de manera obsesiva.
—Ahí está… ¡Está llegando! La Parca está llegando, vieja… el abrigo de madera está en tu cuarto…

 

Para ir hasta la playa del antiguo frigorífico debía atravesar dos campos y una serie de canteras pequeñas. Desde muy niña su padre la había llevado a la playa, o a la zona de corrales donde sus dos perros “Mo” y “No” se bañaban en los bebederos o el tajamar. Cada vez que ella se sentía sola — y últimamente esto se estaba volviendo usual —se escondía entre la playa y el monte hasta que la noche se posesionaba del lugar. Dos años antes de que su padre falleciera, “Mo” había sido envenenado. Alexandra siempre sospechó de su madre, pero nunca dijo nada. Con su padre y “No” enterraron a “Mo” junto a una de los abrevaderos, clavando una pequeña lápida de plástico con el nombre del perro y la fecha de su nacimiento encima.

Se sentó sobre una enorme roca con forma de cabeza de dragón. El mar verde, a sus pies, se matizaba de blanco cuando la espuma saltaba entre las piedras y farallones y regresaba como una película sobre el agua fresca y aromática. En ese momento, Alexandra deseaba ser otra persona. Deseaba que la, devorara un crustáceo para después regresar sin alma, con un designio de destrucción y odio, con poderes como para arrojar a su madre a una fosa de sufrimiento, donde decenas de enormes demonios de falos ardientes la penetraran hasta que sus brazos y piernas cayeran abrazados sobre el piso y sus ojos saltaran del cráneo.

Sonrió internamente, mientras observaba las formas de un cardumen de tiburones gacela que cortaban el agua con sus cuernos de marfil blanco.

Deseaba que su madre la enviara realmente con sus abuelos. Ella era feliz entre las estatuas, jardines, fotos y recuerdos de su padre. Incluso una vez, mientras su abuelo reparaba una de sus extrañas máquinas mágicas, ella vio cómo su padre caminó entre unos arbustos y después desapareció detrás de una pared de ladrillos rojos. Lo había llamado varias veces, pero el pareció no escucharla. Alexandra quería vivir allá, para buscar el lugar donde los mundos se unen y los muertos pueden hablar con los vivos. Estaba segura de que en la casa de sus abuelos estaba el punto de ruptura entre este Universo y otro en el que su padre vivía y su madre había muerto en un accidente aéreo.
Un crustáceo se asomó del mar, pero enseguida un cíclope descendió del cielo y tomándolo de una pata con sus brazos de cromo y plástico rojo, lo estrelló contra las rocas, desmembrándolo a continuación y guardando la carne blanca, aún palpitante, en un depósito de A-espacio que mantenía en su abdomen.

Se entristeció. Sabía que su madre no la enviaría nunca, a pesar de lo que le comentara cada semana a su madrina. La pensión de su padre, voluminosa, le sería retirada y otorgada a sus suegros si eso pasaba, y ella nunca había trabajado ni se planteaba hacerlo ahora por primera vez en su vida.

Una nave brilló en el firmamento. Probablemente vinieran en ella extraños seres humanos de remotos mundos donde las mariposas raptaban a las mujeres para adornar sus nidos de telaraña y rocío. Cerró los ojos y soñó con un futuro en el que ella pudiera viajar por las galaxias buscando el punto de ruptura que sabía, estaba en lo de sus abuelos. El viaje sería meramente iniciático, pero le daría la esperanza y el temple necesario para enfrentar los acertijos que le serían planteados cuando la puerta de los mundos, el umbral a su felicidad personal, se le mostrara protegida por un dragón y un caballero de escafandra dorada y roja.

Alexandra abrió los ojos, mientras rozaba con los dedos las hojas de un árbol de jazmín.
Vuelven los recuerdos… Hacía tanto tiempo que no sentía esas sensaciones… Después de que termine esto, iré a la casa de mis abuelos y me tomaré un par de meses de descanso… y quizás… si, también solicitaré su compañía a Mneme, ellos deben extrañarme dentro de esa gigantesca base de datos… a pesar de que tengan el Paraíso allí dentro, dudo que se hayan olvidado de su nieta…

Tomó un jazmín blanco y lo arrancó, —el perfume rozando su nariz —, y lo enganchó en la solapa del sobretodo. Un susurro surgió de las plantas y ella buscó con los ojos sin ver nada. Por primera vez desde que llegara al planeta, rozó inconscientemente el arma que descansaba en un lanzador oculto en su brazo. Pero enseguida sacudió la cabeza sintiéndose una tonta y volvió al interior de la casa no sin observar un par de veces hacia el lugar desde donde surgiera el rumor.

 

Schiapparelli volvió a la residencia de la muchacha que visitara anteriormente. Cuando llegó a la puerta, el procesador le abrió y una fuerza EMP lo guió hasta un enorme fondo que moría en un lago de aguas esmeralda.

—Te esperaba— dijo ella. Estaba sentada sobre césped corto y movía sus manos y cabeza en una extraña danza de influencias tailandesas: sus dedos pulgar e índice unidos apenas, sus manos extendidas a los lados y adelante, y su cabeza ondulando de derecha a izquierda, como una Betty Blue melancólica y desilusionada, arrancada de un barrio francés del siglo XX y transportada aquí, quizás respondiendo a razones ocultas que se orquestaban en el inconsciente colectivo de todos los machos soñadores y sensibles de la humanidad.
— ¿Qué relación tuviste con Alighieri?
—Fuimos amantes— respondió. Se levantó y caminó hasta la orilla, sus pies descalzos dejando pequeñas huellas sobre el pasto.
Schiapparelli sintió que la empatía con ella comenzaba a crecer peligrosamente; de todas formas decidió continuar con el interrogatorio.

No debo involucrarme más. Cuando llegue hasta un límite comprometido, me retiraré…

— ¿Tienes alguna teoría de por qué Alighieri llegó al punto de suicidarse…?
— ¿Quisiste agregar “de una forma tan particular”…?
— ¿Cómo sabes que él se mató de una forma particular? Eso no fue difundido por la RED…

Ella rió.

—Oh, el viejo truco de “usted sabe más de lo que nosotros anunciamos… Culpable”… Es obvio. Tu rostro y “energía” cambiaron… Además, no te olvides que yo lo investigué mucho antes que tú. Todo lo que él hacía era “particular” desde siempre. Su particularidad era su esencia; su enigma, su fuerza…
—Ya me lo tenía que haber imaginado. Eres una «empática de sombras» — aventuró él, recordando a esa gente singular que hablaba y pensaba tan herméticamente que nadie podía entenderlos o siquiera detectar sus ondas cerebrales: náufragos invisibles en un mundo de manifestaciones exageradas.

Ella introdujo los pies en el agua. Una catedral gótica emergió en el centro del lago. El limo y el líquido caían desde sus pináculos angulosos y llenos de intersticios sombríos. Las gárgolas que estaban en cuclillas sobre los techos grises les sonrieron y sacaron la lengua. De las entrañas del edificio, comenzaron a salir compases de una marcha que Schiapparelli sabía era de Wagner, pero de la cual desconocía el nombre: una visión sobrecogedora de campos de batalla cubiertos de cadáveres vestidos con armaduras de plata enrojecida por la sangre, con un fondo musical que resaltaba el clima creado por el titán de granito, mármol y acero que observaba el Universo con indiferencia.

Ella miró hacia la construcción y asintió con la cabeza. En ese momento, por su mente se movían recuerdos de un paseo con su pareja, diez años menor que él, en un Jardín Botánico del que ya no recordaba el nombre. Sus enormes y bellos pechos acariciados lentamente, con sensualidad: un deseo sin consumar de un sentimiento que nunca querría definirse realmente; una confesión futura de que en ese momento, ella no deseaba mantener una relación que superara las caricias y los besos, y un terror oculto a la bohemia que él representaba.

Estos recuerdos… Es como en esas películas donde se rememora todo en los segundos agónicos que prologan a la muerte… Recuerdos de Mariangel, de cómo la encontré seis años después y de cómo la continué deseando, queriendo hacerle el amor, besando todo su cuerpo y ese bello rostro de labios carnosos y ojos de gata: miel fresca en medio de una foresta antigua y susurros entre las ramas de  pinos centenarios…

—Entonces como EMP, debes haber captado su decisión de autoeliminarse. Eso salta a la luz… — afirmó, escapando de sus pensamientos y remembranzas.

La muchacha giró su cabeza y lo miró. Era muy joven; un rostro blanco con un leve rubor en las mejillas. Ojos color miel y pelo castaño: una imagen puramente onírica; ese tipo de mujer ideal a la que uno sueña hacerle el amor y cuando despierta, es dominado durante semanas por sentimientos de pérdida intolerable; aquella adolescente que uno deseó y no se atrevió a hacer mujer… arrepentimiento eterno y un deseo aún peor, cuando se descubre que está con un hombre insensible y elemental; desperdicio de sofisticaciones, bellos ojos y perfumes insinuantes, en alguien solamente preparado para reproducirse por impulsos primordiales y no detectar la diferencia entre un Dalí con una fotografía de  un reloj de bolsillo.

—Por más que nos resistamos, hay una nueva forma, un orden que no podemos esquivar. Ese orden nos dice que el fin está cercano. ¿No has visto las flores nuevas?
Schiapparelli observó el jardín a su derecha. Estaba cubierto de Amandas, una flor muy extendida en los mundos coloniales, y entre ellas, pimpollos de rosa, tulipanes y orquídeas se asomaban tímidamente. El aroma le llegó en oleadas de viento.
— ¿No usas EMP en tus jardines?— preguntó él.
—Sería redundante entre tanta vida…— respondió ella y caminó hasta el jardín. Se inclinó y aspiró sobre una Amanda celeste. El polen subió hasta su nariz en una lluvia surrealista del mismo color que la flor.
—Los nuevos son mejores. Ellos van invadiendo todo el espacio; se extienden sin que los podemos ver, pero están entre nosotros y los Otros. Deben ocupar nuestra dimensión y la de Ellos.

A pesar de que Schiapparelli no comprendía el sentido de lo que la muchacha susurraba, decidió instarla a que continuara. Quizás más adelante pudiera traducirlo y utilizarlo en la investigación.
— ¿Por qué?

Ella sonrió.

—La naturaleza es sabia, pero tiene un sólo lugar. Donde los viejos estuvieron, deben existir los nuevos… Mira estas Amandas —señaló las flores—. Hace un año planté una entre las rosas, tulipanes y orquídeas; estaba indefensa en medio de todas las demás y hasta pensé que un día me levantaría y la encontraría seca, sus pétalos caídos entre los rosales. Ahora eso se revirtió. Hasta donde puedes ver, las Amandas son mayoría entre las viejas plantas. Sé que una mañana me levantaré y descubriré a las rosas, orquídeas y tulipanes muertos, como fósiles de animales caídos en desorden: dodos, ballenas, centauroides, tigres, leones, hombres… pero con un orden que nosotros desconocemos pero existe —su boca se curvó en una sonrisa —. Estoy demasiado filosófica. Mejor cambiemos de tema.
—Alighieri…
—Bueno… si insistes… El murió porque el momento de su fin ya estaba preescrito. Todos lo tenemos y debemos concluir cuando lo alcanzamos. No tiene sentido seguir viviendo más allá de nuestras posibilidades. Hay personas que lo definen bien cuando dicen: nadie debería sobrevivir a sus hijos. Juan Carlos Alighieri hizo lo que debía…
— ¿Juan Carlos?
— ¿Prefieres Dante Alighieri? El vio el cielo y el infierno… Por eso murió. Solamente puedes contemplarlos si estás muerto o eres un Dios… de otro modo, enloquecerías y fallecerías de una forma horrible… El no era ni una cosa ni la otra. Por eso se fue. Yo considero a la gente como él Jinetes de Humo… ¿Conoces el concepto?
—Te mentiría si dijera que si.
—Estamos iguales. Yo acabo de inventarlo y no tengo la menor idea de lo que significa… Además, ¿qué simbolizan las etiquetas y las definiciones cuando adelante hay un abismo enorme y detrás avanzan mil toneladas de lava volcánica?

El investigador se sintió mareado. La conversación con la muchacha le producía una sensación de extrañeza que no tenía antecedentes en su vida. Era algo completamente nuevo, al margen incluso de lo que percibiera ante la apertura de la caja negra del científico muerto. Intentó definir el sentimiento como un concepto, aunque fue difícil.
Es mortal, terrible, pero atractivo…, reconoció. ¿Amor? ¿Deseo? ¿Desesperación? —dudó unos segundos. La muchacha estiró sus brazos e hizo unos movimientos sinuosos con ellos y su cuerpo; una ópera de Puccini surgió del mar. Ella sacudió el pelo, arqueó apenas la espalda y lo miró a los ojos. El no supo que decir, solamente se limitó a quedar completamente inmóvil.
 

Soy un idiota…

La muchacha caminó hasta el lago y se desvistió con un solo movimiento. En la hermosa espalda de líneas delicadas y ángulos que parecían esculpidos, tenía tatuado un dragón que recorría su espina dorsal.

—Todos tenemos que hacer lo obvio…— dijo y se arrojó al agua. Mientras Schiapparelli la observaba nadar suavemente hasta la catedral, sintió la urgencia de retirarse de allí.
Debo consultar a Mneme sobre la época en la que Alighieri prestó servicio en la 51… Hay elementos sobre su pensamiento actual que quizás fueran gestados en alguna de las tantas misiones que él realizó…

Se retiró de allí y caminó por la calle hasta la casa de Alighieri. No sin asombro descubrió que en el poco tiempo que platicara con la muchacha, una veintena más de máquinas inútiles fueron instaladas en el barrio sin que en ningún momento, viera a sus constructores. En ese momento imaginó que los artilugios nacían de semillas con forma de reloj de bolsillo; esferas llenas de mecanismos que se desarrollaban hasta transformarse en símbolos de un tiempo en el que la mecánica suplía a la vida. Sintió un cosquilleo en su frente y entrando en el jardín de la casa, se recostó en el asiento del porche. Cerró los ojos. Cientos de especulaciones lo invadieron, y por unos segundos se sintió parte de un fenómeno tecnológico indiscernible, una manifestación fría nacida de la cópula entre acero y bronce bajo una cobija de azar.

 

© 1996 – 2012 Roberto Bayeto por la novela corta

© 2012 Pedro Belushi por las ilustraciones

NOTA: Esta novela corta de Roberto Bayeto se publica en cuatro partes.

 

Roberto Bayeto Carballo (Montevideo, 1964). He escrito los guiones de dos álbumes de comics en nueve idiomas —Genética Grunge—, los cuales salieron no solo en hard cover, sino también en revistas como Heavy Metal, la mejor publicación de cómics del planeta, según los entendidos —a mí me gustaba más El Víbora, pero es una cuestión personal— en sus especiales Sirenas y Steampunk; me publicaron una novela corta llamada En la Tierra Donde Viven los Dragones en la revista Isaac Asimov española, dirigida por el Pope de la ciencia ficción hispana y una de las mejores personas que he conocido, Domingo Santos; un relato “Monstruos” y una crónica de mi viaje a Utopiales 2004 en la misma BEM, el relato “Monstruos” como “Mordeurs” en la antología Utopiae 2004, relatos y comics en Axxon, Vórtice, Skorpio, Galileo y NO, Argentina, Ad Astra española, en la antología Fragmentos del Futuro de Espiral, Diaspar, REM, Trantor y artículos en diarios y suplementos uruguayos, uno de ellos sobre mis cuatro años en la Policía uruguaya, en un grupo táctico de asalto urbano… y un largo etc”. En este portal publicó el relato “El mercado de las sombras”.

 

Pedro Belushi, ilustrador y guionista. Ha trabajado en multiples proyectos de ilustración y comic. Entre sus obras están Melquiades y El Genio ( Dibujo y guión. Ed. Sulaco 2000) y Mighty Sixties ( Guión y diseño, junto a Carlos Vermut. Amaniaco Ed. 2001).

Ha hecho diversas exposiciones de su obra gráfica dentro del Circuito de Jóvenes Creadores de su comunidad. Actualmente colabora con BEM on Line y otras revistas de CiFi haciendo ilustraciones para relatos y portadas, así como guiones para otros ilustradores como Carlos Vermut, Nando o Pablo Espada (con quien hizo Clon 27, una de las primeras tiras seriadas en internet)

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