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EL DÍA QUE HICIMOS LA TRANSICIÓN, de Pedro Jorge Romero y Ricard de la Casa

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Al principio hubo un sueño

La Transición, que viví parcialmente consciente, me resulta un periodo fascinante. Cuando llegó el momento de celebrarla / denostarla / recordarla, cuando se cumplieron los años de rigor para esas cosas (algún múltiplo de cinco), se desató el habitual torrente de obras sobre ese periodo. En particular, una serie de televisión y un libro llamado La Transición escrito por Victoria Prego. Yo lo leí fascinado, con la sensación continua de que escondida entre sus páginas había una historia de ciencia ficción esperando a salir. Tras una sesión de lectura, eché una cabezada y de pronto desperté con la idea del cuento. Es una de esas ocasiones en que la mente inconsciente se centra en un detalle que en el libro pasa casi sin importancia, se aferra tenazmente a él y te lo ofrece como germen de una historia.

A partir de ahí, mi contribución fue muy fácil. Siguiendo la poética de Greg Egan, el cuento no podía ir sobre esa idea. Esa idea era el sustento de todo lo que vendría luego. Es más, el cuento debía cambiar varias veces, al menos tres, revelando sucesivamente que la historia real es otra muy diferente. El final, debe sorprenderte pero a la vez ser coherente con todo lo que se ha contado antes. Escribir el principio, intentando darle un sustento “científico”, fue relativamente fácil. Establecer los parámetros fundamentales para todo lo que vendría luego, también. Pero lamentablemente, en cuanto los personajes se embarcan en su misión ya no pude seguir.

Poco después, los que hacíamos BEM nos reunimos en Cascáis. Hablamos de muchas cosas, claro, pero en particular de la ciencia ficción española. Yo llevaba un ejemplar de una antología Year’s Best Science Fiction de Dozois y comenté algo al efecto de que yo no quería escribir un buen cuento de ciencia ficción española, sino un cuento que se pudiese publicar en una antología así. También le conté a Ricard la idea de “Transición” y mi problema para seguir. Extrañamente, esos dos momentos, que parecían no tener mayor conexión, resultaron estar más que relacionados.

Recuerdo que Ricard puso cara de que los engranajes de su cabeza se movían a gran velocidad. Una expresión ausente que indica que la persona está usando los recursos de su cerebro en un proceso de reflexión. Al poco me dijo que si quería podíamos colaborar en escribir ese cuento, si yo estaba de acuerdo. Fue una suerte, porque sin él el cuento no habría existido y ni habría sido la mitad de bueno.

Lo presentamos a un concurso donde no logramos nada. Luego, apareció en Visiones 1997, una antología de cuentos compilada por Rafael Marín. Ahí, en el orden normal de las cosas, debería haber acabado todo. Pero luego Miquel Barceló y yo mismo lo incluimos en la antología Cuentos de ciencia ficción, para pasar posteriormente a la antología Cronopaisajes. En algún momento de ese proceso llamó la atención de Andrea L. Bell y Yolanda Molina-Gavilán que lo tradujeron al inglés y lo incluyeron en Cosmos Latino. Una vez en inglés, la gran sorpresa fue verlo aparecer en Year’s Best SF 9 de David G. Hartwell y Kathryn Cramer, una antología que como su nombre indica recoge lo mejor del año (con lo que tuve mi suerte de deja vu con aquella conversación de Cascáis).

Se puede decir que “El día que hicimos la Transición” ha superado todas nuestras expectativas, si pensar que sería publicado en una pequeña revista para luego ser olvidado rápidamente era una expectativa. Si alguien nos hubiese dicho que acabaría publicado en japonés, por ejemplo, no lo hubiésemos creído. Como tampoco hubiésemos creído que acabaría siendo incluido en The SFWA European Hall of Fame, compilada por James y Kathryn Morrow. Y tratándose un libro con el sello de la SFWA, la organización de escritores de ciencia ficción, sus traducciones se han multiplicado hasta tal grado que ya hemos perdido totalmente la cuenta. Sé, por ejemplo, que está publicado dos veces en italiano, y creo que incluso en checo. Vamos, que gracias a ese libro ha cobrado una especie de vida propia y se va propagando por sí solo.

Hay quien me dice que es el cuento español de ciencia ficción más traducido (aunque necesariamente “Entre líneas”, de José Antonio Cotrina, que también aparece en el volumen de la SFWA, bien podría serlo). Pero lo sea o no, la verdad es que el cuento gusta. Por ejemplo, Yolanda Molina Gavilán, en Ciencia ficción en español: una mitología moderna ante el cambio, lo lee como reflejo de “cierta incertidumbre ante la voluntad y la preparación democrática de los españoles”, interpretación que al principio me resultaba desconcertante pero que cada vez me resulta más interesante. Otros destacan la historia de viajes en el tiempo y que éste se produzca en un periodo histórico que no es el habitual. Algunos disfrutan de una historia de aventuras que empieza de una forma y termina de otra. Y seguro que hay otras muchas interpretaciones.

Ya ha pasado mucho tiempo y como toda obra pertenece ya más a los lectores que a los autores. En esa posición, Ricard y yo somos ahora más bien lectores un poco más cercanos y la distancia que ahora tenemos con respecto al cuento nos permite verlo de otra forma, dedicarnos al ejercicio de imaginar que ha sido escrito por otros, dos personas completamente diferentes. ¿Qué nos dice ahora el cuento? La verdad es que muchas cosas, una cierta interconexión de elementos que nos convence con cada lectura.

Pero los autores también deberían callar.

Y dejar que los lectores hagan sus propias interpretaciones.

Pedro Jorge Romero

 

Poco puedo añadir yo, sólo decir que amo las historias sobre viajes en el tiempo y que la Transición ha ejercido y sigue ejerciendo una feroz atracción en mí. Cuando Pedro me resumía su idea, casi le pongo una pistola en el pecho para que aceptará que le hincara el diente. Por suerte para él, aceptó. El resto es historia.

Ricard de la Casa

 

 

EL DÍA QUE HICIMOS LA TRANSICIÓN

Relato de Pedro Jorge Romero y Ricard de la Casa

Ilustraciones de Juan Antonio Fernández Madrigal

 

 

—Hoy os toca a vosotros hacer la Transición —dijo en mi oído la voz del teniente de guardia.

Abrí los ojos inmediatamente. Toda la habitación estaba a oscuras. Se había activado una alarma temporal y en esos momentos todo el edificio debería estar completamente sellado: nadie podía entrar ni salir. Diez segundos más tarde se encendieron las luces. Los nanosistemas de nuestros cuerpos comenzaron a activarse, controlando cientos de procesos biológicos. Ahora podía ver con mayor claridad.

La Transición es un clásico. Al menos una vez por semana hay que hacerla, y en ocasiones hasta dos o tres veces en un mismo día. ¿Por qué todos los terroristas, de uno u otro bando, tienen semejante fijación con ese período? ¿Por qué no intervienen más a menudo en la guerra civil o en el asunto de la armada invencible? Supongo que, simplemente, la Transición está tan llena de posibilidades, hay tantos caminos abiertos simultáneamente que todo bando político o grupo económico se cree capaz de ajustar el proceso de forma que triunfe su particular posición.

Parece tratarse también de una fijación particularmente española. Otros países sufren también ataques terroristas que pretenden cambiar la historia a su gusto, pero esos casos se producen una o dos veces al año. Sin embargo nosotros tenemos que lidiar hasta con treinta casos a la semana y más de la mitad pueden situarse en la Transición. Parece que los españoles estamos tan insatisfechos de nuestra historia y somos tan incapaces de aceptar que otros hayan triunfado en el pasado que realizamos grandes esfuerzos por cambiarla. En cualquier caso, no importa: el trabajo del Cuerpo de Intervención Temporal de la GEI es evitar que esas situaciones se den, y en particular cuidamos mucho de la Transición.

En realidad hemos llegado a ser unos expertos en ella. Aprender de los terroristas nos ha dado una excelente visión de ese período. Hemos profundizado tanto en todos sus vericuetos, que somos capaces de aventurarnos en esos años sin ninguna preparación ni estudio concreto.
Rudy es experto en flujo temporal, yo diría que muy bueno. Es capaz de discernir que acción dará el mejor resultado. Marisa y yo somos expertos en historia española comparada. No sólo la nuestra, sino también de las principales ramas que subyacen desde el 2012. Isabel es experta en ambas cosas a la vez, es muy buena relacionándolas.

Nos levantamos inmediatamente de los camastros. Yo fui el primero, Isabel la siguiente, luego Marisa y finalmente Rudy. Isabel y Marisa tenían mucha experiencia, pero Rudy era la primera vez que hacía la Transición desde su último reclutamiento. Yo por mi parte he hecho la Transición diez veces seguidas; mi mejor récord.

Los que estamos de guardia normalmente dormimos vestidos, para estar listos en el caso de tener que realizar una operación. Pronto estuvimos preparados. Isabel se acercó a mí y me miró fijamente. Era una reafirmación de nuestro acuerdo; hemos sido amantes la mayoría de las ocasiones, sólo amigos en otras, pero siempre hemos estado juntos y nos hemos apoyado el uno al otro. Nuestra última relación había sido un poco desigual, ella no estaba muy segura, pero parece que yo seguía intentándolo.

—Vamos —me dijo apartando finalmente la mirada.
—Sí —fue mi lacónica respuesta.

Siempre me levanto de mal humor y con pocas ganas de hablar.

Rudy y Marisa ya habían salido con esa extraña velocidad que les caracteriza; nunca acabo de acostumbrarme a su hiperactividad. Tienen una relación extraña esos dos, tan pronto se ignoran como no pueden separarse. Cada alistamiento lo cambia todo. Aunque en realidad, eso es algo con lo que todo agente del CIT tiene que vivir; las parejas como Isabel y yo somos más bien la excepción.

Corrimos por los pasillos hacia la sala de documentación. En las películas holográficas, en cualquier línea temporal, el policía de turno o el agente secreto, se lanza inmediatamente a la acción, reparte golpes a diestro y siniestro y asunto resuelto. La realidad no es en absoluto así. Por desgracia, hay un componente de acción en nuestro trabajo, pero primero es necesario establecer con precisión cual es el cambio en el tiempo que se ha producido y evaluar la mejor forma de resolverlo. Sólo después intervenimos intentado realizar una operación lo más limpia y rápida posible. Y aún así todavía queda escribir el informe. Y Dios te guarde de tener que informar de un desaparecido porque en ese caso el papeleo se hace interminable y hay que realizar otra operación.

Llegamos a los tubos. Marisa apretó el botón que nos llevaría al sótano. La sala de documentación se encuentra en uno de los pisos más profundos del Cuartel General del CIT, es un lugar amplio y está casi por completo ocupada por seis terminales de ordenador, por debajo sólo queda la bóveda acorazada que contiene el portal, el lugar más vigilado y seguro del CIT.

La puerta de tubo se abre directamente a la sala de documentación. Durante una emergencia sólo los agentes de guardia, nosotros en este caso, pueden acceder a la sala. El sistema electrónico de los tubos lee el estado de nuestros implantes para evaluar si tenemos permiso para estar allí. En caso de que uno de nosotros no estuviese autorizado el tubo ni siquiera se movería.

Allí ya estaba el equipo de apoyo evaluando los cambios producidos. José Luis, Sara, Didac y Sandra. Si algo saliera mal en la operación ellos serían nuestros sustitutos.

—Os juro que me estoy hartando de tanta Transición —dijo bostezando Sara al vernos llegar.

Isabel se sentó frente a una de las consolas. Marisa ocupó la que quedaba libre. Los demás nos colocamos detrás. Isabel, desde su asiento, observó las imágenes cambiantes de la laboriosa búsqueda del punto de ruptura que los ordenadores, por comparación histórica, intentaban localizar. El sistema es relativamente simple, sólo hay que empezar a buscar hacia atrás a partir del 7 de agosto del 2012. Al principio los acontecimientos difieren mucho de la historia conocida, pero poco a poco los cambios van convergiendo a cero y la historia se aproxima a la real. En este caso, además, contábamos con la ventaja de saber que el cambio se había producido en la Transición. Cada consola está conectada simultáneamente a nuestras propias bases de datos, de la historia tal como fue, y a las bases de datos del exterior, lo cual nos permite comparar los registros.

Todo el Cuartel General del CIT, dependiente a su vez del Grupo Español de Inteligencia, está encerrado en un campo de éxtasis. Eso significa que nosotros sólo notamos los cambios en la historia comparando nuestros registros con los del exterior; para todos aquellos que estamos dentro del recinto, el cambio que había alterado la vida en el mundo exterior no se había producido y recordábamos la historia tal y como había sucedido. La existencia del campo de éxtasis significa que estamos virtualmente atrapados en el edificio. Podemos salir, sí, pero no podemos hacer vida independiente. Si viviésemos fuera, sin protección, la marea de la historia nos acabaría atrapando. Acabaríamos viviendo una versión determinada del universo y perderíamos nuestra efectividad como agentes. No, podemos espiar en el mundo, en la realidad de allá fuera, pero no disfrutar realmente de él.

Posiblemente, la teoría que permite el viaje en el tiempo es la más extraña de toda la historia de la física; difícil de entender, formulada en un número increíble de ecuaciones. Es la base de una teoría de gran unificación que algún día lo explicará todo pero que, por el momento, nos permite viajar por el tiempo empleando cantidades razonables de energía. Se la llama simplemente Teoría Temporal o TT. Por desgracia, algunos de los efectos de la teoría son casi metafísicos. Cuando fue formulada, cuando aquel joven físico la comprendió finalmente, y la concibió pura y completa por primera vez, la teoría cambió la misma naturaleza del universo y de la realidad. Antes del 7 de agosto del 2012 existía una sola línea temporal. La historia era única, compartida por todos. En aquella tarde de agosto, justo en el momento de ser formulada definitivamente, el tiempo se volvió múltiple, las líneas temporales fueron divergiendo a medida que los fenómenos cuánticos se iban produciendo en el universo. Ahora existen infinitas historias, la gran mayoría casi idénticas, indistinguibles, sólo nimios detalles las hacen distintas; otras son muy diferentes. En muchas, billones de ellas, viven copias exactas de cada ser humano sobre la Tierra.

Filósofos y físicos llevan veinte años intentado explicarlo y no han llegado muy lejos. Está claro, sin embargo, que los primeros físicos cuánticos tenían razón: el observador afecta lo observado y la existencia de seres inteligentes en el cosmos altera el funcionamiento del universo. ¿Cómo explicar si no esta situación? 5 minutos antes de un día de agosto sólo existía una historia y cinco minutos después existían millones de ellas. Es más, esas líneas temporales son reales y se pueden visitar con gran facilidad. La misma tecnología que permite el viaje en el tiempo permite el viaje entre líneas temporales alternativas.

En 1955 Hugh Everett formuló lo que él llamó la interpretación de muchos mundos de la mecánica cuántica. Según él, cada vez que se producía un fenómeno a escala cuántica el universo se dividía en tantas versiones como fuesen necesarias para dar cuenta de todos los resultados posibles. En el caso más simple, dos posibilidades, en una rama el proceso se había producido, en otra no. Visto desde ahora, uno podría decir que Everett simultáneamente tenía razón y se equivocaba. Antes del verano del 12 el universo, en el caso más simples de solo dos opciones, aceptaba uno de esos fenómenos y desechaba el otro, después de esa fecha el universo hace lo posible por ejecutarlos todos y Everett sale vindicado. Después del 7 de agosto del 2012 el universo se divide en tantos universos como sean necesarios para cubrir todas las posibilidades.

El campo de éxtasis que rodea al Centro de Intervención Temporal, que se basa en una extraña propiedad de algo que los físicos llaman tiempo imaginario, nos permite, a los que estamos dentro, experimentar un único pasado. Si alguien cambia la historia nosotros seguimos recordando la historia tal y como fue, lo cual nos permite darnos cuenta de cuando ésta ha sido manipulada. Por desgracia, el campo de éxtasis fue una conclusión tardía de la teoría y cuando se desarrolló era ya demasiado tarde. Aunque tampoco estoy seguro de qué se hubiese podido hacer: ¿Rodear todo el universo con un campo de éxtasis?

De lo que si estamos seguros es que esa teoría demuestra que estamos solos en el universo. Al menos, que no hay ninguna civilización extraterrestre a nuestro nivel de desarrollo. Si hubiese alguna civilización más avanzada hubiesen descubierto antes la teoría temporal y nosotros ahora notaríamos que el universo comenzó en una fecha anterior a nuestro propio descubrimiento de la teoría. Como eso no es así, la conclusión es que estamos solos, o por lo menos, que somos los más avanzados de todo el universo. No es tan sorprendente como parece, alguien tenía que ser el primero.

—Lo tengo —dijo en voz alta José Luis para llamarnos la atención.

Todos nos agolpamos alrededor de su consola. Los ordenadores habían encontrado el punto del cambio. En su pantalla tenía la portada de El País del 28 de febrero de 1977. En la versión que teníamos en nuestra base de datos, la versión de la historia tal y como había sucedido originalmente, los titulares eran los usuales de la época: huelgas, manifestaciones, declaraciones del gobierno. En la versión que traíamos del exterior sólo había un titular que ocupaba todo el ancho de la primera página: Carrillo asesinado. El periódico del día anterior era idéntico a nuestra versión pero el del día siguiente tenía esa ominosa noticia que había eclipsado a todas la demás.

—Ésta es nueva, ¿no? —comentó Rudy.

Nadie le contestó, en realidad no buscaba que nadie le respondiera.

—Pobre hombre, sólo le faltaba esto. Ya le han hecho de todo —continuo Rudy.
—Durante el entrenamiento nos enseñan muchas de las tretas utilizadas para cambiar el pasado. Casi todas coinciden en el mismo esquema, simplemente matar a algún personaje conocido. Casi siempre se trata de las mismas personas: Hitler, Stalin, Kennedy… Pero Rudy tenía razón, aún no habían probado a asesinar a Carrillo en esa entrevista, era curioso teniendo en cuenta la cantidad de veces que el mandatario comunista era manipulado en un sentido u otro.

—Será mejor mirar más a fondo. Volved de nuevo a vuestras consolas y seguid buscando. Es demasiado evidente —dije.

Cada uno intentó encontrar datos que relacionasen a Carrillo con esa fecha. Con los datos que daba el artículo del periódico, y los de días posteriores que trataban la noticia, pronto tuvimos una visión más o menos clara de lo sucedido. Aunque no encontramos ningún otro punto de cambio que no fuera resultado del asesinato del dirigente del PCE.

Empecé a cotejar datos. Para el día 27 de febrero el presidente Suárez había concertado una entrevista en secreto con Carrillo. En aquel momento el Partido Comunista no había sido todavía legalizado, pasarían aún un par de meses, y entrevistarse con el secretario general del PC era, para la España de la época, citarse con el diablo en persona. Parece increíble, pero en aquel momento el Partido Comunista tenía un gran peso moral en la sociedad española y contar con los comunistas era imprescindible para consolidar la democracia, pero actuar con demasiada rapidez podía traer graves consecuencias. Suárez lo comprendía, pero sabía también que si podía legalizar el Partido Comunista y celebrar unas elecciones libres con todo el espectro político al completo ganaría prestigio y fuerza. Por esa razón concertó aquella entrevista supersecreta; sólo el Rey y un par de miembros del gobierno estaban enterados. La reunión en sí no fue demasiado importante, pero de haberse descubierto las todavía poderosas estructuras del franquismo hubiesen forzado la caída de Suárez y retrasado o impedido la llegada de la democracia.

—Es curioso… hace más de tres años que no asesinaban a Carrillo —dijo Isabel con su suave voz que la caracteriza.

A la cinco de la tarde recogieron a Carrillo en su piso en Puente de Vallecas. Fue llevado por una carretera discreta. Una persona, una mujer, lo llevó al chalet Santa Ana, en la afueras de Madrid; un lugar tranquilo. En la historia real, Suárez llegó unos minutos después y hablaron durante horas de Política, con ‘P’ mayúscula. Lo que los terroristas habían hecho fue muy simple. Se habían limitado a volar el coche en que viajaba Carrillo justo antes de llegar a la casa. Con eso se aseguraron dos cosas: que la entrevista fuese conocida por el búnker y la cólera del Partido Comunista ante la muerte de su líder. ¿No eran miembros del gobiernos lo únicos que conocían esa entrevista supersecreta? Las sospechas cayeron inmediatamente sobre el ejecutivo y en particular sobre el propio Suárez, que era inocente. Los sucesos caían a partir de ese momento en cascada. Busque los últimos asesinatos de Carrillo. Sólo había dos: en ambos había sido abatido a balazos, una vez en plena calle, cuando paseaba horas antes de que el PCE fuera legalizado y otra cuando hizo su primera aparición pública. Las consecuencias de ambos magnicidios eran, en ambos casos, mucho menores que las actuales.

Esta vez, en vano, los poderes públicos pidieron calma. El búnker exigió explicaciones inmediatas y la destitución fulminante de Suárez, cosa que el Rey se vio obligado a hacer al cabo de tan sólo dos días. Mientras tanto, el Partido Comunista se lanzaba a la calle. El mes anterior, ante el asesinato de los abogados de la calle Atocha, el PCE había dado un ejemplo de saber estar realizando manifestaciones silenciosas, pero en aquel momento tenían a Carrillo de guía y confiaban mínimamente en el proceso de democratización. Ahora Carrillo ya no estaba y nadie confiaba en el gobierno.

Los franquistas forzaron, en la terna presentada al Rey, la elección de un presidente duro que ordenó cargar contra los manifestantes. Por todo el país los civiles se enfrentaban con la policía. Poco a poco, otras fuerzas democráticas se fueron uniendo a los actos de protesta. El proceso de democratización se había perdido definitivamente, pero lo peor estaba aún por llegar.

Una semana después se produce un golpe de estado. El Rey pierde todos sus poderes efectivos y se declara el estado de excepción en todo el país. Nadie lo respeta. Los choques continúan y pronto queda claro que España está sumida en una nueva guerra civil; lo que nadie quería, lo que todos hubiesen deseado evitar. Catalunya y el País Vasco aprovechan la confusión para declararse independientes, Marruecos ocupa Canarias invocando su soberanía, pero al menos los canarios se libraron de lo peor de la guerra. Barcelona es sitiada y arrasada por completo. Nadie sabe cuantos bandos luchan. En las grandes capitales los francotiradores disparan contra todo lo que se mueve y la comunidad internacional asiste estupefacta a una guerra civil en medio de Europa. Lo que tenía que haber sido la ex—Yugoslavia en los noventa es España en 1977: Asesinatos en masa, exterminios, violaciones, crímenes de guerra…

Se emplean todo tipo de armas, bacteriológicas, químicas… Mueren millones de personas y todavía más cuando una explosión nuclear destruye Madrid por completo. Nadie sabe quién ha detonado el artefacto ni de dónde ha salido, todos se acusan mutuamente, pero eso es ya demasiado. Las Naciones Unidas ocupan España e imponen una paz precaria. Después de cinco años de lucha, el país está arruinado, destrozado, devastado, con pérdidas de casi un tercio de su población, con refugiados y supervivientes que apenas tienen para comer. Ya no hay parlamento, ya no hay monarquía, la familia real murió con Madrid, ya no hay nada por lo que valga la pena luchar, pero la heridas tardarán en sanar. La reconstrucción llevará años y nadie sabe cuanto durará. Aún en 2032 resuenan sus ecos.

Debo reconocer que como plan terrorista era muy bueno, mejor que la mayoría. Los he visto de casi todos los colores. En ocasiones prolongan la vida de Franco y eso retrasa todo el proceso democrático e incluso en algunas versiones la democracia llega con Franco aún vivo, que sigue al mando del ejército. En otras ocasiones se evita la muerte de Carrero Blanco que se convierte en Presidente del primer gobierno del Rey y consigue detener la apertura. También algunos conspiran para asesinar al Rey y traer la república. Y en ocasiones hay quien conspira para que Juan Carlos no suceda a Franco y su lugar sea ocupado por otro candidato al trono que continua la obra del dictador. Pero en lo que se refiere a efectos por mínima causa, nada superaba este caso. ¿Quién podría suponer que el asesinato de un sólo hombre en unas circunstancias que luego la historia apenas reseñaría pudiese tener consecuencias tan grandes?

Realizar un cambio en la historia después del 2012 no tendría ni la más mínima consecuencia; algo así produciría simplemente una nueva versión de la historia que coexistiría con las ya existentes y con las que la mecánica cuántica produce continuamente. Pero antes del 7 de agosto la TT prohíbe la existencia de más de una historia simultáneamente. Por tanto, la historia preexistente queda sustituida por la resultante del cambio. Muchas veces me he preguntado por qué nos empeñamos en corregir la historia, después de todo, ¿a quién la importa? La única respuesta que he podido encontrar es simplemente que la historia tal como fue, buena o mala, alegre o desdichada, es la nuestra y nadie tiene derecho a manipularla por según que oscuros intereses.

Pero bueno, una vez localizado el punto de bifurcación, es necesario arreglarlo. Ese es el momento más delicado. Habitualmente, los verdaderos instigadores no suelen exponerse directamente y contratan el personal necesario para llevar a cabo la acción, que a su vez, subcontratan a otros de poca monta allí donde quieren intervenir. Así que, por lo general, nos encontramos con unos pobres diablos que apenas saben nada. Por otro lado tenemos al personal altamente especializado en saltos temporales que es necesario atrapar. A los primeros intentamos darles un susto para que no reincidan, pero poca cosa más podemos hacer. Los segundos son muy difíciles de sorprender. Ellos, como nosotros, tienen todo el tiempo del mundo a su disposición y nosotros no tenemos los equipos necesarios para invertirlos en costosas y largas investigaciones de campo así que, cuando nos topamos con ellos, más por suerte que otra cosa, no solemos tener muchos miramientos.

Tomamos el tubo y fuimos a la sala de la Transición. Ese período es tan visitado que ocupa todo un ala del subterráneo principal. Allí se guarda todo el vestuario y utensilios. También nuestras armas, disimuladas como objetos habituales de ese momento histórico. Utilizamos tanto esas ropas que las tenemos que renovar muy a menudo.

Nos cambiamos para la época y la estación. Salimos y nos metimos en el tubo de nuevo. Pasamos nuevos controles de seguridad, aún más estrictos, y llegamos a la bóveda subterránea donde se guarda el portal.

Cuando uno la visita tan a menudo como nosotros, éste acaba perdiendo todo su encanto, se transforma en un objeto más de la decoración surrealista de la bóveda acorazada. La estructura es una especie de cubo. Realmente es más alta que ancha y no es sólida. Sólo están las líneas que forman la estructura. Se le llama Portal Visser y está compuesto de masa negativa. Cuando te acercas empiezas a notar una extraña repulsión, porque en lugar de atraer la materia, la masa negativa la repele. Por tanto es imposible tocarlo, pero eso no es necesario. La estructura tiene unos cinco metros de lado y cabemos todos perfectamente.

Tal y como está, el portal es completamente inactivo. Para realizar el viaje es necesario encontrar un agujero de gusano cuántico adecuado, uno que, de forma natural, conecte nuestra época con el punto temporal al que queremos viajar. Parece ser que, a escala lo suficientemente pequeña, el espacio—tiempo no es plano sino una espuma donde se forman continuamente estructuras anómalas. Algunas de esas estructuras son túneles que conectan dos regiones separadas, por ejemplo, un punto del 2032 con otro en el 1977. Esas estructuras se forman y destruyen tantas veces que no es necesario esperar mucho para encontrar la adecuada. En ese momento los técnicos la alimentan con energía para hacer que crezca hasta un tamaño macroscópico, lo suficientemente grande como para que podamos atravesarlo. Pero todavía no es seguro, para que sea estable es preciso colgar sus bocas a los portales Visser, las estructuras de masa negativa. Primero se acopla a la que tenemos en nuestro lado, luego una similar, algo más pequeña, se envía a través del túnel para que el otro extremo sea también estable. En ese momento, si la longitud del agujero de gusano se ha elegido lo suficientemente pequeña, se puede pasar de un lado a otro casi instantáneamente. Uno simplemente ve la imagen del otro lado, da un paso y ya está.

Antes del 2012 se sabía que algo así era posible, pero se creía que las energías necesarias eran tan grandes que ningún gobierno de la Tierra, ni siquiera todos ellos juntos hubiesen podido reunir la energía imprescindible para abrir un portal. Además, los portales debían ser enormes, unos cinco kilómetros de diámetro, para garantizar un paso tranquilo y en ese caso estamos hablando de varias veces la masa del Sol. La TT lo cambió todo. De la noche a la mañana se podían usar cantidades mínimas de energía para ampliar un túnel entre dos regiones del espacio—tiempo o entre dos espacio—tiempo distintos.

Los técnicos ya estaban preparando el salto. Arriba, en una sala de control, estaba nuestro equipo de apoyo, por si necesitábamos información adicional o por si había, a última hora, nuevos cambios en el continuo.

—¿Todos listo? —preguntó Isabel. Como la más veterana le tocaba ser la líder.

Todos comprobaron el material que llevaban. Nos habíamos vestido tantas veces con esas ropas que ya no notábamos el aspecto extraño que teníamos. Con algo de suerte no tendríamos que pasar desapercibidos durante mucho tiempo; si todo salía bien, sería simplemente viajar y salir. Todos parecían tener el material en orden. Rudy fue el último en acabar. Se miraba la muñeca como si una de las lecturas no le acabase de convencer. Finalmente la bajó y asintió.

—Todo bien —dijo.

Bien, ya estaba. Ahora o nunca, como siempre. Marisa, la atrevida, fue la primera en acercarse al portal. Se plantó junto en el borde. Debía estar sintiendo toda la tensión. La masa negativa de la estructura se combina con la masa, positiva, del túnel, por lo que todo el conjunto podía tener una masa neta negativa, positiva o nula. Los técnicos siempre aspiran a masa nula, pero se conforman con que la masa combinada no sea demasiado grande en valor absoluto. Por tanto, en teoría, no debería sentirse nada al acercarse, pero la realidad es que la masa negativa está más cerca de tu cuerpo que el túnel en sí y es normal sentir una ligera presión que te empuja hacia fuera.

Marisa desapareció y fue seguida por Rudy. Yo me preparé para entrar. Nunca me ha gustado atravesar el portal. Nuestros túneles tienen normalmente menos de veinte centímetros de largo, por lo que apenas se trata de dar un paso para atravesarlo. Aún así, son lo suficientemente largos como para que se noten los efectos peculiares de su geometría. Si miras ligeramente hacia la pared del túnel veras tu imagen allí, repitiéndose infinitamente a todo lo ancho y alto. Por supuesto, en el otro extremo ves el paisaje exterior, pero eso simplemente lo hace más desconcertante.

Yo me volví hacia Isabel y la besé en la boca.

—Suerte —dije.
—Suerte —repitió ella. Me miró durante un momento, pero finalmente apartó la vista y se acercó también al túnel.

Cada vez que atravieso el portal vuelven siempre los viejos recuerdos de como fui reclutado para el CIT.

En la memoria se mezclan emociones que suelen ir parejas, nostalgia y un mucho de inocencia, como cuando uno se pone a ver un rancio disco de imágenes y películas. Todo tiene esa patina borrosa que hace que los defectos se difuminen y creas que aquellos tiempos fueron mejores de lo que en realidad fueron.

Después de clase yo solía reunirme con mis amigos en el parque La Granja una vez por semana para charlar, entrenar y, eventualmente, pasar una noche de juerga. Aquel día de primavera habían suspendido mi clase de Perspectiva Histórica y llegué antes de lo normal, algo que, por supuesto, estaba previsto.

Para pasar el rato me tumbé sobre la hierba, con mis pantalones cortos y unas zapatillas rojas que luego Isabel me dijo que eran horribles. Hay cosas que nunca cambian y parece que mi mal gusto por la ropa es algo bastante extendido.

Ella se me acercó. Era Isabel claro, pero yo todavía no lo sabía. Se sentó cerca de mí, lo suficiente como para asegurarse de que notara su presencia, pero no tanto como para que yo pensara que iba directamente a por mí. Se había puesto el vestido azul pálido que le había regalado yo y que me gustaba mucho. El pelo suelto y la cara sin apenas maquillaje, muy natural. Todo pensado, todo estudiado ¿hay algo que no hayamos analizado? Traía un ejemplar de Reseñas de Historia, una revista que yo leía habitualmente. La miré fijamente, mientras ella se empeñaba en mantener los ojos pegados a la página. De pronto, levantó la cara, me vio, me sonrió y volvió a hundirla en el libro.

Me levanté y me acerqué a ella.

—¿Has leído el artículo de Martinson sobre Cartago? —le pregunté—. ¿Ese de que realmente no existió y que la construyeron los romanos para luego poder decir que la habían destruido?

Se me quedó mirando, quieta, muda, segundos que se alargaban infinitamente. Sus expresivos ojos sugerían más cosas de las que yo necesitaba saber y más de las que ella quería mostrar. Hubo algo de ella, algo indefinible que me sedujo en aquel instante, fue como si un escalofrío recorriera todo el cuerpo. Supongo que en ese momento ya estaba jugando conmigo.

—Esto, perdón por abordarte así —continué—, vi la revista que estas leyendo y da la casualidad de que es mi especialidad. Me llamo Mikel y doy cursos en la UniCentral de Logroño.

Basculé sobre mí mismo intentando no parecer demasiado ridículo. Decidí sentarme a su lado.

—Hola —me dijo ella como dudando—. Me llamo Isabel. He leído el artículo… —se interrumpió unos segundos mientras esbozaba lo que podría ser el preludio de sonrisa—, la verdad es que me parece una solemne memez.

Yo me quedé de una pieza, esperaba muchas respuestas pero no esa precisamente. Ella seguía allí, mirándome, tranquila, serena, esperando. Era evidentemente una provocación y tarde en darme cuenta.

—No me hagas caso —me dijo mostrándome plenamente su sonrisa—, ayer tuve un mal día, eso es todo. Ahora estoy intentando arreglar el desaguisado.

Había perdido la iniciativa. La sensación que te embarga en esos momentos es de impotencia, de estar fuera de juego. El problema es que aún no sabía que desde el momento en que ella había aparecido, estábamos jugando con cartas marcadas.

—Aunque… podríamos discutir el tema —añadió sin darme tiempo a pensar siquiera una respuesta—. Te advierto que no soy fácil de convencer.

Su voz sonó, esta vez, mucho mejor. Luego supe porque, para ella fue un impacto verme de nuevo, oírme de nuevo.

—Yo tampoco —dije yo, recuperando ligeramente el control.

Nos levantamos y echamos a andar. No sabía que a partir de aquel día no volvería a ver a mis amigos.

Por supuesto no hablamos ni de Martinson, ni de Cartago, ni de nada parecido. Ni falta que hacía. Charlamos de intrascendencias, del trabajo y de los sueños. Isabel dejó que su verdadera misión se fuera perdiendo en un limbo de gestos y de anécdotas. Deambulamos de aquí para allá sin rumbo fijo, cenamos en algún lugar extraño, pero tranquilo, finalmente acabamos en mi apartamento.

Fue a las cinco de la mañana, después de hacer el amor por segunda vez, cuando me lo dijo. Me soltó el rollo habitual y completo. ¿Para qué disimular? Me acabaría enterando tarde o temprano. Hace falta una gran capacidad de asimilación para entender lo que te dicen y reconozco que no lo comprendí muy bien. ¿Qué era aquello de viajes en el tiempo, cambios en la historia y universos paralelos? Me dijo, además, que llevaba años enamorada de mí aunque, según mi experiencia temporal, nos habíamos conocido esa misma mañana. Con la tranquilidad que da la no comprensión y el shock volví a dormirme.

Me desperté primero, me levanté y caminé hasta la ventana, necesitaba pensar. Fuera, uno de aquellos días azules que vaticinaban la llegada del calor, me cegaba con su luz. Ella se movió por la cama, buscándome.

—¿En qué piensas? —me preguntó sin abrir los ojos. Ella sabía que estaba allí. Sabía lo que estaba pensando, sabía cuales eran mis dudas.

Yo había estado meditando. La terrible realidad de lo que me había contado se había ido asentando en mi mente y una pregunta me rondaba insistentemente el cerebro.

—¿Tengo alguna opción que no sea entrar en el CIT? —le pregunté, creo que con voz algo triste.

—Por supuesto —me contestó—. Puedes quedarte aquí. —¿Eso es lo que quieres?

Isabel no me mintió. Sabía que necesitaba que fuera sincera o al menos que lo pareciera.

—No.
—¿Cuál es nuestro futuro?

Su respuesta fue una lapida a mis expectativas. Su tono en cambio lo desmentía.

—No tenemos futuro —dijo ella.

No alcancé a entender todas las implicaciones de su respuesta. Incluso ahora descubro nuevas facetas a su corta pero intensa contestación.

Aquel día almorzamos juntos, paseamos, charlamos, procurando ser lo más sinceros posibles. Yo lo fui, ella sólo necesitó ser convincente. Por la tarde apareció el portal y lo crucé por primera vez para llegar al CIT. Llegamos segundos después de que Isabel partiese en mi busca. Pasé las formalidades del reclutamiento. Fue confuso darse cuenta de que todo el mundo me conocía, que todos se alegraban de verme de nuevo. Era como si siempre hubiera estado allí, de alguna forma eso era cierto. Me saludaron los viejos camaradas y me llevaron a las cabinas de instrucción aceleradas. Ese fue el día en que mi vida comenzó de nuevo.

 

Estábamos cerca del lugar, era todavía temprano, todo parecía en calma, hacía sol y buena temperatura para ser un mes de febrero. En realidad, lo que esperábamos era que apareciesen los incautos que traían la bomba. Habitualmente esa es la mejor manera de actuar. En este caso era ciertamente el mejor proceder: la reunión era tan secreta que no había ningún dispositivo de seguridad. ¿Quién confiaría en una policía heredada del franquismo?

Cada uno de nosotros tenía ya una misión asignada, así que todos sabíamos lo que teníamos que hacer. Nos movimos hacia el punto de acción.

—Creo que ya vienen —anunció Marisa que estaba vigilando la carretera.
—Rudy, estáte atento a la aparición de algún Extra —dijo Isabel y continuo—. Marisa córtales por detrás. Mikel, tu conmigo. Utilizaremos aturdidores como defensa. Con eso será suficiente.

Siempre tememos que aparezca algún Extra, es decir algún extraño del futuro. Alguien que venga a trastrocar los planes. Es un poco estúpido, pero a veces funciona. Así que lo mejor es no bajar la guardia.

El atentado con bomba lo tenemos tan estudiado que casi lo podemos solucionar con los ojos cerrados. Se trata de cortarles el paso de forma natural, mientras nos preparamos con los aturdidores. Normalmente no queremos matar a nadie sino sólo impedir la acción. En caso de que apareciese algún Extra, por supuesto, no tendríamos reparos en asegurarnos de su muerte.

La furgoneta se acercaba, iban tranquilos. El lugar pensado para la explosión aún quedaba a unos kilómetros. Eran tres, jóvenes, seguramente enrolados en algún barrio madrileño como Tresaguas u Orcasitas. Casi me dieron pena.

Cuando estuvieron casi a nuestra altura Isabel nos envió la señal de inicio. Los movimientos parecieron un ballet. De alguna manera estaba como volando por encima del lugar, desdoblado, supervisando la operación. Me veía moverme, Isabel parándolos y yo aturdiendo al primero, Isabel al segundo, yo al tercero. Interviniendo la bomba. Marisa por detrás, observando, vigilando. Rudy un poco más allá sin mirarnos, controlándolo todo a nuestro alrededor. Tiene un algo especial que le hace sensitivo, un sexto sentido que le permite anticipar el peligro.

Miré el artefacto, era una vulgar bomba, suficientemente potente como para alcanzar su objetivo. Asombrosamente vulgar. Me la miré dos veces, simple, rectifique, como la operación, y eso era algo que no me gustaba. Miré a Rudy en busca de una señal, pero permanecía tranquilo, así que intente relajarme.

Apenas habían pasado unos segundos y todo había acabado.

Quedaba lo más sencillo, pero lo más engorroso, hay que apartar a aquella gente de allí, hay que despejar el camino a Carrillo, la bomba debe desaparecer y estos hombres olvidar el asunto. Nadie debe enterarse.

Podemos quedarnos por allí para asegurarnos que no haya un equipo de repuesto, otra bomba, pero es perder el tiempo. Carrillo nunca sabrá que nos debe la vida, ni falta que hace. Es más sencillo volver y comprobar que todo ha vuelto a su lugar original.

Subimos a la furgoneta e iniciamos el retorno a Madrid, la dejaremos abandonada en Vallecas, es un buen lugar para que desaparezca sin dejar rastro. Les inyectamos a los tres una solución que les hará olvidarse hasta de su nombre. Tendrán que ir de nuevo a la escuela. La bomba, sus armas y todos los documentos nos los llevamos de vuelta a nuestro propio tiempo. Nadie sabrá quienes son, ni que les ha pasado.

Paramos en un lugar poco transitado. Hacemos que bajen y les empujamos un poco para que empiecen a andar. En estos momentos son tres zombies. Arrancamos, se pierden entre la gente, dentro de poco empezaran a llamar la atención.

Dejamos la furgoneta en un descampado y buscamos un lugar discreto a esperar al portal. Aún tardará unos minutos, hasta que encuentre un túnel cuántico adecuado. Empiezo a relajarme.

 

Lo malo de viajar por el tiempo es que quedas completamente desconectado de tu propio tiempo, no existe posibilidad de comunicarte con él, quedas abandonado a tu propia suerte, sólo cuentas con la ayuda de tu propio equipo.

Cuando vi el familiar paisaje de la bóveda, suspiré aliviado.

—Exito completo —comunicó Isabel.

Desde arriba, Didac nos hacía señas.

—Poned el canal cuatro, creo que Didac quiere darnos malas noticias —comenté.
—Hola a todos, me alegro de veros —dijo Didac saludando con la mano—. Creo que hemos solucionado lo peor, pero sigue habiendo graves desviaciones en el curso de los acontecimientos.

Marisa soltó un exabrupto.

—Reunión en cinco minutos en la sala de documentación —dijo Isabel asumiendo con estoicismo el fracaso de la operación.
—¿Cual es la situación actual? —preguntó Isabel en cuanto entró.

José Luis sin decir palabra señaló a los monitores.

El problema seguía siendo simple. La reunión había sido difundida por radio cuando se estaba celebrando y Suárez había quedado en evidencia. Su posición frente a los involucionistas se había debilitado y estos habían aprovechado la situación a fondo. No había guerra, todo parecía ir por el lugar correcto, pero Suárez no había tenido más remedio que pactar con los franquistas, la transición se había retrasado. Ahora, en la línea temporal, aparecían claramente algunas grupos concretos beneficiados. Creí entenderlo.

—Un interesante ejercicio de simulación —dije levantando la voz para que todos me escucharan—. Crean una desviación que debemos resolver, sospecho que nuestra llegada es la causa que buscaban para desencadenar un nuevo efecto, justamente el que ellos querían de verdad. El primero no era sino un cebo. Efectivo.

La capacidad de intervenir en el tiempo no es ilimitada. No puedes poner parches encima de otros parches de forma continuada. Puede que todo nos estalle en las manos algún día, a fuerza de arreglar la historia. Ya empezamos a tener problemas con la gente desmemoriada.
Isabel y el resto del grupo me miraron. Todos habían captado la trampa que nos habían tendido. Nosotros éramos la espoleta de la verdadera manipulación histórica.

—No seas tan maquiavélico —intervino Rudy—. Ellos sabían que íbamos intervenir, así que lo planearon todo. Nosotros sólo les hemos corregido una situación anómala que da lugar a una que les beneficia. Son sofisticados, pero los he visto peores.
—Hay que volver —sentenció Marisa.

Todos nos miramos. A ninguno le gusta volver al mismo lugar en el que estamos ya, únicamente se trata de simple aprensión. Esta demostrado que podemos convivir con nosotros mismos en el mismo lugar y hora, aún así no sé de nadie que le apetezca hacerlo. Tampoco podíamos pedir al equipo de apoyo que fuera, era nuestra misión y teníamos que arreglarlo nosotros.

Isabel comunicó al control de operaciones los nuevos datos y solicitó un nuevo envío. Mientras, el resto de nosotros, nos dedicamos a buscar el nuevo punto de inflexión. Lo localizamos, una emisora había recibido un chivatazo sobre algo que iba a ocurrir en aquel lugar. Habían enviado un coche camuflado y ninguno de nosotros se había percibido de ello. Ese es el problema de la enorme cantidad de variantes que se pueden engarzar a las acciones, sean las nuestras o las de ellos. Inteligente y simple. Nunca se cansan, pero no se dan cuenta de que nosotros tampoco.

Nos preparamos de nuevo, no nos habíamos cambiado así que esta vez todo fue más rápido. Entramos en el cubo y allí estábamos de nuevo. Seguía siendo aquella ominosa tarde. Estábamos a un kilómetro más abajo, a una distancia equidistante de nuestra primera acción y el chalet donde se iban a desarrollar las conversaciones.

El primer aviso provino como era habitual en estos casos de Rudy.

—¡Peligro!

Todos estábamos más relajados y tranquilos, aquello no tenía por qué ser ni peligroso ni complicado. Sólo que esta vez nada fue así. Nos estaban esperando. Sabían que iríamos, y por desgracia para nosotros, incluso habían acertado por donde entraríamos en ese contínuo. Ese es nuestro peor momento, pues siempre hay unos momentos de desconcierto. Nos estaban disparando, pero no veíamos a nadie. Desde luego eran Extras, no cabía duda por las armas que utilizaban. Rudy se había apercibido, pero no con la suficiente rapidez. Todos intentamos cubrirnos y desplegarnos. Lo importante era localizar la fuente de los disparos. Marisa puso un señalizador en cuanto la encontró y todos pudimos empezar a devolver el fuego.

Eran dos, y estaban situados en ángulo para cazarnos en fuego cruzado. Rudy ya se estaba desplazando para pillarlos por detrás, mientras que Marisa se movía a su izquierda. Yo disparaba como un loco para cubrirlos, mientras que Isabel, la más atrevida, avanzaba derecha a ellos cubriéndose como podía. Con suerte no quedaría marcas de la incursión, todos estábamos disparando con pistolas de plasma, no producen sonido y sólo afectan al campo de éxtasis que nos rodea, eso es suficiente.

No tuve tiempo para reflexionar. Sentí un grito y una luz roja se encendió en mi consola. No quise saber de quién era. Acabábamos de tener una baja. Los tres restantes convergimos fríamente hacia ellos, estábamos ya en la posición adecuada y no les dimos ningún tipo de oportunidad, ellos sabían que jamás la tendrían. Era como si se apagara una luz, sólo que no te quedas a oscuras.

Nos quedamos tensos, serios. De repente todo se había vuelto tranquilo, era el momento de preocuparse del resto del mundo y de nosotros. No necesite mirar la consola para saber quien de nosotros se había ido. ¡Vaya eufemismo! Sentí una punzada de dolor y permití que aflorara.

—Es Isabel —la voz de Marisa taladró mis oídos.

Me acerqué a su cuerpo. Tenía la cabeza destrozada. Cogí su muñeca derecha y leí lo que su panel de control decía. Indicaba un fallo masivo del cerebro. Nuestros nanosistemas pueden reparar muchas de las heridas, pero ni toda la tecnología del siglo XXI podría reconstruir un cerebro reventado.

—Hay trabajo que hacer —comentó Rudy que en estos casos también suele ser el más práctico y frío del grupo.

Nos repartimos el trabajo. Esta vez fuimos más concienzudos, controlamos que nadie se hubiera apercibido de la pequeña batalla. Preparamos los cadáveres para llevárnoslos de vuelta al futuro.

Cuando acabamos, simplemente esperamos que llegaran los de la emisora. Rudy y Marisa siguieron vigilantes por si aparecía algún Extra más que intentará dar al traste con el plan. El recuerdo de Isabel me golpeaba a intervalos regulares, como si se hubiera instalado en mi corazón. Cada latido me daba vida, cada latido me mataba.

Los de la emisora llegaron, muy discretos, con un coche sin identificación, aparcaron a unos doscientos metros de la casa. No les di tiempo ni a bajar del automóvil. Me dirigí a ellos. Les solté el rollo que habíamos preparado, me hice el remolón y les vendí la información que querían oír. Los envíe a Arganda, la información era buena —les dije—, unos compañeros suyos ya habían llegado y se habían ido cuando recibieron un nuevo soplo; en el último momento la reunión de varias facciones franquistas se había trasladado al antiguo instituto de Arganda del Rey, en la carretera de Valencia. Tenían tiempo de llegar a ella, pues debido al traslado se había retrasado un par de horas. Si se daban prisa aún llegarían con tiempo suficiente.

Lo mejor era embrollar lugar, tiempo y personajes, además Arganda había sido durante la primera década de la Transición un feudo comunista, era perfecto para los franquistas. El coche volvió a arrancar y enfiló carretera abajo. Ya no les volvimos a ver.

Estuvimos controlando todo a nuestro alrededor. Las horas parecían losas que caían lentamente. Puntualmente Carrillo pasó cerca de nosotros y se introdujo en la casa. Esta vez no hubo ningún movimiento extraño. El dirigente del Partido Comunista ni siquiera nos vio al pasar. Le habíamos salvado la vida, pero eso él, nunca lo sabría.

Hicimos una última comprobación general y esperamos al portal para regresar a nuestro tiempo. Dentro de la desgracia, fue un alivio comprobar, cuando llegamos, que la historia volvía a ser la original, al menos por el momento. En algún lugar habría alguien que estaba rumiando algún nuevo cambio. Los técnicos se llevaron los cuerpos.

Como segundo en antigüedad me enfrenté al duro deber del papeleo. Rudy y Marisa se ofrecieron a ayudarme, pero preferí hacerlo solo. Los burócratas, aquellos que están seguros en sus oficinas, quieren saberlo todo de todos. No dejan nada al azar.

Cuando acabé, frente a mi, en la pantalla de la consola, brillaban las ordenes de la segunda operación.

 

Isabel me mintió. No le guardo rencor por ello. Lo sabemos todo sobre nosotros, hay demasiadas posibilidades sobre el futuro. En realidad hay tantos futuros, que simplemente deja de interesarte saber algo de ellos. Por eso no me dijo la verdad y se lo agradezco, impone un poco empezar a vislumbrar todas las implicaciones de pertenecer al GEI.

Antes de atravesar el portal, he consultado todos los ficheros disponibles sobre Isabel. Así que ahora lo sé todo de ella. No de primera mano. Era la primera vez que la recluto en esta vida, así que no dispongo más que de una abundante información sobre sus alistamientos anteriores, pero son informes fríos, sin alma, sin conciencia, sin respeto por ella misma. Por eso he decidido ser mi propia memoria, creo que más de una vez habré pensado en hacerlo, en escribir para dejarme a mi mismo el relato de mis vivencias con Isabel, lo único que realmente me importa. Esta claro que siempre voy a estar aquí, así que será mejor tener unos buenos registros de mis propias emociones y sentimientos. Quizás en algún momento me canse y los borre, pero será la decisión de otro Mikel, no la mía. O quizá logre que Isabel colabore. Todos los Mikel que me sigan tendrán siempre la oportunidad de acceder a todo esto que estoy escribiendo.

Estoy caminando por los pasillos de la universidad donde Isabel cursa sus estudios y voy a su encuentro. Antes de llegar aquí he tenido que evaluar cuales eran mis sentimientos hacia Isabel en este momento. Intento ser lo más ecuánime posible para que estos no interfieran en la operación, que debería tener, ineludiblemente, éxito. Es curioso como algunas veces Isabel se ha negado en rotundo a ser enrolada, una vez me ocurrió a mí y creo saber porqué, aunque es algo que no he dicho a nadie. He descubierto que las primeras horas son cruciales en su comportamiento posterior conmigo, así que lo primero que tenía que hacer era establecer qué quería yo exactamente, esta vez, de ella. Somos como pequeños dioses decidiendo sobre la vida de los demás. Volviendo una y otra vez a tomar las mismas decisiones. Hay que ir con cuidado, pues de lo que sí estamos seguros es de que, en algún momento, las cosas serán a la inversa y por tanto es necesario trabajar y comportarse de forma honesta para que luego recibas el mismo trato.

Según los registros, con Isabel he explorado ya algunas variaciones, no sólo en cuanto a tipos de relación sino incluso de edad. Tengo tres momentos concretos en los cuales estoy razonablemente seguro de su comportamiento. En la primera es cuando tiene 23 años, es un poco alocada pero su intuición y seguridad son brillantes, la segunda es cuando tiene 26, es su mejor momento, acaba de salir de una relación fallida, está desencantada de su trabajo y los hombres, ha decidido refugiarse en el estudio, no ha perdido sus mejores cualidades. La tercera es cuando tiene 32 años, a mí, personalmente, es cuando más me gusta. Es mucho más seria, aposentada, y su carácter ha perdido muchas de esas asperezas que me irritan cuando nos peleamos. Nunca he ido más lejos: en la mayoría de las líneas temporales, a los 33 Isabel inicia una relación duradera y nunca me ha apetecido explorar mucho más allá de ese punto.

Esta vez he escogido a la más dura de las tres Isabel que prefiero. Ella tiene 26, me va a mirar con desconfianza, se ha cerrado sobre sí misma desde que su último compañero la decepcionó. Desde luego no lograré nada hoy, es lo que prefiero, en estos momentos no me interesa el sexo. Creo que sería incapaz de decirle cuanto la amo, incapaz de explicarle en que tremendo lío temporal nos hemos metido. Isabel no lograría entender por qué me lamento, estando como está, delante de mí. Me recordaría demasiado a aquella otra Isabel tan familiar y cercana que me acaba de dar un beso y me ha deseado suerte antes de entrar en el portal. Ambos tenemos que pasar por un período de adaptación mútuo, bueno, esta vez sólo yo, para ella todo será nuevo y por lo tanto atractivo.

Tengo por delante tres días para hablar con ella. Isabel va a faltar a sus clases, ya he reservado mesa para mañana en el Gorría Atemparak de Barcelona. Iremos al teatro y repetiremos Aída; según los registros la he visto incontables veces, para ambos será la primera vez. Pasearemos junto a la playa y, poco a poco, le iré soltando el hilo de la enorme madeja que oculto. Quizá, al final, acabemos en la cama, quizá no, eso es una de las pocas cosas que no me atrevo a predecir.

Me estoy acercando, sólo debo girar un recodo y la tendré a la vista. Me prometo tener cuidado de mí mismo, de ella, de los dos. No quiero pasar por esto, se me hace duro. Hay gente, mucha gente en los pasillos, están saliendo de las clases. Por un momento dudo de que me sea posible verla. No tengo miedo, sé que está allí, esperándome a que llegue y le diga que lo siento.

Todos los registros, todas las grabaciones no me han preparado para su deslumbrante aparición. Ella esta allí, en el lugar preciso y a la hora adecuada. Tiene esa mirada risueña y alegre, sus ojos brillantes son dos focos de luz. Sus labios dibujan una sonrisa que nunca deja de ser una invitación. Me ha mirado desde lejos sin reconocerme, no tiene por qué, viene hablando con una compañera y así seguirían si yo no me interpusiese en su camino. Ella todavía no sabe quién soy, no ha desviado la mirada hasta que ha estado encima de mi. Yo, simplemente, he tropezado con ella y los libros se le han caído. No he podido sino sonreír ocultando la cara. Le estoy diciendo que lo siento y ella escucha una simple disculpa, en realidad le estoy pidiendo perdón por lo que le estoy haciendo, por arrancarla de su línea temporal, por amarla, por llevarla lejos y quizá por matarla una y otra vez, pero no puedo hacer otra cosa. ¿Qué mejor equipo que aquel que ya está formado? Aquel de cuyos miembros se conoce todas sus reacciones, y esta probada su valía y capacidad. ¿Quién nos impide reclutar continuamente a los mismos agentes cuando hay millones de copias casi idénticas de ellos en millones de mundos similares?

Hablo, pero no me escucho, sólo tengo oídos para ella. Recito una canción aprendida hace demasiado tiempo.

Cierro los ojos, entiendo por fin lo que ella sintió cuando fue a mi encuentro en el parque, busco tiempo desesperadamente para recuperarme, dejo que me envuelva con su olor…

La situación tiene algo de poética. Isabel vuelve a estar aquí, siempre ha estado, nunca se ha ido. Sólo debo entregarle los recuerdos que ha perdido, para que sea de nuevo ella.

Cuesta darse cuenta, cuando por fin lo entiendes quieres olvidarlo, quisieras no sospecharlo siquiera, pero llega este momento y te das de bruces con la amarga realidad. Ahora sé que somos inmortales, no tenemos futuro, pero que importa cuando disponemos de un presente perenne. Hay millones de Isabel que me están aguardando. Todas ellas al alcance de mi mano.

Todas ellas esperando su propia fracción de eternidad.

© 1997 -2012 Pedro Jorge Romero y Ricard de la Casa Pérez por el relato.

© 2012 Juan Antonio Fernández Madrigal, por la ilustraciones.

Ricard de la Casa, barcelonés, fue uno de los editores de la revista BEM de ciencia ficción durante los años 90. Ha publicado dos libros Més enllà de l’equació QWR y Sota pressió además de relatos y artículos en diversas antologías y revistas españolas y extranjeras. Ganó el Premio Domingo Santos y un accésit en el Premio Juli Verne. Su relato “El día que hicimos la transición” escrito al alimón con Pedro Jorge Romero, ha sido editado en la última década en varias antologías de “Lo mejor de…” Actualmente es uno de los editores de BEM on Line.

Pedro Jorge Romero (Arrecife, Lanzarote) fue otro de los editores de la revista BEM de ciencia ficción durante los años 90. Ha publicado la novela El otoño de la estrellas, escrita en colaboración con Miquel Barceló y artículos en diversas revistas, ganadora también del premio Juli Verne en una versión previa. Su relato “El día que hicimos la transición” escrito al alimón con Ricard de la Casa, ha sido editado en la última década en varias antologías de “Lo mejor de…”. En el número 75 de BEM publicó su novela corta “El orgullo de Dios” excelentemente ilustrada por Antoni Garcés.

Juan Antonio Fernández Madrigal. Aunque en las publicaciones le suelen presentar como “el escritor de Málaga” en realidad nació en Córdoba en 1970, y, efectivamente, reside en Málaga desde 1988. Trabaja como profesor en la Universidad de Málaga, intentando, como dice él mismo, “con mucho dolor y muchas horas enhebrar la investigación con la docencia, tarea que considera NP-completa (breve guiño para informáticos)”. En el ámbito del fantástico, he publicado abundantes relatos, su reciente producción recopilada en Magnífica víbora de las formas (AJEC) y las novelas Ciclo de Sueños (colección Espiral) y Umma (Parnaso). Se puede visitar su propia página, que usa como base de datos para acordarse de todo: http://jafma.net/ Hasta el momento, ha publicado, entre otros lugares, en Espiral, Artifex, 2001, Libro Andrómeda, Visiones, Fabricantes de Sueños, La Plaga, NiTeCuento, Qliphoth, CD de BEM, Vórtice y BEM on line. Su faceta de ilustrador es mucho menos conocida y en nuestro portal pueden ustedes disfrutar de algunas muestras de ella. Y coincidirán con nosotros en que no tiene nada que envidiar a la de escritor.

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