TRIAJE, por Domingo Santos

ilustrado por Antoni Garcés

Presentación

Triaje. (del francés Triage, selección, clasificación). Proceso por el cual se evalúa la mayor o menor gravedad del estado físico y las posibilidades de supervivencia de un paciente o herido y se establece la prioridad de su traslado y/o tratamiento, de acuerdo con las necesidades y recursos disponibles.

Primer acto – 2003

 

Informe de estado: En un marco bélico, el triaje permite la evaluación previa comparativa de las heridas sufridas por un soldado, en razón de cuya gravedad se decidirá su evacuación y/o su tratamiento o la suspensión de toda acción médica para atender a otros heridos con mayores expectativas de supervivencia.

El hospital estaba protegido por una red de malla que camuflaba en lo posible su existencia desde el aire. Situado al sur de Kandahar, cerca de la frontera con Pakistán, en los últimos días había sufrido una serie de violentos ataques tanto de los talibanes como de las fuerzas de la OTAN, que afirmaban que la región albergaba instalaciones militares ocultas y habían lanzado toda una serie de demoledoras incursiones aéreas. Resultado: más de cincuenta muertos, muchos de ellos civiles, casi un centenar de heridos…, y sólo dos médicos para atenderlos en el único hospital de campaña.

Serge Holstein, periodista de la agencia Reuters, miró el desolador panorama a su alrededor. Cada vez odiaba más el haber elegido aquella profesión, y dentro de ella la de corresponsal de guerra, y dentro de ella aún el haber aceptado el ser enviado a Afganistán. Por puro automatismo tomó una foto de una camilla cercana, donde un hombre barbudo de revuelto pelo azabache y ojos febriles parecía estarle mirando fijamente con ojos alucinados. Haría una buena portada en la próxima edición de cualquier periódico, le dijo su deformación profesional. Se maldijo a sí mismo en voz baja mientras se dirigía a la improvisada oficina-almacén instalada en un rincón algo más protegido del no menos improvisado hospital.

─Hoy ha amanecido un mal día, ¿eh? ─dijo el doctor Massoud desde detrás de un desvencijado escritorio donde estaba redactando una serie de informes. Su compañero, el otro doctor, dormía en un camastro a un lado.

Serge gruñó y se dejó caer en una silla.

─¿Y qué día no amanece malo aquí? ─murmuró casi para sí mismo.

El doctor Massoud se echó a reír.

─No se queje. Llevamos tres días sin ningún ataque en la zona, pese a los movimientos de tropas. Yo diría que somos afortunados.

─¿Afortunados? ¡Ja! Aquí me tiene a mí, esperando desde hace dos días un transporte para Kandahar y poder salirme de este infierno sin que me maten antes.

─Piense que todavía no he tenido que utilizar con usted ninguna de estas tiras. ─Jugueteó con un fajo de tiras de cartulinas de colores: negro, rojo, naranja, verde… Serge sabía muy bien lo que significaban.

─Y espero que no tenga que hacerlo nunca ─murmuró─. Creo que no lo soportaría.

─¿Por qué? Puede significar la diferencia entre morir o seguir viviendo.

─O entre que te evacúen de inmediato y te envíen a un hospital algo más decente que esto o te dejen tirado aquí sin más, sin que sepas exactamente si es porque tus heridas no revisten gravedad y tu evacuación puede esperar o es porque son tan graves que lo mejor es dejar que te mueras aquí mismo y puedas ceder tu puesto a algún otro con mayores esperanzas de supervivencia que tú. ─Hizo chasquear la lengua, notó que se le pegaba al paladar.

─Sí, las glorias y las miserias del triaje ─dijo el doctor─. Permite vivir un poco más a unos mientras condena irremediablemente a otros. Pero es un sistema rápido y eficiente ante la escasez de recursos. ¿Cree ─abarcó con un gesto de su brazo a su alrededor─ que podríamos hacer ni la mitad de lo que hacemos, salvar ni la mitad de las vidas que salvamos, sin recurrir a este método?

ORIGINAL1_100ppp_OK─No ─admitió Serge─. Por supuesto que no. ─Sabía muy bien de lo que hablaba el doctor Massoud. Él mismo había escrito un largo artículo al respecto para su agencia, no hacía mucho. El método del triaje no era nada nuevo, aunque las guerras en el Oriente Medio lo habían situado en primer plano a causa de la crónica falta de recursos. De hecho, sus primeras aplicaciones se remontaban a la guerras napoleónicas, si bien su primer empleo masivo no tuvo lugar hasta la Primera Guerra Mundial, en Francia, en medio de las grandes carnicerías de los campos de batalla y la guerra de trincheras, cuando el transportar a los heridos a la retaguardia del frente o dejarlos simplemente en él para que murieran según la gravedad de sus heridas podía significar la diferencia entre la supervivencia y la muerte para muchos otros. El método más sencillo y práctico de hacer la distinción era emplear etiquetas, indicadores de distintos colores que eran prendidos a sus uniformes y señalaban primordialmente tres condiciones básicas y en consecuencia tres actuaciones distintas: difícil que sobreviva, cuando las heridas eran lo suficientemente graves como para tener pocas posibilidades de salvar su vida aunque se le retirara del frente; necesita evacuación inmediata, cuando las heridas eran serias pero sus expectativas de vida eran razonablemente buenas; y puede sobrevivir aunque se le evacúe más tarde, cuando las heridas no eran tan graves como eso o no comprometían ningún órgano vital y su atención sanitaria podía esperar.

─Pero esto os sitúa a vosotros, los médicos, en el lugar de pequeños dioses. Vuestro dictamen es infalible, pero sois falibles. ─En esto había basado buena parte de su artículo, en el hecho de que el triaje se apoyaba en una decisión médica que podía ser meditada o tan sólo guiada por el apresuramiento y las circunstancias, ser certera o no, incluso ser motivada por odios o sobornos o favoritismos.

El doctor Massoud abrió los brazos en un gesto de impotencia.

─Cierto, pero esto es lo que hay. Puedo recomendar el traslado de un herido a un lugar más seguro o dejarlo aquí y limitarme a inyectarle morfina para que no sufra en sus últimos momentos, y sé que algún diagnosticado como insalvable se salva pese a todo, y un enviado a un hospital en la retaguardia muere a los dos días por infección o complicaciones de sus heridas, o el transporte que ha de llevarlo a un hospital en mejores condiciones que este estercolero no llega a él porque es atacado en su camino. No podemos hacer nada al respecto. No podemos librarnos de los imponderables. Y tenemos suerte de disponer de esa forma sencilla y práctica de sacarnos un poco de encima la carga de la responsabilidad de nuestras decisiones, aunque sé que en lo que a mí respecta no podré dejar de vivir nunca con su recuerdo.

En aquel momento se oyó un lejano ruido de motores en la carretera de tierra batida que conducía entre colinas al hospital de campaña. El doctor Massoud tomó unos prismáticos y salió del amparo de la red protectora. Serge le siguió.

─Oh, ahí está el convoy ─dijo el doctor Massoud─. Hace dos días que lo esperamos. Espero que traiga la penicilina y todo lo demás. ─Se interrumpió, alzó brevemente los prismáticos─. ¡Mierda! ─exclamó al divisar unos lejanos puntos en el cielo─. ¡Nuestros amigos de la OTAN también acuden a la cita! ─Bajó los prismáticos y barrió con ellos un radio de ciento ochenta grados al frente─. Aunque parece que no vienen a por nosotros: juraría que hay una guerrilla ahí delante que indudablemente va tras el convoy de suministros. Espero que los de la OTAN nos ayuden en esta ocasión: los camiones llevan bien visible la cruz y la media luna rojas en sus techos de lona. Si no, vamos a tener que cambiar el color de muchas de nuestras cartulinas.

Tres minutos más tarde se desataba el infierno.

Segundo acto – 2019

 

Informe de estado: En un marco hospitalario, el triaje tiene como misión la exploración, evaluación y clasificación previa del estado del paciente y su mayor o menor gravedad, a fin de poder derivarlo lo antes posible y con la máxima eficiencia hacia el departamento o especialidad que precise para su mejor atención.

Aquél fue a todas luces un día aciago para el hospital St.George’s de Londres. A las cinco de la madrugada se había producido un grave accidente múltiple en la nueva Circunvalación Tres ─un autocar cargado con obreros pakistaníes que acudían a su trabajo había chocado de frente contra un camión, originando una colisión en cadena con otros veintisiete vehículos, entre ellos un camión cuba cargado de gasolina, que había estallado─, con el resultado de nueve muertos, uno de ellos el conductor del autocar, y ciento treinta y siete heridos de diversa consideración, once de ellos con quemaduras de suma gravedad. El servicio de urgencias del St.George’s, que se hallaba ya al límite de su capacidad a causa de un repentino brote masivo de gripe aviar que se había desencadenado con gran virulencia en la zona de Londres dos semanas antes, se había visto absolutamente colapsado. Se intentó desviar algunas ambulancias a otros centros hospitalarios del Gran Londres, pero todos estaban también al límite de su capacidad a causa de la gripe. Y las ambulancias seguían llegando, a las que pronto empezó a sumarse el flujo habitual de las urgencias diurnas cotidianas.

El doctor Swanson, el máximo responsable de urgencias del St.George’s, avisado rápidamente a su domicilio, se encontró a su llegada al centro con el desolador panorama de uno de los mayores hospitales de la zona sur de Inglaterra, con sus más de 1.200 camas, totalmente sumido en un caos de descontrolada actividad. Ante la falta de espacio en los boxes de urgencias para atender al flujo de los que iban llegando, se habían empezado a utilizar pasillos, salas de espera, habitaciones auxiliares, cualquier rincón, para acomodar a la creciente avalancha. Alguien propuso utilizar alguna de las plantas, aún no saturadas, lo cual trajo consigo un auténtico caos en la logística de los nuevos ingresos que invalidó al poco tiempo la idea. Se llamó a todo el personal libre de servicio, y con ello empezó a paliarse parte del problema. El doctor Swanson reunió un equipo y empezó a darle órdenes de identificar y censar como primera medida a todos los recién llegados. Dictó instrucciones concretas de separar los ingresados a causa del accidente, más diagnosticables, principalmente los que sufrían traumatismos y los quemados, del flujo normal de las urgencias cotidianas y de los afectados por la gripe aviar, y darles prioridad; envió a todos los familiares y demás acompañantes fuera del área de urgencias para despejar un poco de espacio y poder ocuparlo con nuevas camillas, y procedió de inmediato al triaje de los ingresados.

No fue una tarea fácil. Los ciento treinta y siete heridos del accidente de circulación ─algunos habían sido desviados con éxito a otros centros─ habían sido agrupados más o menos en el ala sur de urgencias, aunque los boxes fueron ocupados más allá del límite de su capacidad y tuvieron que instalarse camillas en los pasillos y en algunas habitaciones auxiliares. La falta de camas hizo que tuvieran que habilitarse algunas tumbonas, incluso sillones, para los ingresos menos graves.

La insuficiencia de personal fue un asunto más complicado. El proceso de registro de entrada, identificación y triaje era de por sí un proceso lento y meticuloso dentro de las especificaciones del NHS, el Servicio Nacional de Salud, que agrupaba a todos los hospitales públicos ingleses. La etiqueta del triaje había evolucionado mucho con respecto a la antigua y simple cartulina de color de uso militar en contienda: daba toda la información necesaria del estado del paciente, incluidas las constantes vitales, las posibles heridas externas e internas, medicación administrada…, pero mantenía los cuatro colores básicos: negro (morgue/sin pulso, sin respiración), rojo (inmediato/peligro de muerte), naranja (aplazado/serio pero sin peligro de muerte) y verde (menor/se vale por sí mismo). En muchos casos el proceso no era complicado, pero era lento, con la atención siempre puesta en los posibles síntomas ocultos. No bastaba con evaluar a un paciente con dolor en el pecho y dificultades para respirar como afectado por la gripe aviar por el simple hecho de que había en curso una epidemia de la misma, sin determinar antes si presentaba algún otro tipo de lesión o afección pulmonar: un traumatismo podía esconder una lesión interna no identificable en un primer momento. Tampoco bastaba el que el paciente se quejara mucho para añadirle puntos a su presunta gravedad.

A media mañana, el doctor Swanson entró en uno de los cubículos de triaje y observó durante unos instantes a la enfermera que interrogaba al paciente de turno, un hombre de más de sesenta años sentado en una silla ante ella y que iba acompañado por un familiar, presumiblemente su esposa, que era quien llevaba la voz cantante. Su estado no parecía muy grave, aunque su acompañante no dejaba de hablar de que había pasado muy mala noche y de que indudablemente había contraído la gripe aviar. El doctor Swanson examinó brevemente las anotaciones de su ficha. La gripe aviar, por supuesto; no había otros síntomas. Su estado requería el ingreso. Pero…

Se dirigió a la mujer:

─Mire, señora. Por supuesto que es la gripe aviar. Pero si hace usted lo que le digamos no tiene que preocuparse por ello: su caso es benigno. Por supuesto, podemos iniciar ahora mismo los trámites de ingreso de su ¿esposo? Pero, como puede ver ─tomó un rotulador de trazo grueso e hizo un círculo alrededor de la banda verde de la ficha─, la gravedad de su estado es mínima, prácticamente nula. Lo único que podemos hacer por él en estos momentos es ponerle en lista de espera. Observará que estamos colapsados, entre otras cosas a causa de un grave accidente de circulación ocurrido esta madrugada. No nos quedan camas disponibles, de modo que en razón de su estado tendremos que acomodarle en un sillón mientras espera su turno. Y usted no podrá quedarse: carecemos de espacio para habilitar una sala de espera para familiares. Y calculo que, dada la afluencia de pacientes, las circunstancias actuales del servicio y la levedad del estado de su ¿esposo? con respecto a otros enfermos más graves, no podremos atenderle hasta dentro de… ─miró el montón de papeles y fichas sobre la mesa, al lado de la enfermera─ digamos unas cinco-seis horas.

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»Claro que hay otra alternativa. La enfermera, aquí, puede recetarle algo que aliviará mucho sus síntomas. Puede volver con toda tranquilidad a su casa y solicitar visita con su médico de familia: él solucionará sin dudar su problema. Tienen que concienciarse ustedes de que el servicio de urgencias de un hospital es tan sólo para los casos realmente graves. ─Tomó la ficha del triaje y la rompió en dos pedazos. La mujer se le quedó mirando. El doctor Swanson hizo un gesto─. ¿La acompaño a la salida?

La mujer lanzó un bufido y ayudó a su ¿esposo? a levantarse. Apenas hubo salido, el doctor Swanson se dirigió a la enfermera:

─Vamos a tener que ser más estrictos con el triaje

─dijo─, o vamos a vernos desbordados apenas ocurra un ligero incremento en el número de pacientes.

Los protocolos del St.George’s, como los de la mayoría de los hospitales públicos ingleses ─y en general de todo el mundo, en lo que a urgencias se refería─, eran flexibles, por no decir elásticos, y se acomodaban a la mayor o menor afluencia de pacientes. Ello se debía en buena parte a la imprevisibilidad del mayor o menor número de urgencias hospitalarias que podían presentarse en un momento determinado, pero también a la precariedad del personal sanitario disponible en unos tiempos en los que la crisis mundial generalizada hacía que el empleo cualificado fuera uno de los elementos más precarios del mercado laboral: siempre había escasez de personal en todas partes, no por falta de mano de obra sino por los constantes recortes presupuestarios, planes de ahorro y pura incompetencia general tanto de empleados como de empleadores.

Rozando ya el mediodía, cuando el panorama de las urgencias del St.George’s empezó a perder parte de su caótico aspecto y pareció empezar a estabilizarse, el doctor Swanson hizo una pausa en su labor controladora para subir a las alturas del departamento de Administración y Dirección. El despacho del doctor Brown, el director del St.George’s, lujosamente panelado con maderas nobles, estaba ocupado en aquellos momentos por media docena de personas, todas ellas, como el propio doctor Brown, con el marchamo de burócrata grabado indeleblemente en sus frentes y en cada una de sus prendas de ropa.

─¡Ah, doctor Swanson! ─El doctor Brown alzó brevemente la vista─. Me alegra que esté aquí. Estamos teniendo una pequeña reunión informal, y precisamente iba a llamarle.

El doctor Swanson paseó brevemente su mirada por la concurrencia. Los conocía a todos, el consejo de administración del hospital en pleno. Solamente acudían al St.George’s, como buitres oliendo la carroña, cuando ocurría algo fuera de lo normal: algún error médico de fatales consecuencias, alguna negligencia, o como hoy una afluencia inusitada de pacientes, muy por encima de la capacidad habitual del hospital, y cuya mejor o peor resolución podía poner en entredicho la capacidad de gestión y respuesta del hospital. Sabía lo que querían conocer, y se lo dijo sin preámbulos: Las urgencias del St.George’s se habían visto momentáneamente colapsadas, dijo, pero la situación ya se estaba normalizando. Hubo algunos inaudibles suspiros de alivio.

─Pero hay algo que me gustaría decirles a todos ustedes, aprovechando la ocasión ─añadió─. A mi modo de ver, es preciso reevaluar los estándares tipo del triaje en los servicios de urgencias. Los actuales son perfectos para la marcha normal cotidiana del hospital, aunque como saben siempre he opinado que el límite inferior de admisión está situado a un nivel demasiado bajo: examinados fríamente, más de un cuarenta por ciento de lo ingresos de urgencias se hallan por debajo del umbral mínimo real de admisión. No me refiero a los casos excepcionales, como el accidente de circulación de hoy. Pero el caso de la gripe aviar es sintomático. Siempre hay alguna que otra causa de alarma que impulsa a la gente a acudir innecesariamente a los hospitales. Esto redunda en insuficiencia de medios, de camas, de personal. De acuerdo, muchas veces son casos puntuales, pero la gente se está acostumbrando a acudir a las urgencias hospitalarias incluso ante los casos más nimios. Habría que ponerle coto a ello, y uno de los medios de hacerlo que veo más asequibles es a través de una mayor estrictez en el triaje. Opino que…

Uno de los consejeros, un hombre grueso de rostro enrojecido y bulbosa nariz, alzó una mano. Swanson lo conocía muy bien: era una de las personalidades más influyentes del NHS, además de uno de los principales consejeros del St.George’s.

─Doctor Swanson, permítame decirle que en el Servicio Nacional de la Salud comulgamos desde hace tiempo con estas mismas ideas, que nos preocupan tanto como a ustedes. Los estándares actuales de admisión de enfermos en los hospitales públicos, tanto en ingresos directos como a través de urgencias, constituyen realmente una sangría económica que no deja de aumentar, y que puede llegar a ser insostenible. Se han propuesto ya varias soluciones, entre ellas un copago general de los servicios hospitalarios…

Calló unos instantes, como si se diera cuenta de que parecía que estaba pronunciando una de sus peroratas habituales en una de las asambleas del NHS. El dinero, siempre el dinero: asignaciones, subvenciones, presupuestos… Carraspeó.

─ El endurecimiento del triaje ─añadió apresuradamente─ es también una buena opción: precisamente el NHS está ultimando en estos momentos un documento interno acerca de este detalle con una serie de normas que sin duda se traducirán en una serie de disposiciones que nos permitirán reducir drásticamente los costes hospitalarios tanto en medios como en personal. ─Se dio cuenta de que volvía al tema del dinero, dio un golpe de timón─. Al fin y al cabo ─sonrió, como disculpándose─, uno no tiene por qué acudir a urgencias cuando pilla un simple catarro…

Tercer acto – 2024

 

Informe de estado: En un marco social, el triaje tiene por misión principal el evaluar y catalogar a la población según su estado y sus circunstancias físicas y mentales, a fin de determinar su mayor o menor adaptación a la sociedad que la rodea y obrar en consecuencia.

La polémica surgió a raíz de un decreto de la República Federal Alemana por el que se instaba a todos los ciudadanos alemanes residentes en el país a someterse a un chequeo médico oficial completo trienal, gratuito y obligatorio, con el fin de determinar y certificar periódicamente el buen estado de salud de la población alemana. El resultado de este examen se traduciría en una «tarjeta sanitaria» en cuyo microchip se verían reflejados de forma permanente y siempre actualizada todos los antecedentes y el historial médico y psicológico de la persona en cuestión, con detalle pormenorizado de todas sus posibles afecciones, susceptibilidades, vulnerabilidades, riesgos y sobre todo propensiones a posibles patologías de índole tanto esporádica como sobre todo hereditaria.

No tardaron en alzarse las primeras protestas. ¿Para qué quería el gobierno alemán fiscalizar el estado de salud ─física y mental─ de sus ciudadanos? Inmediatamente surgieron reminiscencias del viejo sueño ario. ¿Pretendía el gobierno crear, como Hitler pretendió en su tiempo, una super raza aria, pura e inmaculada, por encima de todas las demás subrazas? ¿Arrinconar a los «seres inferiores», como había hecho el nazismo? El gobierno se defendió rápida y tajantemente: lo único que pretendía era disponer de una herramienta útil, una estadística real y actualizada del estado de salud de sus habitantes, para así poder gestionar mejor y más eficientemente, a nivel sanitario, el país. Al fin y al cabo, dijo el canciller federal en una tumultuosa sesión del Reichstag, un país no es más que el conjunto de sus ciudadanos, y es en el estado de salud de éstos donde recae el poder y la vitalidad de toda una nación.

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La particular idiosincrasia alemana hizo que la población no tardara en aceptar y asimilar la «tarjeta sanitaria» como una tarjeta identificadora más, que entre otras cosas servía para facilitar su acceso a médicos y hospitales sin necesidad de prolijos interrogatorios sobre su historial médico: bastaba con introducir la tarjeta en un ordenador médico para obtener una radiografía sanitaria completa del paciente en unos pocos segundos.

Así, los primeros recelos se fueron diluyendo, hasta el punto que otros países no tardaron en adherirse al sistema: Francia, Italia, España, Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá…, y la tarjeta sanitaria pasó a convertirse en poco tiempo en un útil documento de validez internacional, que no tardó en cumplir una doble función cuando se fusionó con la clásica tarjeta identificadora habitual en un sólo documento, la IIC, la International Identificative Card

Hasta que un periodista publicó en el Washington Post un artículo de investigación que levantó ampollas en determinados sectores de la población:

  La IIC, ¿un nuevo método de triaje?

El artículo, muy documentado, exponía a la luz los entresijos que había detrás de la creación de la nueva tarjeta identificadora internacional y los nuevos usos que se le estaban dando y que se le podían dar. El contenido de su microchip, la auténtica alma de la tarjeta, no era meramente un conjunto de datos identificadores y sanitarios, sino una completa, auténtica y detallada radiografía desde todos los ángulos de la persona a la que se refería. Dentro de la tarjeta estaban codificados todos los rasgos que conformaban la personalidad de su propietario, desde su cociente intelectual hasta sus gustos y aficiones, desde sus creencias religiosas hasta su orientación sexual, desde sus filias y sus fobias hasta sus más secretas ambiciones y debilidades: desde su osadía hasta sus inseguridades, desde su conformismo hasta su rebeldía. Todo esto permitía, con sólo el trámite de pasar la tarjeta por un ordenador, obtener un «retrato robot» completo de la persona, ajustado y realista, muy por encima y más allá de su pretendida fachada identificadora y sanitaria.

Esto permitía utilizar la IIC ─y de hecho era utilizada cada vez más─ para otros fines muy distintos y más oscuros que el pretendidamente original. Los datos y la información de todo tipo que contenía lo dejaban a uno completamente desnudo ante quien tuviera acceso a ellos. Por eso no era extraño que, alimentada y actualizada con los datos extraídos periódicamente bajo el pretexto del examen médico trienal, fuera utilizada a menudo para hurgar, con otros fines y sin la aquiescencia de su propietario, en los más recónditos secretos de su personalidad extraídos a lo largo de los años. No era extraño que en el marco laboral los datos «ocultos» de la IIC se utilizaran a menudo como referencia imprescindible a la hora de solicitar un nuevo trabajo, conseguir un ascenso o incluso como motivo de despido, pasaran a formar parte de un expediente policial, o incluso fueran utilizados por algún que otro padre en el momento de decidir sobre la idoneidad del futuro consorte de su hijo o hija. Sin contar, por supuesto, con su utilidad a la hora de influir sobre alguien a través de sus reveladas debilidades o incluso de plantear u organizar chantajes o extorsiones. De hecho, terminaba el periodista su artículo, la IIC ─que era mucho más que una tarjeta identificadora y sanitaria─ no era otra cosa que una variante del antiguo método del triaje, extraída del campo sanitario original para adaptarlo a la idiosincrasia y las necesidades de la época.

A raíz de su publicación hubo una gran cantidad de protestas en todo el mundo, principalmente entre jóvenes y radicales. Pero en una sociedad donde la privacidad era cada vez más una entelequia, donde cualquiera estaba expuesto constantemente al escrutinio del ojo público, donde uno estaba «fichado» aún sin saberlo en multitud de organismos públicos y privados, en el fondo las protestas no fueron más que rabietas nominales.

Y entonces apareció Hans Grüber.

Una de las principales utilidades de la IIC era la estadística. Uno de los programas lectores de la tarjeta «traducía» la información obtenida de ella en datos censales. Esto, a nivel oficial, servía originalmente para hacer una apreciación global de las características de la población de una determinada región, ciudad o zona, lo cual, a nivel oficial también, permitía a las autoridades gestionar mejor los recursos, prevenir brotes de enfermedades, luchar contra la delincuencia, etc.

Pero también podía emplearse con otros muchos fines.

Hans Grüber era un oscuro subsecretario del ministerio alemán de Interior con anhelos de notoriedad. Durante años, desde la implantación de la tarjeta sanitaria, se dedicó como una paciente hormiga a recopilar estadísticamente todos los datos que podía obtener de las tarjetas sanitarias que pasaban por las manos de su departamento, que eran todas, puesto que el ministerio de Interior era el encargado de gestionarlas. A lo largo de los años, y utilizando bajo mano los fondos del ministerio, Grüber recopiló un extenso, múltiple y completísimo cuadro estadístico de Alemania basado en sus habitantes. Utilizando un programa auxiliar que él mismo había diseñado, y extrayendo los datos primero de las tarjetas sanitarias, luego de las IICs, creó un mapa estadístico múltiple de Alemania según las más diversas características de sus habitantes. Bastaba con escribir la palabra clave: diabéticos, protestantes, judíos, homosexuales…, para que en el mapa ciego de Alemania en la gran pantalla mural que había instalado en su despacho apareciera la ubicación de las mayores concentraciones de individuos con la característica que había solicitado, o incluso un listado pormenorizado de los mismos si era eso lo que prefería, con nombres, domicilios y otras características adicionales que solicitara, hasta un máximo de siete. Grüber, cuyo departamento en el ministerio se ocupaba de la localización policial de delincuentes, demostró ser un genio de la informática, y su único error fue confiar los resultados de su trabajo ─puramente estadístico, señaló─ a uno de sus compañeros del ministerio, el cual, horrorizado ante aquello ─ante el gasto superfluo que representaba─, acudió a contárselo al ministro. Éste dudó unos instantes sobre qué hacer con la información y el informador. Se entrevistó con Grüber, éste le explicó la utilidad innegable de su trabajo ─«tener clasificada a la población según su característica personal que más nos interese; saber si se agrupan en guetos y dónde; tenerlos localizados en cualquier momento»─, y el ministro quedó pensativo. A los dos días reunía al gabinete.

La reunión fue tumultuosa. Curiosamente, el primer tema que se trató cuando se supo del «proyecto Grüber» fue del «despilfarro de fondos públicos» en un proyecto no autorizado oficialmente. Grüber, que asistió un tanto intimidado a la reunión, casi como acusado, protestó: los costes de su proyecto habían sido mínimos, puesto que había aprovechado la misma inercia estadística censal del ministerio, debidamente orientada y desarrollada. Y sus utilidades, se apresuró a añadir, podían ser muchas. Pidió hacer una demostración.

Tuvo el acierto de elegir un tema clásico dentro del triaje: la epidemiología. Mostró cómo, con su programa, podían focalizarse los puntos «sensibles» a diversas enfermedades contagiosas para poder tratarlas desde su mismo arranque, antes de que se extendieran. Se hizo un ensayo práctico, y los resultados le dieron la razón.

Fue promovido a subdirector responsable del nuevo departamento de estadística zonal de la población por sus características, un nuevo departamento que muy pronto varió sus objetivos y se convirtió en un modo práctico y seguro de detectar células de disidencia a la política oficial, actitudes contrarias a la moral establecida, ideologías distintas a las imperantes. Su finalidad pasó a ser eminentemente política.

Entonces, a principios de la tercera década del siglo xxi, la mayor crisis económica de todos los tiempos golpeó al mundo, ya castigado por toda una serie de crisis anteriores, a cual más grave.

Cuarto acto – 2031

 

Informe de estado: En un marco económico, el triaje permite distribuir del modo más óptimo los recursos escasos de acuerdo con las necesidades, estableciendo un orden de prioridades que permita atender al mayor número de las segundas de acuerdo con la mejor utilización de los primeros.

Fue una reunión reservada ─muy reservada─ de los principales responsables políticos de las distintas naciones más desarrolladas del mundo, celebrada en Nueva York bajo los auspicios de las Naciones Unidas: un periodista apuntó mordazmente que si un grupo terrorista consiguiera hacer estallar una bomba de suficiente potencia en la gran sala donde se celebraba la asamblea, dejaría al mundo huérfano de toda la clase política con autoridad para tomar decisiones.

Y de hecho se tomaron decisiones.

La reunión fue monotemática: la extensión y la profundidad de la peor crisis económica mundial sufrida hasta entonces y la necesidad de tomar medidas urgentes y drásticas para combatirla, si bien sus ramificaciones se abrieron en todas direcciones como los tentáculos de un pulpo. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que el gran crack de 1929 había sido una mera resaca, algo más intensa que las periódicamente habituales, frente al auténtico tsunami que estaba golpeando en estos momentos las costas económicas del planeta. Más del cincuenta por ciento de los países calificados como desarrollados estaban al borde de la bancarrota, los países llamados emergentes se tambaleaban con el agua al cuello, ahogados por la aceleración artificial que habían dado a sus pretendidos planes de desarrollo, y los países del tercer, cuarto y quinto mundo luchaban por mantener, sin conseguirlo, la cabeza fuera de las turbulentas aguas para poder seguir respirando.

La asamblea se prolongó cuatro días y medio, entre ataques, justificaciones, acusaciones e invectivas de las distintas comisiones nacionales. Lo primero que salió a relucir fue el reproche cruzado de que la gran mayoría de los gobiernos habían dilapidado durante demasiado tiempo el dinero en hinchados presupuestos para fastos y boatos, obras faraónicas y demás, sin recordar en ningún momento la profética fábula de la cigarra y la hormiga. Los que se dieron por aludidos ─todos─ argumentaron que desde el inicio de la crisis ellos habían tomado todas las medidas habituales necesarias, desde la congelación y rebaja de los salarios hasta la eliminación de buena parte de las ayudas sociales en las que se había basado el estado del bienestar durante los tiempos de más o menos bonanza. Pero sus argumentaciones se enfrentaron con el hecho incuestionable de que el mundo había reaccionado demasiado tarde, no había sabido ─o no había querido─ ver la llegada del lobo con la suficiente antelación. Ahora ya era demasiado tarde. Si se quería obtener algún resultado, era preciso tomar medidas de auténtica emergencia, ya.

Por supuesto, se tomaron.

Todas ellas pasaban por reducir el gasto público, desde privatizar total y definitivamente la sanidad y la educación hasta desamparar por completo a las colectividades marginales y más dependientes, sin olvidar por supuesto el apartado de cultura, que siempre ha sido el más castigado en tiempos de crisis, y que quedó reducido a un apartado apenas testimonial.

Para estructurar todo esto no se tardó en recurrir a la que había demostrado ser muy útil herramienta estadística de Hans Grüber, que permitía cuantificar y localizar los distintos segmentos de población de acuerdo con una serie de especificaciones muy específicas. Para su aplicación se estableció un nuevo baremo del triaje trsdicional que iba mucho más allá de los parámetros exclusivamente médicos originales y se ajustaba en líneas generales a una serie de mínimos para cada apartado de la función pública.

Uno de esos apartados fue el de la respuesta desproporcionada y anti natura que desde siempre se había dado a las emergencias de todo tipo, con el consiguiente coste de recursos que comportaba en detrimento de otros servicios. El delegado del Reino Unido lo expresó muy claramente:

─Es un contrasentido emplear toda una dotación de hombres y de material y pagar unos costes que siempre resultan muy elevados para hallar a un excursionista que se ha perdido en la montaña o para rescatar a un bañista o a un navegante imprudente que se ha adentrado más de lo debido en el mar. O dedicar todo un ejército de hombres a buscar a media docena de supervivientes en el derrumbe de un edificio. O emplear ingentes cantidades de personal a escarbar entre las ruinas de un terremoto con la esperanza de hallar a alguien que pueda seguir con vida entre los escombros. De acuerdo, es por motivos humanitarios, pero también hay que buscar siempre el mejor aprovechamiento de los recursos. Debemos ser realistas a la hora de emplear tiempo y dinero en cualquiera de estas situaciones. Es preciso establecer unos límites sensatos que marquen de manera racional y objetiva hasta dónde podemos llegar. Todo lo demás es malgastar recursos que pueden ser mejor aprovechados en otros lugares.

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Hubo muchos de estos asuntos a discutir,

Curiosamente, se tocó muy poco el tema de los especuladores financieros que, con su voracidad, habían sido los primeros en contribuir al desarrollo de la crisis. La medida más drástica fue plantear un nuevo impuesto a su patrimonio y a los beneficios de sus especulaciones, cosa para eludir lo cual éstos ya tenían preparadas sus baterías de experimentadas maniobras financieras. No, en el fondo ellos eran intocables: los objetivos eran otros, los tiros apuntaban hacia otros lados.

La asamblea, como todas las semejantes, terminó con un consenso sólo parcial, algunas decisiones puntuales, y la promesa de futuras reuniones para reevaluar y revisar acuerdos y los resultados de la política a seguir por los distintos países ante las distintas situaciones concretas. A partir de ahí, cada nación fue dejada en libertad de actuar según su propio criterio y de acuerdo con sus propias circunstancias, siempre que se informara convenientemente de ello a la sede central de las Naciones Unidas. En ese período, el nuevo triaje, desgajado ya definitivamente de sus condicionantes bélicos y sanitarios originales por obra y gracia en buena parte de Hans Grüber, que se había convertido definitivamente en el gurú de la «nueva política de control de masas» desde su nuevo puesto en el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, demostró más que nunca ser un instrumento de la mayor utilidad y versatilidad.

Quinto acto – 2036

 

Informe de estado: En un marco realista, el triaje es la herramienta perfecta sobre la que fundamentar decisiones políticas de todo tipo difíciles de adoptar pero necesarias en tiempos de crisis, más allá y por encima de criterios personales y siempre en beneficio del conjunto de la sociedad.

El primer lustro de la década de los 30 del siglo xxi fue un período de grandes inquietudes, turbulencias y ajustes. En el maremágnum de la profunda crisis que asolaba todo el mundo ninguna de las medidas a adoptar era fácil, ninguna agradable, pero todas eran necesarias, La sociedad tenía que ajustarse como nunca el cinturón, en más de un sentido.

Afortunadamente, el nuevo triaje proporcionaba unos datos fríos y objetivos sobre los que basar las decisiones. Las estadísticas de Hans Grüber, muy hábilmente sesgadas, se encargaron de ello. Por ejemplo, las estadísticas de nivel de vida mostraban que la pobreza en el mundo (gente que sobrevivía con menos de un dólar al día) superaba el 30% de la población mundial, aunque no especificaba las diferencias entre países desarrollados y subdesarrollados. Sí lo hacía en cambio con el sida, por ejemplo, que ubicaba mayoritariamente en África, aunque no señalara los porcentajes entre afectados y meros portadores del virus. Hacía hincapié en el número de personas minusválidas y dependientes, pero las englobaba en dos únicos apartados: los parcialmente dependientes y los totalmente incapacitadas. Los afectados por enfermedades mentales y demencias ─epilépticos, esquizofrénicos, dementes seniles─ eran metidos todos en un mismo saco, mientras que los enfermos terminales y los que necesitaban atención mecánica constante ─diálisis, respiración asistida─ ocupaban un lugar detalladamente pormenorizado en la base de la escala. De hecho, el «informe Grüber sobre la situación del hombre en el mundo» ─un tomo de más de mil páginas compuestas casi todas ellas por tablas estadísticas─, no era más que un batiburrillo de datos a cual más heterogéneo, del que destacaba únicamente la conclusión final, que señalaba que el desarrollo del hombre en el mundo iba a la zaga del desarrollo del propio mundo, y que la única solución viable para evitar su involución era frenar la diferencia entre ambos desarrollos, negativa hoy por hoy para el ser humano.

─La única solución es favorecer por todos los medios el viejo axioma de la supervivencia del más apto ─dijo Grüber en una rueda de prensa con motivo de la presentación pública de su libro─: Hacer que la raza mejore por su esfuerzo y por su iniciativa propios, sin dejarse arrastrar. La selección natural ya no puede encargarse por sí sola de ello, es preciso ayudarla: somos demasiados para que cargue con nosotros. Consulten por ejemplo la página 831: observarán un índice interesante y revelador: el 94% de la población mundial actual se halla muy por debajo del cociente intelectual medio de 100, y estadísticamente puede comprobarse que desde hace más de diez años nuestro CI medio disminuye rápida y progresivamente. Las cifras no engañan: hoy está situado ya por debajo del 67%. ─Pese a que era muy consciente de la falacia de estar manejando datos de todo el mundo, incluidos los países más pobres y subdesarrollados.

─Pero, ¿por qué ocurre esto? ─preguntó ingenuamente una periodista canadiense.

Hans Grüber se encogió de hombros.

─Sencillamente porque hemos roto el equilibrio con el medio en el que vivimos. Toda población, animal o humana, tiene un límite mínimo, un límite máximo y un límite óptimo de desarrollo. Aquí no es ni el momento ni el lugar para desarrollar esas nociones de biología básica, pero creo que todos ustedes comprenderán fácilmente lo que digo. En la época de las guerras napoleónicas la población mundial estimada del mundo era de unos mil millones de seres humanos; ahora estamos a punto de alcanzar los nueve mil millones. Estamos llegando al límite máximo de desarrollo del ser humano como especie inmersa dentro del mundo en que vivimos. Hemos de frenar o nos extinguiremos, como les ha ocurrido a muchas otras especies. La crisis actual que estamos atravesando, la última de toda una serie creciente de ellas, es una prueba clara de lo que digo. No se trata, como creen algunos, de una crisis meramente económica como muchas de las anteriores: intervienen también otros factores: morales, religiosos, humanos. La gente está desorientada, no sabe dónde acudir. Démosle la pauta. Purifiquemos la humanidad. Sublimémosla Tenemos los medios para hacerlo. Pongámoslos en práctica. ─Por unos momentos se sintió como un profeta.

─¿Está usted promoviendo de nuevo la exaltación de la raza aria? ─preguntó un periodista de la Europa del Este.

─¡Oh no, por supuesto que no! ─Aunque Grüber era en el fondo un neonazi convencido, que odiaba las razas inferiores como negros, amarillos, mestizos─. Tiene las mismas posibilidades de supervivencia que las demás razas, no es ni mejor ni peor que los inuit. Se trata de purificar la humanidad. De hacerla reemprender el camino hacia el futuro con ciertas garantías de lograr alcanzar la meta.

─¿Y cómo puede hacerse? ─insistió el periodista de los países del Este─.¿Cuáles son los medios que propone?

─Principalmente uno que ha demostrado ya su valía a lo largo de más de un siglo, nacido de un forma humilde y limitada para unos fines muy concretos, pero que ha ido expandiendo su utilidad y es hoy una herramienta perfectamente adaptable a nuestras circunstancias actuales. Me refiero al émulo humano de la selección natural: la inflexible criba del triaje.

Sexto acto – 2039

 

Informe de estado: En un marco práctico, el triaje ha demostrado ser la herramienta indispensable sobre la que basar la toma de decisiones que impliquen grandes cambios y afecten al futuro de gran número de personas. Además, sus datos son fácilmente adaptables sin perder su eficacia intrínseca: basta con elevar o bajar los límites de cada uno de sus parámetros para que su eficacia se mantenga.

 

El segundo lustro de la década de los 30 del siglo xxi vio la cristalización de los movimientos iniciados ya en el primero. Aunque cada país dictó sus propias normas, todas ellas tenían una base común: era preciso racionalizar el gasto social, no dejarse llevar por los excesos. Así, empezaron a recortarse servicios y prestaciones en aras teóricamente de dar una mayor eficiencia a los recursos, cada vez más escasos, del planeta. El primer servicio público en sufrir las consecuencias de estos recortes fue la sanidad. Siguiendo la línea trazada por el doctor Swanson en el St.George’s hacía veinte años, variando simplemente los límites superior e inferior de las «evidences» de las correspondientes tarjetas de triaje clásicas, enviando a más gente a sus casas por «no cumplir los límites mínimos», aumentando los plazos de espera de ingreso en los hospitales, lo cual permitía reducir personal y eliminar camas, anular servicios que eran deficitarios, e incluso llegar a cerrar alas enteras de centros hospitalarios, con el correspondiente ahorro presupuestario. En otros departamentos las variaciones no fueron tan escandalosamente llamativas, si bien en obras públicas el deterioro en la conservación de la red viaria provocó aumentó el número de accidentes, que fueron atendidos como pudieron por unos cada vez más reducidos efectivos dotados de medios más precarios. Pero, como dijo uno de los principales responsables de la gendarmería francesa de tráfico en unas desafortunadas declaraciones que levantaron una gran polvareda, ¿cómo pretendía la gente que el Estado justificara por ejemplo el emplear a cinco agentes con sus correspondientes vehículos, una ambulancia y una unidad de bomberos, para atender a una colisión que sólo había causado un muerto y dos heridos?

ORIGINAL6_100ppp_OKY cuando en 2037 se produjo el enésimo terremoto en Turquía, y un equipo de rescate se vio sepultado por el derrumbe de un edificio en el que estaban trabajando y en el que al parecer había aún una víctima con vida, con el resultado de diecisiete muertos, una parte importante del público empezó a pensar que tal vez tuvieran razón quienes opinaban que era un despilfarro movilizar a equipos numerosos de gente en misiones peligrosas en auxilio de un número menos numeroso de gente, y que en el fondo todos somos responsables de nuestros propios actos y de nuestro propio destino.

Así se llegó progresivamente a una especie de statu quo en el que el bienestsar colectivo primaba sobre el personal, y eso permitió que el proceso del nuevo triaje siguiera adelante su camino.

Además de en el gran gurú del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, Hans Grüber se convirtió en unos pocos años en el adalid de la nueva concepción del nuevo hombre y su progreso en el mundo por medio de la selección autoaplicada a la supervivencia del más apto: el oráculo de los nuevos tiempos, el apóstol del nuevo hombre, más libre y completo, desembarazado de todas sus antiguas taras en su proyección hacia un futuro radiante. El que buena parte se quedaran tirados por el camino era sólo un peaje necesario que había que pagar para poder seguir la senda de la supervivencia de los más aptos.

No es extraño que el primer país en abrazar esa «nueva doctrina» a nivel institucional fuera la República Popular China. Aquejada desde hacía años del problema crónico de una superpoblación galopante, tras los fracasos consecutivos de sus planes de estabilización demográfica, desde la política del hijo único hasta la esterilización camuflada de ciertos sectores de la población, el gobierno chino adoptó públicamente y a fondo la doctrina Grüber. En una primera etapa de aplicación, ante cualquier problema detectado en un embarazo, por nimio que fuera, que pudiera dar como resultado alguna malformación en el feto, cualquier enfermedad hereditaria que pudiera transmitirse a los hijos, cualquier imperfección física o psíquica de los padres que pudiera perpetuarse de generación en generación, la solución más fácil e inmediata era el aborto terapéutico: no correr riesgos, cortar de raíz.

El segundo paso fue declaradamente preventivo: la esterilización inmediata y obligatoria de todos los ciudadanos que tuvieran la posibilidad de transmitir a su descendencia genes hipotéticamente conflictivos o una propensión hereditaria a distintas enfermedades. La bioingeniería quedó definitivamente aparcada por motivos puramente económicos: al igual que era un contrasentido movilizar un equipo de media docena de hombres para salvar la vida de uno solo, era una aberración emplear todo un equipo investigador médico y el costoso material de apoyo consiguiente para auxiliar la creacióm de una vida futura que igual ni siquiera llegase a ver la luz.

Una estimación estadística efectuada por el ahora nutrido grupo de trabajo de Hans Grüber prospectó que con esas solas medidas la República Popular China podría reducir su número de habitantes en un 30-35% en un plazo de tan sólo cinco años.
Ésas fueron sólo las primeras medidas.

Séptimo acto – 2042

 

Informe de estado: En un marco objetivo, el triaje permite racionalizar las acciones humanas por encima y más allá de su propia naturaleza. El triaje actúa siempre bajo la premisa del mal menor: todo lo demás es pura subjetividad.

 

El éxito de China como campo de pruebas y conejillo de indias de la primera aplicación pública a gran escala del nuevo triaje estadístico no podía ser pasado por alto por el resto del mundo. Los elementos más conservadores y reaccionarios de la sociedad clamaron al cielo por aquella «nueva matanza de los inocentes» que dejaba en pañales al excecrable acto bíblico de Herodes, pero incluso los elementos más extremistas de la sociedad se sentían cada vez más abrumados por todo lo que ocurría a su alrededor y se veían en una creciente inferioridad de condiciones, inmersos en un mundo contradictorio que proclamaba a los cuatro vientos los derechos del hombre mientras más de 150 millones de niños sufrían hambre en el mundo y 15.000 morían de hambre cada día sólo en África. A lo que otros argumentaban: ¿no era mejor, más humanitario, el impedir que nacieran?

La doble moral innata en todas estas argumentaciones se mezclaba con los numerosos antecedentes de actuaciones similares que habían tenido lugar en el pasado; de hecho, países tan civilizados como Gran Bretaña, Francia, Suecia, los propios Estados Unidos, sin mencionar Alemania, habían practicado en diversos momentos de su historia la esterilización sobre partes muy concretas de su población: negros, judíos, pobres, gitanos… El hecho de que se hubiera practicado de una forma no pública no variaba en absoluto su naturaleza. Sus motivos habían sido raciales, políticos. Ahora eran económicos. Pero en el fondo seguía siendo lo mismo.

El mundo siempre ha sido experto en la doble moralidad.

El nuevo triaje institucionalizado se extendió muy pronto por el resto del mundo. China había demostrado que podía aplicarse a plena luz del día, si se sabía argumentar convincentemente sus motivos.

Y, así, el triaje terapéutico se fue extendiendo y adueñando lentamente del planeta. Y se fue ampliando: ya no se trataba de prever a largo plazo: era preciso actuar ahora. Cárceles, hospitales, psiquiátricos, residencias…, todo un universo objeto de una nueva atención. La población del mundo tenía que estar sana. El triaje estableció así un nuevo parámetro: ¿Cuánto vale objetivamente una vida humana? ¿Cuál es el límite de lo que puede gastar la sociedad para salvar una vida? ¿Para salvar diez, cien, mil, un millón de vidas? Nadie había protestado en el fondo, salvo horrorizarse nominalmente por el hecho, ante las carnicerías de las dos Guerras Mundiales; nadie ponía remedio a las víctimas de los cientos de guerras locales que se desarrollaban constantemente en todas partes. ¿Por qué habrían de hacerlo por la mayor o menor ayuda a los accidentados, por las consecuencias de los desastres naturales? ¿Por las esterilizaciones institucionalizadas? ¿Por la manipulación de las vidas de los menos favorecidos? El hombre es sólo un invitado en su planeta.

Por supuesto, todas las cifras a barajar eran relativas y dependían de muchos factores, pero ahí estaba el genio estadístico de Hans Grüber para aclarar conceptos. La vida de un presidiario no valía lo mismo que la de un senador, de acuerdo; la vida de un esquizofrénico no valía lo que la de alguien con un cociente intelectual de 160; un hombre de veinte años tenía un baremo para la supervivencia mucho más alto que uno de sesenta. Pero para esto estaba el dictamen inapelable del triaje.

En esta nueva etapa de la escalada quien tomó la delantera esta vez no fue China, sino Rusia. Tenía mucho terreno aún por poblar, tenía Siberia. Dándole un nuevo sentido a la palabra clásica gulag, la Federación Rusa convirtió Siberia en un nuevo y peculiar territorio de expansión. No fueron tampoco los primeros: Inglaterra había hecho lo mismo con Australia en el siglo xix. Pero no se limitó a enviar reos. Su idea fue más bien desde un principio poblar la región con los elementos «superfluos» de la sociedad rusa: las partes más bajas, «las heces de nuestro país», según una categórica afirmación de una alta personalidad política del país. Eso tenía una doble utilidad: permitía que la sociedad rusa bienpensante se desembarazara de sus elementos más indeseables y los confinara olvidándolos en unos pseudoguetos de naturaleza no étnica sino simplemente marginal, «gente a la que nadie echará nunca en falta», en palabras del mismo político anterior, lugares aislados con sus propias leyes y sus propios códigos de dudoso honor, siempre al borde del genocidio mutuo, pero siempre alimentados por nuevos envíos de deportados, siempre florecientes pese a tener uno de los índices de mortalidad más altos del mundo.

Otros países no llegaron a este extremo, pero también participaron con su cuota respectiva. En el campo sanitario, por ejemplo, que no hay que olvidar que fue el origen del triaje, en la mayoría de hospitales se creó un «ala de terminales» donde eran ¿almacenados? los casos extremos a la espera de su muerte, sin más atención médica que la paliativa. En una perversión del testamento vital, en el que el propio enfermo pedía que no se le prolongara artificialmente su vida, y que había nacido como reacción a una época en la que para la medicina lo más importante era mantener con vida al paciente, independientemente de sus deseos y de sus sufrimientos, los enfermos terminales eran ahora a todos los efectos abandonados a su suerte, a menos que se les aplicara piadosamente la eutanasia «con el fin de no prolongar su agonía».

En los hospitales psiquiátricos, la primera medida era siempre la esterilización de los internos: las enfermedades mentales han sido desde tiempos inmemoriales la bestia negra de la sociedad, y sus centros muchas veces verdaderos antros de terror. Ahora eran simples receptáculos donde los pacientes, convenientemente sedados las veinticuatro horas del día, aguardaban pasivamente una muerte cuyo significado no acababan de comprender. Y en el campo de la educación, los alumnos menos aventajados, los que antiguamente formaban el «pelotón de los torpes», eran marginados en instituciones especiales, aislados del resto del alumnado, donde eran juntados con niños afectados de diversas minusvalías mentales como el síndrome de Down o el autismo. Pero esas aulas especiales, afirmaba Hans Grüber con orgullo, eran sólo algo transitorio: con el nuevo triaje, que preveía entre otras cosas la esterilización también en breve plazo de los segmentos de población con un cociente intelectual de menos de 75, se preveía que en unos 20/30 años el CI de la población aumentaría como mínimo a 110 por término medio, y taras como el cretinismo quedarían desarraigadas por completo de la humanidad.

Ya sólo faltaba un último paso que dar.

Octavo acto – 2045

 

Informe de estado: En un marco institucionalizado, el triaje es el método por excelencia: definitivo, seguro y eficaz, de aplicar las teorías eugenésicas de Darwin en bien del conjunto de la humanidad, sin tener que esperar la lentitud de la selección natural sino coadyuvando, forzando cuando sea necesario, la acción de la propia naturaleza.

 

Aunque en muchos países la vejez es considerada como un fastidio para el resto de la población más joven, y el viejo con sus achaques es visto como un ser inútil que molesta más que beneficia, desde tiempos inmemoriales, en China, la vejez ha sido un motivo de orgullo para la sociedad y de cariño y veneración para sus descendientes: el hombre viejo ha sido siempre el hombre sabio, el detentador de la experiencia de toda una vida, y sus achaques considerados tan sólo como el tributo que necesariamente hay que pagar por haber vivido.

Por eso sorprendió que, el 23 de marzo de 2045, el gobierno de la República Popular China emitiera el siguiente decreto de índole perentoria, forzosa y nacional:

«En un término de tres meses desde la fecha de hoy, todos los ciudadanos sin excepción no activos que hayan cumplido los 75 años de edad deberán presentarse inexcusablemente ante las respectivas autoridades que les correspondan a nivel local y provincial, a fin de ser sometidos a una revisión especial previa a su evaluación y destino…»

© 2012 Domingo Santos por el relato

© 2012 Antoni Garcés por las ilustraciones

dsantos004Domingo Santos -Pedro Domingo Mutiñó- a pesar de ser un escritor de reconocido prestigio en el género (los premios Gabriel, por poner un ejemplo, toman su nombre de su novela homónima), es mucho más conocido por haber sido uno de los editores de la mitica revista Nueva Dimensión durante quince años. Es imposible exagerar la importancia que para la ciencia ficción española ha tenido este autor, que, además de escribir, ha dirigido multitud de colecciones (Superficción, Ultramar, Acervo, Jucar…) y de revistas (la última de ellas la excelente Asimov Ciencia Ficción, de Robel), a través de las cuales ha dejado su impronta de forma indeleble. 

carigarces01Antoni Garcés, ilustrador y diseñador gráfico. A mediados de los años 70 empieza como diseñador gráfico, realizando ilustraciones publicitarias y creando imágenes corporativas (marcas/logos) para empresas…

A partir de 1980 publica sus ilustraciones en numerosas publicaciones como El Jueves, Cimoc, Playboy, El Vibora, Europa Viva, Diari de Barcelona, etc.

Coeditor del Prozine Zero Comics (1980/1984)

También ha realizado cientos de ilustraciones para portadas de libros, mayoritariamente de ciencia ficción y fantasía, para colecciones deUltramar, Salvat, Júcar, UPC, Labor, La Magrana, Edebé, Alcodre... etc.

Sus trabajos se han publicado en Francia (Metal Hurlant), EEUU (Heavy Metal, Byron Preis), Italia (Comic Art), Holanda (Magic Strip), Portugal (Meribérica/Liber)… etc.

Ha participado en numerosas exposiciones, tanto individuales como colectivas.

Ha recibido los premios “Creepy” de la Crítica, al mejor historietista de fantasía de 1984, en el Salón del Cómic de Barcelona a la mejor portada española de comic de 1986 y el premio Ignotus de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción a la mejor portada de 1992.

Series y Albumes publicados por Antoni Garcés

Lavinia 2092 / Guión Emili Teixidor (Diari Barcelona, 1989)
Museum (Editorial Complot, 1989)
Refrenillos / Guión Onliyú (Makoki, 1989-90)
Demasiado humano / Guión Abulí (Norma Editorial, 1990)
Ú, la grieta móvil (Norma Editorial, 1991)
Somos extraterrestres / Guión Andreu Martín (Makoki, 1991)
Mixturmix / Guión Nieto (El Jueves, 1991-1995)
Bobot / Guión Abulí (El Jueves, 1996-1997)
Paralímpicos / Guión Abulí (inedita, 1999)
Veranitas / Guión: Eloi (Diario de Ibiza, 2001)

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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