ROBOTS Y PLATANOS

La que hoy presento fue la octava columna de Se buscan libros que fue publicada en BEM, en el número 66 (Diciembre de 198-Enero de 1999), y que aquí aparece en séptimo lugar.

Durante mi infancia y juventud estaba convencido de que para el año 2000 tendríamos entre nosotros máquinas pensantes, conscientes y sensibles. Sin embargo hoy, bastantes años después de aquel periodo de mi vida, unos cuantos más tarde de que escribiera la presente columna y muchos más tarde de que Asimov escribiera sus cuentos, los robots, hoy en día famosos gracias a y a pesar de ciertas adaptaciones cinematográficas, siguen sin existir del modo en que el autor los concibió y del modo en que yo los esperaba.

Hoy en día sigo creyendo que algún día existirán, aunque ya estoy seguro de que yo no los voy a ver. Pero una cosa me sigue pareciendo muy probable: cuando existan, el día que existan, serán y se comportarán como Asimov los concibió.

Sugiero que vayamos pensando en como los vamos a tratar, por si acaso.

ROBOTS Y PLÁTANOS

En un memorable episodio de la serie de televisión Red Dwarf (aquí llamada Enano Rojo) el personaje humano que navega en la mencionada nave intenta enseñar a mentir a un robot inteligente, compañero de fatigas junto a un holograma y a un gato evolucionado. El robot intenta llamar naranja a un plátano que tiene en sus manos, al principio sin éxito y con un gran sufrimiento por su parte. Finalmente, tras inusitados esfuerzos, lo consigue, y acaba cogiéndole gustillo a la cosa de la mentira, lo cual le hace mucha gracia.

En otra serie televisiva, Star Trek: La Nueva Generación, otro robot, Data, también es incapaz de mentir y de sentir emociones, aunque en más de una ocasión se demuestra que también él es capaz de improvisar líneas de programa para sobrepasar esas limitaciones.

Yorobot2001, una odisea en el espacio y su continuación2010, es capaz no sólo de mentir, sino también de sentir emociones intensas como temor y afecto.

En general, las características comunes a casi todos los robots literarios (y cinematográficos) son las siguientes:

– “Obediencia debida” a un programa previamente implantado (normalmente por un humano) que conlleva la obediencia total a su creador-programador, la carencia de sentimientos o emociones (ignoro por qué pues, al fin y al cabo, en los seres humanos un sentimiento es una reacción química a un estímulo, que a su vez ha provocado otras reacciones químicas, por lo que bien se trate de química o de informática pura (programas-reacción como respuesta a programas-estímulo) un robot debería ser capaz de sentir emociones).

– La posesión de un cerebro analítico perfecto que le dota de atributos intelectuales incluso superiores a los humanos (como la velocidad de proceso de información, o la memoria).

– Una extraordinaria fuerza en los humanoides ,debida a su construcción habitualmente metálica (aunque pueden tener piel externa que la disimule).

– La alta probabilidad de que, por una razón u otra, se vuelvan locos e intenten acabar con su creador o los congéneres de éste.

Hay variaciones, pero no muchas.

Aunque existe una infinidad de ejemplos (que el lector recuerde los suyos, es fácil) de seres artificiales tanto en la literatura como en el cine, nadie que yo sepa, hasta Isaac Asimov, se había esforzado tanto en definir sus pautas de comportamiento, es decir, cuál es su conducta en la sociedad en que viven, y por qué es así y no de otra manera, dejando en un segundo plano asuntos como sus derechos, su estructura interna o el material con que están hechos.

Los robots de Asimov son máquinas dotadas de forma humana (“para hacer al hombre sencilla su aceptación”) movidas por un cerebro artificial complejo (positrónico), cuya actitud ante los hombres y ante su propia existencia viene determinada por una serie de reglas (tres en un principio, a las que añadió una cuarta en los últimos tiempos, ninguna de las cuales mencionaré ahora, por que para eso están los libros que escribió) que, ineludiblemente, cualquier ser manufacturado debe cumplir, ya que Asimov las integra “en el hardware”, en la misma estructura física de los cerebros artificiales, de tal manera que para desobedecerlas el robot debería dejar de funcionar.

Ah, se trata de reglas humanas, por supuesto, pensadas ante todo para garantizar la seguridad del hombre y de sus posesiones, las máquinas.

En la obra de Asimov es necesario diferenciar entre dos tipos de narraciones con robots como protagonistas: por un lado las novelas, comenzando con la trilogía Bóvedas de acero(1954), El sol desnudo (1957) y Los robots del amanecer (1983), y continuando en una larga serie que sólo terminó con la muerte del escritor (y creo que ni aún por esas, porque aún siguen apareciendo de vez en cuando novelas escritas por él y/o por sus “socios”), en las que los robots, y en especial uno de ellos, Daniel, son personajes alrededor de los cuales se gesta toda la trama, donde se entremezcla ciencia ficción con novela policíaca y hasta con novela rosa, lo que las hace muy entretenidas. Y por otro, tenemos los relatos de robots, más o menos extensos, en los que con una estructura siempre más o menos similar un robot se encuentra en una situación límite que provocaba una serie de comportamientos atípicos, cuya causa un humano (en particular una doctora experta en estos asuntos, Susan Calvin) debe descubrir, basándose en las tres reglas antes mencionadas.

Personalmente me quedo con el tratamiento que se hace de ellos en las novelas largas (en las primeras, se entiende, porque últimamente Asimov hasta llegó a enlazar esta serie con la de las “Fundaciones”, de la que hablaré en su momento, realizando un tour de force que desde aquí no aplaudiré), donde gracias a su extensión el lector puede profundizar y llegar comprender todas las intimidades de las máquinas; no obstante, cada uno de los relatos breves (destacando “El hombre del bicentenario”, que es como una introducción a todos los demás) es una pequeña maravilla… si se toman aisladamente, porque si se consideran como un conjunto (en, por ejemplo, la selección Los robots, Ed. Martínez Roca, col. Gran Super Ficción, 1984) pueden llegar a resultar un poco difíciles de digerir, al ser todos de desarrollo muy parecido.

Para acabar, recomiendo un ejercicio a todos los amantes de la escritura: inventar el nombre de un robot, ponerle en una situación que le haga pasarlo mal, y decidir un modo de salir del embrollo. Es decir, sugiero escribir una historia de robots. No es difícil, y sí muy entretenido.

© 1999, 2005 Luis Astolfi

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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